martes, 12 de mayo de 2009

Las orgullosas águilas guerreras (parte final)

A pesar de ello, ocasionalmente, los Mirage IIIEA volaron misiones de cobertura superior de los aviones de ataque. Para desesperación de los cazadores argentinos, el tiempo de vuelo de ida -90 minutos- y de regreso –otros tantos- a la zona de operaciones, aun con el auxilio de los dos depósitos subalares de 1700 litros, sólo les permitía permanecer a escasos diez minutos en el área de combate. Los Sea Harrier, sabedores de que los cazas contrarios no deseaban trabarse en combate a cotas bajas por el excesivo consumo de combustible –que podía fácilmente impedirles el regreso a las bases- se desentendían de la escolta para dedicarse a impedir a los aviones de ataque sus cometidos. En numerosas ocasiones bastó la interceptación sin combate para frustrar los decididos ataques argentinos: los interceptados se veían obligados a liberarse de bombas, contenedores de cohetes, depósitos auxiliares, etc., para escapar de los ágiles cazas británicos. Sin embargo no siempre los pilotos de los Sea Harrier logran evitar la acción de la escolta. El día 1 de mayo, en lo que era el primer encuentro en el aire de los dos bandos en disputa, una patrulla de cuatro A-4C Skyhawk que intenta bombardear una fragata –la Antrim-, ya atacada por una patrulla de A-4B segundos antes, es sorprendida por los dos Sea Harrier de la CAP. Pero se interponen dos Mirage IIIEA de la VIII Brigada, los del capitán García Cuerva y el teniente Perona. El primero se desprende de los depósitos auxiliares y dispara un misil Matra R.530: uno de los cazas enemigos es alcanzado. A toda velocidad, el Mirage IIIEA se encuentra de pronto cerca del portaaeronaves Hermes, sobre cuya cubierta se dispone al apontaje otro Sea Harrier. Cuerva abre fuego con los cañones Defa de 30mm unos breves segundos y se aleja a toda velocidad para escapar de la intensa antiaérea. Alcanzado, probablemente por éste último, se dispone a tomar tierra en forzoso en la Base Aérea Malvinas. Ya sobre Puerto Argentino y a baja altura, el avión sufre un cortocircuito –probablemente causado por los daños de la antiaérea- y se le disparan, desdichadamente, los dos misiles R.550 “Magic”. Los artilleros le toman por enemigo ante semejante actitud “hostil” y Cuerva muere, derribado por la antiaérea de la base. Entretanto, el otro Mirage IIIEA, el del teniente Perona, se cruza de frente con el Sea Harrier que ha elegido e inmediatamente inicia una maniobra de tijera –una serie de virajes de inversión de forma que el atacante se ve obligado a rebalsarle y el defensor se sitúa detrás, en posición de tiro óptima- pero el Sea Harrier hace gala de sus habilidades en deceleración, gracias a sus toberas orientables- el viffing, intraducible verbo derivado del concepto VIFF (Vectoring in Fordward Flight) es la palabra empleada para definir la increíble agilidad del pequeño reactor británico- y se sitúa a estribor, a unos 150 metros a las seis. Inmediatamente después, el Mirage argentino lo rebasa, imposibilitado de reducir aún más su velocidad. Una fuerte sacudida y Perona pierde el control de su aparato. Lanzado en paracaídas, ve dos grandes columnas levantarse del agua y cree que los dos cazas, el propio y el Sea Harrier, han colisionado. La verdad sólo será evidente después, tras ser recogido por un helicóptero propio, lesionado tras una mala toma, arrastrado por el viento. Las dos columnas de agua correspondían a su avión y a su asiento eyectable. Otros aviones argentinos fueron más afortunados al enfrentarse con los Sea Harrier, como los pequeños y ágiles Beechcraft T-34C Mentor que, ese mismo día, al anochecer intentaron perforar las defensas británicas al amparo de la oscuridad: descubiertos, se escapan de los cazas gracias a su pequeño tamaño y maniobrabilidad. En general, sin embargo, los aviones argentinos carecieron de las condiciones tácticas necesarias para encontrarse de igual a igual con los bien preparados británicos. Los cazas hubieran precisado control y guía aerotáctica para conseguir la imprescindible ventaja en combate y los aviones de alerta y control brillaron por su ausencia. Los aviones de ataque carecieron de la suficiente carga bélica y armamento moderno: las bombas resultaron en muchos casos insuficientes para causar el hundimiento de los buques y, con demasiada frecuencia, no explosionaron. . Con misiles antibuque, no habría sido tampoco necesario que los aviadores argentinos hubiesen de desafiar las defensas antiaéreas. En el campo de la guerra electrónica, las deficiencias fueron notables, viéndose en la mayoría de las misiones obligados los pilotos a efectuar su ruta de aproximación en total silencio radio, por temor de ser detectados con demasiada antelación. Los vuelos, tan largos y en tan malas condiciones atmosféricas y visuales, fueron peligrosos, fatigantes, y exigieron de las tripulaciones un gran valor. Y esas cualidades humanas, ni siquiera son negadas por los vencedores. Los “argies”, como despectivamente les denominaban sus adversarios, demostraron la vulnerabilidad de la orgullosa Real Armada, aun a pesar de la precariedad de los medios. Y esa lección es una de las más hermosas que pudieron extraerse de aquel lamentable conflicto.
Las Malvinas aún permanecen bajo dominio extraño, usurpadas ilegalmente y mantenidas por la fuerza por el pirata ingles.
Las orgullosas águilas de guerra celeste y blanca se retiraron del cielo patrio que corana las lejanas islas de la patria. Pero sus ojos alertas vigilan acechantes al enemigo, aguardando con la sangre hirviendo en las venas el momento oportuno para volver a nuestro suelo y poder gritar con toda nuestra voz: ¡¡¡MALVINAS ARGENTINAS; VIVA LA PATRIA!!!