miércoles, 6 de agosto de 2008

Los reinos españoles en la época de la reconquista

En España el siglo X estuvo marcado por un gran florecimiento comercial y cultural del califato omeya, que llego a su apogeo con Abderraman (Abd-al-Rahman) III (912-61). A la expansión omeya habían resistido algunos pequeños estados cristianos surgidos durante el siglo VIII en el norte y en la zona pirenaica (como el condado de Barcelona y el Reino Astur-Leonés), crónicamente débiles también a causa de las reciprocas hostilidades.
El siglo XI comienza para los cristianos españoles con la muerte de Almanzor (1002) que les había ocasionado la mayor humillación con el saqueo de Santiago de Compostela. Con la muerte de este caudillo se desmoronaba el califato de Córdoba. Almanzor había cuidado de que durante su mandato el califa se mantuviera al margen de los acontecimientos en su palacio de Medina Azahara. La consecuencia fue que al faltar él y no tener sus hijos las cualidades de mando requeridas, los califas tampoco pudieron imponer su autoridad, ya deteriorada por su largo tiempo de dejación en el que se dedicaron a gozar de los placeres mas refinados lejos de los problemas del pueblo. Después de la muerte de Abderramán Sanchuelo (1009), primo hermano de Sancho el Mayor de Navarra, el califato se fue desmembrando en pequeños reinos de taifas que hacia 1031 no eran menos de 50. era un momento propicio para iniciar la reconquista y así lo comprendía Sancho el Mayor de Navarra que comenzaba a llamarse “rey por la gracia de Dios” de los cristianos.
Consiguió el vasallaje del conde de Castilla, y al morir este incorporo Castilla a Navarra, hizo vasallos suyos a Berenguer Ramón I de Barcelona, a Vermudo III de León y hasta al conde Sancho Guillermo de Gascuña. Este rex ibericus como le llama un monje catalán de la época, pudo crear un estado cristiano capaz de conquistar los reinos de taifas.
Pero la unidad de este reino personal iba a durar lo que su vida. En efecto sus hijos dieron rienda suelta a las ambiciones personales y no respetaron la soberanía del primogénito García de Nájera (1035-1054).
Fernando I se proclamo rey de León a la muerte de Vermudo III (1037) y mantuvo Castilla como herencia paterna, por lo que Castilla será la primera nombrada entre los dos reinos: “Rey de Castilla y León”. Por su parte Ramiro I se alzaría con Aragón y los dos reinos (Castilla y Aragón) serian mas adelante los portavoces de los reinos cristianos pasando Navarra a un papel secundario. De esta forma, la dinastía vascona dominaba de hecho toda la España cristiana, desde Galicia hasta el condado de Barcelona. El camino de Santiago se convertía en plenamente internacional y la iglesia hispana, que se había mantenido aislada de Roma (excepto los condados de la Marca Hispánica), aferrada a sus propios ritos tradicionales y supeditada al poder político, admite, aunque a regañadientes, el cambio al rito latino, común en Occidente, y entra de lleno en la orbita del centralismo romano. En ello influyen, sin duda, los monjes cluniacenses, que traen un aire de renovación a la vida monástica española.
Por lo que respecta a la situación política, los reinos del Norte y el condado de Barcelona mantenían una actuación de privilegio respecto de los innumerables reinos de taifas surgidos en Al-Andalus. Como estos eran débiles debían pedir la protección de los príncipes cristianos y estos les exigían sustanciosos tributos o “parias”, lo que constituía una saneada fuente de ingresos para los reyes de León y Castilla, de Navarra, Aragón y los condes de Barcelona.
Esta “protección” que prestaban los reyes cristianos a los reyezuelos de taifas ofrecía también a aquellos frecuentes ocasiones de intervenir con sus tropas en territorio musulmán ocupando fortalezas, destruyendo cosechas o tomando ricos botines. En Al-Andalus solo uno de los reinos de taifas destacaba con cierta fuerza, el de Sevilla, aunque pagaba parias a Galicia y su prestancia no era suficiente como para imponerse sobre los demás. En el Norte Castilla iba demostrando que tenia condiciones para protagonizar la historia de los reinos hispano-cristianos, aunque la realización de este protagonismo no seria como Sancho II se había imaginado. El pretendía ensanchar Castilla hacia el Este, a expensas de Navarra y, por supuesto, de los musulmanes, y unificar de nuevo los reinos de Galicia, León y Castilla. El sueño se había de realizar casi a la letra, pero el encargado de hacerlo iba a ser su hermano Alfonso de León.
Rodrigo Díaz de Vivar, Mio Cid
Sancho murió victima del atentado alevoso de Vellido Dolfos ante los muros de Zamora y Alfonso VI fue proclamado rey de León y Castilla después de haber prestado juramento ante Rodrigo de Vivar de no haber intervenido en el asesinato de su hermano. En efecto, aunque la sucesión recaía en Alfonso, los castellanos tenían sospechas de que hubiese tenido alguna parte en el asesinato del rey de Castilla. En tales casos , había un modo de acabar con las sospechas: realizar un juramento expurgatorio en una iglesia destinada a ello, “iglesia juradera”. La iglesia de Santa Gadea (Agueada) de Burgos era una de estas iglesias “do juran los fijosdalgo” y el futuro Mío Cid, como alférez que había sido de Sancho II, tomo el juramento al rey. Este hecho tendría una gran trascendencia para Rodrigo Díaz de Vivar, porque desde este diciembre de 1072 no se vera ya libre de la “ira regia” que recaerá definitivamente sobre él diez años mas tarde.
Alfonso refuerza su posición encerrando a su hermano García, ex rey de Galicia, en el castillo de Luna (1073), donde permanecería hasta su muerte (1090), y piensa ya en extender sus territorios a costa de los reinos musulmanes. Aprovechando las disensiones entre los partidos de Toledo, Alfonso logra conquistar la ciudad (1085) bajo la promesa de entronizar en Valencia a Al-Qadir que hasta el momento gobernaba Toledo.

