jueves, 19 de febrero de 2009

Las venatio romanas, un entretenimiento mas del coliseo

La exposición de los condenados a las fieras no era más que uno de los elementos del programa de la “venatio” que tenia lugar por la mañana en el anfiteatro. No obstante, en provincias, esa clase de espectáculo tuvo lugar, a veces, durante todo un día, incluso mas, como el Lyon, en el año 177, en que hubo cuarenta y ocho condenas, y donde, por otra parte, la cosa constituyo todo un acontecimiento, puesto que los cristianos condenados eran muy bien conocidos por el publico. Según Eusebio, el público los iba reclamando por su nombre de pila. En Roma, las ejecuciones tenían un carácter mucho mas anónimo; únicamente despertaban la curiosidad de las masas las de aquellos bandidos celebres, o las de los condenados arrojados a las fieras por motivos originales, como el caso del intendente de Glicón. Así dice Petronio al respecto: “veras al publico dividido en dos bandos: la mujer en carro y el intendente de Glicón”.
En un principio, este suplicio cuya idea procedía, según parece, de Cartago, fue aplicado principalmente a los extranjeros que desertaban del ejército romano. Era, pues, el suplicio infamante por excelencia. Más tarde fue reservado a los hombres de condición servil, para agravarles la pena de muerte, y, mas tarde, cuando empezó la persecución religiosa, a los cristianos. Los condenados recibían el nombre de “bestiario”, termino que se refería también, tal vez, a determinados profesionales armados, dedicados a la lucha con fieras.
Un vigilante, al que un bajorrelieve nos muestra protegido por un casco y una armadura que le cubre todo el cuerpo, separaba al condenado del grupo al que estaba encadenado por el cuello y le quitaba los vestidos. Entonces era presentado al público, pero este honor solo lo tenían los bandidos que, por sus fechorías, había adquirido una cierta notoriedad. En casos excepcionales, el condenado tenia que dar la vuelta al anfiteatro: Atalo fue paseado así por el anfiteatro de Lyon precedido por un letrero en que aparecía esta inscripción: este es Atalo, el cristiano”. En general, la inscripción con el motivo de la condena estaba clavada en el poste de infamia (atipes). El condenado era atado a este, con las manos a la espalda. No siempre se trataba de una simple estaca clavada en el suelo. A veces se colocaba en medio del anfiteatro un estrado parecido al que se utilizaba en determinados combates de gladiadores. La estaca era clavada en aquel estrado y, desde allí, la victima quedaba enfrentada con el público. De ahí viene, sin duda, la expresión surrectus ad stipitem (de subrigo: levantar, enderezar) que evoca el porte tan particular de unos hombres estrechamente sujetos a un palo vertical, con la cabeza y el busto mas elevados en relación con lo normal; podemos conjeturar que dicho dispositivo, por las dudas que provocaba en las fieras, aumentaba el “suspense” de dichas ejecuciones; a veces, el condenado era atado a los ángulos superiores del patibulum, compuesto de dos estacas sobre las que reposaba una barra transversal; en este caso, el cuerpo, contrariamente a lo que ocurría antes, se desplomaba hacia el suelo. Para estableces una lista completa, habría que describir todavía todo el arsenal de las cruces. Después se daba suelta a las fieras. Llegaban, según un programa establecido, por las trampas que daban directamente a la arena. Contrariamente a lo que en general se ha creído, los animales no vivían allí: el subsuelo del coliseo estaba preparado de tal manera que, llegado el momento propicio, bastaba con hacer subir hasta las trampas, mediante un sistema de cadenas y poleas, las jaulas de los animales que estaban situadas en las celdas del subterráneo. E incluso, por un macabro refinamiento de mecanización, las fieras permanecían en el anfiteatro el tiempo justo para cumplir con su tarea: en efecto, había dos subterráneos que comunicaban directamente con el exterior y que permitían evacuarlas en cualquier momento, casi sin que el espectador se diera cuenta. Antes del espectáculo se les había hecho pasar hambre, o bien habían sido especialmente adiestrados para devorar hombres: Dion Casio nos habla de leones y de osos “domesticados” de esta manera. Con fuego, o lanzándoles maniquíes, se excitaba a los toros cuya victima estaba aprisionada por una red, como Blandina en Lyon, o colocada frente a la trampa por donde salía el animal. No había ni una sola parte del mundo entonces conocido que no facilitara su lote de carniceros. Tal vez las grandes fieras que aplastaban a la victima de un zarpazo, o la mataban de una dentellada, eran unos ejecutores menos crueles que las fieras menos poderosas, que arrastraban y destrozaban en un largo suplicio a su victima palpitante cuyo cuerpo ya no tenia, según expresión de Marcial, “ninguna forma de cuerpo” y que debía ser rematada, como se hizo masivamente en Lyon, donde ninguno de los condenados había muerto a causa de las heridas. Para que no se vieran obligadas a contemplar esas carnicerías, las estatuas eran cubiertas con un velo. El emperador Claudio llevo el escrúpulo mucho mas lejos; era tan aficionado a esa clase de espectáculo, que ordenaba su celebración para amenizar la hora de la comida (durante la cual con frecuencia no abandonaba el anfiteatro), y, bajo su reinado, los motivos de condena quedaban bien lejos de la realidad: bastaba con un pecadillo, una calumnia o un falso testimonio para que hiciera lanzar a las fieras al esclavo incriminado. Por ello, ante la recrudescencia de las ejecuciones, hizo desplazar la estatua de Augusto para que no estuviera siempre velada. Esta precaución, añade Dion Casio, provoco hilaridad general. El público, inaccesible a la piedad, no compartía del todo el proceder de aquel príncipe: no había nada que rompiera la monotonía de aquellas matanzas, como no fueran los pocos incidentes con los que la imaginación popular forjaba leyendas ingenuas, fabulas sentimentales que aquellos baños de sangre provocaban inevitablemente. A veces ocurría que las bestias rechazaban su pasto. Un día, dicen, el león lanzado contra un esclavo fue a lamer los pies de su victima. Se hizo que saliera un leopardo; pero el león lo devoro. Entonces, Druso, que presidía los juegos, hizo soltar al esclavo y le pidió la explicación de aquel prodigio. Androcles explico su vida: exasperado por las vejaciones de su amo procónsul de África, había huido al desierto con la esperanza de escapar a la búsqueda de los soldados. Se refugio en una caverna y, a poco de llegar, surgió un león que arrastraba una pata ensangrentada: la mostró al esclavo como implorando su ayuda. Androcles le saco la astilla que se había clavado. El león se durmió. Y, a partir de aquel día, se convirtió en servidor del hombre y le llevaba las mejores piezas que cazaba. Finalmente, cansado de llevar aquella vida, Androcles abandono la caverna y tres días mas tarde fue aprehendido por los soldados: su amo lo condeno a las fieras. Contra toda costumbre, se dio al esclavo, según parece, la libertad y el león. Pero no todos los días sucedían cosas imprevistas. Y se recurrió a artificios para variar y realzar el espectáculo. Se dio armas a los condenados, con el fin de prolongar su agonía; se les vistió de Hércules, y los toros los lanzaban a las nubes. Finalmente, estas ejecuciones fueron integradas en unos dramas cuyo desenlace era la muerte bajo las garras de las fieras. Pero la preocupación por la fabulación y la puesta en escena que supone, hacen de estos espectáculos un “genero” aparte.

2 comentarios:

Argentina dijo...

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saludos

Diego

ALMOGAVAR dijo...

Como no, muchas gracias.