El 155º Regimiento de Infantería también estaba diezmado, sólo quedaban 3 cañones contracarro en el 3er Batallón y el 2º había perdido 5 oficiales durante el combate en El Adem. El “box” cayó, por fin, el 17 de junio. Inmediatamente, tanto el 220º como el 361º Regimientos recibieron la orden de encabezar el asalto a Tobruk. Los restos de la 90ª fueron asignados para que llevasen a cabo una marcha a través del desierto hacia Mersa Matruh y así destruir a los británicos en retirada hacia el Nilo. Tobruk cayó rápidamente.
Hubo muchas noches en vela, y los hombres perdieron la noción del tiempo; estaban en peligro de desorientarse por la fatiga y, además, enfermedades que hubieran sido tratadas con facilidad un mes antes, afectaban ahora con dureza a los exhaustos combatientes, los desordenes estomacales eran corrientes y la disentería abundante.
El 29 de junio, con Mersa Matruh en manos del Eje, un radiante Rommel habló a las desfallecidas tropas que estaban a su mando: “Vuestros pases de permiso os esperan en El Cairo.” Sin embargo era necesario un último esfuerzo. Concentró los mejores elementos de combate de la 90ª División bajo el mando del mayor Briel, oficial principal del 606º Batallón Antiaéreo y le dio los detalles de su misión. Tenía que dirigir una guardia avanzada del batallón y cañones auto-propulsados en una incursión a través de las líneas británicas. El objetivo era el Nilo, y el Grupo Avanzado de Briel la punta de lanza de todo el Africa Korps. Las palabras de despedida de Rommel para Briel fueron: “Dirígete a Alejandría. Tú y yo tomaremos café en el Shepherd en El Cairo.”
Briel dividió sus grupos en tres destacamentos de igual fuerza y composición. Sus órdenes eran esquivar al enemigo, pero si esto resultaba imposible, la fuerza tenía que rodear y destruir cualquier oposición mediante las tácticas de batalla convencionales. Estas eran una simplificación de los propios métodos de Rommel: un grupo tenía que atraer la atención del enemigo, mientras un segundo hacía un ataque por el flanco.
Las primeras horas del avance no tuvieron ninguna oposición seria. Muchas unidades del 8º Ejército británico retrocedían y el grupo de Briel pudo avanzar hacia delante. Las crónicas de después de la batalla estaban repletas de descripciones de inmensas nubes negras de humo grasiento procedente de los depósitos de petróleo y suministros que el 8º Ejército había traído al desierto y ahora se veía obligado a destruir para evitar que fueran a parar a manos de los alemanes, ante el avance de éstos. Kilómetros tras kilómetros, tan lejos como alcanzaba la vista, se ofrecían escenas dramáticas de muerte y destrucción causada por el empuje de los “hunos”.
Al comenzar la tarde del 29 de junio, el Grupo Briel había conquistado sus primeros objetivos pero, por propia iniciativa, el comandante llevó adelante a sus hombres, dirigiéndolos a través de la noche. Los hombres tiritaban en sus incómodos abrigos y sus estrechos pantalones, pero, a medianoche, la guardia avanzada había cruzado el camino de Abd El Rahman. En menos de12 horas, se habían cubierto más d e120km, y Alejandría quedaba ya a sólo 100km. Los hombres estaban totalmente agotados pues no habían tenido descanso desde el comienzo de la ofensiva, en la última semana de mayo.
Durante la noche, Briel recibió una desconcertante orden: Rommel se dirigía hacia él para detener el avance y esperar a que el resto de la 90ª División Ligera llegase. Briel espero a que se acercara su apoyo y observó a varias grandes unidades del 8º Ejército que se retiraban a sus posiciones en dirección a El Alamein. Llegó una nueva orden con la novedad de que el Grupo Avanzado Briel tenía que ser dispuesto el 1 de julio, el Africa Korps concentrado a lo largo del frente de El Alamein, recibió la orden de atacar, esperando conseguir una rápida victoria.El asalto alemán avanzó cubierto por una tormenta de arena. La Inteligencia alemana, sin embargo, no sabía que la línea de El Alamein, extendida a lo largo de la estrecha franja entre el mar y la depresión de Oattara, había sido fuertemente atrincherada.
