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domingo, 22 de febrero de 2009

“El halcón de Flandes” Max Immelmann

La historia de la aviación tiene muchas figuras legendarias que ganaron la fama y la aureola de misterio y heroicidad en los duros y terribles tiempos de la Primer Gran Guerra. Así es la de Max Immelmann, piloto alemán, que junto con su amigo y rival, Oswald Boelcke, se convirtió en un as de los aires famoso en todo el mundo. Su nombre se recuerda aun por una maniobra aérea que lleva su apellido: “la vuelta Immelmann”. Max Franz Immelmann nació en Dresde, el 21 de septiembre de 1890. A los veinticuatro años ingreso en la Fliegentruppe con el grado de oficial y fue destinado rápidamente a la primera línea. En abril del año siguiente recibió la orden de incorporarse a la Feldfliegerabteilung 10, una unidad de seguimiento de la artillería con base en Vrizy. Quince días más tarde estaba de nuevo en Alemania, donde se ponía a las órdenes del veterano piloto Hauptmann (capitán) Hermann Kastner. Fue Kastner quien enseño a Boelcke los secretos de los primeros cazas Fokker, aparatos que se estaban empezando a entregar al ejército por aquellos días. Y después de licenciarse Kastner, Boelcke enseño, a su vez, cuanto sabia al joven Immelmann, quien llego casi a superarle. El 31 de julio, Immelmann, que acababa de ser ascendido, voló por primera vez con un Fokker E.I. al día siguiente abatía su primera victima en una persecución espectacular en la que había participado tambien Oswald Boelcke. Este abandono el combate y se retiro con su avión, otro Fokker E.I, cuando su ametralladora se encasquillo y le dejo totalmente desarmado. Immelmann persiguió al avión enemigo, un británico, probablemente un B.E. II de los que solían volar en misiones de bombardeo sin observador, o sea prácticamente indefenso. También la ametralladora del piloto alemán se encasquillo, y nada menos que tres veces. No obstante, derribo a su victima, la primera de una larga serie durante los dos primeros años de la guerra. Immelmann quedo como único piloto de caza en el área de Lille cuando su compañero Boelcke fue destinado a otra misión. “El águila de Lille” o “El halcón de Flandes” fueron los sobrenombres que gano Immelmann allí, además de la afamada condecoración “Al merito”, que le fue concedida en enero de 1916. Creador de lo que se conoció en aviación como “vuelta Immelmann”, maniobra que permitía atacar en picado y a continuación volver a ganar altura aprovechando la velocidad adquirida haciendo un rizo, el celebre piloto alemán cayó el 18 de junio de 1916 en un combate con un biplaza F.E 2b de la escuadrilla 25 del Royal Flying Corps. Los ingleses afirmaron que había sido abatido por sus tripulantes. Los alemanes dijeron que la ametralladora de Immelmann (como se descubrió mas tarde) se había vuelto a estropear y que, al disparar, mal sincronizada, destrozo la hélice de su propio aparato, que cayo irremediablemente. La furia incontenible de ese magnifico as del aire, de ese glorioso predador que no se resistía a atrapar a una presa enemiga llevaron al gran Immelmann hacia su heroico final, en combate aéreo.

