miércoles, 6 de agosto de 2008

La secta de los asesinos y el viejo de la montaña

Esta es la fantástica historia de Hassan Sabbah, el viejo de la montaña, así le dieron en llamar los cruzados del siglo XI a Cheik el Djebel, traduciendo erróneamente la palabra Señor por Viejo. Desde la altura de su nido de águila hizo reinar el terror en una amplia zona de Asia.
Era hijo de un mercader de maderas establecido en Rei , en aquellos tiempos una de las mas prosperas ciudades de Persia. En la universidad de Nicapur conoció a Abu-Alí-Hassán y a Quita-ed-Din, apodado Omar-el-Khayyam, “el organizador de campamentos”. Al terminar sus estudios dijo a sus dos camaradas: “hagamos un pacto. Quienquiera de nosotros que alcance la gloria o la fortuna deberá compartirla a partes iguales con los otros dos”. Ahora bien, Abu-Alí-Hassán llego a ser Gran Visir, con el titulo de Nizam el Mulk, “la luz del reino”. Fiel al pacto, llamo a su lado a sus dos antiguos condiscípulos. Nada pidió Omar Khayyam; bastábale con proseguir sus estudios de astronomía y componer versos, esos versos que forman la colección de los inmortales Rubayat. Hassán-Sabbah fue nombrado para un alto cargo. Pero no tenia la categoría de Nizam el Mulk. Trato en vano de suplantarlo, fue traicionado y consiguió ponerse a salvo aventurándose a saltar por la ventana y a huir presurosamente.
Refugiose en Rei, su ciudad natal, donde fue iniciado por un anciano ismaelita en la doctrina que “lleva por el recto camino”, la de la “secta de los siete (Sebayah)”, una nueva y poderosa secta cuyo núcleo residía en Egipto. Los ismaelitas reconocían como séptimo Imán a Ismael, hijo menor de sexto Imán Chiíta, en vez de su hermano mayor Muza. Pero, sobre todo, su secta profesaba una doctrina secreta, basada en el conocimiento del profundo sentido oculto en la letra de los textos y revelado a quienes son merecedores a ello por medio de una iniciación que comporta siete grados, que muy pronto fueron ampliados a nueve. Después cayo enfermo, corriendo peligro de muerte. A resultas de un sueño, despertase curado y partió para El Cairo, donde fue iniciado en el mas alto grado de la gran logia Ismaelita.
Allí conoció el hachis. Compuesto principalmente de hojas de cáñamo indio, esta droga se tomaba en forma de licor, de pastillas azucaradas y de vahos. Esta droga era el encanto, tanto de las noches de los fellahs y de los remeros de los dehabiehs como de los grandes señores. Su virtud, copiosamente celebrada en los archivos secretos de la Gran Logia, avivaba el deseo y el valor, multiplicaba las visiones de los místicos, insensibilizaba al sufrimiento y a la muerte a los combatientes que se lanzaban con ímpetu a la pelea con risa demencial.
Amenazada su vida de resultas de intrigas palatinas, Hassán-Sabbah se embarco para Occidente. Al quinto día de navegación se levanto una tempestad y los marineros quisieron arrojarlo al mar. Pero el exclamo, con palabras inspiradas: “¡Dios me prometió que ningún daño me afligiría!” la tempestad se calmo. La nave fue arrastrada hasta las costas de Siria. Los marinos a quienes él salvo la vida le siguieron a través de Persia y fueron sus primeros adeptos.
Con ellos recorrio Persia, visitando a los afiliados cuya lista poseía. Pero a quienes le aconsejaban que engrosase la masa de sus seguidores, respondía: “Mas adelante, mas adelante. No preciso de sus juramentos. Lo que necesito es su fe; que sean entre mis manos como el cadáver entre las del que lava a los muertos,” Con ellos se dirigió hacia Occidente, hacia las montañas al sur del Caspio, hacia las mas yermas alturas donde, en las cercanías de Rumbar, se alza el castillo de Alamut, el Nido del Águila ( o según otros, tomando la raíz de la palabra amukt, enseñar, el magisterio del Águila).
