viernes, 4 de diciembre de 2009

Elefantes de guerra en la Antiguedad (parte final)

Cada elefante tenia nombre propio (por ejemplo, Áyax, Patroclo, Nicón y el celebre Surus, montura de Anibal). El cornaca se sentaba en el cuello del animal y le controlaba con la voz, la presión de los dedos de los pies en las orejas y el ankush (harpe, custis), una vara con un gancho que sobresalía del asta ligeramente hacia abajo desde la punta. A los cornacas suele representárseles con casco pero sin armadura, un hecho extraño, ya que eran un objetivo evidente para las flechas y jabalinas del enemigo. Los artistas tal vez los retrataron de este modo porque así se mostraban en los desfiles, aunque no fuera este su aspecto en la batalla. Estaban equipados con armas personales de autodefensa, pero sus verdaderas armas eran los elefantes. A menudo, los cornacas eran conocidos como “indoi” (indios), aun cuando en su mayoría no procedieran del subcontinente. Naturalmente, los indios enseñaron a los occidentales las técnicas necesarias para el adiestramiento de los animales, y muchos cornacas se trasladaron con ellos al oeste. Los elefantes a menudo estaban adornados con elaborados arreos y cencerros, el mejor modo de impresionar a los enemigos con su esplendor. A veces se empleaban testeras e incluso armaduras para el cuerpo de los animales, y los colmillos se completaban con puntas de hierro u hojas de espada. En las primeras batallas, los cornacas luchaban solos, o con un guerrero sentado en el lomo del elefante, pero desde principios del siglo III a.C., los reinos macedonios empezaron a equipar a sus elefantes con “thorakia” torretas de madera protegidas con escudos a los lados y sujetas en el lomo del animal por cadenas que pasaban alrededor del vientre, el frente o los costados del animal. Desde la “thorakia” combatían de dos a cuatro hombres armados con arcos, jabalinas o largas lanzas. Sin embargo, los cartagineses no adoptaron la práctica, tal vez porque sus elefantes africanos eran demasiado pequeños para soportar fácilmente estas estructuras.
En batalla, los elefantes se mantenían a veces en reserva o se disponían en la línea principal de batalla, pero la táctica habitual consistía en desplegarlos en la primera línea de batalla, donde podían romper las formaciones del enemigo, ya fuera pisoteándolas directamente o haciéndolas vulnerables a los ataques inmediatos. A menudo se empleaba una guardia de tropas ligeras desplegada con cada elefante para protegerlo de los proyectiles enemigos y aprovecharse de su labor. Los caballos no acostumbrados a los elefantes se espantaban al ver y oler a estas bestias, y los hombres sin experiencia en tales lides también se sentían aterrorizados. La victoria del rey seléucida Antíoco I contra los gálatas (unos celtas que habían invadido Anatolia poco antes) en el año 275 a.C. se atribuye a sus 16 elefantes. La presencia de las grandes bestias extendió el pánico entre la caballería y los carros enemigos que, al retirarse, arrastraron a su propia infantería. Contra adversarios humanos individuales, un elefante podía utilizar sus propios movimientos de lucha, levantando al atacante en el aire con la trompa, aplastándolo entre la frente y la trompa enrollada, corneándolo con los colmillos, derribándolo para pisotearlo o (en los elefantes indios) aplastándolo con las plantas de los pies. Por ultimo, los elefantes servían asimismo para derribar fortificaciones, tirando de las almenas con la trompa y abriendo huecos en los muros. Aun con toda su posible eficacia, los elefantes tenían también graves inconvenientes. La tensión de la cautividad y, en especial, el brutal entrenamiento necesario para acostumbrar a un animal esencialmente apacible a la visión y los ruidos de la batalla, despertando su furia animal por el acto de matar, debió reducir el tiempo de vida de los animales, como sucede también hoy con los elefantes cautivos en circos y parques zoológicos. Ello, a su vez, significaba que los elefantes de guerra suponían un gasto muy elevado, de forma que una quinta parte de la manada podía perecer por causas naturales durante el transcurso de una década. Se necesitaba sustituirlos constantemente para mantener los rebaños, pero la India y el este o el noroeste de África estaban lejos de los centros de la civilización mediterránea. Probablemente se produjeron intentos de cría; el rey Pirro de Épiro llevo al menos una cría a la batalla de Benevento en el año 275 a.C. Pero criar elefantes en cautividad es difícil y costoso, incluso hoy en día; y probablemente lo fuera también en la Antigüedad. Basta pensar en la dificultad de mantener un rebaño de animales cuyos adultos comen al día 160 kilogramos de forraje. El principal inconveniente de los elefantes en combate era, sin embargo, la tendencia a la estampida. Cuando resultaban heridos, se asustaban o enloquecían por los ataques o las añagazas de los enemigos, y sobre todo cuando el fuego contrario alcanzaba a sus cornacas, los elefantes intentaban huir del campo de batalla, pisoteando cuanto encontraban a su paso, aun si se trataba de soldados amigos. Más de una batalla se perdió en la Antigüedad cuando los elefantes propios retrocedieron atolondradamente a través de sus formaciones. Existen referencias a cornacas equipados con mazas y cinceles, o cuchillos especiales, que usaban para dar muerte a sus elefantes en el caso de que esto sucediera.