sábado, 21 de febrero de 2009

Pequeñas historias del Reich

A principios de noviembre de 1942, el alto mando alemán previendo un posible desborde del Afrika Korps, emitió la señal Krimhilda, y la 334ª Division, estacionada en Europa, empezó a hacer preparativos para su viaje al norte de África. La División constaba de tres unidades de infantería motorizada; los 754º y755º Regimientos de granaderos y el Gebirsjäger (fusileros de montaña). El 756º Regimiento era la parte menos usual de la División y fue el único Regimiento de montaña que actuó en la guerra del desierto. Al completo de efectivos estaba compuesto de tres batallones, cada uno subdividido en cinco compañías y, para cumplir con su papel de tropas de choque y acudir a cualquier parte, todas las unidades tenían una alta proporción de equipo ligero de fácil manejo. Las armas personales, sin embargo, eran prácticamente las mismas que las que entregaban a las tropas regulares. Las unidades de montaña iban vestidas con el uniforme reglamentario de la Wehrmacht, pero su gorra fue cambiada por una de diferente forma que llevaba un escudo distintivo Edelweiss. Los pantalones y las botas fueron reemplazados por pantalones bombachos ajustados al tobillo, vendas elásticas y fuertes botas de montaña. En terreno duro, los regimientos Gebirsjäger podían operar con eficacia; su estructura flexible e instrucción de primera clase, que incluía el uso de esquís y paracaídas así como la destreza en la escalada los hizo formidables adversarios. En terreno abierto, sin embargo, su falta de potencia de fuego pesado a menudo los situaba en desventaja cuando se enfrentaban a un enemigo con armamento convencional. Las granadas de mano fueron una de las armas más mortíferas en combate próximo utilizadas en la II Guerra Mundial. Baratas de producción, se utilizaron en todos los teatros de operaciones y los hombres de la 334ª División hicieron mucho uso de ellas en su defensa de la colina Longstop. La utilizada con más profusión fue la Stielhandgranate 39, que era un arma sencilla y dura.
Constaba de una cabeza metálica rellena con 212 gramos de TNT, atornillada a un mango de madera vaciado, lo que motivo que se la bautizara con el sobrenombre de maza de almirez o batidor de patatas. Con una longitud de 40cm y pesando solo 623 gramos, se transportaba bien en el cinturón de un soldado de infantería o en la parte superior de la bota. El mecanismo de fuego era simple pero eficaz; se desatornillaba una capsula del mango permitiendo que un cordón saliera al exterior. La granada se colocaba en la mano lanzadora y la cuerda se sostenía con la otra. Cuando el lanzador echaba su brazo para atrás, tiraba de la cuerda que encendía una espoleta de seguridad de cuatro segundos y medio. Se lanzaba entonces la granada con el brazo por encima de la cabeza a una distancia media de 30m. Colgada boca abajo por la cuerda tirafrictor de un objeto adecuado, el arma podía utilizarse como una trampa explosiva muy eficaz. El Untersturmführer (alférez) Herbert Walter formaba parte de las juventudes hitlerianas a los once años y al cumplir los dieciocho ingresó como voluntario en las Waffen SS. Estuvo con Panzermeyer en Caen, donde obtuvo la Cruz de Hierro de primera clase. Mientras se cerraba el cerco en torno a Falaise, Walter hizo su ultimo intento para escapar, pero: “mi conductor ardía como una tea. Una bala me había atravesado el brazo. Llegue a las vías del ferrocarril y eche a correr. Mas abajo, desde un terraplén comenzaron a tirotearme. Una bala me alcanzo en la pierna. Recorrí 100m y después fue como si me hubieran dado un martillazo en la nuca: me había entrado por debajo de la oreja y había salido por la mejilla. La sangre me ahogaba. Vi a dos americanos que me miraban y a dos soldados franceses que hablaban de rematarme”. Sin embargo, un estadounidense le vendo la pierna y lo evacuo tumbado en el capó de un jeep. Mas tarde de su cuerpo se extrajeron 13 balas. Walter sobrevivió a la guerra. La 90ª División Ligera fue una de las primeras unidades al mando de Rommel en la guerra del desierto. Organizadas al principio a partir de unidades en África en agosto de 1941 como la División de Proyectos Especiales (Afrika), se le rebautizo el 28 de noviembre del mismo año. Su núcleo eran 3 regimientos de infantería motorizados: el 155º, 200º, 316º y el regimiento de Granaderos Panzer Afrika. Se añadieron otras fuerzas al escuadrón, incluyendo destacamentos contracarros y de artillería, según dictaban las necesidades. Aunque la 90ª División Ligera no tenía el empuje de una división blindada, estaba bien equipada y era altamente móvil e ideal para la filosofía de guerra de Rommel. El “zorro del desierto” rechazo la estrategia de combatir en la estrecha franja costera del norte de África, prefiriendo los vastos y amplios movimientos a través del “impracticable” desierto interior. Este vulnerable flanco estaba débilmente defendido por los británicos y era susceptible de un repentino ataque llevado a cabo por una gran fuerza. La movilidad de la 90ª División Ligera fue utilizada al máximo por Rommel durante las batallas de Gazala. Se les ordeno a sus regimientos motorizados propinar un golpe por el flanco izquierdo británico. Era una operación cargada de peligro, pues los británicos conocían esta maniobra tan propicia, y las profundas entradas tras las líneas enemigas siempre suponían una pesada carga para el apoyo logístico del África Korps. La habilidad de Rommel para encajar y hacer fracasar las ofensivas británicas en el norte de África, debían mucho a la calidad y cantidad de la información suministrada por las unidades de reconocimiento del África Korps. Cada división tenía su propia fuerza para realizar estas operaciones y, ya que debían de patrullar el desierto durante largos periodos, tenían que ser grupos armados y con provisiones propias. No estaban obligados a entrar directamente en combate con el enemigo: su papel era simplemente descubrir sus posiciones e informar de los movimientos inusuales. En los primeros meses de la guerra del desierto, los Panzer II eran lanzados a 13k (el máximo alcance de sus radiorreceptores) como avance del cuerpo principal. Los vehículos blindados, con mayor velocidad y mejor funcionamiento campo a través, sustituyeron después, bajo ciertas condiciones, a los envejecidos carros de combate y cumplían la misma función con mas efectividad. La artillería ligera, los cañones contracarro y las tropas, transportadas en vehículos y camiones, trabajaban conjuntamente con sus hermanos blindados. Informar sobre el descubrimiento de británicos, sin embargo, era solo una pequeña parte del esfuerzo de la unidad, y los destacamentos especiales de interpretes, bien instruidos en las señales de las unidades individuales británicas; escuchaban las comunicaciones que mantenían los jefes y sus suboficiales. Parte de la información recopilada por la unidad de reconocimiento iba a ser de poco valor militar, pero la energía empleada en descifrar los mensajes nunca fue un esfuerzo inútil. El descubrimiento de un poco de información vital podía significar la diferencia entre la victoria o la derrota, y Rommel indudablemente sabia que no podía ignorar estas revelaciones.

