lunes, 9 de marzo de 2009

Historia del nacionalismo (primera parte)

La revolución Francesa, al destruir el antiguo régimen, fue la gran catalizadora de los cambios en Europa. Los ejércitos revolucionarios llevaban consigo no solo el lema de “libertad, igualdad y fraternidad”, sino también las ideas de liberalismo, autogobierno y nacionalismo que serian los temas centrales de la historia europea del siglo XIX. Ya antes de 1789, como una reacción contra el espíritu racional de la Ilustración, algunos escritores, como Herder (1744-1803), habían destacado el sentimiento de identidad nacional. Sin embargo, el estado aún era considerado como un patrimonio dinástico, como un terrateniente al que los propietarios más pequeños debían lealtad y servidumbre. Esta concepción fue desafiada por los gobiernos revolucionarios franceses, que instaron a los pueblos oprimidos a alzarse en contra de sus amos y gobernantes. No obstante, fueron las invasiones napoleónicas las que provocaron reacciones nacionalistas en España, Rusia y el Tirol y, por ultimo (después de 1807), en Alemania. Esa fue una de las causas del nacionalismo de finales del siglo XIX. A pesar de todo no debe exagerarse la fuerza del nacionalismo en la primera mitad del siglo XIX. Hasta 1866, la mayoría de los alemanes e italianos sentía mas interés por sus gobernantes y culturas provinciales (bávara, de Hesse, toscana, emiliana) que por el ideal de unidad nacional. Solo donde había gobiernos extranjeros surgían protestas airadas, principalmente de las clases medias (abogados, profesores y comerciantes). En Italia contra Austria, en Irlanda contra Inglaterra, en Bélgica contra Holanda, en Grecia contra Turquía, en Polonia contra Rusia y en Noriega contra Suecia. Estas protestas pocas veces afectaban a las masas campesinas, es decir, al grueso de la población europea de la época. Incluso en el Imperio Otomano, a pesar del incompetente gobierno turco, cada vez más corrupto y opresivo, y del resentimiento de los cristianos hacia el poder absoluto de los musulmanes, había escasa oposición nacionalista activa, excepto en la región que, durante la década de 1820, se convertiría en el centro de la Grecia moderna. En el vasto imperio Austriaco, que gobernaba sobre un gran numero de nacionalidades, solo se mostraban inquietos los checos y los húngaros; ambos pueblos, orgullosos de un pasado independiente, buscaban la autonomía dentro del Imperio y no la independencia nacional. Por otra parte, después de la derrota de Napoleón en 1815, las potencias victoriosas se mostraron hostiles a las aspiraciones nacionalistas, las que asociaban al liberalismo y veían como una amenaza a la autoridad constituida. En el Congreso de Viena, las potencias habían adoptado, bajo la influencia de Talleyrand y Metternich, el principio de “legitimidad” como base para volver a trazar el mapa de Europa. Metternich pensaba que cualquier concesión al nacionalismo seria fatal para Austria y las resistió en todos los frentes hasta 1848. en este periodo, solo Grecia y Bélgica (1830) lograron la independencia y, en ambos casos, había circunstancias especiales, en particular, la rivalidad de las Grandes Potencias. En otras partes, como Polonia (1831, 1846), Alemania (1848), Italia (1848) y Hungría (1849), debido a desacuerdos internos y a la solidaridad de las potencias conservadoras, los alzamientos nacionalistas fracasaron. Los polacos, dispersos en tres imperios, siguieron siendo un pueblo sometido hasta 1918-1919. Los húngaros, sin embargo, aprovechando la debilidad austriaca en su guerra con Prusia, se las ingeniaron para obtener el mismo estatus que la población de habla germana según el Ausgleich (compromiso de dualidad austro-húngaro) de 1867.