sábado, 13 de febrero de 2010

Historia de la espada japonesa, la katana (primera parte)

La tradición nipona tiene en gran consideración conceptos como el valor y la caballerosidad; la particular sensibilidad de este pueblo tiende a exaltar los valores humanos sublimándolos en el combate; también idealiza el espíritu de cada objeto, y por tanto de cada arma. Las hojas japonesas reflejan, en su exquisita factura, en los accesorios y en los adornos, esta concepción del espíritu humano, que quiere presentarse como testimonio del pasado. La ética guerrera, que despreciaba el dinero, consideraba irrelevante el elevado coste de una hoja perfecta, elaborada por un artesano insigne con una meticulosa atención que rozaba el fanatismo; las hojas podían haber sido hechas con infinidad de estratos de hierro dulce y acero, templados con el agua de purísimos riachuelos coreanos, animados por el espíritu bueno, o perverso, del forjador, mediante ritos mágicos. Esto unió el arte de los maestros espaderos a la epopeya guerrera, mientras mas tarde, en el periodo pacifico de la época Tokugawa, la atención se centro también en los accesorios y en los ornamentos. Cuenta la leyenda que fue “Amakumi” en el siglo IX, quien creo el “katana”, espada japonesa destinada a continuar siendo un modelo casi sin retoques durante más de un milenio. Antes se habían usado formas de tipo chino, de doble filo. Por otra parte y como dato curioso, en el año 645 el emperador Ko-toku promulgo un edicto que prohibía llevar espada (salvo, claro esta, algunas excepciones), lo que ha confirmado la gran difusión de tal costumbre. A finales del siglo X ese edicto ya no era observado y la moda de ceñir las armas estaba muy difundida; se beneficio de ello el artesanado espadero, que conoció el momento de mayor auge durante las interminables y sangrientas guerras del medioevo japonés, cuando hasta los monjes iban armados. A principios del siglo XVII, la Pax Tokugawa limito la potación del arma larga, considerada arma de guerra, a la clase guerrera (compuesta por daimyo o feudatarios, samuráis o soldados, hatamoto o vasallos directos del Shogun); las clases inferiores (campesinos, artesanos y comerciantes) tenían derecho solamente a la espada corta para su defensa personal y solo en ciertas circunstancias. Durante algún tiempo la espada se convierte en símbolo de los guerreros, categoría que se consideraba superior a todas las otras clases; surgió además un sentimiento de veneración casi histérica por el arma. La espada, alma del samurai, personificaba su honor y su valentía; con ella se servia al señor, se vengaba la injuria, y ponía fin, a los remordimientos de conciencia, recurriendo al “seppuku”, o “harakiri”(suicidio ritual). Hasta la edad de cuatro o cinco años, el noble vástago llevaba, en las ocasiones solemnes, el “mamori-katana”, el arma era ceñida envuelta en seda, y de ella colgaba un saquito con los amuletos que habrían protegido al portador contra las enfermedades; hasta los quince años (edad gem-puku), el hijo del samurai recibía la armadura y dos espadas con la insignia del rango.
La solemnidad con que se trataba la espada tenia costumbres complejas. Al entrar en una casa amiga, el arma larga era confiada a los sirvientes, que la envolvían con paños de seda, apoyándola en el “katana-kake” y tratándola con los cuidados y miramientos debidos como respeto a su poseedor. Desenvainar las armas, sin permiso previo de los presentes, era considerado gesto mal educado y ofensivo. En general, solo se podía admirar la espada si era de gran valor, con objeto de que el gesto resultase motivo de complacencia para el propietario. Para admirar un arma era pues necesario solicitar permiso; luego, asiendo la empuñadura con la mano izquierda cubierta con un paño de seda, y teniendo cuidado de que el filo estuviese vuelto contra si mismo, la hoja era descubierta, aunque solo un poco, y nunca se extraía completamente sin permiso; el que manejaba la hoja demostraba un profundo respeto, y la tenia alejada de los presentes. Una vez envainada era devuelta con una inclinación. Robarle la vaina del arma a alguien, o girarla sobre el propio flanco en posición de extracción, era considerado una grave ofensa. En los pactos de amistad eterna entre samuráis, la espada era testigo, y el toque entre armas envainadas (kin-cho) sellaba las palabras del juramento.