jueves, 7 de mayo de 2009

Las Águilas Guerreras desafían al invasor ingles (primera parte)

La pequeña formación de IAI Dagger –la versión israelí del Mirage III- atravesó sin demasiadas dificultades las áreas de nubes y chubascos que se interpusieron en la ruta de aproximación final a su objetivo, los buques británicos en aguas del estrecho de San Carlos. Los tres monoplazas, equipados para el largo vuelo con depósitos subalares de 1700 litros y dos bombas de 454 Kg., habían despegado con otra sección desde la base área de San Julián a las 13,45. Era el día 21 de mayo de 1982 y, en el amanecer, las tropas británicas habían iniciado el desembarco en la isla Soledad. La sección, con el indicativo radio Laucha, se aproximó en vuelo bajo a sus objetivos a pesar de la mala visibilidad. Pronto, los tres aviadores pudieron distinguir las borrosas siluetas de los buques de apoyo enemigos. La sección se dividió y los dos Dagger de cabeza –los de los primeros tenientes Román y Puga- se dirigieron contra el más próximo, mientras el tercer aparato, pilotado por el también primer teniente Callejo, se decidió por un segundo buque, algo más lejano. Casi rozando las olas y a cerca de 1000 Km. por hora, los pequeños reactores se dirigieron con determinación contra sus blancos, abriendo fuego de cañón aun antes de encontrarse a distancia de tiro eficaz. Casi simultáneamente, el aire se llenó de explosiones en torno a los aviones argentinos y hacia ellos subían, vertiginosas, las trazas de la defensa antiaérea. El agua en las proximidades hervía con las pequeñas columnas blancas de los proyectiles de la artillería británica y las balas de cañón de los aviones atacantes levantaron una alfombra espumosa que se desplazó velozmente hacia los buques. Los rociones ocasionados por los cañones británicos al fallar sus blancos, salpicaban los fuselajes de los Dagger, cada vez más cerca de los barcos en una mortífera carrera que a los pilotos les pareció eternizarse. Ahora se unieron al coro las armas de tiro rápido de calibres menores y, como luego diría un aviador argentino, los atacantes se sintieron “como las piezas centrales de una fantástica exhibición de fuegos artificiales”. Pero, en palabras de ese mismo protagonista, “era vital ignorarlos, concentrarse en la descubierta del objetivo, atacarlo y mandarlo al infierno”. Así que los aviones continuaron imperturbables su vuelo rasante hasta soltar sus bombas a escasos segundo del objetivo para, después de sobrevolarlo, iniciar un brusco viraje y escapar, haciendo violentas maniobras evasivas para dificultar el fuego antiaéreo que los buques de escolta británicos concentraban ya sobre ellos. Ni siquiera tuvieron tiempo de comprobar el efecto de sus bombas. Ahora era cuestión de tratar de evadir las CAP (combat air patrol, patrullas de combate aéreo) de los Sea Harrier británicos volando a baja cota, lo más cercanos posible al suelo y aprovechando los accidentes orográficos para pasar desapercibidos. Pasada la zona considerada peligrosa, había que elevarse para ahorrar combustible y poner rumbo a la base. Una misión más había sido cumplida.
Pero la segunda acción no tuvo tanta suerte. Sus tres aparatos, también Dagger, con los indicativos radio de Ratón, habían seguido un perfil de misión similar al de los Laucha aunque con una ruta de aproximación del tramo final desde el norte. Encontraron peores condiciones atmosféricas que sus ya separados compañeros: techos de nubes espesas muy bajos, aguaceros, nieve y muy poca visibilidad. Sobre las islas Sebaldes corrigieron el rumbo para, ya a baja cota, atravesar desde el noreste la Gran Malvina y atacar a los británicos en San Carlos. El terreno, muy accidentado, y la mala visibilidad hacían muy difícil el vuelo en formación, aunque los aparatos, algo dispersos, consiguieron mantener el contacto visual. Ratón Uno rompió el silencio radio, que hasta entonces había conservado la escuadrilla, para avisar a sus compañeros de la proximidad del objetivo.
La voz del capitán Donadille ordenó, secamente, al mayor Piuma y al primer teniente Senn acelerar para el ataque. Como impulsados por una invisible catapulta, los tres cazabombarderos entraron a toda velocidad en un valle y se pegaron al suelo, balanceándose ligeramente con las turbulencias. “A un minuto”, cortó de nuevo la voz de Ratón Uno, y los Dagger iniciaron la maniobra final para situarse en trayectoria de puntería. Abajo, entre las nubes, podían distinguirse las manchas oscuras de los buques de desembarco británicos.