viernes, 5 de febrero de 2010

La cruzada contra los cátaros y la batalla de Muret (primera parte)

La región de Languedoc en Francia había compartido las mismas experiencias que sus vecinos: primero los romanos, que trajeron el cristianismo; luego los visigodos; el paso de los vándalos hacia el sur, seguidos de los árabes conquistadores hacia el norte; luego la liberación a manos de Carlomagno camino del sur con sus francos; y por ultimo la llegada del feudalismo. A pesar de todos estos cambios, la región conservo algunas características propias importantes. La lengua de oc sobrevivió, si bien en la actualidad apenas se habla, y también surgió una interpretación del cristianismo, el catarismo. La sociedad cátara trataba a las mujeres como iguales a los hombres y disfrutaba de los placeres del canto y el baile (fue de esta región desde donde se esparcieron por Europa los trovadores). Los cátaros no poseían iglesias, solo lugares de reunión donde hombres y mujeres buenos predicaban a los fieles. Por encima de ellos estaban los diáconos y los obispos. Los hombres y mujeres buenos rechazaban todo el materialismo como antiespiritual y, por lo tanto, malvado. También condenaban la forma de sacerdocio establecida por el catolicismo como licenciosa, rapaz y materialista. Durante 400 años, católicos y cátaros se toleraron mutuamente, viviendo en las mismas ciudades y pueblos. En un momento dado esta tolerancia comenzó a desaparecer y las diferencias se tornaron criticas, luego en disputas y, finalmente, en intolerancia.
El arzobispo católico escribió al papa sobre la situación. El papa nombro a un legado, quien informo a Roma de que había encontrado una herejía muy arraigada. El siguiente papa escribió al señor local, Raimundo IV, conde de Tolosa, instruyéndole para que actuara en contra de los disidentes. Se anduvo con rodeos y el papa se enfado. El catarismo continúo extendiéndose. Finalmente el papa jugo su baza mas importante y proclamo una cruzada contra los herejes. El 24 de junio de 1209 se reunió el Lyon un ejército mandado por Arnaud Amaury, abad de Citeaux, quien contaba con el consejo de Eudes III de Borgoña y Herve de Donzy de Nevers. Avanzaron hasta Valence, cayó Montelimar, cayó Beziers. Católicos y cataros fueron masacrados juntos: “Dios sabrá quienes son los suyos”, dijo el abad. Otras ciudades cayeron ante diferentes columnas. En Carcasona se permitió huir a los herejes, pero la ciudad fue saqueada. Pasados los 40 días, los cruzados regresaron a sus casas, o al menos casi todos. Un señor menor fue convencido para quedarse. Simon de Montfort IV, padre del famoso rebelde ingles. Estuvo de acuerdo en permanecer para continuar la lucha. Si bien el principio cientos de cátaros fueron quemados como herejes, esta persecución comenzó a ser secundaria para Montfort, que comenzaba a crear su propio feudo por entre las gargantas y picos de los Pirineos. Según pasaban las estaciones se dio cuenta de que podía seguir conquistando, porque a pesar de que Raimundo IV estaba de nuevo en campaña con él, con un ejército mucho mayor, continuaba andándose con rodeos y no se decidía a entrar en combate. La ciudad de Muret fue tomada en septiembre del 1212 con la ayuda de otro grupo de soldados de 40 días. Aproximadamente por esas mismas fechas, los feudos de los señores de Comminges y Bearn fueron atacados e incorporados al dominio de Montfort. Fue un error, porque se trataba de vasallos del rey Pedro III, rey de Aragón. Acudieron a él solicitando una reparación, pues después de todo Simón de Montfort también era vasallo del rey aragonés, pero estaba comenzando a ser mas poderoso que su señor. Ambos el abad con Simon y el rey de Aragón, presionaron al Papa. En un concilio eclesiástico celebrado en Lavaur, no se permitió que Pedro hablara, solo que presentara argumentos por escrito y finalmente el Papa tomo partido por su propio abad. El enfrentamiento era inevitable. Pedro concedió su protección a la gente de Tolosa, revoco la de Simon y convoco a sus huestes.En septiembre de 1213, las fuerzas de Pedro llegaron a Muret. Dentro había 30 caballeros franceses, y 700 soldados de infantería manteniendo la ciudad para Montfort. Las huestes de Pedro incluían a los hombres de Raimundo IV y los señores de Comminges y Bearn. Se trataba de unos 2.000 o 3.000 caballeros y sargentos mas un numero indeterminado, pero mayor de soldados de infantería. Acamparon al norte de la ciudad, sobre el pequeño río Louge. La posición estaba dirigida por el este por el Garona y por el sur por el Louge. No obstante, estaba abierta por el norte y por el oeste y allí colocaron las tropas de Pedro las catapultas con las que el 11 de septiembre comenzaron a lanzar piedras contra los muros de la ciudad.