Alfonso VI se corona Rey

El rey de León y Castilla se podía sentir satisfecho. Había extendido sus fronteras hasta el Tajo y de un modo u otro controlaba el gobierno de Zaragoza y otros reinos de Al-Andalus. Pero sus exigencias se hacían intolerables para el reyezuelo de Sevilla y este no dudo el jugarse el todo por el todo y pedir al emir de los almorávides de Marruecos que pasara el estrecho, aunque a condición de que respetaran a los reyes musulmanes de Al-Andalus.Jusuf no desaprovecho la ocasión de intervenir en España, aunque no pensaba cumplir seguramente las condiciones impuestas por los hispanomusulmanes. Los taifas, apoyados por los ardorosos combatientes del emir almorávide, lograron una sonada victoria sobre las huestes de Alfonso VI en la batalla de Zalaca o de Sagradas, cerca de Badajoz. El propio rey Alfonso resulto herido en un muslo.
Jusuf volvió a África dejando sus guarniciones en la Península. En otro segundo viaje se convence Jusuf de la inutilidad de esperar la unión de los reyezuelos de taifas y, apoyado por las autoridades religiosas, que no veían con buenos ojos la relajación de costumbres de los taifas y si, en cambio, la pureza de la fe que traían los almorávides, decidió realizar la unificación de Al-Andalus en su propia persona. El pueblo veía con agrado el que Jusuf solo cobrase la contribución prescrita en el Corán y no las excesivas y arbitrarias que les imponían los taifas. Jusuf se apodera de Granada y Málaga (1090). Al año siguiente se rendía Al-Mutadmid de Sevilla, después de una tenaz e inútil resistencia, y con ello prácticamente todo Al-Andalus quedaba bajo la soberanía de los almorávides.



Estos traían una mayor pureza religiosa, pero en cambio no poseían el refinamiento cultural a que habían llegado los taifas ni se avenían ya a la tolerancia a la que se habían acostumbrado los hispanos, tanto los musulmanes como los cristianos. El rey de León era rey de las dos religiones –mas tarde, Fernando III se llamara “rey de las tres religiones”, es decir, de los cristianos, los musulmanes y judíos”; pero esto era resultado de varios siglos de convivencia y los almorávides era un pueblo ajeno, con una mentalidad cerrada e intolerante y mas preocupado por la letra del Corán que por la ciencia y las artes. Las antiguas cortes de los poetas, matemáticos y músicos, caen ahora en manos de beréberes con poca cultura y poco dominio del idioma árabe. Los únicos taifas que aun se mantenían independientes eran el de Badajoz y el de Zaragoza. Sin embargo, los almorávides no lograrían nunca resucitar el antiguo califato de Córdoba. Al fin y al cabo, ellos eran y se sentían africanos y el emir Jusuf, y también su hijo Ali, mantuvieron la capitalidad de Marraquesh; Al-Andalus era para ellos una provincia conquistada. Alí vería aun victorias como la de Ucles (1108), donde perdió la vida el infante Don Sancho, único hijo varón de Alfonso VI, y como la de Zaragoza (1110). Sin embargo, los catalanes les cerrarían el camino a Barcelona, derrotando a los almorávides en Congost de Martorell (1114). Mientras tanto, parecía que el problema sucesorio de Castilla y León iba a tener una solución ideal con el casamiento en segundas nupcias de Urraca, hija de Alfonso VI, con Alfonso I “el Batallador” de Aragón y Navarra. Nada mas lejos de la realidad. Lo que pudo significar la unión de todos los territorios cristianos del Norte, a excepción de los condados de Cataluña, fue en realidad un foco de desavenencias entre los dos cónyuges y sus respectivos partidarios. La excomunión de la iglesia gravito sobre ellos a causa del parentesco que los unía (ambos eran biznietos de Sancho “el Mayor” de Navarra) hasta que “el Batallador” la repudio definitivamente en 1114. desde esta fecha Alfonso I se dedica a su tarea preferida: la guerra contra el Islam. En 1118 se adueñaba de Zaragoza y continuaba con las conquistas de Tudela, Tarazona y Calatayud, reafirmando así su dominio en el valle del Ebro. Atiende a una llamada de los mozarabes de Granada y recorre, devastándola, la Vega de Granada, y aunque no penetra en la ciudad, trae consigo mas de 10.000 mozarabes que huían de Al-Andalus y con los que Alfonso pensaba equilibrar un poco la desigualdad numérica entre cristianos y musulmanes en los territorios recientemente conquistados en el valle del Ebro. Cuando Alfonso moría “batallando” en Fraga (1134), en Castilla y Leon, ya casi sin enemigos, Alfonso VII, en 1135 se haría coronar solemnemente como emperador de toda España. Pero el que tan bien supo batallar, había redactado un testamento que traería quebraderos de cabeza tanto a los navarros como a los aragoneses. En efecto no era admisible que los reinos pudiesen ser heredados, como quería Alfonso I, por las Ordenes militares de San Juan del Temple y del Santo Sepulcro.

Alfonso I, el Batallador.

También la unión de Navarra y Aragón seria efímera. El hermano de Alfonso, el monje Ramiro, tuvo que dejar sus hábitos para hacerse cargo del reino de Aragón y asegurar una descendencia a la familia, mientras que los navarros elegían su propio rey en García Ramírez “el Restaurador”, hijo de Ramiro, nieto de García Sánchez III en de Nájera y de Cristina Rodríguez, hija de Mío Cid.