martes, 1 de septiembre de 2009

El método sueco, el asalto masivo

En el este y el norte de Europa, el modelo hispano-holandés no fue nunca aceptado ni puesto en práctica con pericia o entusiasmo. Resultaba demasiado lento y costoso para el tipo de guerras rápidas y móviles que preferían las potencias regionales. Un ejemplo típico fue el de Gustavo Adolfo II, que conquistó gran parte de Alemania sin tener que recurrir a asedios o bombardeos de artillería pesada. Derrotó a sus enemigos del catolicismo imperial en batallas en campo abierto, y no en los lentos y laboriosos cercos que eran comunes en los Países Bajos. Carlos X, su sobrino y sucesor, compartía el desdén de su tío por las operaciones de sitio de ciudades y por los gravosos trenes de asedio. En 1657, abandonó Polonia, que había invadido por la simple razón del ansia de conquista, marchó sobre Dinamarca y atravesó el hielo del Gran Belt y el Pequeño Belt. Llegó a las impresionantes murallas de Copenhague a finales de 1657 y puso sitio a la capital danesa. ¿Pero qué tenía que hacer a continuación? ¿Atacar sin pérdida de tiempo, carente de una artillería poderosa o de un tren de asedio adecuado? La respuesta fue un intento de asaltar las defensas de Copenhague. El 11 de febrero de 1658, Carlos envió dos columnas de tropas, con 5800 hombres en total, sobre la superficie helada que rodeaba a la capital. La primera columna de asalto estaba dirigida por 70 mosqueteros y 150 hombres que portaban escalas de mano. Dado que la fuerza de ataque sueco no tenía artillería, debía recurrir a disparos de granada mediante mosquetes. Aquél fue el único soporte “artillero” de los suecos, pese a que los daneses contaban con una potente artillería sobre sus murallas. Los suecos asaltaron y tomaron dos barcos cañoneros que estaban inmovilizados en el puerto. Los daneses, desesperados, comprendieron que si los perdían, su lucha por conservar la independencia llegaría pronto a su fin. Entretanto, unos 100 soldados realizaron un ataque de distracción contra el suburbio fortificado de Christianshavn, pero esta ofensiva fracasó completamente a pesar de tres valerosos intentos de escalar los muros. El arriesgado juego de Carlos dependía enteramente de una labor de inteligencia inadecuada, al cargo de su jefe de espías, Eric Dahlberg. Éste comunicó al rey que en el muro sur de Copenhague (en el lado del mar) había una puerta sin protección, situada entre la muralla principal y la ciudadela. Unos 3000 suecos, inspirados por los bränwin (espíritus) y aullando gritos de combate, cruzaron el hielo en dirección a este supuesto punto débil, para descubrir que no había tal puerta en las murallas. Los daneses habían dispuesto en este sector expuesto lo mejor de su artillería y sus mosquetes, y dieron a sus odiados enemigos un caluroso recibimiento: grandas, disparos y balas de sus 100 cañones y más de 1000 mosquetes. Los suecos arrojaron sus garfios de asalto hacia la parte superior de las murallas e intentaron trepar por las escalas. Algunos consiguieron montar estas escalas, y tal vez uno o dos subieran hasta arriba, para ser abatidos o golpeados por los defensores. Sus camaradas, desde el suelo, no podían hacer gran cosa, y los suecos murieron por centenares, víctimas del fuego de mosquetes y artillería o despedazados por las grandes arrojadas por los defensores. Bajo las murallas, extendidos por el suelo, quedaron amontonados en pilas de cadáveres.
El asalto había sido un absoluto fracaso, debido al apresuramiento de Carlos X y a la ineficacia de Dahlberg en su misión de espionaje. Los suecos sufrieron más de 2000 bajas, casi la mitad de la fuerza de ataque. Las bajas danesas fueron pocas: únicamente 20 muertos y menos de 100 heridos. Aquello demostró que una fortificación podía salvar a un estado de la destrucción e ilustró claramente los riesgos del asalto contra una ciudad fortificada y bien guarnecida.
Carlos X murió sin tener tiempo de rectificar sus errores. Dahlberg, el desastroso jefe de espías, si extrajo de la experiencia un buen aprendizaje. Como gobernador de los estados bálticos, construyó una magnífica línea de fuertes para defender la región contra una invasión rusa que llegaría en 1710-1711.