La 90ª División Ligera lanzó su asalto contra un puesto avanzado en Deir el Shein y conquistó el territorio en un solo día, aunque le costó a la división toda su artillería. Las órdenes de batalla del 2 de julio exigían que el ataque continuase, pero por entonces la mayor parte del Ejército alemán estaba demasiado agotado para ejecutar las órdenes de Rommel.
La fatigada infantería, sin embargo, saltó de sus trincheras al amanecer del 2 de julio e hizo su último esfuerzo. Un soldado de la 90ª División recordaba así el ataque:“Era como si las fauces del infierno se hubiesen abierto cuando los cañones británicos empezaron a disparar. Todos experimentamos bombardeos realmente salvajes, pero aquellos del 2 de julio nos destruyó por completo. No sólo en cuanto a las bajas, sino también en la moral, pues aquellos cañones disparaban una y otra vez sin cesar.”
Cubiertos por otra tormenta de arena, los descalabrados batallones de la 90ª División Ligera se retiraron del ataque. La división había disparado su último cartucho. Sus hombres, agotados tras semanas de continua batalla, ya no podían más: la fuerza total de la 90ª División Ligera había quedado reducida a sólo 58 oficiales, 247 NCO y 1023 hombres desde la dura batalla de Gazala hasta la primera de El Alamein.
Bajo el diestro mando de Rommel, lo habían conseguido todo excepto el asalto final. Sin la preciosa agua y el vital combustible, hombres y máquinas forzados hasta los límites de la resistencia, se vieron obligados a detenerse.
En lugar de quedar atrapado el Africa Korps entre los campos de minas y los blindados aliados, los alemanes estaban ahora en una posición de ventaja: se habían abierto corredores en los campos minados, permitiendo así a los convoyes traer combustible, municiones y provisiones para las divisiones panzer.
Repostada, rearmada y firme bajo control, el Africa Korps rechazó los asaltos sin apoyo de una serie de brigadas blindadas británicas.
La 90ª División Ligera tomó parte en la lucha por aplastar las defensas pero, antes de que estuviese completa la operación, Rommel ordenó a la división dirigirse al sur para capturar el “box” de Bir Hachim.
La batalla de ocho días que italianos y alemanes sostuvieron contra las fuerzas aliadas por ese pedazo de desierto resultó algo más que una simple batalla entre unidades. Fue un combate hasta el fin, durante el cual los batallones contracarro y antiaéreos de la 90ª División sufrieron numerosísimas bajas.
Ya desesperado, Rommel ordenó más bombardeos de diversión sobre la guarnición, pero no consiguió romper la moral de los defensores. Siguieron luchando tenazmente y las pérdidas de los regimientos de infantería de la 90ª División debilitó su capacidad para dirigir fuertes ataques. Hasta el 11 de junio no cayó Bir Hachim aunque su captura no significó el final del combate.
En la breve pausa que hubo antes de la vuelta al ataque, sobre la posición de la 29ª Brigada India en El Adem, la división se reagrupó. Los sondeos mostraron que eran bajas el 50% de los oficiales de la división y el 25% de sus tropas. Desde el comienzo de la ofensiva se habían perdido 1.300 hombres.
La resuelta defensa de El Adem por la 29ª Brigada India descalabró las unidades de infantería de la división y, puesto que incluso los asaltos más fuertes de la 90ª División tuvieron poco efecto, una nueva orden de Rommel obligó a la división a volver apresuradamente con los elementos principales del Africa Korps.
Los batallones llegaron hambrientos, sedientos y exhaustos, pero se les ordenó dirigirse de vuelta a El Adem, una vez más.
Las terribles pérdidas sufridas por el 8º Ejército, particularmente en blindados, había cambiado la situación. Aunque los indios seguían luchando contra una fuerza superior, Rommel trajo a la 21ª División Panzer. Con el apoyo de los carros de combate la infantería de la 90ª División Ligera atacó de nuevo.
