martes, 19 de enero de 2010

La sangrienta batalla de Chacabuco (parte final)

Los tres escuadrones dirigidos por San Martín sablearon a infantes y artilleros para dirigirse a continuación contra la caballería realista. En ese momento apareció desde la columna de Soler el teniente coronel Necochea con su escuadrón Escolta y el 4º escuadrón de Granaderos para atacar a la caballería realista, la que, al verse acometida desde dos direcciones, volvió grupas y escapó hacia el portezuelo desde la Colina. El general entregó el mando de la caballería al coronel Zapiola, ordenándole la persecución. Como consecuencia de estas acciones, los infantes realistas empezaron a dejar sus posiciones y a desbandarse. Algunos oficiales lograron reunir a parte de los dispersos y formar un cuadro, pero fueron atacados por O’Higgins con los batallones 7 y 8 que, tras superar el barranco que fuera causa de sus fracasos anteriores, cargaron y pusieron en fuga a esos restos de la posiciones enemiga, causándoles fuertes bajas.
Los derrotados realistas se replegaron hacia la hacienda de Chacabuco y, al ver cortada su retirada por la división de Soler que ocupaba el valle, pretendieron resistir desde las tapias de la viña y el olivar contiguos, pero debieron rendirse enseguida. La caballería patriota persiguió a los que lograron huir del campo de batalla unos 20 km hasta el portezuelo de la Colina, sembrando el camino de cadáveres. Los realistas sufrieron 500 muertos, 600 prisioneros, entre ellos 32 oficiales, toda su artillería, parque y municiones, 2.000 fusiles, 2 banderas y un estandarte. Las bajas patriotas consignadas en el parte del triunfo indicaron 12 muertos y 120 heridos, pero como ésas son las cifras computadas apenas terminada la lucha, puede asegurarse que fueron superiores.
El general Gerónimo Espejo, que participó en la batalla como cadete, en su libro “El paso de los Andes”, consigna 132 muertos y 174 heridos, y hace ascender a 600 los muertos realistas. Entre las bajas patriotas, el de más jerarquía fue el capitán de Granaderos a Caballo Manuel Hidalgo. En su parte, San Martín sintetizaba su victoria con estas palabras: “Al Ejército de los Andes queda la gloria de decir: en veinticuatro días hemos hecho la campaña, pasamos las cordilleras más elevadas del globo, concluimos con los tiranos y dimos la libertad a Chile”. La persecución no se prolongó con más energía por el estado del ganado, que había hecho un gran esfuerzo en la campaña, culminándolo en la batalla. Por otra parte, San Martín no descartaba una reacción de las fuerzas realistas que permanecían en la capital: los Húsares de Abascal, la masa de los Dragones de la Frontera, los batallones Chiloé y Chillán y 250 artilleros con dieciséis cañones. Justamente, el jefe de los húsares, teniente coronel Barañao, nativo de Buenos Aires y el mejor oficial de caballería del ejército realista de Chile, propuso reunir la caballería, montar en la grupa de cada caballo un infante y con esa fuerza (alrededor de 1.600 hombres), atacar por sorpresa durante la noche a los vencedores de Chacabuco. Pero Marcó del Pont carecía de la energía necesaria para adoptar semejante plan y sólo pensó en la fuga, evacuando la ciudad. Pese a ello, días después el pusilánime capitán general de Chile cayó prisionero de los patriotas. Apenas terminada la lucha, se suscitó un serio incidente entre los dos brigadieres que ocupaban los más altos cargos en el Ejército de los Andes subordinados a San Martín. Enterado Soler de la razón por la cual no se cumplió el plan de batalla, se acercó a O’Higgins a reprocharle su conducta. Benjamín Vicuña Mackenna, en su libro “Ostracismo del General D. Bernardo O’Higgins”, recuerda que en un manuscrito, el prócer chileno dice que “[...] llamó su atención un bizarro jinete con el caballo cubierto de espuma, haciendo señas con la espada para que se detuviese. Era el brigadier Soler que venía en su demanda, y sin saludarle, púsose a apostrofarle de temerario e insubordinado y de haber comprometido del modo más culpable el éxito de la batalla, ante lo cual el general chileno le contestó con frialdad que no era el momento de entrar en polémicas”. Este desplante de Soler motivó una situación de gran tirantez entre ambos, que llegó a provocar un desafío. San Martín decidió entonces separar del ejército a su mayor general, pese a que lo consideraba uno de sus oficiales más capaces. Un mes después de la batalla, Soler regresó a su patria, donde tuvo una destacada actuación en las luchas intestinas en la provincia de Buenos Aires y, especialmente, en la guerra contra el Imperio del Brasil. También se desempeñó en la política bonaerense y hasta cumplió misiones diplomáticas. Murió en Buenos Aires en 1849 a los sesenta y seis años de edad. El brigadier Antonio González Balcarce lo reemplazaría en sus funciones en el Ejército de los Andes. Tras la batalla, San Martín concentró sus fuerzas en la hacienda de Chacabuco, adoptando las medidas de seguridad adecuadas durante la noche. El 13 a la madrugada, el ejército reinició la marcha, llevando al escuadrón Escolta de Necochea como vanguardia. El 14 de enero entró el Ejercito de los Andes a Santiago y, al día siguiente, San Martín convoco a una asamblea para nombrar al jefe supremo del Estado. La elección recayó por aclamaciones su persona, pero el héroe rechazo la designación y llamo a una nueva asamblea, lo que nombro director supremo al brigadier Bernardo O’Higgins. En su primera proclama, el 17 de febrero, el flamante gobernante Chileno expreso: “Ciudadanos: elevado por vuestra generosidad al mando supremo (del que jamás pude considerarme digno) es una de mis primeras obligaciones recordaros la mas sagrada que debe fijarse en vuestros corazones. Nuestros amigos, los hijos de las Provincias del Río de la Plata, de esa nación que ha proclamado su independencia como el fruto precioso de su constancia y patriotismo, acaban de recuperarnos la libertad usurpada por los tiranos. Estos han desaparecido cargados de su vergüenza al ímpetu de un ejercito virtuoso y dirigido por la mano maestra de un General valiente, experto y decidido a la muerte o la extinción de los usurpadores […]”. Y al dirigirse a las otras naciones, les decía: “Ha sido restaurado el hermoso reino de Chile por las armas de las Provincias Unidas del Río de la Plata bajo las ordenes del General San Martín”.

Es una lastima, que en el devenir de los tiempos, los chilenos hayan olvidado que gracias a los argentinos ellos son libres; y que no hayan desaprovechado ninguna oportunidad para atentar en contra del país que les dio su independencia.