domingo, 7 de febrero de 2010

La cruzada contra los cátaros y la batalla de Muret (parte final)

Mientras tanto, las noticias del ataque habían llegado a Montfort, que se encontraba en Fanjeaux, a 64 km al este. Había convocado a sus propias y mucho menos numerosas tropas. Siendo el momento de fundamental importancia, sólo eran de caballería, 240 caballeros y 500 sargentos. Los defensores de la ciudad de Muret eran demasiado pocos como para defender los muros y los atacantes se estaban arremolinando cuando vieron la llegada de Montfort por el oeste. Ya fuera siguiendo órdenes o por pánico, las tropas atacantes se retiraron apresuradamente; mejor eso que verse cogidos por la retaguardia por una tropa recién llegada de caballeros. De Montfort entró en la ciudad sin oposición. Al día siguiente comenzaron negociaciones entre los obispos de Montfort y el rey de Aragón. Durante las mismas, la puerta septentrional de Tolosa, la más cercana a las tropas aragonesas, fue dejada abierta (unos dicen que a propio intento y otros que por un error). Sea como fuere, Pedro no podía ignorar semejante regalo y ordenó que las tropas del conde de Foix, que formaban la vanguardia española, entraran por ella, ayudados por algunos de los soldados de infantería de la retaguardia de Raimundo IV. Los españoles intentaron entrar por el estrecho puente del Louge, caballería e infantería juntas. Algunos consiguieron entrar en la ciudad, pero allí, inferiores en número y rodeados, los pocos que no pudieron escapar resultaron muertos. El conde les ordenó que se retiraran y comieran antes de intentarlo de nuevo. Mientras tanto, Simón había conducido a todas sus tropas por la puerta de Sales, en la muralla oriental/occidental. Seguidamente la dividió en tres batallas. Las dos primeras cargarían contra el enemigo y la tercera, dirigida por él mismo, se dirigiría a galope tendido hacia el este para cargar contra el desprevenido flanco del enemigo. Era un plan audaz. Cada una de sus batallas constaba de unos 250 caballeros. Sólo la vanguardia española ya contaba con esas cifras, pero estaba ocupada y al menos algunos estaban comiendo. Y todavía hay que tener en cuenta el tiempo que se necesita para reunir y ensillar casi 800 caballos y armar a los caballeros que los montan. No se trató de una serie fortuita de coincidencias. Los hombres de Montfort debieron de haber estado preparados para actuar en cuanto se diera la orden.
La primera batalla salió por la puerta y se dirigió hacia el sur por la Avenue des Pyrinées. Montfort, imitando una estratagema del chino Sun Tzu, situó todos sus estandartes en esta primera división. La cabeza de la columna se salió del camino hacia la derecha y se movió oculta por las murallas de la ciudad. El tiempo era esencial. Giraron a la derecha, formaron una línea profunda y cruzaron el Louge para avanzar con rapidez hasta el enemigo. Les siguió la segunda columna, adelantando a la retaguardia de la primera antes de realizar su propio giro a la derecha. De modo que las dos primeras divisiones estaban avanzando escalonadas contra la primera división española. Los españoles, quedaron aturdidos al ver a los caballeros con todos los estandartes. Se desató el caos, con los caballeros desarmados llamando a sus escuderos y caballos y los que estaban montados luchando por encontrar su posición en la línea. El impacto de los cruzados contra la división del conde de Foix la dispersó como “polvo en el viento”. La infantería corrió hacia el campamento, mientras que la división del rey luchaba por mantener la línea, siendo golpeada a su vez por los jinetes en persecución. Mientras tanto, Simón, seguía con su plan y llegó contra el flanco de los desventurados aragoneses. El rey resultó muerto en la refriega y el resto huyó, seguidos de cerca por los desesperados cruzados. La disparidad de número era tan grande, que los hombres de Montfort no pudieron permitirse reducir sus fuerzas tomando prisioneros para pedir rescate y muchos fueron asesinados. El modo en que Simón coordinó sus dos columnas merece que nos detengamos en él. Cada una debió tener más de 500 m de largo, suponiendo que fueran de dos en fondo y concediendo 4 m para cada caballo con espacio delante y detrás. En una línea, habrían ocupado solo 307 m, con 1,2 m delante de cada animal. El comandante que las encabezaba indicaría el momento de realizar el giro a la derecha, pero había muchas posibilidades de que no lo hiciera en el momento justo. Si la primera columna giraba demasiado pronto, el último hombre podía estar todavía en la puerta de la ciudad. Si la segunda columna giraba demasiado pronto y se habría solapado con la retaguardia de la primera y algunos hombres no habrían carecido de utilidad. De haber girado demasiado tarde, la distancia entre líneas habría sido demasiado amplia, lo que habría supuesto el riesgo de que cada una de ellas fuera derrotada por la superioridad numérica del enemigo. Había dos sistemas para realizar con éxito un giro de estas características (si bien no sabemos cuál de ellas se utilizó en esta ocasión) o bien el último hombre de la columna dio la orden al llegar al punto adecuado o el comandante utilizó algún tipo de cálculo mental para calcular la distancia cubierta. En cualquiera de ellos, hay que felicitar a Montfort por su plan y por sus comandante subordinados, Bouchard de Marly, que dirigió la primera columna, y William d’Encontre, que dirigió la segunda columna, por el modo en que lo llevaron a cabo.