jueves, 26 de noviembre de 2009

El choque da caballería

La infantería, entrenada con nervios de acero, podía cambiar la posición a formación cuadrada para recibir una carga de caballería. Si se organizaban adecuadamente, estos cuadrados de infantería se presentaban a los jinetes que cargaban como una especie de erizo del tamaño de un batallón cuyas cerdas eran las bayonetas, resultando casi inmunes al ataque de la caballería. Este es el motivo por el que un ataque de la caballería, como cualquier maniobra táctica de éxito en un campo de batalla napoleónico, requería una esmerada coordinación de todas las armas combatientes de infantería, caballería y artillería trabajando en combinación. Napoleón insistía en que era imperativo que los asaltos de caballería estuvieran apoyados por la artillería, ya que los jinetes, armados exclusivamente con armas blancas, no podían generar potencia de fuego. Por consiguiente las baterías de artillería estaban vinculadas directamente a divisiones de caballería. Conocidas como artillería a caballo, estas unidades habían montado servidores de una pieza que les permitía estar con la caballería. La artillería a caballo se destino a formar parte integral de cada división de caballería en el Ejército francés. Estas baterías estaban equipadas de cañones ligeros que disparaban balas de 4 o 6 libras (1,8 Kg. o 2,7 Kg.) y proporcionaban el mayor apoyo de fuego a un ataque de caballería. Aunque los proyectiles que disparaban sus cañones eran pequeños comparados con los de la artillería a pie, la artillería a caballo se solía presentar ante objetivos vulnerables, ya que la infantería formaría en cuadrados compactos para resistir un ataque de caballería. Estas formaciones multiplicaban la eficacia de los cañones, que podían evitar su disparo a través de estos grupos compactos de soldados. La habilidad que tenían los artilleros a caballo para moverse con más rapidez que sus homólogos de a pie también permitía que los cañones más ligeros se desplegaran rápidamente en alcances bastante cortos. Si iban a entrar en combate, las baterías de la artillería a caballo también podían hacer ejercicios de precalentamiento y maniobrar alejados de sus atacantes de un modo mucho más rápido que la artillería a pie. Como se ha mencionado antes, los jinetes de caballería, especialmente de la ligera, llevaban pistolas, mosquetones o carabinas en algunas ocasiones. No obstante, su arma principal seguía siendo el sable. La caballería pesada blandía una espada larga, fuerte, de hoja recta, diseñada para empujar. La caballería ligera empleaba un arma más pequeña, con una hoja un poco curvada, diseñada para acuchillar a un oponente. Hubo un gran debate durante toda esta época sobre el modo más eficaz de utilizar una hoja a lomos de un caballo, pero la mayoría estaba de acuerdo con los franceses: de los dos tipos de golpe, el empuje era mucho más letal. En una lucha contra jinetes enemigos, a medida que la carga se iba intensificando y se aproximaba su objetivo, los jinetes ponían sus hojas en horizontal en vez de en vertical, de ese modo la espada se deslizaría con más facilidad entre las costillas de adversario y disminuiría la probabilidad de que el arma se quedara clavada en el cuerpo. El impacto de un jinete a la carga era suficiente para perder la hoja, por eso los soldados de caballería se entrenaban para empezar a sacar su arma tan pronto como hubiera penetrado, y después dar un segundo golpe para acabar con su oponente u ocuparse de un nuevo adversario si el primero había caído o se había rendido. Para acuchillar, el jinete se entrenaba dirigiendo su impulso hacia abajo; de ese modo, aunque su oponente se agachara en la silla (maniobra defensiva reflexiva común), la hoja todavía daría en alguna parte de su cuerpo.