miércoles, 17 de marzo de 2010

La Anábasis, Jenofonte y sus diez mil guerreros (parte segunda)

Lo que sigue es un testimonio de primera mano de lo que podía significar el factor moral en un enfrentamiento de ejércitos de aquella época.
Los griegos, cantando el peán, avanzaron a pie firme la primera parte de los tres estadios que los separaban del enemigo (560 metros aproximadamente). Entusiasmada, una parte de la falange rompió la línea y el resto comenzó una carrera para componerla; al mismo tiempo todos los hoplitas lanzaron su grito de guerra.
Del otro lado venía la carga de los carros falcados. Los griegos golpearon sus escudos con las lanzas y los caballos asustados dieron media vuelta y huyeron, lanzándose sobre sus propias líneas, con la consiguiente confusión en las tropas reales. Los carros que llegaron al contacto se encontraron con que los griegos abrían su formación y (como ya iban sin jinetes) los dejaban pasar o los atrapaban “como en un hipódromo”. Los griegos se gritaban entre sí para no correr exageradamente y que la formación se mantuviese. Cuando ya iban llegando los hoplitas a distancia de flecha, solamente uno de ellos fue herido pues “los bárbaros dieron media vuelta y huyeron”. Ciro no se dejó seducir por la persecución: retuvo a sus 600 guardias, los cuales venían a la izquierda de los griegos y ya lo aclamaban como rey, y atacó el centro del ejército persa. Quedó prácticamente enfrentado con su hermano mayor. Jenofonte comenta que la costumbre persa de colocar al comandante en el centro tenía la gran ventaja de reducir el tiempo de transmisión de órdenes hacia las alas de un ejército, mientras que los griegos ubicaban a sus comandantes en el flanco derecho. El rey, mientras tanto, comenzó a pivotear su ala derecha para que envolviera a los persas de Ciro, cuya infantería estaba llegando en columna, amenazando también el flanco de los griegos triunfantes. Desde el punto de vista griego, lo que se capta es la confusión de la batalla y el éxito de la carga de los 600 guardias acorazados de Ciro sobre los 6.000 jinetes del rey. El mismo Ciro ataca a su hermano y lo hiere a través de la coraza, mientras la caballería se dispersa en huida. La herida es confirmada por Jenofonte mediante el testimonio de Ctesias, un médico que combatía del otro lado. Es en ese momento cuando se produce una refriega en la que caen los principales acompañantes de los dos jefes enfrentados. Ciro recibe una flecha debajo de un ojo, lo que le causa la muerte. Este es el fin de la batalla para los persas rebeldes, cuyos más allegados se quedaron a defender el cadáver del joven pretendiente al trono, hasta caer todos junto a él.
Jenofonte hace el elogio fúnebre de Ciro y dice respecto de la educación de los jóvenes persas para los altos cargos: “Se puede aprender mucha moderación y jamás se oye ni ve nada vergonzoso […] aprenden a mandar y a obedecer”. Cuando Arieo, el jefe de la caballería de Ciro, huyó, arrastró consigo al resto del ejército. Entonces las tropas reales cortaron la cabeza y la mano derecha a Ciro y saquearon el campamento. Fue en defensa del mismo que sufrieron los griegos sus primeras bajas entre los que guardaban los bagajes. Sin embargo pudieron salvar a la concubina de Ciro, que era de origen milesio, además de muchas otras personas y sus pertenencias. Así la batalla encuentra un final confuso, con dos ejércitos que están empeñados en la persecución mutua y con las alas derechas triunfantes y las izquierdas en franca derrota. Del ala izquierda persa sólo los jinetes de Tisafernes habían llegado al campamento. Jenofonte elogia al jefe de los peltastas, que abrieron su formación y dejaron pasar a los jinetes causándoles grave daño con sus jabalinas, mientras corrían entre los huecos. Es éste un interesante caso en que una formación ligera abre sus sintagmas para que pase el enemigo. Los griegos desconocían la muerte de su jefe contratante y se dispusieron a enfrentar a los persas dando media vuelta, tratando de apoyar su flanco en el río y de no exponer su retaguardia ante el grueso de los persas. La maniobra de éstos consistía también en avanzar en forma oblicua hacia el lado del río, sólo que excediendo el que ahora era el nuevo flanco derecho de los griegos.