lunes, 26 de enero de 2009

El gran capitán Gonzalo de Córdoba y las reformas tácticas del siglo XVI

El problema de las tácticas de infantería en el siglo XVI fue el de buscar la forma de obtener los mejores resultados de las nuevas armas de pólvora que estaban siendo desarrolladas. El ocaso de la infantería sin apoyo se produjo en Miriñán, en 1515, cuando el sistema francés de salvas de artillería combinadas con cargas de la caballería, apoyadas por infantería armada con picas y arcabuces, demostró su superioridad. No obstante, algunos años antes, los franceses no habían tenido tanto éxito contra un ejército español mandado por Gonzalo de Córdoba, El Gran Capitán (1453 – 1515). Este había logrado derrotar a los franceses, que eran mas numerosos, protegiendo a sus arcabuceros tras fortificaciones de campo, de forma que les era posible recargar sus armas sin miedo a los ataques. De este modo pudo extender a sus hombres en un frente mas amplio que los franceses y ganar a estos en la maniobra, utilizando a sus arcabuceros para dispersar a los franceses con su poder de fuego, permitiendo así a sus piqueros, que aun seguían formando el grueso de su infantería, que se adelantases e infligieses la derrota final, como sucedió en la batalla de Ceriñola, en 1503. Las tácticas de Gonzalo de Córdoba se basaban en la resistencia de sus piqueros y en la protección de las fortificaciones de campo, apoyados por el poder de fuego de sus arcabuceros y utilizando la acción final de choque de los piqueros.
El ejército de Gonzalo de Córdoba abrió una nueva era de dominó español en Europa, que se inicio con una ola de éxitos cuando los españoles expulsaron por fin a los moros de España con la reconquista de Granada (1492) tras siete siglos de dominio árabe. Entonces, a medida que avanzaba el siglo XVI, los españoles fueron adquiriendo una mayor confianza en si mismos y sus campañas les proporcionaron aun mayores éxitos. Por aquel entonces las armas de fuego abundaban más, y los españoles pudieron reemplazar a muchos de sus piqueros por arcabuceros; estos formaban en unidades diferenciadas y servían junto a las de piqueros que aun quedaban. El Tercio Español, tal como se lo conoció, era una unidad mixta de piqueros y arcabuceros – y luego de mosqueteros-, que presentaba al enemigo la oposición de sus firmes picas y el poder de fuego de sus armas personales. El núcleo del tercio estaba formado por piqueros, rodeados por una cortina protectora de arcabuceros; otros arcabuceros reforzaban cada ángulo del tercio, cuyos efectivos totales variaban entre los 1500 y 2000 hombres. Su efectividad venia incrementada por la moderna táctica de hacer que los arcabuceros de las filas delanteras se retirasen tras la segunda fila una vez descargadas sus armas; entonces la segunda fila se movía hacia delante para disparar a su vez, seguidamente regresaban a su posición anterior siendo sustituidos por la otra fila que, mientras, había recargado sus armas. Gracias a estos métodos los españoles podían mantener una barrera de tiro casi ininterrumpido, causando la desintegración de las filas enemigas; entonces, los piqueros españoles avanzaban a barrer los restos. Luego, aquel mismo siglo, los españoles pudieron doblar su volumen de fuego haciendo que los hombres de la primera fila se arrodillasen y disparasen, mientras la segunda lo hacia por encima de sus cabezas. Seguidamente ambas hileras se retiraban para recargar, mientras la tercera y cuarta repetían su actuación. Hacia finales del siglo XVI se produjeron nuevos cambios en las tácticas de infantería, cuando el mosquete reemplazo al arcabuz. Aunque pronto Gustavo Adolfo revolucionaria por mucho tiempo la guerra de infantería, un importante acontecimiento se había producido antes de que subiese al poder. Dicho suceso tuvo lugar de un modo independiente, según parece, y más o menos al mismo tiempo, gracias a Alejandro, Duque de Parma (1545 – 1592) y Mauricio de Nassau (1567 – 1625). Ambos jefes militares redujeron los efectivos de determinadas unidades a su mando y trasladaron al arcabucero desde el corazón de la formación de infantería para darle nuevas tareas como soldado de avanzadilla. Tales medidas eran significativas, pues ambos generales eran partidarios de la guerra móvil, trasladando sus tropas a gran velocidad utilizando todos los medios disponibles. Dicho sistema le dio muy buenos resultados a Mauricio con el uso de barcazas en las llanuras holandesas. Fue también él quien acelero las, hasta entonces, largas y arduas operaciones de sitio mediante una hábil combinación de fuego concentrado y diplomacia. Gracias a este método logro capturar brillantemente una cadena de fortalezas españolas en los años 1590 – 1591. Una vez había logrado abrir una brecha en los muros, inducía a la rendición a los defensores con la promesa de que recibirían los honores de la guerra. Había prohibido terminantemente el pillaje, con esta medida consiguió que el tiempo empleado en tomar y asegurar una fortaleza enemiga fuera de unos seis días, un periodo de tiempo maravillosamente corto para aquella época.