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domingo, 20 de diciembre de 2009

El Heinkel He.111, bombardeando al enemigo

Los aviones que bombardearon los objetivos enemigos del Tercer Reich, encuadrados en la poderosa fuerza de la Luftwaffe, nacieron en los años inmediatamente precedentes al estallido de la Segunda Guerra Mundial. Fueron aparatos eficaces, algunos de ellos verdadero orgullo de la aeronáutica, sirviendo valerosamente hasta el fin del conflicto. Uno de los más destacados, el Heinkel He 111, había aparecido en 1934 como transporte comercial capaz de alcanzar gran velocidad. Sin embargo, su verdadero cometido se supo muy pronto y el He.111 formo, junto al Junkers Ju.88 y al Dornier Do.17, el núcleo básico de los grupos de bombardeo de la fuerza aérea alemana en el momento de comenzar la guerra.
En primera línea se hallaban entonces unos 400 aparatos de ese tipo dispuestos para el bombardeo. Tuvieron ocasión de iniciar sus operaciones con la guerra relámpago en Polonia y Francia, donde pudieron demostrar que eran unos aviones realmente terribles por su eficacia y efectividad, mas todavía porque no existía avión aliado que pudiera enfrentarlo en igualdad de condiciones. Característica común de los enemigos del Reich, siempre un paso por detrás de los adelantos del Führer. En 1939 aparecieron las primeras variantes de la serie H; al incorporar los motores Junkers Jumo, adoptaron su configuración definitiva. Esos motores, con modificaciones progresivas en cuanto a su potencia, que fue aumentando, equiparon a los Heinkel a lo largo de toda su producción. En el ataque a Inglaterra, los He.111 sufrieron un feroz ataque de los cazas británicos, necesitando incorporárseles escoltas que allanaran su recorrido hasta la zona de acción.
Las variantes de la serie H alcanzaron un número muy elevado. A la H-2 y la H-3 sucedió, en 1941, la H-6, que fue una de las versiones que alcanzo mayor difusión, notable además por la posibilidad de ser usada como aparato torpedero. En 1943 aparecieron las variantes H-10 y H-12, que eran capaces de mayor carga de material bélico. En 1944 se presento la versión final, la H-23, que había de dedicarse al lanzamiento de paracaidistas.
La producción del He.111, que se extendió a lo largo de toda la guerra, totalizo en sus múltiples versiones, aproximadamente, 7.000 unidades. También en 1934 el organismo bajo el que se desarrollaba secretamente, debido a las restricciones que sometió a Alemania después de la Primera Guerra, la autentica actividad militar de la aviación alemana, el Departamento Técnico de la Aeronáutica, pidió a las industrias un aparato que dio origen al Junkers Ju.86, avión que nació como bimotor de transporte civil. Se trataba de un aeroplano que se transformaba con gran facilidad en bombardero sin perder su capacidad de adaptación al uso civil. Los primeros Junkers de este modelo se entregaron en la primavera de 1936. Iban equipados con motores Jumo Diesel, que pusieron rápidamente de manifiesto lo inadecuado de su adopción. En 1937, con la variante E-1, se corrigió el error, ya que se instalaron motores B.M.W de 810 HP, lo que hizo que las prestaciones mejoraran notablemente. El Dornier Do.17 surgió también como transporte civil. Las variantes Do.17E y Do.17P hicieron sus pruebas en España y demostraron ser bastante vulnerables en la parte inferior y posterior. Se procuro inmediatamente corregir estos desperfectos mediante la instalación de una ametralladora en un carenado que se hizo especialmente en la parte baja de la Proa. El Do.17 gano un importante timbre de gloria al vencer en 1937, en una carrera de velocidad del Circuito de los Alpes. Antes de comenzarse la fabricación del modelo Do.217 se lanzo la versión Z, en la que se modificaba de forma sustancial el aparato tipo, especialmente en la estructura.
El Dornier Do.17Z alcanzo una producción de 500 ejemplares antes del verano de 1940. Dos de sus más importantes variantes fueron la Z-6 y la Z-10, que se dedicaron a la caza nocturna y que se usaron para desarrollar y perfeccionar la técnica de ese vuelo tan especial. El Junkers Ju.88 se presento en proyecto el 15 de enero de 1936 como bombardero. El prototipo voló en el mes de diciembre del mismo año. De la primera serie, la A-1, se derivaron nada menos que 17 versiones, lo que demuestra lo versátil del aparato. El Ju.88 se uso como bombardero, caza nocturno, avión de reconocimiento, bombardero sin picado, aparato de asalto y torpedero. Hasta 1945 su producción alcanzo los 16.000 ejemplares.

