miércoles, 20 de mayo de 2009

El sol se alimenta de muerte. Los sacrificios aztecas

Los sacrificios Aztecas se celebraban en honor de los dioses y en particular del dios sol, con un fervor tan ciego y loco que alcanzaban las formas de crueldad más horrendas. Los sacrificios variaban en cuanto al número, el lugar y el modo de acuerdo con distintas festividades. El lugar más común era el templo, en cuyo atrio superior se encontraba el altar destinado a la inmolación de las victimas. Estas se elegían entre los prisioneros de guerra o entre los esclavos; se llevaba a uno de ellos cada vez, completamente desnudo, ante el ídolo. Cuatro sacerdotes tomaban a la victima por los pies y los brazos y la colocaban sobre el “Chac Mool”, piedra convexa con perfil de hombre. Un sacerdote armado con un silex aguzado le abría el pecho, le arrancaba el corazón y todavía palpitante lo ofrecía al sol, (la pericia y velocidad con el cual realizaban este acto era tal, que antiguos relatos narran asombrosas historias de victimas que, aun con vida, contemplan azorados a su extraído corazón palpitar fuera de sus pechos). Entonces lo arrojaba a los pies del ídolo y después lo recogía para introducirlo con un cucharón en la boca del ídolo. Después se bañaba el ídolo con la sangre recogida en la cavidad del Chac Mool. En las fiestas de la diosa azteca Teteianan se decapitaba a una jovencita sobre las espaldas de otra mujer. En las ceremonias dedicadas al dios Tlaloc se mataba a un muchacho y a una muchacha ahogándolos en el lago. En otra fiesta se compraban a tres muchachos entre los seis y siete años y, encerrándolos en una gruta, se les dejaba morir de hambre y miedo. El sacrificio mas importante entre los aztecas era el que los españoles llamaban “gladiatorio”. Consistía en la inmolación de los prisioneros más valientes sobre la piedra llamada Temalacatl, plataforma redonda historiada con bajo relieves, levantada en el templo mayor de los grandes centros sagrados. Sobre ella se colocaba el prisionero al que se le daba una espada corta y se le ataba por un pie; subía a combatir contra él un soldado que llevaba las mejores armas. Si el prisionero perdía, un sacerdote lo tomaba y, vivo o muerto, lo llevaba al altar de los sacrificios en donde le abría el pecho y arrancaba el corazón, como de costumbre, mientras que la multitud aplaudía al vencedor. Si por el contrario la victima señalada conseguía abatir al soldado armado y a otro seis como el primero, salvaba su vida y recuperaba la libertad. Los ministros ordinarios del sacrificio eran los sacerdotes, casi siempre en número de seis. Vestían un manto rojo adornado con bolas de algodón, sobre la cabeza llevaban una corona de plumas de quetzal verdes y amarillas. Tenían pendientes de oro y piedras preciosas y la frente ceñida por cintas de materiales textiles o papeles de colores. Todo esto se ha atestiguado tras el descubrimiento de la pirámide de Tula, en donde se encontró el “Chac Mool”, y tras el hallazgo de los preciosos objetos sacrifícales del Templo de los Guerreros de Chichón Itzá. La ruina de los Itzá

Ellos no sabían que esperaban a los señores blancos y a su cristianismo. Ellos no quisieron pagar tributo. Los espíritus señores de las aves, los espíritus señores de las piedras preciosas, los espíritus señores de las piedras esculpidas, los espíritus señores de los jaguares los guiaban y los protegían. ¡Mil seiscientos años y trescientos años aun, y habría llegado el fin de su vida! Porque sabían por si mismos la medida de su tiempo. Cada luna, cada año, cada día, cada viento camina y pasa a su vez. Igualmente cada sangre llega al lugar de su reposo, así como llega a su poder y a su trono. Medido estaba el tiempo en que se vanagloriaban de la magnificencia de los Tres. Medido estaba el tiempo ñeque podían encontrar el bien del sol. Medido estaba el tiempo en que podían mirar sobre si el enrejado de las estrellas, donde, vigilando sobre ellos, los contemplaban los dioses, los dioses que están prisioneros en las estrellas. Entonces todo era bueno, y entonces ellos fueron abatidos. Había sabiduría en ellos. No había pecado entonces. Había en ellos una santa devoción. Ellos Vivian sanos. No había enfermedad entonces; no había dolores de huesos; no había fiebre para ellos, no había viruela, no había ardor en el pecho, no había dolor de vientre, no había consunción. Entonces su cuerpo marchaba enderezado y recto. No hicieron así los señores blancos cuando llegaron aquí. Ellos han enseñado el miedo y han venido a marchitar las flores. Para que viva su flor han chupado y aspirado las flores de los otros. Ya no había buenos sacerdotes para enseñarnos. Esto esta en el origen de la Sede del segundo tiempo. Y es igualmente la razón de nuestra muerte. Nosotros no teniamos buenos sacerdotes, nosotros no teníamos sabiduría y, finalmente, la valentia y la vergüenza se perdieron. Y todos fueron iguales.
No había otros conocimientos, no había lenguaje sagrado, no habai enseñanza divina en los sustitutos de los dioses que llegaron aquí. ¡Extirpar el sol! ¡Esto es lo que han venido a hacer los extranjeros! Y he aquí que han permanecido los hijos de sus hijos, aquí, en medio del pueblo, y ellos han recibido su amargura.

[Libro de Chilar Balam de Chumayel]