miércoles, 13 de enero de 2010

La sangrienta batalla de Chacabuco (primera parte)

El general Francisco Casimiro Marcó del Pont tenía sus fuerzas absolutamente dispersas como consecuencia de la “guerra de zapa” desatada por San Martín. El jefe patriota, merced a su aceitado sistema de espionaje, había logrado confundir al general realista. Y aunque Marcó del Pont estaba convencido de la necesidad de defender el valle de Aconcagua, que era la llave de los caminos que conducían a Santiago y una riquísima fuente de recursos, no hizo nada para ocuparlo con fuerzas importantes.
El 4 de febrero de 1817, el jefe realista tuvo las primeras informaciones sobre el avance de fuerzas patriotas por el paso de Los Patos; al día siguiente, se enteró de la existencia de otras fuerzas en la ruta de Uspallata y el mismo día recibió la noticia de que una tercera columna había cruzado por el Planchón.
Sin embargo, ninguna de todas esas informaciones fueron suficientes para hacerle tomar una resolución. Sólo el día 10 ordenó que las tropas desplegadas en el sur se replegaran hacia la capital bajo el comando del brigadier Rafael Maroto. Éste marchó esa misma noche rumbo a la hacienda de Chacabuco con los únicos efectivos disponibles (los batallones Talavera y Chiloé y 50 húsares) y el propósito de reunirse con las tropas de Quintanilla y de Marqueli para esperar allí la llegada del resto del ejército. El 11 al atardecer Maroto arribó a su destino e instaló su cuartel general en las casas de la hacienda, donde encontró destacamentos de los batallones Concepción, Valdivia y Chiloé, que habían llegado desde Coquimbo a las órdenes del coronel Elorreaga. También estaban los tres regimientos de caballería, así como 120 artilleros con cinco cañones. Un destacamento compuesto por tres compañías de caballería y cuatro de infantería, alrededor de 530 hombres a las órdenes del coronel Miguel María de Atero ocupaba la cuesta de Chacabuco, con misión de seguridad. El total de fuerzas de que disponía el jefe realista ascendía a 3.300 hombres, aproximadamente. El campo de batalla

El terreno en que se iba a librar la batalla se encontraba entre el río Aconcagua y la hacienda Chacabuco; el camino a Santiago era su eje. Al sur del río hay una cadena de alturas que limitan el valle. Ellas van ascendiendo perpendicularmente al río durante 15 km hasta alcanzar la cresta de la serranía de Chacabuco con 1.280 m de altura y descender hacia la hacienda, 10 km al sur.
Entre la hacienda y la serranía se encuentra la quebrada de la Ñipa y su prolongación al estero de las Margaritas, formando un largo cajón, a cuyos costados se eleva el terreno en rápida escarpa. Al norte de la unión del estero con la quebrada se yergue un mamelón aislado, el morro de las Tórtolas Cuyanas. El camino principal unía Santa Rosa de los Andes con Santiago pasando por la hacienda de Chacabuco, pero pocos kilómetros al norte de las Tórtolas Cuyanas ese camino se bifurcaba, siguiendo el más transitado, llamado de la Cuesta Vieja, por el cajón antes mencionado. El otro, de la Cuesta Nueva, corría al oeste de los cerros que bordeaban el cajón, por lo que no había comunicación entre ambos.
Preparativos y planes

Maroto reforzó las tropas de seguridad con 200 infantes comandados por el capitán Mijares, asignándole la misión de resistir cualquier ataque. Su plan preveía ocupar, en la mañana del 12, la cumbre que domina el valle de Aconcagua con todas sus fuerzas y mantenerse en ella a la espera de los refuerzos que le enviaba Marcó del Pont.
El Ejército de los Andes, por su parte, había llegado al valle de Aconcagua el 10 de febrero, día en que los oficiales de ingenieros Antonio Arcos y Álvarez Condarco hicieron un reconocimiento y confeccionaron un croquis del terreno. Al día siguiente arribó al campamento el baqueano chileno Justo Estay, hombre de confianza a quien San Martín enviara a observar a las fuerzas realistas y a traer los informes preparados por sus espías en Santiago. El eficaz Estay informó detalladamente sobre la situación del ejército realista. Así, San Martín, cuya artillería de batalla no había llegado aún (sólo disponía de la montaña, más liviana, que había cruzado los Andes con la columna principal), decidió atacar cuanto antes al enemigo sin esperarla, a fin de adelantarse a la llegada de los refuerzos realistas. Convocó entonces a una junta de guerra a los generales y jefes de unidades, tras lo cual impartió sus órdenes para avanzar antes del amanecer del día siguiente.