sábado, 19 de diciembre de 2009

La batalla de Sekigahara (parte final)

El resultado de la batalla estaba equilibrado al mediodía. Según Ishida urgía a Kobayakawa que viniera en su ayuda, Ieyasu estaba esperando que el comandante de 17 años procediera según su acuerdo de traición. Ieyasu, que estaba ejerciendo escaso control táctico sobre los acontecimientos que se desarrollaban, no podía esperar más. Ieyasu ordenó a sus arcabuceros, armados con mosquetes de llave de mecha al estilo europeo, disparar una carga en dirección a las filas de Kobayakawa para que los soldados se movieran. Stanley e Irving describieron así los acontecimientos: “Cuando Kobayakawa cargó por fin colina abajo avisado por una descarga contra él por orden de Ieyasu, sus hombres se dirigieron contra el valiente Otani en vez de contra el ejército del este. Otani resistió todavía algo a pesar de que sus fuerzas eran muy inferiores en número. Aún hubo más deserciones al ejército del este y Otani, ante la derrota, realizó su última acción de ese día cortándose el estómago según la manera ritual”. Con el hundimiento de su ala sur y varios comandantes muertos en el campo de batalla, Ishida abandonó la lucha y huyó buscando refugio temporalmente en el monte Ibuki. El último resto de resistencia organizada del ejército del oeste lo realizó Shimazu con sus tropas, en una lucha desesperada contra los diablos rojos y su feroz comandante Naomasa, que había sido herido por arma de fuego en el brazo. Cuando se desintegró la línea de batalla de Ishida, Shimazu perdió el contacto. Era obvio que la única salida que le quedaba era una carga desesperada por el centro de la línea de Ieyasu. Si pudiera alcanzar la carretera de Ise era probable que encontrara una vía de escape. Shimazu y un sobrino intercambiaron los cascos y el comandante atacó hacia delante con 200 de sus guerreros. Shimazu y 80 supervivientes llegaron por fin a salvo a la isla Kyushu. Sin embargo, su sobrino resistió contra los diablos rojos y retrasó su persecución lo suficiente mediante este gesto heroico hasta que al final perdió la vida. Fue decapitado y su cabeza exhibida después con muchas otras como trofeo de guerra. Apenas pasaron tres días hasta que Ishida fue capturado en el monte Ibuli. Ishida fue ejecutado en Kyoto junto con otros líderes del antiguo ejercito del este. Tokugawa Ieyasu, con su victoria en Sekigahara, estaba ahora en posición de eliminar la única amenaza que le quedaba para consolidar su poder: el joven Hideyori, que seguía vivo y escondido en el castillo de Osaka. A pesar de su deseo de luchar para Ieyasu, algunos daimyo del este dudaban en el acto final del drama y al final convencieron a Ieyasu para que perdonara al joven Hideyori, a quien se le permitió durante algún tiempo permanecer en Osaka y gobernar sobre tres provincias del este. Después de la batalla de Sekigahara, Ieyasu se apropio de tierras y otras propiedades de 90 familias en Japón y redistribuyo otras entre aquellos que le habían sido leales y habían luchado con el. Es muy interesante subrayar que también recompenso a algunos daimyo que habían ofrecido ayuda tácita a Ishida o que habían permanecido neutrales. Quizá este fue un gesto de pragmatismo, motivado políticamente para evitar futuros enfrentamientos con aquellos que pudieran ser enemigos poderosos en los tiempos venideros. En 1603 Tokugawa Ieyasu alcanzo el cenit de su poder cuando el emperador Go-Yozei le otorgo el titulo de “shogun”. Ieyasu no hizo movimiento alguno contra el castillo de Osaka hasta 1615. Hideyori cometió suicidio ritual a los 23 años, y la influencia de la familia Toyotomi finalmente se extinguió. El Shogunato Tokugawa, nacido de la sangre y la batalla de Sekigahara, gobernaría la isla nación de Japón más de 250 años.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

La batalla de Sekigahara (1600) (primera parte)