jueves, 19 de febrero de 2009

Las venatio romanas, un entretenimiento mas del coliseo

La exposición de los condenados a las fieras no era más que uno de los elementos del programa de la “venatio” que tenia lugar por la mañana en el anfiteatro. No obstante, en provincias, esa clase de espectáculo tuvo lugar, a veces, durante todo un día, incluso mas, como el Lyon, en el año 177, en que hubo cuarenta y ocho condenas, y donde, por otra parte, la cosa constituyo todo un acontecimiento, puesto que los cristianos condenados eran muy bien conocidos por el publico. Según Eusebio, el público los iba reclamando por su nombre de pila. En Roma, las ejecuciones tenían un carácter mucho mas anónimo; únicamente despertaban la curiosidad de las masas las de aquellos bandidos celebres, o las de los condenados arrojados a las fieras por motivos originales, como el caso del intendente de Glicón. Así dice Petronio al respecto: “veras al publico dividido en dos bandos: la mujer en carro y el intendente de Glicón”.
En un principio, este suplicio cuya idea procedía, según parece, de Cartago, fue aplicado principalmente a los extranjeros que desertaban del ejército romano. Era, pues, el suplicio infamante por excelencia. Más tarde fue reservado a los hombres de condición servil, para agravarles la pena de muerte, y, mas tarde, cuando empezó la persecución religiosa, a los cristianos. Los condenados recibían el nombre de “bestiario”, termino que se refería también, tal vez, a determinados profesionales armados, dedicados a la lucha con fieras.
Un vigilante, al que un bajorrelieve nos muestra protegido por un casco y una armadura que le cubre todo el cuerpo, separaba al condenado del grupo al que estaba encadenado por el cuello y le quitaba los vestidos. Entonces era presentado al público, pero este honor solo lo tenían los bandidos que, por sus fechorías, había adquirido una cierta notoriedad. En casos excepcionales, el condenado tenia que dar la vuelta al anfiteatro: Atalo fue paseado así por el anfiteatro de Lyon precedido por un letrero en que aparecía esta inscripción: este es Atalo, el cristiano”. En general, la inscripción con el motivo de la condena estaba clavada en el poste de infamia (atipes). El condenado era atado a este, con las manos a la espalda. No siempre se trataba de una simple estaca clavada en el suelo. A veces se colocaba en medio del anfiteatro un estrado parecido al que se utilizaba en determinados combates de gladiadores. La estaca era clavada en aquel estrado y, desde allí, la victima quedaba enfrentada con el público. De ahí viene, sin duda, la expresión surrectus ad stipitem (de subrigo: levantar, enderezar) que evoca el porte tan particular de unos hombres estrechamente sujetos a un palo vertical, con la cabeza y el busto mas elevados en relación con lo normal; podemos conjeturar que dicho dispositivo, por las dudas que provocaba en las fieras, aumentaba el “suspense” de dichas ejecuciones; a veces, el condenado era atado a los ángulos superiores del patibulum, compuesto de dos estacas sobre las que reposaba una barra transversal; en este caso, el cuerpo, contrariamente a lo que ocurría antes, se desplomaba hacia el suelo. Para estableces una lista completa, habría que describir todavía todo el arsenal de las cruces. Después se daba suelta a las fieras. Llegaban, según un programa establecido, por las trampas que daban directamente a la arena. Contrariamente a lo que en general se ha creído, los animales no vivían allí: el subsuelo del coliseo estaba preparado de tal manera que, llegado el momento propicio, bastaba con hacer subir hasta las trampas, mediante un sistema de cadenas y poleas, las jaulas de los animales que estaban situadas en las celdas del subterráneo. E incluso, por un macabro refinamiento de mecanización, las fieras permanecían en el anfiteatro el tiempo justo para cumplir con su tarea: en efecto, había dos subterráneos que comunicaban directamente con el exterior y que permitían evacuarlas en cualquier momento, casi sin que el espectador se diera cuenta. Antes del espectáculo se les había hecho pasar hambre, o bien habían sido especialmente adiestrados para devorar hombres: Dion Casio nos habla de leones y de osos “domesticados” de esta manera. Con fuego, o lanzándoles maniquíes, se excitaba a los toros cuya victima estaba aprisionada por una red, como Blandina en Lyon, o colocada frente a la trampa por donde salía el animal. No había ni una sola parte del mundo entonces conocido que no facilitara su lote de carniceros. Tal vez las grandes fieras que aplastaban a la victima de un zarpazo, o la mataban de una dentellada, eran unos ejecutores menos crueles que las fieras menos poderosas, que arrastraban y destrozaban en un largo suplicio a su victima palpitante cuyo cuerpo ya no tenia, según expresión de Marcial, “ninguna forma de cuerpo” y que debía ser rematada, como se hizo masivamente en Lyon, donde ninguno de los condenados había muerto a causa de las heridas. Para que no se vieran obligadas a contemplar esas carnicerías, las estatuas eran cubiertas con un velo. El emperador Claudio llevo el escrúpulo mucho mas lejos; era tan aficionado a esa clase de espectáculo, que ordenaba su celebración para amenizar la hora de la comida (durante la cual con frecuencia no abandonaba el anfiteatro), y, bajo su reinado, los motivos de condena quedaban bien lejos de la realidad: bastaba con un pecadillo, una calumnia o un falso testimonio para que hiciera lanzar a las fieras al esclavo incriminado. Por ello, ante la recrudescencia de las ejecuciones, hizo desplazar la estatua de Augusto para que no estuviera siempre velada. Esta precaución, añade Dion Casio, provoco hilaridad general. El público, inaccesible a la piedad, no compartía del todo el proceder de aquel príncipe: no había nada que rompiera la monotonía de aquellas matanzas, como no fueran los pocos incidentes con los que la imaginación popular forjaba leyendas ingenuas, fabulas sentimentales que aquellos baños de sangre provocaban inevitablemente. A veces ocurría que las bestias rechazaban su pasto. Un día, dicen, el león lanzado contra un esclavo fue a lamer los pies de su victima. Se hizo que saliera un leopardo; pero el león lo devoro. Entonces, Druso, que presidía los juegos, hizo soltar al esclavo y le pidió la explicación de aquel prodigio. Androcles explico su vida: exasperado por las vejaciones de su amo procónsul de África, había huido al desierto con la esperanza de escapar a la búsqueda de los soldados. Se refugio en una caverna y, a poco de llegar, surgió un león que arrastraba una pata ensangrentada: la mostró al esclavo como implorando su ayuda. Androcles le saco la astilla que se había clavado. El león se durmió. Y, a partir de aquel día, se convirtió en servidor del hombre y le llevaba las mejores piezas que cazaba. Finalmente, cansado de llevar aquella vida, Androcles abandono la caverna y tres días mas tarde fue aprehendido por los soldados: su amo lo condeno a las fieras. Contra toda costumbre, se dio al esclavo, según parece, la libertad y el león. Pero no todos los días sucedían cosas imprevistas. Y se recurrió a artificios para variar y realzar el espectáculo. Se dio armas a los condenados, con el fin de prolongar su agonía; se les vistió de Hércules, y los toros los lanzaban a las nubes. Finalmente, estas ejecuciones fueron integradas en unos dramas cuyo desenlace era la muerte bajo las garras de las fieras. Pero la preocupación por la fabulación y la puesta en escena que supone, hacen de estos espectáculos un “genero” aparte.

