miércoles, 15 de julio de 2009

Las tropas ligeras en la antiguedad. Las lecciones de Demòstenes (parte segunda)

Su ausencia se dejó sentir cuando el jefe ateniense Demóstenes condujo una fuerza de hoplitas y un pequeño número de arqueros a las colinas de Etolia, en la Grecia central, durante la guerra del Peloponeso. Al igual que los tracios, los etolios vivían en un país accidentado y habían desarrollado un estilo de guerra que aprovechaba este terreno, por lo que derrotaron a los hoplitas de Demóstenes con una táctica que hoy se llamaría guerra de guerrillas:
“Llegaron corriendo desde las colinas, por todas parte, arrojando sus jabalinas, retrocediendo cuando avanzaba el ejército ateniense y volviendo a la cara en cuanto éste se retiraba. Así siguió la lucha durante un tiempo, con avances y retiradas sucesivas, donde los atenienses llevaron siempre la peor parte. No obstante, lograron contenerlos mientras los arqueros tuvieron flechas y pudieron usarlas, ya que los etolios caían bajo la lluvia de dardos. Pero en cuanto el capitán de los arqueros fue muerto, sus hombres se dispersaron… los soldados estaba exhaustos por la ejecución continua de las mismas pesadas maniobras… Muchos cayeron tras precipitarse sobre los cauces secos de los que no pudieron huir, o en otras partes del campo de batalla, perdidos y desorientados… El cuerpo principal… tomó un camino erróneo y se refugió en el bosque, donde no tuvo escapatoria; los enemigos lo incendiaron y quemaron todo cuanto les rodeaba” (Tucídides III.98). Demóstenes aprendió la lección. Enviado a destruir una fuerza espartana en la isla de Pilos en el año 425 a.C., contrató a 800 mercenarios entre los peltastas tracios, y 800 arqueros como soporte de sus 840 hoplitas y 8000 marinos armados. Su experiencia en Etolia enseñó a Demóstenes a aprovecharlos del mejor modo posible:
“Bajo la dirección de Demóstenes, esta fuerza se dividió en compañías de unos 200 hombres… que ocuparon los puntos más altos del terreno, con el objeto de causar el mayor estorbo al enemigo; para que estuviera rodeado por todas partes y no tuviera un único punto donde contraatacar; en su lugar, estaría siempre expuesto a numerosos enemigos en todas direcciones, y si acometía a los del frente sería sorprendido por la retaguardia, y si se abalanzaba sobre un flanco sería abatido por el contrario. Fuera donde fuere habría enemigos tras él, con armas ligeras y coriáceos al extremo, pues con sus flechas, jabalinas, piedras y hondas su eficacia lejana era tal que hacía imposible acercarse; porque en la huida tenían la ventaja de la velocidad” (Tucídides IV.32). Cuando los espartanos intentaron presentar batalla, la falange ateniense se mantuvo firme mientras los escaramuzadores de las alas hacían labor de desgaste. Los espartanos se retiraron a un fuerte, con los peltastas hostigando a los rezagados; los atenienses intentaron, sin éxito, tomar el fuerte y le pusieron sitio. Todo terminó cuando un jefe subalterno ateniense reunió a una fuerza selecta de peltastas y arqueros en una senda “impracticable” en una colina que los espartanos habían dejado sin custodia “y aparecieron súbitamente en los alto de su retaguardia, infundiendo el pánico entre los de Esparta por lo inesperado del suceso” (Tucídides IV.36). Doce años después, Demóstenes invadió Sicilia, intentando tomar Siracusa, la mayor colonia griega en la isla. Un factor clave en el desastre que siguió fue el olvido, o menosprecio, de las lecciones de Etolia y Pilos, incluso por Demóstenes. Su ataque contra Siracusa fracasó, y se vio obligado en ponerse en camino hacia Catana, una ciudad amiga de Sicilia. Ello le obligó a transitar por las colinas del sur de Sicilia; y a una batalla a la carrera con los siracusanos, apoyados por las tribus locales. En un punto, los siracusanos bloquearon un paso en el camino de los atenienses. Mientras éstos intentaban forzar el obstáculo, escaramuzadores, defendidos por hoplitas siracusanos, les arrojaron flechas, jabalinas y piedras con hondas desde las alturas de ambos lados, pues la falange ofrecía un blanco perfecto. El ataque fue repelido con graves pérdidas, pero los atenienses hubieron de afrontar el acoso constante de los escaramuzadores, incluso de noche. Demóstenes y 6000 hoplitas fueron rodeados en un bosque; sometidos a una lluvia de flechas y jabalinas durante todo un día, terminaron por rendirse. El comandante Nicias rechazó en principio la rendición, pero dos días más tarde sus tropas, sedientas y famélicas, cayeron en una emboscada al intentar cruzar el río Assiranus, y también cedieron.