jueves, 4 de septiembre de 2008

La evolución de la espada a través del tiempo

La espada usual en la cuenca del mediterráneo, en particular en los países de influencia greco-cretense, se caracterizaba por la empuñadura de una mano (terminada en una cabecilla fungiforme), cuya extremidad, destinada a recibir la hoja, se alargaba hasta formar un falso arrial, en cuyo grosor había un hueco de pocos centímetros.
La empuñadura de metal era indispensable, ya que la hoja, al terminar en ángulo recto y sin mango, estaba unida a la misma empuñadura mediante dos tornillos transversales, que la bloqueaban en la ensambladura de dicho alojamiento. Por ello, dicho lugar debía ser, necesariamente, lo mas fuerte posible para poder soportar sobre una superficie reducida las fuerzas mecánicas producidas por el uso del arma.
Las empuñaduras de dichas armas eran de materiales preciosos, si la espada pertenecía a un tesoro funerario o de bronce. En ambos casos la forma de la misma y el metal estaba finamente labrada con motivos curvilíneos y/o medallones.
La hoja, de unos 70 a 90cm de longitud, tiene punta aguda, con fuerte costillar central y nerviaciones laterales accesorias; al ser tan rígida, y por su forma de estar insertada en la empuñadura, solo era apta para golpes de punta.

Gracias a los ejemplares que han llegado hasta nuestros días, podemos tener una idea de las técnicas orfebres de la época; en realidad, se encuentran hojas de bronce exquisitamente grabadas con escenas de caza o de guerra , en que el estilizado dibujo y las posiciones casi rituales proporcionan un efecto armónico de gran fuerza y sugestión.

La necesidad, siempre tan presente en la batalla, de poder emplear la espada como arma de filo, es decir, de disponer de un instrumento que pudiese soportar impulsos mecánicos que proviniesen de una dirección normal al eje de la hoja, creo la necesidad de fortalecer el punto de inserción de la hoja con la empuñadura como soporte de una palanca sobre la que actúan dos fuerzas opuestas.
Hacia finales del siglo II a.C. la técnica de construcción de las espadas propuso la solución a tal problema introduciendo una innovación importante: asegurar la hoja a la empuñadura mediante una prolongación, llamada mango, destinada o a atravesarla completamente o a servir de base para aplicar dos plaquitas, forjadas para facilitar un asidero cómodo, aseguradas a este por medio de dos clavos transversales remachados.
Otro sistema muy empleado fue fundir de una sola vez hoja y empuñadura, creando un arma de gran solidez.
El paso del sistema de fijación con clavillos a los nuevos, mediante mango o monofusion, conoció una fase transitoria en que el alojamiento en la empuñadura se hizo mas hondo y los dos o tres clavillos aumentaron en número.
La forma de la hoja, cuando la espada se convierte también en arma de filo, no se limito a ser recta, sino que tomo diversas formas, como en las espadas asirías y egipcias.
A veces, las empuñaduras de las espadas de esta época presentaban, en el extremo opuesto a la hoja, una prolongación en forma de clavo.
Una posible explicación de tal característica podría ser que se empleara cuando se pasaba del combate a poca distancia con la espada al cuerpo a cuerpo, como una especie de cuchillo, con el que se golpeaba la cabeza del adversario o la espalda cuando el contacto era muy estrecho y el rival de baja estatura.

En la tardía edad de bronce, la terminación superior de la empuñadura, con finalidad decorativa o quizá por la influencia de las doctrinas esotéricas orientales toma una forma llamada de antenas.

Durante la primera mitad del siglo I a.C., las espadas de hierro adoptaron la forma de antenas en la empuñadura. Se tallaba una figura antropomorfa, en la que los brazos levantados ocupaban el lugar de las antenas, el cuerpo de la empuñadura propiamente dicha, y las piernas y los pies formaban una especie de arrial para la hoja insertada.
La gran espada de los galos derivó de espadas con dicha empuñadura, con hoja de 90cm de longitud, de punta ojival primero y aguda después, tal vez la empuñadura de bronce, vainas de madera o de cuero, y para las armas de los más ricos, totalmente de bronce.
A esta espada se llego partiendo de una forma totalmente distinta, que existía junto a la hoja de bronce y que precisamente se ha encontrado tanto en la empuñadura antropomorfa como en la empuñadura rematada con un pomo en forma de torre con base ancha y realizada en hueso, marfil u otros materiales preciosos, finamente tallados y a veces coloreados.
Por lo que respecta a la hoja, estas espadas de la primera mitad del último siglo a.C., se presentaban como armas exclusivamente de filo; en cambio no tenían punta, pero si un ensanchamiento en el centro.


De la espada Hallstatt derivan los dos tipos de espadas destinadas a enfrentarse en los campos de toda Europa: la gran espada galica y el gladius romano, que convirtió en esférico el pomo Terminal de la espada Hallstatt, conservando el conjunto, y reforzó la punta de la hoja, además de acortarla de casi 1m a entre 50 y 85cm (la longitud varia en las distintas épocas).
Característica común de los dos tipos de espada, derivadas de la Hallstatt, es la reaparición de la punta; en cambio, lo que las diferencia es el tamaño. Dicha diferencia puede comprenderse fácilmente si se piensa en el distinto modo de combatir de la población; por una parte, los bárbaros, que luchaban en grupos organizados como tribus y concebían el combate como una serie de duelos individuales, en orden disperso o abierto, con espacio suficiente para poder blandir sus largas espadas y usarlas para dar golpes de tajo; por otra parte, los romanos, encuadrados rígidamente en un orden cerrado, presentando al enemigo una muralla de escudos, mantenían una corta distancia y daban rápidas estocadas pasando entre los respiraderos de los escudos encajados (es preciso hacer notar que esta táctica caracterizo además a la infantería romana, ya que tanto la caballería como otros cuerpos especiales estuvieron dotados con gladius en versión larga).