miércoles, 18 de febrero de 2009

El ejercito egipcio en el Imperio Nuevo.

El Egipto de la época del Imperio Nuevo tenía un ejército grande y bien entrenado, que vigilaba las fronteras y patrullaba las provincias remotas del faraón. El rey era el comandante en jefe y visitaba personalmente el frente acompañado de guardaespaldas y oficiales asesores.
Cada división del ejército egipcio tenía unos 5000 hombres. De ellos 4000 eran soldados de infantería, agrupados en compañías de 200 hombres cada una. Las compañías, con nombres como “Toro de Nubia” o Manifiesto de Justicia”, se dividían en unidades de 50 soldados. El millar de hombres restantes formaban una división de carros manejados, cada uno, por dos soldados.
También se contaba con mercenarios extranjeros, equipados con armas ligeras y de gran ayuda en el patrullaje del desierto. Al ejército no le faltaban voluntarios, pero en las emergencias había conscripciones, y se reclutaba a uno de 100 hombres. Se cortaba el pelo a los reclutas, y se les equipaba con armaduras de cuero, cascos y escudos. Aprendían a usar varias armas, pero se especializaban en una sola, para formar compañías de arqueros, de lanceros o similares. Se enviaba a los reclutas a largas marchas de adiestramiento, pues, en campaña, el ejército cubría un promedio de 19km diarios sobre terreno desértico. Como parte del adiestramiento, se hacían prácticas durísimas. Las batallas eran casi siempre una sucesión de maniobras tácticas realizadas con precisión, y los soldados debían responder a las órdenes impartidas con trompeta. En batalla, los soldados jóvenes e inexpertos formaban el segundo frente y la reserva, mientras que los soldados veteranos formaban la línea del frente. La elite del ejercito estaba constituida por tropas de choque llamadas “Valientes”. Los perros jugaban una parte importante en la táctica del ejército egipcio: se les construía para que tuvieran velocidad y maniobrabilidad, y formaban un escuadrón de disparo que irrumpía en el combate y lograba dispersar al enemigo. Los soldados de los carros recibían un adiestramiento especial: casi todos eran jóvenes de la nobleza, y el cargo tenía cierto atractivo. El ejército egipcio estaba bien organizado, al igual que las unidades de apoyo. Los heraldos llevaban los mensajes y repartían informes; los guías reconocían el terreno y los caballerangos cuidaban de los caballos y asnos que transportaban el bagaje. Había médicos y veterinarios; escribas encargados de abastecimientos y sueldos, y de los registros de las campañas; sacerdotes y magos que daban apoyo espiritual; astrónomos y astrólogos; escuderos; cocineros, espías, y una hueste de sirvientes. Cuando estaban en campaña, los soldados vivían en tiendas erigidas en ordenadas hileras, dentro de plataformas rectangulares de tierra, vigiladas por centinelas. La tienda del rey, y la que guardaba el altar portátil de Amón, principal dios del Imperio Nuevo, estaban en el centro del campamento. Las tiendas de los oficiales eran cómodas, con dos o más estancias, y catres y bancos plegadizos. Los veteranos jubilados tenían preferencia para recibir tierras, y se les recompensaban los meritos en batalla. Había condecoraciones –medallas- en forma de leones y moscas de oro- y posibilidades de ascenso (las moscas de oro eran otorgadas al soldado que mas haya hostigado al enemigo), cuando el valor mostrado llamaba la atención de un general o del faraón mismo. En campaña el monarca –que normalmente era una figura distante rodeada de protocolo- trababa contacto con sus oficiales y decidía los nombramientos para sus favoritos. Jety, un escriba del Imperio Nuevo, dejo una narración desalentadora de la vida militar, según la cual se sometía a los soldados a brutales adiestramientos, y la vida en el campamento era de constantes pleitos, rivalidades, borracheras y juegos de apuestas. Las campañas significaban hambre, sed, moscas y heridas mortales. Pero la intención de Jety, al escribir tan sombrío informe del ejército egipcio, era evitar que sus alumnos se enrolaran y, por lo tanto, que abandonaran la profesión de escribas. En el antiguo Egipto, un escriba tenia un empleo bueno y seguro, que ofrecía al joven con talento una magnifica oportunidad para llegar a la cumbre. Los escribas lograban que todos los engranajes del gobierno y la sociedad funcionaran; eran requeridos en todos los niveles. El hijo de un campesino tal vez no llegara a los altos rangos del gobierno, pero su nieto si. La clave era la educación.

martes, 17 de febrero de 2009

El mas poderoso de los supercañones, el gran "cañón de París" (parte final)

