sábado, 20 de marzo de 2010

La Anábasis, Jenofonte y sus diez mil guerreros (parte tercera)

El relato de este combate es casi una copia del anterior: los persas vuelven a girante la carga entusiasta de los hoplitas, quienes solamente se detienen cuando divisan la caballería del enemigo que se reagrupa sobre una colina. En ese momento es cuando Jenofonte escribe que los hombres decían ver la enseña real: una especie de águila de oro, con las alas desplegadas, puesta en la punta de una lanza. Dada la distancia, es posible que el águila no fuese más que la imagen de Ahura-mazda, con alas desplegadas a sus costados. Los griegos avanzaron tenazmente hacia la colina, donde finalmente pudieron descansar, ya que los jinetes ni siquiera se molestaron en combatir. Quizás este desinterés fuese porque los persas conocían la situación mejor que los griegos invictos. Los griegos estaban virtualmente sitiados por falta de provisiones. Entonces se produce la primera negociación en la que Arieo (el jefe de la caballería de Ciro) actúa como mediador junto a Tisafernes y piden a los griegos que entreguen pacíficamente su armamento, ya que el pretendiente al trono ha muerto y todos los persas reconocen como rey a su hermano. Con lógicas razones, los griegos se niegan a entregar las armas, y se establece una tregua que solamente se considerará rota en el caso de que los “Diez Mil” avancen o retrocedan. De esta gente fueron solamente 300 tracios de a pie y 40 jinetes quienes se pasaron al bando persa durante la noche. Se inicia la retirada de los Diez Mil. El ejército griego, en formación compacta, “huye hacia adelante” y se dirige la épica retirada hacia el lado de Babilonia. Se encuentran con los canales de irrigación llenos de agua por los persas para retrasarlos, ya que deben forrajear y vivir sobre el terreno. Esta necesidad de abastecerse fue la que hizo que los griegos no retornasen por el ya devastado camino de ida. Luego cruzaron el Tigris en un puente de barcas y el enemigo los proveyó parcialmente para evitar saqueos, invitándolos a una reunión de negociaciones. Pese a alguna desconfianza, cinco estrategas, veinte capitanes y doscientos hombres marcharon hacia el campamento para proveerse y negociar. Ninguno regresó vivo, excepto uno que sostuvo sus vísceras expuestas por un tajo en el abdomen y avisó de la traición de los persas. Luego se les presentó a los mercenarios su ex aliado Arieo, que quiso parlamentar y nuevamente intentó que entregaran las armas. Los comandantes griegos le reprocharon su traición y retuvieron firmemente su armamento, en verdad única garantía de salvación. Entre estos jefes sobrevivientes se encontraba Jenofonte, quien tomó la voz cantante y quedó como líder emergente. Los griegos comenzaron a marchar hacia el país de los cardaces (actuales kurdos) y fueron bordeando el Tigris. Los hostigaron jinetes, arqueros y honderos a pie, pero sin entrar en el rango de las flechas de los arqueros de Creta que intentaron ayudar a los peltastas. Jenofonte reconoció la importancia de las tropas ligeras: entre sus soldados había numerosos rodios. Por una paga extra se los reclutó como honderos y se construyeron hondas y balas de plomo para poder mantener a distancia a los hostigadores. En principio los griegos marcharon en cuadro, con los bagajes y las mujeres en el centro; los arqueros y honderos hacían también fuego desde allí. Ideal para la defensa, el cuadro era incómodo para la marcha. Pronto fue sustituido por un rectángulo, con las tropas ligeras afuera, lo que les permitió a los griegos pasar fácilmente a columna para atravesar zonas estrechas, y aun a línea sobre flanco, en caso de darse una situación de batalla. Debido al hostigamiento persa con armas arrojadizas, se hizo necesario ocupar las zonas elevadas que dominaban los pasos y caminos. Jenofonte lideró una carga con los peltastas y los hoplitas más jóvenes hacia una altura que el enemigo no había ocupado todavía. En la carrera a la altura, los hoplitas ekdromoi llevaban equipo aligerado, ya que el autor protagonista confesó que, debido a su pesada coraza de jinete, se encontraba agobiado. Los griegos habían formado una pequeña caballería a instancias del propio Jenofonte; es importante destacar que éste asocia la armadura con el equipo de jinete. Los griegos llegaron a la cima antes que el enemigo. Las tropas ligeras trabajaron extra en la retirada; pues continuamente flanqueaban las colinas y las despejaban para cubrir el avance de la fuerza principal.