Se logro algo, sin que fuera una victoria total y completa. El ataque el 16 de junio del grupo de batalla Loewen, fue una prueba más de la furia con que luchaban ambos bandos. Aquel grupo formó un destacamento de asalto para derribar la última resistencia en El Adem y para aumentar su fuerza se trajeron tripulaciones de cañones de las baterías de artillería, que suplieran las pérdidas de la infantería, pero sólo pudieron ser pasados 70 hombres. A las 09,00, los hombres de Von Loewen avanzaron moviéndose rápidamente a través de unas densas cortinas de fuego de artillería de devastadoras ametralladoras.
Dirigido por los oficiales de pelotón y compañía, el grupo de asalto presionó bajo el brillo despiadado del sol, mientras que por cada yarda conquistada morían muchos hombres. Cada carga llegaba hasta la boca de los cañones enemigos, hasta que el ataque se debilitó y terminó.
Además, la mayoría de los soldados llevaban un manojo de granadas de mano. La Steilhandgranate 24 era la ideal para las necesidades de las tropas de asalto, y podía ser usada como contracarro y antiemplazamientos lanzando 6 granadas juntas. El fuerte apoyo de las ametralladoras MG34 y de una gran variedad de morteros se desplegó para mantener a los defensores en sus puestos mientras las tropas de asalto avanzaban.
El plan de batalla de Rommel consistía en distraer la atención del 8º Ejército mediante el lanzamiento de ataques de infantería contra Gazala y, mientras la ciudad estaba bajo presión, un grupo blindado, moviéndose de noche, pasaría debajo del frente, rodearía el flanco izquierdo de los Aliados y después formaría sus posiciones. Según las palabras de de la orden de operación de Rommel, la fuerza tenía que destruir “el Ejército británico situado en los sectores de Bir Hachim-Acroma-Gazala, después de lo cual, el Panzerarme Afrika tomará la fortaleza de Tobruk”.
Las órdenes de Rommel para la 90ª División exigían que tenía que “dirigirse a la mayor velocidad, avanzando inexorablemente sin permitirse ser distraído por el enemigo”.
Rommel esperaba el máximo sacrificio de las tropas de su división de infantería motorizada y así, de hombres sufriendo el calor y la falta de agua, se esperaba que derrotasen a una fuerza enemiga superior y bien descansada.
Aunque la ofensiva se abrió con parte de la 90ª División ligera apoyando los ataques a Gazala, el grueso de la división se desplazo al sur con los blindados entre el 26 y el 27 de mayo.
El objetivo de la división era El Adem, un punto de cruce de dos caminos nativos que se esperaba estuviese defendido por una pequeña guarnición. El Adem, sin embargo, resultó ser un “box” fuertemente defendido por una brigada. La división dividida en tres grupos de batalla, avanzó confiada hacia el objetivo, desconocedora del peligro que afrontaba, hasta que un preciso e intenso bombardeo cayó sobre ella. Tras la cortina de fuego llegaron los blindados británicos. La 9ª se dispersó y se perdió el contacto, no sólo entre los grupos de batalla, sino también con el Africa Korps.
Las divisiones panzer también encontraron problemas viéndose en una situación bajo presión, pero la 90ª División Ligera no podía ofrecer ayuda, pues sus propias unidades, avanzando a través de la inmensidad del árido desierto hacia El Adem, estaban sin compañía y sin apoyo.
Los primeros intentos del 900º Batallón de Ingenieros de abrir una brecha en las defensas fueron rechazados por un destructivo y preciso fuego de artillería; los zapadores fueron enviados a otro sector y consiguieron abrir un corredor en tres horas. Los vehículos de la 90ª División fueron canalizados a través de este estrecho pasillo por donde las compactas columnas avanzaban lentamente. Los hombres, irritados e impacientes por el retraso, estaban notablemente nerviosos, causado éste por el descubrimiento, más allá del campo de minas abierto por los zapadores, de que había otro campo de minas abierto por los zapadores, de que había otro campo de minas, que también tenía que ser abierto.
Antes de que llegase la orden, un solitario bombardeo británico, cruzando el campo de batalla, arrojó bengalas y después lanzó una pequeña tanda de bombas. El pánico estalló en la división, el grupo de vehículos en cabeza se lanzó hacia delante, sobrepasando a los zapadores que hacían su trabajo y entrando en el terreno aún sin limpiar por lo que varios volaron inmediatamente por los aires.
