martes, 31 de marzo de 2009

Los kamikazes, la furia del Emperador (primera parte)

Teniendo en cuenta la notable diferencia que existía, en orden al potencial bélico, entre el Japón y los Aliados en los últimos años de la guerra en el Pacifico, para los japoneses ya estaba completamente claro que deberían de afrontar una gravísima crisis, a menos que de una manera u otra lograran hacer intervenir elementos que fueran capaces, por si solos, de cambiar radicalmente la situación. Así, pues, era muy natural que, en semejante circunstancias, los combatientes nipones estuvieran dispuestos a sacrificar sus vidas por el emperador y por la patria. Su patriotismo tenia su origen en la convicción, profundamente arraigada en el animo de todos estos hombres, de que la nación, la sociedad e incluso el universo entero se identificaban en la persona del emperador y por esta causa, en resumidas palabras, la lealtad, estaban decididos a sacrificar sus vidas. Por lo que respecta a la fundamental cuestión de la vida y de la muerte, la base espiritual de todos los japoneses esta constituida por una absoluta obediencia a la autoridad indiscutible del soberano, incluso, como ya se ha dicho, a costa de la propia vida. El credo de los kamikazes derivaba, en cierto modo, del Bushido, el código de conducta del guerrero japonés, basado en el espiritualismo propio del budismo que revela una especial insistencia en el valor o en la conciencia del hombre. Otro de los más ardientes deseos de los japoneses era conseguir una muerte henchida de un profundo significado, en el momento justo y en el puesto que les correspondía, y no suscitar con su conducta la pública censura. Cuando se analiza el comportamiento de los kamikaze hay que tener muy presente que ellos juzgaban aquellas misiones de ataque única y exclusivamente como una parte mas de su obligación, y que no consideraban este deber como algo extraordinario ni fuera de los normal. Se apasionaban de tal manera ante el problema de cómo alcanzar con excito los buques señalados como objetivo que acababan por dar poca o ninguna importancia a su destino. A nivel de conciencia o de inconciencia tenían la sensación precisa y profunda de conquistar la vida a través de la muerte y se comportaban y obraban de acuerdo con este principio. Se ha hecho referencia a la inconciencia de estos guerreros, precisamente para dar a entender que aquellos hombres ni siquiera eran concientes de los sentimientos descriptos: estaban tan profundamente dominados por el sentimiento de amor hacia la patria, cultivado en la historia y en la tradición de su país, que no podían experimentar otras sensaciones (¿que seria de nuestra patria, si tuviéramos nosotros tan solo un poco de ese patriotismo desinteresado de los nipones?). El ataque kamikaze tenia, ante todo, un significado espiritual, cualquier piloto dotado de una normal habilidad estaba capacitado para llevar a cabo su misión de manera adecuada. Por ello no existía un método especial de adiestramiento, excepto el que consistía en hacer particular hincapié, ante los pilotos, sobre determinados factores que ya habían revelado tener una cierta importancia, en el curso de anteriores experiencias, en todos estos ataques especiales. Sin embargo, puesto que los pilotos elegidos para estas misiones habían recibido una preparación un tanto limitada y tenían escasa experiencia de vuelo, los japoneses se ocupaban de someterlos a un curso de adiestramiento intensivo, con el fin de ponerles en situación de aprender, en un tiempo mínimo, los elementos fundamentales del ataque kamikaze. Por ejemplo, el programa que debían seguir los pilotos con base en Formosa se dividían en breves y diversas fases: en primer lugar, el adiestramiento de los nuevos pilotos kamikaze tenía una duración de siete días, dedicando las dos primeras jornadas únicamente al ejercicio de despegue. Este tipo de ejercicio cubría el período de tiempo que iba desde el momento en que se impartía la orden para una misión hasta el momento en que los aparatos quedaban situados en formación de vuelo. Los dos días siguientes se dedicaban al vuelo en formación, mientras al mismo tiempo proseguían las prácticas de despegue. Los últimos tres días estaban dedicados, de manera especial, al estudio teórico y a los ejercicios prácticos de aproximación al objetivo y al ataque; entre tanto, continuaban también los ejercicios de despegue y de vuelo en formación. Si se disponía de tiempo, se repetía el programa completo una segunda vez.