viernes, 15 de agosto de 2008

Los inicios de Roma, construyendo un imperio

Desde sus primeros tiempos la Republica romana estuvo rodeada de peligros. Para su propia defensa tuvo que luchar sin tregua contra sus vecinos, y cuanto mas se fortalecía y mayor era su poderío, tanto mas amenazados se consideraban aquellos, y mas redoblaban sus esfuerzos para aplastarla. Durante estas luchas sobresalieron por su valor, devoción y virtudes ciudadanas varios hombres excepcionales. Sus hechos ponen de relieve mejor que cuanto pudiéramos decir el carácter del pueblo a que pertenecían y por ello consideramos conveniente destacar los mas importantes para que el lector se haga luego cargo de cómo el dominio de Roma estaba cimentado sobre una conciencia muy firme del deber y una ejemplar firmeza ante la adversidad. En el primer complot para restaurar la monarquía y restituir el cetro a Tarquino “el Soberbio” figuraba un hijo de Bruto “el Libertador”. Una vez descubierta la trama por los cónsules, los conspiradores fueron apresados y sentenciados a muerte. Dicese que al pronunciarse la sentencia los presentes percibieron en el rostro de Bruto la angustia que le producía la ejecución de su propio hijo. Al ser Tarquino ahuyentado de Roma, se refugio en casa de Lars Porsena, jefe de la ciudad etrusca de Clusio. Entre ambos reunieron un ejército y marcharon contra Roma. En vista de que era imposible hacerles frente, los romanos que ya habían perdido el monte Janículo, situado del otro lado del Tiber, decidieron hundir el puente de madera a fin de cortarles el paso hacia la ciudad. Pero mientras la operación se realizaba, encomendaron la defensa del extremo opuesto de dicho puente a tres de sus más esforzados guerreros, Horacio Cocles, Spurio Lartios y Tito Herminio. A punto de hundirse el puente, los romanos llamaron a sus compañeros para que se retirasen, pero Horacio se negó a abandonar su puesto mientras el puente no se hundiese, por temor a que los etruscos tuvieran tiempo de cruzarlo. Al derrumbarse las vigas detrás de él, se arrojo al agua con su armadura, en medio de una lluvia de jabalinas, y consiguió alcanzar la opuesta orilla. Dueño Lars Porsena del monte Janículo, pudo cortar el acceso de trigo a Roma. Mientras sostenía el sitio de la ciudad, un joven romano consiguió entrar en el campamento con una espada oculta bajo la túnica. Hallándose presidiendo un juicio el caudillo etrusco, el romano saco su espada y por equivocación dio muerte a uno de los funcionarios que acompañaban a aquel. Al ser apresado el joven dijo con altivez a Porsena que había en Roma una larga fila de jóvenes ansiosos de honrarse con parecida hazaña. Porsena le amenazo entonces con la muerte en la hoguera, pero el romano, para demostrarle lo poco que le importaba tal condena, introdujo su mano derecha en el fuego sin dar muestras del más leve sufrimiento. En vista de este proceder Porsena levanto el sitio de la ciudad y se negó apoyar en adelante las ambiciones de Tarquino. En la lucha de Roma contra los Ecuos, distinguiose el dictador Lucio Quinto Cincinnato. Vivian los ecuos al este del Lacio y para atacar a Roma se habían reunido en el monte Álgido. Uno de los cónsules fue enviado con un ejército para batirlos, pero muy pronto lo cercaron los enemigos. Antes de completar el cerco, sin embargo, habían conseguido huir unos jinetes, quienes llevaron a Roma la noticia del peligro que amenazaba a sus defensores.

Lucio Quinto Cincinnato
Decidiose entonces nombrar dictador a Cincinnato, quien se hallaba arando una pequeña heredad del otro lado del río al punto de serle comunicada la noticia. Sin dudar un segundo pidió su túnica, en tanto se limpiaba el sudor, y se dirigió a Roma. Ordeno en el acto que se cerrasen las tiendas y que todos los varones entre los diecisiete y los cuarenta y seis años se presentasen provistos de estacas. A favor de las sombras de la noche, el improvisado ejercito de Cincinnato construyo una estacada en torno a los ecuos, convirtiéndolos de pronto de sitiadores en sitiados. Acosados los ecuos de frente y por la retaguardia, no les cupo otra alternativa que capitular (458 a. C.). El vencedor les perdono la vida, pero los hizo pasar bajo el yugo, o sea bajo una lanza sostenida horizontalmente, que era la mayor afrenta que podía hacerse a un ejercito, de acuerdo con la ética militar de los romanos. Al cabo de dieciséis días, dicese que Cincinnato estaba de nuevo trabajando sus tierras como un simple ciudadano. Sumamente enconada fue la rivalidad entre Roma y la ciudad etrusca de Veyes, situada en la ribera del Tiber y a solo unos cuantos kilómetros de distancia de la primera. En más de una ocasión etruscos y romanos habían tomado las armas, pero impotentes unos y otros para decidir la lucha a su favor, habían acordado treguas. Una de veinte años de duración había finalizado en 405a.C. y Roma aprovecho la oportunidad para eliminar de una vez a su rival. Sitiada Veyes durante nueve años, no daba indicios de ceder, pese al tesón de sus contrarios. En vista de ello Roma encomendó el mando de su ejercito a un jefe tan conocido por su rigor como por sus dotes de soldado, Marco Furio Camilo. Este mando construir una mina bajo las murallas y ordeno un ataque simultaneo por varios puntos, que distrajo la atención de los defensores y permitió a los romanos penetrar por bajo la tierra en el interior de la ciudad sitiada. Esta fue reducida a cenizas y saqueada sin piedad. Camilo había ofrecido al templo de Apolo, en Delfos, la décima parte del botín. Pero este no llegaba para construir una cratera de oro que el senado había propuesto enviar; entonces las matronas romanas se desprendieron de todos sus brazaletes y alhajas para cumplir dignamente el compromiso contraído por el victorioso caudillo, designado como dictador para derrotar a Veyes.

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