jueves, 27 de noviembre de 2008

"Alea jacta est", Julio César se vuelve inmortal

Cayo Julio César nació en Roma en el año 100 a.C. De noble origen, pues descendía, de la antigua gens Julia, era sobrino de Mario y yerno de Cinna.
Afirmaba que su estirpe procedía de la diosa Venus y del rey Anco Marcio, circunstancias que le permitían ambicionar cualquier dignidad, por mas alta que fuera.
Físicamente era alto, delgado, de tez pálida, mirada penetrante y rasgos refinados e inteligentes. Muy elegante en el vestir, ceñía su toga con afectado desaliño, estudiado detalle que realzaba su presencia.

Sus extraordinarias cualidades lo presentan como un hombre excepcional, pues demostró en todos los órdenes consumada capacidad. Se destaco como gran guerrero, orador, escritor y político. De buen corazón, era generoso en extremo y por sus suaves modales y arrebatadora elocuencia no tardo en convertirse en el favorito de todos. Tenía una memoria prodigiosa y sentía inclinación por las matemáticas, como lo prueban la reforma de calendario y las diversas obras de ingeniería que proyecto durante sus campañas militares. Dotado de gran capacidad para el trabajo, podía dictar, simultáneamente, a siete secretarios.
Sin embargo como militar fue muy ambicioso, díscolo y audaz, características que le permitieron hacerse dueño del mundo romano.

A pesar de ser descendiente de una familia patricia, César se inclino hacia el partido popular y, dominado por la ambición, puso todo su genio político y su audacia para erigirse en el único jefe de la decadente republica.
César no se precipito en llevar a cabo sus planes y juzgo prudente comenzar su carrera política asociándose a dos hombres muy destacados en Roma: el vanidoso Pompeyo, que había regresado del Asia, y el opulento Craso.
Pompeyo fue recibido fríamente en Roma a pesar de su victoria sobre Mitrídates pues, durante su ausencia, los senadores lo habían desprestigiado ante el pueblo por haber abolido las leyes de Sila.

Por otra parte, Craso, a pesar de su dinero, no lograba reunir la mayoría a su favor. Estas circunstancias explican porque aceptaron la alianza con César, que ya se distinguía por su talento.
En el año 60 a.C. tres hombres pactan una coalición secreta para dirigir la Republica: César, el estadista; Pompeyo, el general; u Craso, el capitalista. Esta liga fue llamada, mas tarde, “el Primer Triunvirato”.
Los tres socios no tardaron en separarse. César fue designado procónsul de las Galias (norte de Italia y actual Francia) y se alejo de Roma con su ejército para ocupar el gobierno de esas provincias.

Pompeyo obtuvo el mando de España y África, provincias a las que envió lugartenientes pues, temeroso de perder popularidad, se quedo en Roma.
Craso fue destinado a Oriente (provincia de Siria) y, para aumentar sus riquezas, inicio una campaña contra los partos, pero fue vencido y muerto.
César debía someter un territorio que se extendía desde el Rin hasta los Pirineos, exceptuando la Galia Narbonense (que bordeaba el mar Mediterráneo) que, desde la época de Mario, era una provincia romana.
El país estaba dividido en numerosas tribus independientes, las cuales comprendían tres grandes grupos: los Aquitanios, al sur, los Galos propiamente dichos en la región central, y los Belgas, en el norte. Estos pueblos se hallaban enemistados por luchas intestinas y amenazados por los Helvecios, que habitaban la actual Suiza y por los Germanos radicados en las comarcas ribereñas del Rin.

Después de cuatro años de lucha, Julio César había sometido diversas tribus y anexado amplios territorios; sin embargo, los Galos no estaban vencidos. Un guerrero llamado Vercingetórix diose cuenta de que era necesaria la unión de todos los habitantes para ofrecer resistencia al invasor. Con gran habilidad, el caudillo encabezo una rebelión general de los galos, quienes exterminaron diversas guarniciones romanas.
El imbatible César sufrió algunos contrastes, aunque finalmente logro rodear a los galos en la ciudad de Alesia, donde para impedir la fuga de los defensores, construyo una doble línea fortificada.

Ante la imposibilidad de toda resistencia y para salvar la vida de sus compatriotas, Vercingetórix, vistiendo sus mejores armaduras, se rindió a los pies de César. Desde ese momento, los romanos dominaron a toda la Galia, año 51 a.C.
Muerto Craso y ausente César, Pompeyo fue el personaje más importante de Roma. Los brillantes triunfos que el segundo había obtenido en las Galias despertaron envidias y recelos en Pompeyo, quien consiguió el apoyo del Senado para eliminar el prestigio de su antiguo aliado.
Encontrándose César en la Galia Cisalpina recibió una orden por la cual debía licenciar sus tropas y regresar a Roma como simple ciudadano. Además enterose de que Pompeyo había sido nombrado cónsul único, es decir, dictador.

Entonces César, a la cabeza de sus legiones victoriosas decidió avanzar sobre Roma, para ello cruzo el Rubicón, riachuelo que vertía sus aguas en el Adriático, y que era el limite entre Italia y la Galia Cisalpina.
Las leyes romanas prohibían a todo general trasladarse de una provincia a otra con sus tropas armadas y era obligatorio licenciarlas. Pasar el rio era iniciar abiertamente una nueva guerra civil.
César atravesó el Rubicón pronunciando la famosa frase. “alea jacta est (la suerte esta echada)”.
En rápida marcha penetro en Roma mientras Pompeyo, junto con miembros del Senado y la nobleza, buscaban refugio en Grecia.

