miércoles, 24 de marzo de 2010

La Anábasis, Jenofonte y sus diez mil guerreros (cuarta parte)

Los griegos se internaron más entre los carducos (¿kurdos?) para poder llegar hasta Armenia, y se abastecieron sobre la marcha, mientras los persas trataban de impedirlo y los nativos los hostigaban con arcos y con hondas. Aquí aparece un interesante testimonio de lo que podía llegar a hacer una flecha: “Entonces murió un hombre valiente, Cleómenes de Laconia, alcanzado por una flecha que le atravesó el escudo y la coraza, penetrándole en el costado y también Basias de Arcadia, con la cabeza atravesada de parte a parte”. Jenofonte dice que los arqueros enemigos tensaban sus arcos, largos, de tres codos, con la ayuda del pie izquierdo, y que las flechas, largas, de más de dos servían como jabalinas. A pesar de las violentas luchas y de haber dejado a todos los prisioneros por el camino para apurar la marcha y ahorrar provisiones, les costó a los griegos muchos combates y bajas atravesar esta región de colinas, con “tantos males cuantos ni siquiera habían recibido del Rey ni Tisafernes juntos.” No sólo llevaban a sus espaldas a los naturales, que saquearon la retaguardia; hacia Armenia les cerró el paso un río, y en la margen contraria se encontraron los jinetes armenios y mercenarios caldeos, con escudos de mimbre y lanzas. Los griegos flanquearon el río por un vado descubierto por casualidad. Los persas los siguieron con la caballería. Jenofonte organizó una contramarcha con los hoplitas más jóvenes, como para hacer creer a los jinetes que les quería cortar la retirada. Cuando los griegos del destacamento principal llegaron a la orilla, se formaron y dejaron sus armas en el suelo. El jefe Quirísofo se desnudó, luego lo hicieron los demás, a continuación recogieron sus armas y las compañías se dispusieron a avanzar en línea recta. Mientras los adivinos sacrificaban, los griegos entonaban su peán y daban sus gritos de guerra, con el pintoresco acompañamiento de las hetairas o prostitutas del campamento. En ese momento comenzaron a llover, sin efecto, flechas y piedras de honda. La caballería enemiga se había retirado a una elevación para evitar el envolvimiento sugerido por la treta de Jenofonte; los griegos triunfaron precedidos por peltastas, honderos, arqueros y jinetes, quienes aseguraron el cruce hasta que avanzaran los hoplitas, los que terminaron dominando las alturas. Mientras se efectuaba el cruce de los últimos bagajes, Jenofonte regresó con los hoplitas jóvenes: ahora eran los carducos quienes podían amenazar la retaguardia griega. Jenofonte formó a sus hombres en columna, pero con los pelotones o enomotías desarrolladas como falanges: su fondo hacia el lado del río y el frente hacia el flanco amenazado por el enemigo, que los hostigaba desde la retaguardia. Crísofo le envió nuevamente a los incansables infantes ligeros de avanzar solamente en cuanto la falange puesta de flanco diese frente al río por la retaguardia de los pelotones y comenzase el cruce. Mientras tanto los falangistas, en cuanto entraron en zona de amenaza de piedras y flechas de los carducos, giraron sobre el flanco derecho, entonando el peán para ahuyentar a los enemigos. En cuanto los atacantes dieron media vuelta, los hoplitas obedecieron al trompeta, quién les ordenó dar frente hacia el río conducidos por los jefes de retaguardia, y por Jenofonte, que les dio a sus jóvenes la instrucción de cruzar a la carrera.