Ishida, tras cubrir los 19 kilómetros que había entre el castillo de Ogaki y Sekinagara, reunió a sus soldados empapados por la lluvia para bloquear la ruta de Nakasendo, una de las más importantes de Japón que conectaba Edo y Kyoto. Otras dos rutas, la Ise y la Hokkoku, que iban de norte a sur y de norte a oeste respectivamente, también eran posibles vías de aproximación, e Ishida tuvo que cubrir las tres. Stanley e Irving describieron así sus disposiciones:
“Al establecer su propio campamento en el flanco norte del valle, justo encima de la carretera Hokkoku, su línea de batalla se extendía al sudeste por el suelo del valle para cruzar el Nakasendo en Fuwa, el lugar donde se hallaba el antiguo puesto con la barrera del siglo VII. Aquí, en un montículo que dominaba Fuwa desde el norte, colocó a una de sus divisiones más confiables y experimentadas en la batalla bajo el mando de Otani (Yoshitsugu). También aquí en las horas siguientes la lucha sería muy cruenta y se darían los pasos cruciales de la batalla.”
Sí, de hecho, Ishida tenía alguna idea de que hubiera renegados entre sus daimyô puede que hubiera dado evidencias de su preocupación al colocar a Kobakayama al mando en su ala derecha, frente a Ieyasu. En esta posición meridional Ishida pensaba que Kobakayama tenía menos probabilidades de verse envuelto en una lucha decisiva. Se demostró ser un grave error por parte del comandante menos experimentado. Ieyasu llegó al campo de batalla en Sekigahara en las primeras horas del 21 de octubre. Eligió mantener las fuerzas bajo su mando en reserva más al este del pueblo, y colocar su puesto de mando en una pequeña colina junto a la carretera de Nakasendo. Desde este privilegiado puesto, podía observar el curso de batalla y ejercer un mando más eficaz que en medio de la refriega. En términos de fuerzas, las tropas de Ishida y Ieyasu estaban empatadas en número: unos 85000 hombres cada uno. No obstante, la posición de Ieyasu fue precaria durante casi todo el día debido en parte a la ausencia de su hijo, Hidetada, a la cabeza de 38000 soldados y que estaba ocupado en tomar el castillo de Ueda por asedio. En realidad, gran número de tropas de Ieyasu no pudo participar en la batalla. La victoria pareció tan cercana a Ieyasu que después tuvieron que detenerle para que no ejecutara a Hidetada por su tardanza. Ishida había copado las ventajas que ofrecía el terreno, colocando sus fuerzas en terreno alto mirando al valle. Esperaba que Ieyasu actuaría impetuosamente e intentaría un ataque frontal contra el centro de su línea, lo que le permitiría a él que las fuerzas de sus alas atacaran los flancos expuestos del enemigo y abalanzarse sobre Ieyasu desde tres sitios a la vez. La batalla

Cuando amaneció gris el 21 de octubre de 1600 los ejércitos contendientes estaban a menos de 400 metros de distancia. Los soldados de ambas partes estaban empapados por la lluvia caída incesantemente y la niebla desaparecía lentamente. La acción que abrió la batalla se produjo a las 8:00 horas y parece que Ieyasu no se dio cuenta de que esta había empezado hasta tiempo después. A pesar del hecho de que el tiempo inclemente había convertido el valle en un lodazal, la soberbia caballería de choque de Ii Naomasa avanzó directamente hacia el centro de la línea de Ishida. Aunque su vanguardia consistía sólo en 30 jinetes, los guerreros de Naomasa eran feroces. Eran conocidos como los diablos rojos porque llevaban una armadura lacada en rojo desde la cabeza hasta los pies y lanzas también rojas. Al ver el movimiento de Naomasa, los soldados de Fukushima Masanori se unieron. Rápidamente, hasta 20000 soldados de Ieyasu entablaron combate en el centro y hacia en norte, empujando hacia los anillos defensivos que rodeaban el puesto de mando de Ishida.
En el sur Otani se mantenía firme obstaculizando cualquier progreso por el Nakasendo hacia Ieyasu. Hubo muchas bajas por ambas partes e Ishida envió repetidas señales y también mensajeros a Kobayakawa pidiéndole que entablara combate con el enemigo y aliviara algo de presión sobre Otani, Pese a estos comunicados, ni Kobayakawa ni Kikkawa, se movieron y el problema se le agravó a Ishida, porque otros 1500 hombres de Yoshihiro Shimazu también permanecieron inactivos. El motivo por el que no actuó Shimazu fue un gesto de desprecio percibido por un representante del comandante general del ejército de oeste. En la oscuridad previa al amanecer de la noche de la batalla, Shimazu había abogado por un ataque nocturno contra el ejército del este que se estaba concentrando. Cuando Ishida no habló en su nombre, Shimazu decidió que sus fuerzas no participarían hasta el final de la batalla. Shimazu estaba luchando por su propia vida como por Ishida.

domingo, 13 de diciembre de 2009

Mina antipersonal Claymore, asesina al acecho

Las minas Claymore pueden utilizarse para tender emboscadas, defender posiciones y retrasar al enemigo mientras uno se retira. Pero es en el primer caso donde estos ingenios son más eficaces y tienen mayor impacto, sobre todo en zonas boscosas y cerradas. Las Claymore pueden cubrir una zona determinada con una potencia de fuego instantánea, reduciendo el número de hombres necesario para la operación. También pueden emplearse para reforzar el fuego de armas portátiles durante una emboscada al uso, y también como arma principal en las que llamaremos “emboscadas mecánicas”. Potencia de fuego eficaz

La principal ventaja del uso de las Claymore en la emboscada es que brindan una potencia de fuego totalmente desproporcionada en relación al tamaño de la patrulla y que, a diferencia del fuego de armas portátiles, de noche no tienen tendencia a disparar alto. Asimismo, hacen que la emboscada sea más difícil de detectar. Después de varios días en la selva, incluso los soldados más disciplinados acumulan olor personal, hacen ruido y están menos alerta. La Claymore no hace nada de esto.

