miércoles, 1 de abril de 2009

Los kamikazes, el honor del guerrero samurai (parte final)

Para los cazas ligeros y rápidos, como los Zero (Zeke), y para los bombarderos embarcados tipo Suise (Judy) se adoptaron dos métodos de aproximación con vistas a los ataques especiales, métodos que se habían revelado especialmente eficaces. La aproximación debía realizarse a la máxima o la mínima altura posible. Aunque desde el punto de vista de la exactitud de la navegación y de la buena visibilidad hubiera sido preferible una altura media, se prefería renunciar a estas ventajas en consideración a otros factores. En efecto, la altura preferida estaba comprendida entre los 5500 y los 6500 metros, y ello por dos razones: Cuanto mayor es la altura, más difícil se hace la interceptación por parte del enemigo;
Había que tener en cuenta la maniobrabilidad de un avión cargado con una bomba de 250 kilogramos. Por lo que respecta a la aproximación a muy poca altura los aparatos de los japoneses volaban lo más cerca posible de la superficie del mar, de manera que se retrasara al máximo su localización por los radares enemigos. En las postrimerías del año 1944 se consideraba que el radar americano tenía un alcance efectivo de 160km. a gran altura y de 30-50km a baja altura. En las ocasiones en que los japoneses disponían de muchas unidades de ataque, se aplicaban simultáneamente bien el método de aproximación a baja cota bien el de alta cota, que además se efectuaban en rutas distintas. En la aproximación a gran altura era necesario que los pilotos estuvieran muy atentos, a fin de que el ángulo de picado no resultase excesivo, pues entonces el aparato sería difícil de manejar y además, bajo la creciente acción de la fuerza de gravedad, el piloto perdería fácilmente su control. Era, pues, de la mayor importancia que el picado fuera lo menos profundo posible y que el piloto prestase gran atención al viento de cola y a cualquier movimiento por parte del objetivo. En el caso de la aproximación a baja altura, apenas se avistaba un navío enemigo el avión se remontaba bruscamente a 3500-4500 metros, para luego arrojarse en picado sobre el objetivo previsto. Este método requería una habilidad muy particular por parte del piloto, puesto que el impacto debía producirse en la cubierta del navío que se elegía como blanco. Además, el método de picado en candela, sobre la cubierta resultó ser bastante más eficaz que el de estrellarse contra el costado del mismo. Por esta razón los pilotos kamikaze eran inducidos a adoptar el método del picado en candela en cuanto su grado adiestramiento lo permitía y siempre que las condiciones en que se desarrollaba el ataque fueran favorables. Para llevar a cabo una misión kamikaze además de conseguir hacer blanco sobre el buque objetivo, era de suma importancia que el piloto supiera montar en su aparato, despegar, situarse en formación y conseguir luego volar siempre entre el violento fuego de los cañones enemigos. Con este fin, los pilotos kamikaze también eran sometidos a un enfrentamiento muy riguroso respecto a todo aquello a que se refería al embarco, al despegue, al vuelo en formación así como al ataque. En el caso de un despegue a plena carga, era muy importante que el piloto no remontase el vuelo demasiado bruscamente, que maniobrase los mandos con la necesaria lentitud y que se situase a unos 50m de altura antes de recoger el tren de aterrizaje. Otro importante factor en el momento del despegue era alcanzar el conjunto de la formación y mantenerse en filas estrechamente cerradas, de manera que no fuera necesario realizar evoluciones demasiado amplias. En los portaaviones, el mejor blanco era el elevador principal; seguían luego, en orden de preferencia, el elevador de popa u el de proa. En cuanto a los demás tipos de grandes unidades de guerra, el mejor blanco era la base del puente de mando. Y por lo que hace referencia a los destructores y a otros pequeños buques de guerra y de transporte un impacto en un punto cualquiera, situado entre el puente de mando y el centro del navío, resultaba generalmente de gran eficacia. De no haber sido por la falta del número necesario de aparatos, lo ideal hubiera sido enviar contra cada gran portaaviones cuatro aviones kamikaze: dos contra el elevador principal y los otros dos contra los de popa y proa respectivamente. Así, en teoría, dos o tres atacantes se consideraban el número ideal para un portaaviones de escolta. Pero lo cierto era que en la práctica los portaaviones americanos eran demasiados, y los japoneses disponían de muy pocos aparatos para realizar esta tarea. En consecuencia, para obtener al menos un golpe centrado y eficaz, contra cada portaaviones se enviaba a un solo aparato: un avión por cada buque de guerra.