A las 7.30 horas de la mañana del 23 de marzo de 1918, se produjo en la zona del Quai de Seine, en la región nororiental de Paris, una explosión de la que no fue posible encontrar la causa. Unos veinte minutos mas tarde se produjo otra similar en el alborotado Boulevard de Strasbourg, que provoco ocho muertos y trece heridos. Tampoco en esta ocasión estuvo clara la causa de la explosión y por ello, cuando se encontraron fragmentos de acero se pensó en una bomba lanzada desde un avión. Sin embargo, nadie recordaba haber visto u oído sobrevolar la ciudad. El hecho se repitió cuando una tercera explosión destruyo parte de un edificio situado en la Rue de Chateau-Landon. ¿Qué había provocado las explosiones? Las investigaciones basadas en los escasos indicios disponibles, apenas habían comenzado cuando se produjo una cuarta explosión, esta vez en Rue Charles-Cinq en la que resulto muerta otra persona. No paso mucho tiempo antes de que los fragmentos de acero hallados en los lugares de las explosiones sugirieran una respuesta al extraño fenómeno: se trataban de fragmentos de proyectiles de artillería. Pero, ¿Dónde se encontraba el cañón de donde se habían lanzado dichos proyectiles? Entre tanto, los misteriosos proyectiles continuaban cayendo sobre Paris por lo que se dio la alarma general y la población corrió a refugiarse donde podía. Cuando se produjo la octava explosión, los investigadores ya habían llegado a la conclusión de que los disparos tenían que proceder de un cañón de 208mm de calibre y habían lanzado una hipótesis sobre su emplazamiento: según sus cálculos, el cañón debía encontrarse en la región de Crépy que, sin embargo, ¡distaba más de 120km de Paris! Era evidente que los alemanes disponían de un tipo de cañón de gran alcance, algo que hasta entonces solo podía imaginarse. En los días siguientes, los proyectiles continuaron cayendo de forma esporádica, provocando daños limitados y algunas perdidas, pero lo peor estaba por llegar. El viernes de Pascua, el 29 de marzo, un proyectil penetro en el interior de la iglesia de St. Gervais, en la Lle-de-France, en pleno centro de la ciudad: 82 muertos y 68 heridos, el tributo más grande de sangre que había provocado hasta aquel momento en misterioso cañón. ¿Pero que supercañón podía causar aquella sorprendente carnicería? La respuesta a este interrogante se encontraba en los experimentos balísticos efectuados por los alemanes, en el que los proyectiles disparados alcanzaban, sorprendentemente, un alcance muy superior al previsto. La causa del fenómeno, se atribuía al hecho de que, una vez que los proyectiles abandonaban el estrato más espeso de la atmósfera terrestre: al disminuir considerablemente la resistencia del aire, las distancias recorridas eran superiores. Para aprovechar las ventajas de este particular fenómeno, se proyecto un cañón especial: una boca de fuego de una pieza naval de 380mm fue dotada interiormente con una nueva caña bastante mas larga (unos 40m en total) y para la que se estudiaron cargas de proyección y proyectiles especiales. El nuevo cañón con su largísimo tubo que sobresalía gran parte fuera del cañón naval original, represento una verdadera excentricidad. Pesaba no menos de 142 toneladas, tenia un alcance de 132km y podía funcionar regularmente, aunque era necesario observar una precaución: cada vez que el cañón disparaba un proyectil, este producía tal presión sobre las paredes internas en su recorrido a lo largo de la boca de fuego que prácticamente hacia aumentar el calibre, por lo que las granadas cargadas posteriormente debían tener un mayor diámetro respecto al proyectil disparado antes. La larga boca de fuego tendía a curvarse gradualmente bajo su propio peso y por ello, era necesario proceder a un sistema externo de refuerzo.
Como siempre, el cerebro que estaba detrás de esta tecnología balística de vanguardia era el de un proyectista de la firma Krupp, en realidad el mismo al que correspondía el merito de la “Gran Berta” de 420mm. El proyecto completo absorbió gran parte de los recursos de la compañía Krupp, pero estaba justificado por una causa valida. A comienzos de 1918, el Estado Mayor Alemán proyectaba lanzar una serie de ataques a lo largo del Sena con los que confiaba ganar la guerra: el nuevo cañón de gran alcance tendría la misión de crear la confusión en la zona de Paris y, en general, en la retaguardia enemiga. Este es el origen del nombre popular –cañón de Paris- dado al que, oficialmente, fue designado “lange Kanone in Schiessgerüst 21 cm. (cañón largo de 210mmsobre plataforma