sábado, 14 de noviembre de 2009

El ejercito griego en la época de las Guerras Medicas. Las falanges, estructura y organización (cuarta parte)

Las menciones a la falange, como organización de los soldados griegos, son tan antiguas como el relato de la Guerra de Troya. Como vimos, ya Homero hacía mención de ellas, siempre en plural, falanges, para señalar la organización en rangos y columnas de la infantería de los aqueos. En los tiempos clásicos, la palabra falange definía a la formación densa de los hoplitas. En esta época, los falangistas se organizaban dentro de cada fila de acuerdo con las habilidades individuales y experiencia previa. El falangista combatía básicamente clavando la lanza, ayudado por el empuje de la formación. Además, cada componente de la fila tenía su especialidad y la responsabilidad fundamental recaía en los delanteros, en especial en el hylarca o “jefe de fila”. Era tan importante la composición y el mantenimiento de cada fila que, si había que girar ciento ochenta grados, la falange usaba un complicado sistema llamado “la contramarcha”, cuyo origen es espartano, por el cual el jefe de fila marchaba hacia atrás seguido por todos sus subordinados en forma de U, hasta que se recompusiera la totalidad de la fila mirando hacia el otro lado. Por ello, en las maniobras anteriores a la batalla se dejaba un espacio entre cada fila (1,80 metros), que se cerraba a 90 cm en los acercamientos, para finalmente reducir a la mitad la profundidad de las filas. Éstas se cerraban en la formación inmóvil de “escudos superpuestos”, esencialmente defensiva, donde cada combatiente ocupaba un frente compacto de cuarenta y cinco centímetros. En el orden cerrado, el escudo ya no sólo protegía el lado izquierdo de su usuario, sino el lado derecho y el brazo de la lanza de su compañero. Cuando la formación se desplazaba lo hacía con las filas abiertas. La cantidad de filas que cubría la línea de combate, sólo con pequeños intervalos entre los sintagmas, variaba su profundidad según las circunstancias. Éste es el caso particular que veremos en Maratón; pero también es interesante recordar al espartano Agesilao, jefe mercenario que llego a espaciar los sintagmas para no romper la cohesión de los mismos y dejo pasar a través de ellos a los contendientes tebanos que se retiraban, cruzando la línea espartana sin que los sintagmas abiertos se desorganizaran. Este sistema de sintagmas abierto era particularmente apto contra los carros falcados, los cuales terminaban perdiendo su ímpetu en los pasillos que había entre cada sintagma y podían ser luego cazados fácilmente por los infantes ligeros. Resulta interesante también, dado el efecto moral del choque entre falanges, la formación en columna adoptada por los tebanos, introducida por Pelópidas y Epaminodas, que llegaron a formar sobre un flanco de combate filas de hasta cincuenta hombres de profundidad, a fin de privilegiar esa fuerza de empuje para romper la línea del adversario. El progresivo “estiramiento” de las filas llevó al incremento también progresivo de las lanzas, en especial después de las reformas de Ifícrates (cuando la lanza se estableció en doce pies o más), verdadero antecedente de la falange de lar gas picas de Alejandro Magno, aunque las lanzas largas o picas ya se habían utilizado, como se ha visto, durante los tiempos heroicos. Algunos estudiosos afirman que al aumentarse en profundidad las filas, las últimas debían llevar lanzas más largas, pero ello no es probable, pues hubiese creado un problema logístico, de entrenamiento y de manejo en el combate cerrado. En combate, la falange espartana seguía una técnica psicológica que aplicarían después con sumo éxito los piqueros suizos y los lansquenetes alemanes del Renacimiento: no se molestaban en tomar prisioneros, y tampoco perseguían al enemigo que huía. El objetivo de la falange era obvio: romper la cohesión y la moral de la tropa enemiga sin perder las propias, dedicándose sólo a rematar a quienes quedaban sobre terreno, lo que aceleraba la descomposición de la falange opositora por la huida de los que lograban salvarse del empuje. Al lanzarse al ataque, los griegos entonaban un himno o peán, que además de tener un significado sagrado se usaba para elevar la moral propia y disminuir la del adversario. Los espartanos preferían el sonido de las flautas y marchar en silencio, en una especie de guerra de nervios. También se usaban consignas para darse ánimos, por ejemplo: “¡Zeus salvador y victoria!”. Estas consignas recorrían varias veces toda la línea de batalla, y se solían golpear los escudos con las lanzas. Como acto final venía el grito de guerra: un alarido unísono de efecto parecido al alarido de los beduinos. Como ejemplos actuales se pueden citar el irrintzi de los vascos y el sapucai de los guaraníes. El grito es, además y siempre, un medio de comunicación ante la pérdida de contacto visual en regiones montañosas o selváticas. Con el antiguo fin de atemorizar, el alarido belicoso de los griegos fue copiado a principios del siglo XX por los fascistas italianos.
Finalmente diremos que los griegos, cuando dejaban de lado sus rencillas políticas internas y externas, eran prácticamente imbatibles en su propio terreno, donde no abundaban las llanuras abiertas y podían suplir así la apabullante superioridad en caballería del ejército persa.