lunes, 20 de abril de 2009

La terrible muerte de don Pedro de Valdivia

Valdivia al frente de 150 hombres, llego al valle del río Mapocho, donde fundo la ciudad Santiago de la Nueva Extremadura (febrero de 1541). Las circunstancias se presentaron muy difíciles: la falta de abastecimientos y la empecinada belicosidad de los naturales obligo a los españoles a extremar sus cuidados. Valdivia resolvió solicitar refuerzos al Perú comisionando a tal efecto a Alonso de Monroy. Sin embargo, los refuerzos demoraron más de tres años pues, por ese entonces, el Perú estaba sumido en plena guerra civil. A fines de 1543 llegaron algunos contingentes con los cuales Valdivia pudo ampliar su dominio sobre los territorios conquistados: fundo La Serena (1544) y ordeno una penetración hacia el sur. Los españoles obtuvieron tierras e indios, pero las encomiendas no dieron resultado ya que los araucanos rechazaron el trabajo servil que se les imponía. Al tener noticias de la rebelión de Gonzalo Pizarro en contra del pacificador La Gasca, Valdivia volvió al Perú alistándose en las filas de este último. Terminada la sangrienta contienda, La Gasca lo designo gobernador de Chile. Valdivia emprendió entonces una vigorosa acción hacia el este y el sur. Ordeno a Francisco de Villagra la ocupación de Tucumán, cruzando la cordillera, en tanto él se dirigió hacia el sur donde fundo Concepción (1550). Los araucanos, por su parte, dirigidos por el brillante estratega Lautaro, plantearon una nueva táctica. Basaron su ofensiva en la superioridad numérica, pero en lugar de atacar en masa, convirtiéndose en fácil presa de las armas de fuego, plantearon una lucha por grupos. En la batalla de Tucapel (1554) esta táctica les dio óptimos resultados pues la caballería española se agoto frente a los ataques escalonados de las fuerzas indígenas que, pese a sus cuantiosas bajas, se renovaban constantemente. Las tropas españolas fueron derrotadas al fin, y el gobernador Valdivia hecho prisionero, fue condenado a una terrible muerte… “El cráneo seccionado de Pedro de Valdivia, gobernador de Chile, convertido en vaso para la chicha, era el más preciado trofeo que en sus fiestas mostraban los araucanos.
El infortunado conquistador había sido herido en batalla y luego apresado. Primero le echaron tierra mezclada con polvo de oro en la boca y lo baquetearon como a un arcabuz, para que se hartara de aquello que con tanta inmisericordia buscaban los llegados desde allende los mares. Luego se lo fueron comiendo de a bocados, minuciosamente, manteniéndolo vivo durante tres días. No es de extrañar que Rodrigo Quiroga, gobernador de Chile tiempo después de Valdivia, al caer enfermo durante una de sus campañas contra los araucanos, rogaba “que en algún arroyo de los que por allí había le hiciese enterrar, apartando el agua, y volviéndola a echar después por encima del cuerpo, porque los indios no le pudiesen hallar, ni le llevasen”. Su postrer precaución es explicada por Aguado de los Musos: “(...) porque esta malvada ente es tan caníbal, o a lo menos lo era en este tiempo, que por comer de un español cavaban todo un campo donde presumieran estaba enterrado, sólo por haberles dado a la imaginación que comiendo ellos carne de españoles habían de ser valientes y animosos guerreros”. Ante la desaparición del jefe español, sus lugartenientes francisco de Aguirre y Francisco de Villagra se disputaron la jefatura del gobierno de Chile, pero, finalmente, la audiencia de Lima reconoció a Francisco de Villagra. Los araucanos dividieron sus fuerzas en dos contingentes: uno al mando de Caupolicán operaba en el sur y el otro, a cuyo frente se hallaba Lautaro, tenía la intención de atacar Santiago. Villagra venció a este ultimo en las cercanías del río Mataquito (1557); Lautaro murió en la lucha.
En tanto proseguía la guerra araucana, fue nombrado nuevo gobernador de Chile, García Hurtado de Mendoza, hijo del virrey del Perú. El nuevo funcionario se dirigió hacia el sur: repobló Concepción y fundo la ciudad de Cañete y en 1558 llego frente al archipiélago de Chiloé con la intención de dar una investida final a las victoriosas fuerzas de Caupolicän. El jefe araucano intento destruir la nueva población de Cañete, pero cayo prisionero victima de una emboscada. Posteriormente, fue ejecutado en medio de torturas similares a las impuestas a Valdivia. La muerte de Caupolicán desalentó la resistencia araucana; los indígenas sin ser totalmente derrotados se refugiaron en el sur. Alonso de Ercilla, uno de los oficiales del nuevo gobernador, canto en su famoso poema, La Araucana las alternativas de las conquistas de Chile, no ahorrando elogios a la bravura de los araucanos. Hurtado de Mendoza consolido la dominación española en Chile y por su orden fue colonizada la región de cuyo que culminaría con la fundación de las ciudades de Mendoza, San Juan y San Luís.