de tiro). Versiones posteriores utilizaron el calibre base de 232mm, después de que se desgastara el ánima de la boca de fuego original. Como ya se ha mencionado, cada proyectil que se disparaba, provocaba el aumento del calibre de la boca de fuego y, por consiguiente, el viento entre el proyectil y el ánima, de ahí la exigencia de una cuidadosa fabricación y selección de los proyectiles que se disparaban a intervalos fijos. La plataforma de tiro del “cañón de Paris” era de origen naval, con un basamento giratorio dispuesto bajo el extremo delantero y grúas deslizables sobre raíles en el otro extremo. El cañón fue emplazado en las cercanías de Crepy, sobre un sólido maderamen, en una posición cuidadosamente elegida y camuflada en el centro de un bosque.
Mientras continuaba el goteo de granadas sobre Paris, los franceses adoptaron contramedidas: transportaron a la zona más próxima a Crepy pesados cañones móviles sobre ruedas y comenzaron a batir la zona en la que sospechaban pudiese estar emplazado el cañón alemán. Esto sucedía en un momento en que, entre otras cosas, el desgaste del ánima había alcanzado tales grados que la precisión de tiro era cada vez más irregular y el alcance progresivamente menor. Los alemanes sabían desde un principio que la duración de la boca de fuego era del orden de los 60 disparos, y la sustituyeron con otra, emplazada en la misma posición en el bosque de Crepy. Simultáneamente, más al norte, los ejércitos alemanes avanzaban victoriosamente después de haber aniquilado prácticamente un ejército británico completo; el 30 de marzo alcanzaron la localidad de Montdidier. Por aquellas fechas, ya se había decidido emplazar el “cañón de Paris” en el Bois de Corbie, todavía mas próximo a la capital francesa que el de Crepy. Entonces el gran cañón inicio un segundo bombardeo de Paris, que resulto más preciso que el primero, porque los artilleros no tenían que utilizar la pieza en los límites extremos de su alcance. Las bocas de fuego eran reemplazadas a un ritmo y en un número siempre mayor, pero también la nueva posición fue pronto localizada por el reconocimiento aéreo francés y se convirtió en el blanco preferido de los cañones franceses. Con objeto de eludir las excesivas y precisas actuaciones de estos últimos, el “cañón de Paris” fue finalmente emplazado en una nueva posición en Beaumont y, desde esta localidad, se inicio el tercer bombardeo de Paris. Esta era una posición preparada muy cuidadosamente, con un basamento de acero para la plataforma giratoria de la cureña y con una excepcional abundancia de dispositivos sobre ruedas para el transporte de las municiones (también las anteriores posiciones habían contado con similares dispositivos, pero no en la medida del emplazamiento de Beaumont). En este momento, el cañón se encontraba en las condiciones ideales de empleo, pero ya comenzaba a perder importancia y a tener muchos efectos. La gran batalla terrestre que se estaba desarrollando al norte, había alcanzado la fase en la que, detenido por los aliados el esfuerzo principal, los alemanes veían como se desvanecían sus esperanzas de obtener un éxito decisivo antes de la llegada de las fuerzas norteamericanas. El cañón de Paris bien poco podía hacer para influir en la situación, solo continuar con su acción de confusión. El cambio de situación de la batalla hizo necesario un nuevo emplazamiento del cañón en un lugar del Bois de Bruyeres, desde donde el 5 de julio volvió, una vez mas, a bombardear Paris. Pero todo resulto inútil: en agosto los aliados se lanzaron a la contraofensiva. Lo que sucedió con exactitud con los cañones de Paris en la posguerra es un misterio todavía hoy. Es cierto que ninguno de ellos cayo en manos aliadas, pero se encontraron algunas plataformas de tiro que fueron cuidadosamente conservadas para la historia. Una de las piezas alemanas, el Kanone (Eisenbahn) 21cm, o cañón móvil sobre ruedas de 210mm, pareció tener su origen en esta enorme pieza.
Pero, a pesar de sus brillantes resultados técnicos el “cañón de Paris” fue, militarmente hablando, un gran fracaso. Previsto para convertir la capital francesa en una ciudad muerta e imposibilitar sus empleos como centro industrial y de comunicaciones aliado, solo consiguió sus objetivos durante la fase inicial. Paris es ya una ciudad demasiado extensa para que un goteo de proyectiles, aun constante, tuviese sobre ella algo mas que efectos parciales y, una vez que el avance aliado alejo de ella la pieza, el “cañón de Paris” difícilmente podía haber encontrado otras aplicaciones.

