sábado, 4 de abril de 2009

Los bombarderos estratégicos en la Primer Guerra Mundial

la Primera Guerra Mundial fue testigo de los primeros intentos de utilizar el poder aéreo contra blancos estratégicos, con el objeto de afectar el desenvolvimiento de las hostilidades. Se lanzaron ataques contra fábricas, sistemas de transporte e incluso zonas residenciales alejadas de los escenarios de las operaciones militares y navales. En términos generales, sin embargo, estas tentativas fueron espaciadas, solo atraigan una pequeña porción de los recursos aéreos disponibles, y causaban poco daño a los blancos atacados. No modificaron en absoluto ni el curso de la Primera Guerra Mundial ni la estrategia bélica global. Dos problemas impidieron que el potencial aéreo se convirtiera en una opción estratégica viable hasta después de 1918. En primer lugar, se disponía de una tecnología inadecuada. Los grandes aparatos tenían un coste de construcción excesivo, no podían transportar un cargamento de bombas proporcional a su tamaño y presentaban el inconveniente de una mecánica poco segura. En segundo lugar, ni los dirigentes políticos ni los oficiales superiores del ejército o la marina estaban mentalizados para considerar las operaciones aéreas como algo más que un complemento útil para las ofensivas terrestres o marítimas. No obstante, todas las grandes potencias desarrollaron un arma aérea estratégica. Paradójicamente, los dos países que hicieron los primeros adelantos más rápidos fueron los que poseían la economía de guerra más débil. El bombardero ruso Ilya Muromets fue el primer aeroplano multimotor viable de la guerra. Los italianos fabricaron una serie de aviones similares y lanzaron campañas prolongadas, aunque intermitentes, contra ciudades austriacas. A la larga, sin embargo, los bombarderos estratégicos más significativos fueron los realizados por los alemanes y los británicos. Con las aeronaves gigantescas diseñadas por Zeppelín, Alemania poseía un arma aérea de mucho más alcance y más capacidad de transporte que los aeroplanos primitivos. En 1915, los zeppelines alemanes, que dependían en general de la marina, comenzaron a realizar ataques nocturnos a ciudades británicas, causando escasos daños materiales, aunque si una gran preocupación para la población civil. A finales de 1916, la aparición de bombas incendiarias y las técnicas efectivas para el combate nocturno convirtieron estos zeppelines llenos de hidrogeno en un mayor peligro para su propia tripulación que para sus victimas potenciales a nivel del suelo; pero en 1917, el ejercito alemán se hizo cargo de la campaña con los bimotores Gotha. Varios ataques diurnos efectivos sobre Londres provocaron un reajuste de la política aérea británica. Gran Bretaña creo un servicio aéreo independiente (RAF) en parte con el fin de emprender una campaña de bombardeos contra Alemania. El bombardeo estratégico británico se inició en el otoño de 1916 con ataques a objetivos industriales en la cuenca del Sarre. Después de seis meses, la oposición militar a la desviación de los recursos aéreos del frente occidental provoco el fin de la campaña, pero los posteriores ataques de los Gotha provocaron una presión irresistible del público para que se reanudaran los ataques. Sin embargo, la campaña de bombardeos que comenzó a continuación resulto tan ineficaz como los ataques alemanes que le dieron origen.