En la noche del 4 de septiembre de 1090 introdujose misteriosamente en el castillo. Las letras que componen el nombre de Alah-Amuth, interpretadas con arreglo de la mística de los números, facilitaron aquella fecha para que pudiese entrar en la fortaleza su nuevo dueño Hassán-Sabbah.
El gobernador fue autorizado para poder salir libremente con sus esposas. El gobernador de Kerduc y de Damegan le entrego tres mil dinares (monedas de oro árabes) a la vista de una esquela de Hassán.
A partir de entonces, misteriosos emisarios procedentes del castillo de Alamut partieron en todas direcciones. Visires, altos dignatarios –entre ellos Nizam-el-Mulk-, todos aquellos cuyo poderío podía oscurecer el de Cheik-el-Djebel, cayeron bajo el puñal o perecieron envenenados; el sultán de Bagdad librose por azar de la muerte. Cuando el asesino era detenido, afrontaba con alborozo la tortura y la muerte. Privados de sus mas sólidos sostenes, los califatos de Bagdad, de El Cairo, de Córdoba, se disgregaban: Hassán-Sabbah era el amo temible, invisible, que actuaba por doquier.
El nuevo sultán, Sindjar, congrego un ejercito al pie de las fortificaciones de Alamut. Una noche encontró en su tienda un puñal clavado en el suelo, envuelto con un pergamino amenazador. Levanto el cerco y envió embajadores a Hassán-Sabbah.
Fueron recibidos estos en el castillo, en que estaban alineados hombres vestidos de blanco, con gorros y cinturones rojos, los fidawis. Hassán hizo una seña: uno de ellos saco un puñal y se lo clavo en la garganta. Alzo entonces los ojos hacia la torre; otro de los hombres arrojose desde lo alto de las almenas y se estrello en las losas.
¿Cuál era el secreto de su poder extraordinario?
Estos fidawis no tan solo estaban iniciados en la doctrina ismaelita, sino avezados también al manejo de las armas, instruidos en la practica de los idiomas extranjeros y en las costumbres cortesanas.
De noche, llegada la hora, el dueño llamaba a su lado al enviado cuyo brazo debería ser el instrumento de su voluntad, y le enumeraba los meritos y las virtudes del Iman Ali , yerno del profeta. Transcurrido un cuarto de hora, un sueño invencible cerraba los parpados del discipulo, bajo el inflijo de un brebaje narcótico.
Durante su sueño era transportado a un quiosco oculto en los jardines, donde se despertaba rodeado de flores, de perfumes y de las mas hermosas vírgenes, para que pudiera gustar hasta la saciedad todas las delicias de la mesa y del amor. Transcurridas dos horas de la noche, volvía el dueño y le confiaba que el Imán Ali le había hecho entrever la morada de los elegidos, cuya puerta le abriría su obediencia.
Después dormirse otra vez bajo el efecto del narcótico y se despertaba finalmente sobre el divan en el que anteriormente había conversado con el dueño. A partir de entonces era como “el cadáver en manos del que lava a los muertos”.
Hassán-Sabbah murió el 12 de junio de 1124, rodeado de una lúgubre aureola. Sus sucesores se doblegaron bajo el peso de su herencia. No supieron mantenerse como él en un aislamiento inaccesible, y compartieron con otros sus secretos. En poco tiempo declino su poderíos. En 1265, cuando las hordas Mogolas de Hulagu, nieto de Gengis-Khan, se presentaron ante Alamut, la fortaleza no opuso resistencia. La secta de los ismaelitas ha sobrevivido. Pero no es debido a su mágico poder por lo que en nuestros días es conocido su Iman, ayer sir Mohammed Sha Ibn Agha Ali, mas conocido todavía por el Agha Khan, y hace algunos años su nieto, el príncipe Karim.
El Gran Maestre de los Asesinos, Hassán-Sabbah, gozaba indudablemente de ilimitada autoridad sobre sus fidawis a causa de un conocimiento profundo de los estupefacientes y de un extraordinario poder hipnótico y persuasivo. El magnetismo de su mirada doblegaba las voluntades al mismo tiempo que creaba un mundo de ilusión como la Maya Hindú. Él mismo dijo el morir: “¡Nada es verdad!”.

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