lunes, 16 de febrero de 2009

La artillería superpesada de la Primer Guerra Mundial (Primera parte)

La primera guerra mundial fue una guerra de artillería: en todas las batallas se utilizaron enormes cantidades de piezas de campaña y, en ocasiones fue la artillería pesada la que, en última instancia, obtuvo la victoria. En efecto, solo este tipo de artillería tenia la potencia necesaria para destruir las defensas protegidas, con tierra o cemento, en las que confiaban ambos contendientes para su propia supervivencia en la línea del frente.
En 1914 la mayoría de las potencias europeas disponían de grandes parques de artillería que incluían piezas de calibre y potencia crecientes, considerados indispensables para destruir las líneas fortificadas edificadas por las mayores potencias a lo largo de sus fronteras. Incluso después de que las fortificaciones fueran alcanzadas y rebasadas durante el primer año de guerra, la artillería pesada demostró su utilidad en las particulares condiciones del frente occidental, donde las líneas de trincheras impusieron un tipo especial de guerra.
La “Gran Guerra” señalo el máximo esplendor de la artillería pesada. En las condiciones de absoluta estabilidad que dominaba todo el frente occidental, una vez emplazados los cañones y las obuses, la única preocupación posterior era la de asegurar el continuo y rápido aprovisionamiento de los grandes proyectiles. De hecho, existió una gran variedad de objetivos para ese tipo de armas, porque los combatientes optaron por enterrarse lo mas profundamente posible para sobrevivir al autentico huracán de fuego que se abatía cada día sobre sus cabezas; solo las granadas mas potentes lograban penetrar en el interior de las defensas y únicamente la artillería pesada podía disparar proyectiles tan potentes.
A continuación se citaran algunos de los modelos mas distintivos y poderosos, no solo por su poder de fuego sino también, por la magnifica construcción de la pieza de artillería.
Obús de 280mm