El sonido de las explosiones extendió el rumor de que la RAF estaba bombardeando la columna. Era, desde luego, un blanco apetecible, una masa de autos inmóviles e incapaces de escapar. El caos estalló cuando los conductores, exhaustos por la falta de sueño e incapaces de pensar con claridad, dirigieron sus camiones fuera de las cintas de señalización, en plena zona sin aclarar de minas y volaron por los aires.
Uno de los tres regimientos motorizados de infantería que formaron la 90ª División fue, quizás, la formación más exótica de todo el África Korps: el 361º Regimiento. Compuesto de alemanes que habían servido en las filas de la Legión Extranjera Francesa, hombres endurecidos por la batalla, y expertos en los caminos del desierto, pronto demostraron sus habilidades y dieron a toda la división una gran reputación de coraje y tenacidad en el ataque.
En noviembre de 1941, la nueva división se lanzó a la acción contra la ofensiva Cruzader del 8º Ejército británico. Los duros ex-legionarios del 361º Regimiento atacaron con valentía a los carros británicos con armas de mano, incluyendo cócteles Molotov y recuperando después el terreno perdido con su propio ataque. Un grupo derrotado y hecho prisionero por los blindados británicos, pronto fue liberado en un furioso contraataque.
Un segundo avance de los británicos, sin embargo, consiguió recapturar estos hombres en una hora, pero una vez más, fueron liberados en otro contraataque; los supervivientes se agruparon con las otras unidades fortificadas para formar el batallón Holbeck, y fueron desplegadas con gran efecto como tropas de choque, tanto en operaciones de asalto como en defensivas.
Al final de la ofensiva de enero de 1942 del mariscal de campo Erwin Rommel, la 90ª División Ligera estaba equipada con vehículos británicos capturados en el avance, pues sus soldados habían tenido muy en cuenta el consejo de su comandante, dado a los que se quejaban de la escasez de equipo: “Si estás corto de alguna cosa, cruza y cógela del enemigo. El está repleto.”
Desde febrero hasta mediados de mayo de 1942 hubo una cierta calma, pues ambos bandos disputaban entre ellos mismos para reforzar sus diezmadas fuerzas y recopilar material básico. A finales de mayo, sin embargo, los dos ejércitos se sintieron lo suficientemente fortalecidos para volver a las hostilidades. Rommel estaba ansioso por continuar, tras su reconquista de Cirenaica y Churchill sediento de una decisiva victoria que acabase de una vez con la arrasadora invencibilidad del poderoso ejército del Führer.
Aunque no estaba satisfecho de que el primer ministro, Winston Churchill, se entrometiese en asuntos militares, el comandante en jefe, general Auchinleck, pudo traer algún alivio desde la línea defensiva que sus hombres habían levantado entre Gazala, en la costa, y Bir Hachim, 64km al sur. Un gran campo de minas se extendería a lo largo de su extremo occidental y una serie de puestos avanzados fuertemente defendidos, conocidos como “boxes”, habían sido edificados en las posiciones de mando para cubrir las posibles rutas de ataque alemanas.
Cada “box” era mantenido por una fuerza de brigada y estaba abundantemente provisto de munición, artillería y alimentos básicos. Una segunda línea de este a oeste, desde Sidi Muftah hasta El Adem, estaba también en proceso de instalación pero lejos aún de estar terminada se inició la ofensiva alemana. Auchinleck tenía 10000 hombres de los cuerpos XXX y XIII, 849 carros de combate, incluyendo los americanos Grant, pero con potentes cañones de 75mm instalados y 200 aviones para mantener la línea.
El “Zorro del Desierto”, con sólo 560 carros de combate y 90000 hombres a su mando, eran considerablemente más débiles que los británicos, pero sus formaciones blindadas contenían 109 carros de combate del más moderno diseño y tenía a su disposición una fuerza de 500 aviones, probablemente para garantizar la superioridad aérea sobre el campo de batalla. Rommel, además, estaba preparado para tener total confianza en los buenos proyectos y la buena suerte y conseguir así la victoria.
Al día siguiente, la ofensiva alemana contra Gazala comenzó. La 90ª fue desplegada por el ardiente y seco desierto, tierra adentro, para proteger el flanco abierto de las fuerzas de blindados del Eje. Se llevaron batallones de reconocimiento desde las divisiones Panzer y se agruparon con la División Ligera para localizar a los blindados británicos y prevenir al Africa Korps de su posición. Los regimientos de infantería de la 90ª tenían la dura misión de dirigir el ataque abierto del Africa Korps en esta operación.
