martes, 24 de noviembre de 2009

Adelantos bélicos en la época de Federico el Grande

A mediados de 1700 se había adoptado universalmente el uso de cartuchos de papel para el mosquete de cañón liso. La pólvora, la bala y el relleno se introducían en un único estuche. En 1738, todas las naciones habían provisto a su infantería de cartuchos. Ello no sólo aumentó la velocidad de las recargas y la rapidez de fuego; también hizo posible que los soldados de infantería llevaran más munición al campo de batalla. La mayoría de estos soldados tenían durante el período munición para 60 cargas. Otra innovación tecnológica importante en este período fue la introducción de la baqueta metálica por la parte de Leopoldo de Anhalt-Dessau en 1718. Hasta ese momento, las baquetas habían sido de madera. La variedad de las baquetas adolecía de algunos problemas serios, sobre todo su tendencia a romperse en medio de la batalla. Aunque la baqueta metálica suponía una mejora sustancial con respecto a la madera, no carecía tampoco de sus propios inconvenientes. El problema principal era encontrar la composición adecuada para el metal utilizado. Si éste era demasiado blando, la baqueta se doblaba y se dificultaba su inserción y retirada del cañón. Por otra parte, si el metal era excesivamente duro, se hacía quebradizo y propenso a romperse, como la variedad de madera. Pero una vez encontrado el temple justo, la baqueta metálica permitió a los mosqueteros disparar con mucha mayor rapidez. Por otra parte, los estados de este período eran lo suficientemente centralizados para crear mosquetes y municiones estándar. El ejemplo más célebre fue el de la “Brown Bess” inglesa. En 1730, el cañón se ajustó a 1067 mm (42 pulgadas), con un calibre de 19 mm y una munición de calibre 18 mm. El menor diámetro de una munición suponía que se producía un cierto grado de movimiento en espiral conforme la bala avanzaba por el cañón, lo que reducía la precisión. Este problema se compensaba ampliamente con la facilidad con la que se introducía la bala en el cañón, y la mayor velocidad de carga del arma que ello suponía. La Brown Bess tuvo tal éxito que siguió fabricándose durante más de 125 años, tiempo durante el cual se hicieron unos 7.800.000 de estas armas. Los nuevos métodos de disparo y los adelantos tecnológicos en las armas de fuego hicieron que los mosqueteros bien entrenados pudieran disparar hasta cinco cargas por minuto. Esta prestación era perfecta en formación ordenada, pero en batalla las cosas eran bastante diferentes, con la consiguiente merma de en la velocidad de fuego a más de la mitad. Los factores que contribuyeron a la reducción en esta velocidad fueron varios. En primer lugar, los soldados llevaban más arreos en batalla, como mochilas, cantimploras y otros, que durante la instrucción. En segundo lugar, la compleja naturaleza de los sistemas de disparo de los pelotones solía acusar el fuego y el estruendo característicos de los cambios de batalla del siglo XVIII. El ruido y el humo hacían difícil escuchar las órdenes utilizadas en estas descargas. Ello dejaba a los soldados a su albedrío, de forma que disparaban individualmente. En la confusión de la refriega, los soldados abandonaban incluso el uso de la baqueta, vertiendo el contenido del cartucho desde fuera del cañón y luego golpeando el extremo del mosquete contra el suelo para completar el proceso de carga. Esta forma individual de disparo era tan común en 1756 que la instrucción francesa la incluía junto con las descargas en pelotón y en filas como un método aceptable. Leopoldo de Anhalt-Dessau fue artífice asimismo de otra innovación en las técnicas de adiestramiento que tuvo notables implicaciones tácticas. Algo después de 1730, Leopoldo introdujo la marcha rítmica en las unidades prusianas. Con esta novedad, las tropas prusianas avanzaban al unísono, cada soldado al ritmo de sus compañeros y al son de los tambores. Esta forma de marcha solo era posible en tropas muy disciplinadas y, entre todos los ejércitos de Europa, la prusiana era la que mas fama merecía por su disciplinado comportamiento. Este se mantenía, sin embargo, mediante duros castigos corporales. El uso de la marcha rítmica permitió a los prusianos mejorar significativamente su capacidad de maniobra tanto en el campo de batalla como en el transito. Por ejemplo, los ejércitos que no utilizaban esta marcha aplicaban una columna abierta como formación básica de avance en batalla. La formación se llamaba columna abierta por los intervalos bastante amplios que se dejaban entre las filas, a veces de hasta 3 metros. Esta distancia era necesaria para evitar que la unidad perdiera la cohesión, dado que las tropas avanzaban sin un paso regulado. Ello obligaba a que, al avanzar en columna abierta por el campo de batalla, el paso del batallón a la formación en línea fuera un proceso complejo, pues las compañías de la columna no solo debían formar la línea, sino también estrechar las filas.
Los prusianos, usando el sistema rítmico de la marcha, formaban columnas más densas y aplicaban una diversidad de maniobras para formar la línea con mayor rapidez y eficacia. Otra ventaja de la marcha rítmica era la velocidad con que se permitía el desplazamiento lineal en la batalla. Los ejércitos que no llevaban una marcha rítmica debían detenerse con frecuencia para reubicar las líneas, con los oficiales y los suboficiales moviéndose por la vanguardia y la retaguardia de la unidad empujando a los hombres a las posiciones correctas. Un batallón prusiano en una línea que avanzaba en marcha rítmica podía mantener más juntos a sus hombres, a menudo al alcance de un codo, y con ello conservaba mejor la formación lineal lo que, a su vez, obligaba a menos detenciones para rectificar la posición. El ejército prusiano forjado por Leopoldo de Anhalt-Dessau y entregado a Federico el Grande era una institución impresionante: altamente disciplinado, bien equipado, capaz de inmensos volúmenes de potencia de fuego contra los enemigos y altamente manejable en el campo de batalla. Pese al acento puesto en la potencia de fuego por Leopoldo de Anhalt-Dessau, que era partidario de disponerla en dos filas de infantería en vez de en tres o cuatro, Federico el Grande opto inicialmente por usar la maniobrabilidad y la disciplina de esta infantería para llevar a sus batallones a la lucha cuerpo a cuerpo con el enemigo. Así se sumo a la tendencia vigente del pensamiento militar, que realzaba las virtudes de la bayoneta y el combate cercano. Pero pronto quedo claro que con las mejoras en las armas y los sistemas de disparo no era prudente marchar al contacto con el enemigo sin usar la propia potencia de los mosqueteros. Federico permitió así a sus tropas que lanzaran descargas desde corta distancia antes de usar el empuje de la bayoneta. En tiempos de la batalla de Leuthen (diciembre de 1757), las tropas prusianas se basaban de tal medida en la potencia de fuego, que las unidades necesitaban reponer su munición, al haber gastado las 60 tandas que llevaban a la batalla. Al fin de la Guerra de los Siete Años parecía claro que el ejército prusiano era el mejor exponente de lo que podía lograrse con las armas y las formaciones de la época de la guerra en línea. También se vio que Federico el Grande era quizá la persona que mejor había entendido las posibilidades y los limites del arte bélico de su tiempo.