Por supuesto este sistema tiene también sus desventajas. La colocación de las minas requiere su tiempo y, sobre todo si no se esta acostumbrado a ellas, también cuesta desmontarlas. En caso de retirada habrá que abandonarlas en el terreno. Una vez colocadas, sólo pueden dispararse en un arco determinado. Además, la Claymore es un arma de un solo disparo.

Muchas de estas desventajas pueden superarse con una planificada y cuidadosa colocación de las minas. La posición normal de emboscada en terreno cerrado tiene, como su zona de aniquilación, una referencia lineal, como un camino, un río o el lindero de la vegetación. En cualquier caso, traza siempre un diagrama del lugar sobre el que decidir la mejor disposición de las Claymore.

Recuerda que el radio eficaz del arma quedará reducido por la vegetación y también que debes darte cierta protección, quizá con una mochila u otro equipo, aunque la mejor sigue siendo el chaleco antibala. También debes tener en cuenta el rebufo posterior de la Claymore, que es de unos 16 metros pero cuyo efecto puede reducirse si los emboscados toman abrigo detrás de un gran tronco.

Las Claymore pueden emplazarse en una línea recta que corra paralela a la zona de aniquilación, o bien puede conseguirse un efecto de fuego cruzado inclinado a las minas 45 grados respecto de la zona a derecha e izquierda. Otra variación consiste en colocar las minas paralelas al área de aniquilación de manera que sus radios de acción se superpongan. Esta disposición es idónea para cubrir curvas largas y abiertas.

Las Claymore son también eficaces cuando se usan para la defensa de bases a nivel de sección, compañía o batallón en la selva. Las minas deben colocarse orientadas hacia el exterior del perímetro o en áreas de terreno desenfilado que sean difíciles de cubrir con el fuego de armas portátiles. Siempre que sea posible, las Claymore deben estar reforzadas por fuego automático preciso: si el enemigo ha sido sorprendido por la detonación de una de estas minas, tu defensa será mucho más eficaz si, acto seguido, en empeñado con fuego de fusilería y ametralladoras, pues no tendrá tiempo de recuperarse.

Alerta temprana

Para saber cuándo hay que detonar las Claymore pueden instalarse junto a ellas unos cuantos sensores. Durante la guerra de Vietnam, los guerrilleros del Vietocong acostumbraban a reptar sigilosamente hasta las defensas exteriores de las bases norteamericanas y a volver las minas contra sus propietarios. El empleo de los mencionados sensores y de centinelas dotados de equipos modernos de vigilancia nocturna servirá para impedir este tipo de tretas. Una de las cosas más importantes acerca de las Claymore es que estas no pueden dejarse colocadas mucho tiempo sin vigilancia. Habrá que inspeccionarlas cada día, así como dotarlas de un circuito doble de disparo para tener la certeza de que funcionaran cuando fuera necesario.

Las Claymore pueden usarse también para proteger las bases de patrulla temporales o semipermanentes. Si tal base es poco más que un lugar de vivaqueo para pasar la noche, sólo se desplegarán unas cuantas minas, colocadas a lo largo del perímetro y en las rutas de aproximación más probable.

Lo mejor es que puedan activarse desde el puesto de guardia del pelotón. Si la partida de exploración es atacada por una fuerza superior, las minas le darán cierto margen de tiempo para emprender la retirada. Un mínimo de seis Claymore proporcionarán una rudimentaria cobertura en todas direcciones, pero, por supuesto, habrá que conseguir una protección más completa para la base de patrulla cuando esta vaya a ser utilizada como punto de partida de salidas de exploración y sea ocupada de forma más permanente.

Como hemos dicho más arriba, las Claymore pueden emplearse en la retirada. La mina se preparará con un detonador no eléctrico dotado de un trozo corto de cebo de seguridad, y se colocará orientada hacia el enemigo. Cuando nos retiremos, prenderemos el cebo. Incluso el enemigo más decidido lanzado a nuestra persecución se detendrá por la subsiguiente explosión.