César organizo un nuevo Senado y se hizo nombrar dictador. Siguió una política moderada, no persiguió a los opositores y trato de restablecer la tranquilidad.
Antes de emprender una campaña decisiva contra Pompeyo prefirió trasladarse a España para combatir a “un ejercito sin general”, según sus propias palabras. Allí consiguió un fácil triunfo sobre las legiones que permanecían fieles a su adversario, en la batalla de Lérida.
A principios del año 48 a.C., César regreso a Roma y luego se dirigió a Grecia, librando en agosto una batalla decisiva en la llanura de Farsalia. Pompeyo, derrotado, huyo a Egipto, donde fue asesinado cobardemente por orden del rey Tolomeo XII.

César llego en esos momentos y, disgustado por el crimen, destrono al rey y proclamo soberana a Cleopatra (hermana del monarca depuesto).
Desde Egipto César se traslado al Asia Menor, donde en cinco días venció a Farnaces, hijo de Mitridates.
Mientras César se hallaba en Oriente, los miembros del partido Pompeyano habían organizado un nuevo ejercito en África a las ordenes de Catón el Joven (descendiente de Catón en Censor). Sin perder tiempo, César cruzo el Mediterráneo y venció a sus enemigos en la batalla de Tapso, en abril del año 46 a.C.
César regreso a Roma y fue honrado con cuatro triunfos por sus victorias en la Galia, en Egipto, en Oriente y en África.

Al poco tiempo se dirigió a España para combatir a dos hijos de Pompeyo, Cneo y Sexto, que habían organizado un ejercito muy poderoso. El encuentro se produjo en Munda y, al término de una terrible batalla, César resulto nuevamente vencedor, marzo del año 45 a.C.
Derrotados los partidarios de Pompeyo y sometidos todos los territorios provinciales, César regreso a Roma y se hizo nombrar dictador perpetuo. Además el Senado le otorgo el titulo de Imperator (general triunfador), mando acuñar su efigie en las monedas y designo con el nombre de Julio el mes de su nacimiento.

En realidad, César estableció una monarquía con formas y nombres republicanos. Respeto las antiguas magistraturas y transformo el Senado en un mero cuerpo consultivo. En su persona residía la mayor autoridad con el titulo de “Imperator” o comandante en jefe (de este termino deriva la palabra Emperador).

Al frente del gobierno, César demostró ser no solo un gran general, sino un excelente estadista. No abuso del poder y fue clemente con los vencidos.
Favoreció el comercio y la industria, repartió tierras y creo colonias para los pobres, otorgo el derecho de ciudadanía a los habitantes de la Galia Cisalpina, impidió los abusos que cometían los gobernadores y reformo el calendario.

Proyectaba unificar las leyes romanas para someter todos los pueblos a la misma legislación, crear una gran biblioteca griega y latina, embellecer a Roma y emprender nuevas guerras de conquista, pero el crimen puso fin a tantas realizaciones. Un grupo de republicanos exaltados, con contando con el apoyo de los miembros del Senado, resolvió asesinar al dictador. Lo acusaban de ambicionar el titulo de rey y también de haber eliminado la antigua Constitución romana.
A la cabeza de los conjurados estaban dos pretores: Marco Bruto, pariente directo de César y Casio Longino, oficial que había luchado bajo las órdenes de Pompeyo.

El 15 de marzo del año 44 a.C. antes de entrar al Senado, César es puesto en aviso de que el partido aristocrático estaba dispuesto a matarlo, pero no se inmuto, camino firme hacia la escalinata del recinto y antes de ingresar mira el cielo por ultima vez logrando ver sobrevolar a un águila, entonces resignado repite nuevamente su frase “alea jacta est”. Ya dentro del edificio, los conjurados lo rodean y aunque en principio quiso defenderse, finalmente se entrego a los asesinos que le atravesaron el cuerpo de veintitrés puñaladas. Irónicamente, César cae muerto al lado de la estatua de Pompeyo, un segundo antes de su último suspiro, César, ve la escultura y sonríe por última vez.

2 comentarios:

Javier Cercas Rueda dijo...

A falta de leer las cinco novelas de Colleen McCullough y las serias biografías de Carcopino y Goldssworthy, y descartadas otras cosas más flojillas sí leídas (Gallo, Shakespeare o Eslava Galán), me quedo con estos:

Vida de los doce césares, de Gayo SUETONIO TRANQUILO (S. I ddC)
Querido Bruto, de José Ramón AYLLON (1999)
Los idus de marzo, de Thorton WILDER (1948)

En primero me encanta por el estilo, por ser una fuente cercana y por que, de paso, aprendemos todo lo esencial sobre la familia Julia-Claudia y demás césares. El segundo es una novelita breve y sencilla, perfecta introducción al mundo romano. Es insuficiente, pero la he recomendado mucho pues actúa de reclamo infalible de otras lecturas. La tercera es una novela epistolar deliciosa, llevada técnicamente con virtuosismo, imprescindible.

ALMOGAVAR dijo...

Vida de los doce cesares un libro imperdible, al igual que todos los clásicos; gracias por el comentario Javier.