viernes, 30 de enero de 2009

La importancia de la artillería en la primer gran guerra.

En 1914, el arma principal de la artillería era el cañón ligero de campaña, diseñado para las ofensivas móviles. Los principales ejércitos combatientes estaban equipados con cañones de campaña inspirados en el cañón francés de 75mm. Esta arma era capaz de disparar hasta veinte granadas por minuto, con bastante precisión, y desempeñó un papel importante en la guerra de movimiento de 1914, pero después de la “carrera hacia el mar” se produjo un bloqueo a lo largo de los 750km de frente y, de hecho, se inició la guerra de posiciones. Una de las respuestas fue el desarrollo de una artillería más pesada, con el fin de abrir boquetes en las alambradas de púas del enemigo y destruir sus cañones. En tal sentido, el ejército alemán se encontraba en ventaja. Su estado mayor había adquirido experiencia en la guerra ruso-japonesa (1904-1905), y seguía dándole importancia a la potencia de fuego. Cada cuerpo contaba por lo menos con doce obuses pesados de 150mm, que por el ruido que producían y el humo negro de sus explosiones se hicieron famosos como los “Jack Johnsons”, por el hombre de raza negra que fuera campeón mundial de boxeo de los pesos pesados entre1908 y 1915. A medida que fueron apareciendo obuses más pesados y cañones de más alcance, todas las partes procuraron ajustarse a la nueva guerra de posiciones. Se inventaron morteros de trinchera que disparaban prácticamente hacia arriba. La cantidad de cañones pesados creció en una proporción extraordinaria. En 1914, los franceses tenían 300 cañones pesados; en 1918 ya eran 7.000, de los cuales 400 estaban montados en vagones de ferrocarril. De las 20.000 piezas de artillería con que contaba el ejército alemán en 1918, alrededor de 8.000 eran cañones pesados. El que tenía el mayor campo de acción era el “Big Bertha” capaz de disparar una granada de 108kg en dirección a un blanco situado a 148km. La meta era París. Se gastaron grandes cantidades de municiones en los asaltos antibaterías, la destrucción de puntos importantes y las operaciones de corte de alambradas. Pero los bombardeos intensivos con material pesado que tenían lugar antes de los ataques sacrificaban el factor sorpresa. Además, aparte de aniquilar las defensas enemigas también las carreteras y los elementos de identificación, restringiendo de ese modo el movimiento de la infantería, los cañones y posteriormente también de los carros de combate. A medida que fueron mejorando las tácticas, se diseñaron barreras de fuego para proteger a la infantería durante los ataques. En un principio se enfocaba el cañón hacia las líneas del frente del enemigo, y después se cambiaba la dirección y se orientaba hacia las trincheras de apoyo. Más adelante, se introdujeron barreras de fuego más efectivas, “rastreras” o “rodantes”, que avanzaban por delante de la infantería a un ritmo determinado de antemano. Pero la falta de comunicaciones por radio para mantener el control impedía cualquier flexibilidad, en caso de que la infantería se retrase o se desviase. La importancia creciente de la artillería produjo una gran expansión de estas fuerzas. El ejército británico llegó a contar con 526.000 soldados de artillería, una cuarta parte de su fuerza numérica.