sábado, 20 de junio de 2009

El gran "Ejercito de Hierro" Asirio (primera parte)

Entre el 900 y el 612 a.C., los asirios, con su “ejército de hierro” formaron el primer imperio mundial, conquistando el Próximo Oriente y organizándolo en provincias bajo la activa supervisión de los reyes asirios. El estado egipcio del Imperio Nuevo se considera frecuentemente como un verdadero imperio, pero los faraones de aquella era gobernaron directamente tan sólo sobre el Nilo y se limitaron a intentar mantener una esfera de influencia o hegemonía en Siria-Palestina. Los reyes asirios incorporaron a su estado pueblos conquistadores y tuvieron que proceder a la firme defensa de toda la región. Consecuentemente, se vieron enfrentados con la necesidad de crear una nueva gran estrategia en la que la defensa de la patria asiria en la Alta Mesopotamia era, simplemente, parte de un sistema de seguridad mucho más amplio. Los rasgos esenciales de la gran estrategia asiria aparecieron pronto y se asentaron firmemente en el reinado de Tiglat Piléser III (744-727). Al comienzo del período de resurgimiento asirio, el rey Adad-Nirari II (911-891) se encontró con problemas estratégicos en tres frentes. Uno fue el de la región montañosa de Urartu, al norte, antes controlada por los hurritas, que constituían una permanente amenaza a la integridad del Imperio Asirio. Otro estaba representado por la fieramente independiente Babilonia, al sur, complicado por la amenaza de los agresivos elamitas en las altas mesetas persas. El tercero estaba a occidente, hacia el mar, y llevó a Asiria a enfrentarse con los israelitas. En una serie de campañas anuales que empezaron más como incursiones que como guerras de conquista, los reyes del siglo IX resolvieron con fortuna variable sus problemas fronterizos en este “triángulo asirio”, creando “imperios más o menos efímeros”. Assurnasirpal II (883-859) y su hijo Salmanasar III (858-824) fueron particularmente agresivos y alcanzaron éxitos, pero la gran época del Imperio Asirio ocupó los siglos VIII y VII bajo Tiglat Piléser III, Sargón II (721-705), Senaquerib (704-681), Asharadón (680-669) y Assurbanipal (668-627), todos los cuales intentaron conservar el territorio conquistado. Tiglat Piléser III ocupó Babilonia y Damasco; Sargón II lanzó numerosas guerras y deportó a los jefes del reino de Israel; Senaquerib tomó Cilicia, en el sureste de Anatolia, y trasladó a Nínive la capital del Imperio Asirio; Asharadón ocupó Egipto y sometió la mayor parte del Próximo Oriente al dominio asirio. La gran estrategia asiria fue concebida para resolver un doble problema: mantener subyugadas las provincias conquistadas y defender las fronteras imperiales. A diferencia del Imperio Romano, los asirios no podían contar con la lealtad de las provincias ni permitirse el lujo de dispersar sus fuerzas militares a lo largo de las fronteras de ellas. Aunque pusieron guarniciones en puntos estratégicos de su imperio mantuvieron siempre una fuerte reserva central bajo el mando directo del rey. Así fue como la necesidad de seguridad interior y exterior conformó la gran estrategia asiria. Uno de los resultados de las amenazas internas al Imperio Asirio fue la adopción por los reyes de una consciente política de terrorismo como parte de su gran estrategia. Para refrenar a sus súbditos, los reyes asirios declararon abiertamente una furiosa y salvaje política de represión militar por actos de deslealtad. Babilonia fue frecuentemente demolida, y en una ocasión, bajo Senaquerib, totalmente destruida. Su descripción de la destrucción de la gran ciudad recuerda al lector, inevitablemente, a los romanos en Cartago:
Como amenazadora tormenta me desaté y la abatí como un huracán… Llené las plazas de la ciudad con sus cadáveres… Toda la ciudad y sus casas, desde los cimientos a los tejados, destruí, devasté e incendié. Derruí las murallas interior y exterior, los templos y los dioses, las torres de ladrillo y tierra de los templos, y todo cuanto allí había arrasé y arrojé al Canal Arathu. Excavé canales que cruzaban la ciudad, inundé el lugar con agua y destruí sus mismos cimientos. La destruí más completamente que si hubiera sido una verdadera inundación. Para que en los días venideros el asentamiento de esa ciudad, con sus templos y dioses, no pueda ser recordado, la hice desaparecer para siempre con avenidas de agua y la convertí en vega. Pero Babilonia, como Cartago, pudo ser destruida, pero no borrada, y volvió a levantarse con la pertinacia de la maleza para seguir su obstinada resistencia a los odiosos asirios.