sábado, 9 de mayo de 2009

Los duros combates aéreos en Malvinas (parte segunda)

De improviso, la voz resquebrajada de Ratón Tres, Senn, sacó a sus compañeros de ensimismamiento: “¡Tengo un Sea Harrier a las tres!”. Los dos pilotos giraron instintivamente la cabeza hacia la dirección indicada y pudieron distinguir con toda claridad la esbelta silueta negra del caza británico. Llevaba rumbo paralelo a la sección argentina, con velocidad parecida y algo más alto que los cazabombarderos. Pero, ¿Dónde estaba su punto, el otro componente de la patrulla? Sin perder un instante, el capitán Donaille ordeno desprenderse de la carga-bombas y depósitos suplementarios y virar rápidamente a estribor para poder trabarse con el Sea Harrier. Los aviones dieron un respingo al quedar libres del peso y la resistencia adicionales, casi simultáneamente. Al mismo tiempo el caza enemigo inicio un giro a babor y picó ligeramente. Ratón Uno hizo fuego con sus armas de a bordo, desde fuera de alcance, y el Sea Harrieracentuo el picado, escapando de frente y por debajo a los aviones argentinos. Ratón Uno le siguió haciendo un tornillo a babor para cruzarse en la trayectoria del cobarde británico, acercándose ambos veloz y peligrosamente al suelo. Donaille volvió a disparar con un pronunciado ángulo de corrección, sin observar impactos en su contrario. Los dos aviones se acercaron de vuelta encontrada a enorme velocidad. Donaille lo vio pasar por debajo suyo y desaparecer, a escasos metros del suelo. Recupero inmediatamente para evitar el choque contra tierra e inicio un nuevo viraje en redondo y en subida, intentando volver a localizar, como águila orgullosa que no quiere dejar escapar a su presa, al Sea Harrier, pero hubo de suspender la maniobra repentinamente: Ratón Tres, a toda velocidad apareció delante suyo, con rumbo de babor a estribor. Evito el choque y le siguió, situándose a su cota de vuelo en horizontal. Entonces sintió una detonación y un golpe y su avión se encabrito: se había quedado sin control. El cazabombardero dio algunas violentas cabezadas y entro en tirabuzón casi horizontal. No quedaba nada por hacer y Donaille comprendió que había de abandonar el avión; se dispuso a disparar su asiento lanzable, mientras comprendía que había pasado: el otro Sea Harrier al que no pudo ver desde el principio, era el que traicionera y cobardemente lo había alcanzado. Tiro de uno de los mandos de eyección y la cubierta de la cabina salto. Un segundo después sintió la enorme aceleración de la carga propulsora de su sistema de expulsión y se encontró en el aire; sus tres cartuchos le habían impelido a 24 m/s y se sintió aplastado por los casi 19 g de la tremenda aceleración. En rápida secuencia noto la deceleración del paracaídas estabilizador e inmediatamente después –en realidad 1,75 segundos mas tarde- la apertura del propio paracaídas, tras desprenderse del arnés. Para Donaille, cayendo sobre tierra a 7 m/s, balanceándose bajo el enorme paraguas crema, el combate había concluido. Parecidas suerte corrieron sus compañeros mientras Ratón Uno contemplaba impotente, el rojo estallido de su Dagger al chocar contra el suelo. Uno tras otro, Ratón Dos y Tres resultaron alcanzados por el mortífero fuego de los negruzcos Sea Harrier. Como en un sueño, lentamente, los tres infortunados aviadores descendieron mecidos en sus paracaídas. Evidentemente, no todos los combates aéreos sobre las Malvinas fueron como este, pero es obvio que ambos bandos hubieron de enfrentarse a diversas situaciones tácticas para las que inicialmente no estaban preparados. Y, si la Armada Real británica hubo de superar el enorme inconveniente de su carencia de portaaviones convencionales cubriendo los Harrier y Sea Harrier un abanico de misiones para las que no habían sido concebidos, tales como la interdicción radar y la intercepción aérea, Argentina hubo de efectuar numerosas misiones de ataque a superficie con aviones carentes del suficiente alcance operacional. Los Mirage III y los Dagger tenían sus bases en el continente, a 750 Km. de distancia de la zona de combate. Ello implicaba que sus cargas ofensivas habían de reducirse a cerca de 1.000 Kg. por el peso y el espacio de los depósitos de 375 galones (1.700 litros). Tal configuración solo permitía un alcance táctico de unos 900 Km., prácticamente idéntico al del otro tipo principal de avión de ataque utilizado, el McDonnell-Douglas A-4 Skyhawk. Aun mas corto era el radio de combate del mas moderno Súper Etendard: unos 650 Km., por lo que se hizo imprescindible el reaprovisionamiento en vuelo por los KC-130. las coberturas de caza fueron realizadas por los Mirage, pero dado que los pilotos argentinos se veían obligados a efectuar la penetración en vuelo bajo, la ventana quedo, en el combate aire-aire, del lado británico. A baja cota, los Sea Harrier, que volaban en sus CAP a 3.000 m y 460 Km/h, podían acelerar hasta 1.100 km/h en muy pocos segundos, mientras los cazas argentinos (que no debían utilizar los posquemadores por razones evidentes de economía de combustible), tras desprenderse necesariamente de sus depósitos auxiliares (y de la carga bélica, naturalmente) para poder encarar a sus adversarios, se veían muy limitados en aceleración. Por si fuera poco, los cazas de la Armada Real podían utilizar los más recientes misiles Sidewinder, los AIM-91, capaces de ser disparados en cualquier posición del enemigo y no solo desde el sector trasero como los empleados por la aviación argentina. Los A-4 demostraron ser grandes guerreros, tanto por su maniobrabilidad como por su aguante y resistencia: sucios, manchados de grasa o liquido hidráulico, dañados en combate, siguieron en la brecha sin exigir de sus casi agotadas tripulaciones terrestres mimos y cuidados especiales. Tanto la Fuerza Aérea como la Aviación Naval utilizaron el Skyhawk, en sus versiones B/C la primera y Q la segunda.