Mientras las tácticas lineales favorecían la intervención de grandes ejércitos y batallas descomunales y aportaban el impulso necesario para la victoria decisiva, Der kleine Krieg, la guerrilla, reflejaba un estado del arte bélico basado en la continuidad y sin pretensiones de tener un carácter decisivo.
Tal era la clase de enfrentamientos bélicos que tenían lugar en las fronteras entre potencias hostiles, como el límite militar que separaba los imperios otomano y de los Habsburgo o la frontera entre las colonias británicas de Norteamérica y las numerosas tribus de pueblos indígenas, o incluso en la separación entre las altas y bajas tierras de Escocia.
El modo de guerrear en estas fronteras era constante, e incluso en tiempos de paz siempre cabía la posibilidad de incursiones armadas, ya fuera para el pillaje o como simple llamada al desorden.
Las unidades del tamaño de un batallón, que luchaban en formación y usaban un sistema rígido de descargas, eran inadecuadas para este tipo de combates. La guerra irregular necesitaba tropas que pudieran actuar con más independencia, en pequeños grupos de escaramuzadores. En los Balcanes y en Hungría, esta tendencia llevó al alistamiento de cuerpos irregulares de croatas y húngaros, que servían normalmente bajo sus propios jefes locales en apoyo de los Habsburgo.
Los más célebres fueron los pandours croatas, que sobresalieron como infantería ligera. En Gran Bretaña se organizaron compañías independientes de Highlanders para mantener la paz en las plazas fuertes gubernamentales. Estos soldados terminaron por fundirse en el Royal Highland Regiment, los “vigilantes negros”. En Norteamérica, los británicos recurrieron a colonos exploradores (rangers) y a guerreros indígenas.
En la mayoría de los casos, estas tropas irregulares no tomaban parte en las grandes batallas que se libraron en este período en Europa. La principal excepción fue la movilización austriaca de todos los hombres disponibles para defender sus fronteras durante la Guerra de Sucesión austriaca y la Guerra de los Siete Años.
En ocasiones, se alistaba para una campaña un número de 40.000 croatas o más. Esto suponía una parte importante de la fuerza militar austriaca global. También demostró, al menos al principio, ser una estrategia problemática para los prusianos. Estos croatas se formaban en regimientos Grenzer con la organización de batallones y compañías.
Pero su forma de luchar significaba en la práctica que se comportaban como escaramuzadores, y no como formaciones regulares. Servían en labores de reconocimiento, componían piquetes y hostigaban a pequeños grupos de soldados enemigos. A menudo, este acoso se extendía también a la población civil. Pero su forma de luchar en orden abierto derrotaba a menudo a las mejores unidades de un ejército regular.
Por ejemplo, el 23-24 de abril de 1757, dos batallones de granaderos prusianos quedaron atrapados en una colina, rodeados por un gran número de tropas irregulares croatas. Éstas les produjeron un gran número de bajas, sobre todo entre los oficiales.
El éxito croata provenía del hecho de que los prusianos tenían en principio pocas tropas capaces de luchar en orden abierto contra ellos. Aunque contaban con algunas compañías de Jägers, éstos servían principalmente como policía militar y solo mas adelante actuaron como infantería ligera. Los prusianos respondieron ordenando la formación de unidades de Freikorkps, conformadas a menudo con desertores, extranjeros y otros elementos sociales marginales y exclusivos.
El propio Federico tenía en baja estima a estas tropas, y parece que siempre las mandaba a batalla en desventaja contra los croatas. Después de la guerra de los Siete Años se produjo un movimiento favorable a Der Kleine Krieg (guerrilla) no con tropas irregulares, sino con ejércitos formales al mando de los mejores oficiales.
Ello demuestra el impacto que tuvo Der Kleine Krieg en la inteligencia militar de la época, que advirtió las posibilidades subyacentes en tácticas de desorden de las comunicaciones enemigas y de captura de información como apoyo a las grandes guerras de aquel tiempo.




















