martes, 1 de diciembre de 2009

El campo de batalla en la Primer Guerra Mundial

Sobre los campos de batalla de la Primer Guerra Mundial se extendía una niebla persistente de confusión. Los combatientes rara vez sabían lo que estaba ocurriendo, y a veces incluso ignoraban donde se encontraban. La línea de frente estaba bien trazada, pero en cuanto una fuerza de ataque entraba en la “tierra de nadie” (espacio, justamente de nadie, que quedaba entre ambos campos de sendos rivales), por lo general un territorio lleno de cráteres, era inevitable que la mezcla de terror, ruido, bombas, fuego de ametralladoras, alambre de púas, muertos y errores humanos hiciera que los hombres se desorientaran y siguieran avanzando, aunque solo fuera por inercia. Hay que abandonar cualquier intento de representar la batalla como una serie de movimientos sobre un tablero de ajedrez gigantesco, que es precisamente lo que hacían los mapas militares, tanto en los cuarteles como en los periódicos civiles. En medio de la batalla, los soldados tendían a moverse en cualquier dirección imaginable, y solo en ocasiones lo hacían en la que pretendía el plan de ataque. No era esta una característica nueva del combate; tomemos como ejemplo lo que escriben el francés Stendhal acerca de la niebla de la guerra en la cartuja de Parma (1839), y el ruso Tolstoi en Guerra y paz (1869). Igual que en otras guerras, el combate era un conjunto de encuentros casuales, de los cuales solo algunos estaban planeados. Pero los soldados de 1914-1918 libraron una guerra totalmente diferente de la de Waterloo o la de Crimea. En particular, había tres características del combate que no habían sido previstas y que resultaban muy difíciles de situar dentro de un marco de referencia conocido. La primera característica esta relacionada con las nuevas armas que se introdujeron en el transcurso del conflicto. La mayoría de los comentaristas descríbelas grandes batallas de 1916-1917 como guerra de hombres contra maquinas, en las que aquellos perdían, inevitablemente. De esto se deduce que los cambios técnicos en cuestiones de armamento que tuvieron lugar antes de 1914 habían transformado la lucha en algo casi desconocido. En cierto sentido, era verdad. En el oeste (no así en el este) la caballería dejo de ser una fuerza de ataque decisiva. Los soldados comenzaron a utilizar el camuflaje, la guerra con carros de combate, y el combate y el reconocimiento aéreos. Las barreras de fuego de la artillería llegaron a una escala nunca vista. Y apareció un tipo de arma nuevo y espantoso: el gas venenoso. El comienzo de la guerra química en el frente occidental transformo el panorama de la batalla de una manera muy extraña y espectacular. El gas venenoso se utilizo por primera vez en Langemark, cerca de Ypres, el 22 de abril de 1915. Las tropas alemanas abrieron 6.000 cilindros de cloro a lo largo de un frente de 8km. por ese entonces el uso del gas como medio táctico de ataque no estaba restringido, y su uso se hizo muy popular en dicho conflicto. Las tropas francesas y argelinas que sufrieron el ataque murieron asfixiadas o huyeron. Dos días después, les toco el tueno a los canadienses. Este ataque no tuvo tanto éxito, porque el gas apenas ascendió por encima del nivel del suelo, pero produjo un considerable efecto psicológico, y también los canadienses se retiraron. El 1, el 6 y el 10 de mayo de 1915, se ataco con gas a las tropas británicas pero, al cambiar la dirección del viento, hubo bajas en ambas partes. Cabe señalar que los aliados se jactaron de dar uso a los gases venenosos en proporciones muchos mayores que los alemanes y de manera mucho más indiscriminada. De aquí se desprende la limitación fundamental que presentaba esta innovación bélica. Era capaz de dejar fuera de combate no solo al defensor sino también al atacante, y a menudo ocurría así. También eliminaba la posibilidad de un ataque por sorpresa. Por lo tanto, lo único que podía hacer el gas, o el lanzallamas, que fue otro dispositivo químico, era estabilizar las líneas,
En 1915, la ventaja del conflicto había pasado al lado de la defensa. En poco tiempo se desarrollaron medidas preventivas sobretodo la mascara antigas, un dispositivo que mantenía vivos a los soldados. En 1918, en el frente occidental, una de cada cuatro de las granadas que lanzaban ambas partes contenía gas. En ese entonces se había añadido al cloro una sustancia mas letal, el fosgeno, además del gas mostaza, el antepasado del napalm, que formaba unas ampollas horribles en la piel. Una alarma de gas en cualquier punto del frente occidental provocaba una transformación febril de los rostros que se ocultaban en mascaras elefantinas. Después de algún tiempo, entraron a formar parte de la rutina. Los soldados las utilizaban en sus ejercicios, leían a través de ellas, combatían con ellas y algunas veces incluso se las ponían a los caballos. Debido al gran alcance de la artillería alemana, los escolares franceses también recibieron mascaras antigas, pero estas, nunca fueron necesarias.