A finales del siglo XIX, la armada alemana disponía de una pieza, conocida como Küstenhaubitze (obús costero) 28cm, que no era otra cosa que un obús de 280mm del ejercito (el Haubitze L/12 28cm) adaptado oportunamente; estas dos armas, proyectadas principalmente para actuar desde posiciones fijas, se construyeron en las prolíficas fabricas de armas de Krupp en Essen, en la región del Ruhr. La corta y achatada boca de fuego del obús estaba montada sobre una cureña grande y pesada, instalada a su vez sobre una plataforma giratoria unida a una maciza plataforma enterrada. Ambos tipos de obuses estaban dotados con una grúa utilizada para trasladar las pesadas granadas hasta la altura de la recamara; la mayor parte de la energía del retroceso era absorbida por el movimiento hacia atrás de la boca de fuego y de la cuna que se deslizaba sobre cortos raíles, mientras que la parte residual era consumida por la masa y el peso de la cureña. Los obuses de 280mm estaban ya anticuados incluso respecto a los tipos normalizados de 1914: su peso y volumen los hacían prácticamente inamovibles; su alcance, relativamente cortó, los convertía en antieconómicos en términos de mano de obra empleada y de los medios necesarios para los hipotéticos desplazamientos. Por otra parte, cada obús necesitaba tres o cuatro días para su emplazamiento en posición, otros tantos para su traslado y resultaba enormemente difícil cambiar de situación. Para su transporte los obuses se repartían en cargas distintas: estas eran cuatro para la versión del ejercito mientras que la versión costera tenia que ser prácticamente desmantelada y después montada de nuevo cada vez. La característica mas insólitas de estas piezas era el empleo de cargas de proyección alojadas en saquetes de tela; durante muchos años, los proyectiles alemanes se mantuvieron fieles a munición semifija de casquillo y proyectil con obturador y cierre de desplazamiento vertical pero el obús de 280 mm utilizaba, por el contrario, cargas de proyección en saquetes y sistemas de cierre de tornillo con obturador por compresión. Durante la primera guerra mundial estos obuses fueron remolcados avanzando y retrocediendo a lo largo de las líneas alemanas en el frente occidental, cada vez que se observaron objetivos dignos de su potencia. Los dos tipos, tanto en la versión de costa como en la del Ejercito, se utilizaron en Verdún y en el curso de muchos de los duelos de artillería mas importantes; bastantes sobrevivieron a la guerra y fueron cuidadosamente almacenados en depósitos secretos. Ambos modelos, por ello, estuvieron inmediatamente disponibles cuando en 1939 estallo la segunda guerra mundial y, una vez mas, entraron rápidamente en acción, aunque algo modificado para adecuarlos a la tracción mecánica. En 1942 participaron en el asedio de Sebastopol y, dos años mas tarde, en 1944, en el curso del poderoso contraataque sobre la insurrección de Varsovia. M-Gerät (o Gran Berta)

Con anterioridad a 1914 Krupp había producido una larga serie de cañones y de obuses superpesazos, pero se necesitaba algo verdaderamente especial contra las defensas belgas. Tras varios experimentos efectuados con piezas de gran calibre, la firma constructora de armas alemanas emprendió la fabricación de un obús de 420mm conocido como Gamma, un monstruo prodigioso que resulto capaz de disparar con gran precisión un proyectil tan potente que podía destruir cualquier tipo de fortificación existente por aquel entonces. Sin embargo, este Gamma era un arma de emplazamiento fijo y el proyecto preveía su desmontaje para el transporte por ferrocarril y el posterior ensamblaje pieza a pieza. El estado mayor alemán, aunque apreciaba la gran potencia de la pieza, deseaba un arma que pudiese desplazarse por carretera. Krupp encontró la solución en una cureña sobre ruedas, destinada inicialmente a un obús de 305mm que, modificada, dio origen al M-Gerät (Gerät significa material). Todo este proceso tuvo lugar en los días inmediatamente anteriores a la guerra, así que fue solo en el mes de agosto cuando el enorme obús partió hacia el frente. Muy pronto fue bautizado por sus servidores (pertenecientes a una unidad especial conocida como “Kurz Marine Kanone 3”) como “Dicke Berta”, que literalmente significa la “Gorda Berta”, pero más comúnmente traducido por “Gran Berta”, apodo que ha permanecido a lo largo de los años.
Inicialmente entraron en acción contra las defensas belgas solo dos obuses de este tipo; se transfirieron vía ordinaria, divididos cada uno de ellos en una serie de componentes remolcadas por tractores (cinco por cada obús). Las cureñas se proyectaron de forma que permitían el ensamblaje de los obuses con un empleo mínimo de mano de obra y tiempo. La munición estaba compuesta, además de por los habituales proyectiles de alto explosivo, por proyectiles perforantes especiales. El impacto que tuvieron estos enormes obuses pertenece ya a la historia: en el espacio de pocos días los potentes fuertes de Lieja fueron reducidos a escombros y obligados a capitular; igual suerte corrieron después los fuertes de Namur. Las granadas de 420mm penetraban profundamente en las poderosas estructuras fortificadas antes de explosionar, originando ondas de choque que sacudían las defensas desde sus cimientos; además, al efecto destructivo se añadía un impacto moral impresionante: después de pocos días de bombardeo ininterrumpido, los defensores de los fuertes quedaron reducidos a un estado de autentico colapso psíquico.
Tras las operaciones en Bélgica, los obuses pasaron al frente oriental, donde repitieron su actuación; a ellos se unieron pronto otras piezas, también producidas por Krupp y algunos fueron utilizados todavía sobre el frente occidental. Sin embargo, no debía pasar mucho tiempo antes que surgiese un notable inconveniente: la precisión del tiro disminuía progresivamente a medida que la boca de fuego sufría la presión provocada incluso por un empleo limitado y, en consecuencia, se reducía sensiblemente la eficacia del tiro. El “Gran Berta”, aunque disponía de un alcance máximo de 9300m, conseguía la máxima precisión disparando a una distancia de 8680m. El “Gran Berta” obtuvo sus resultados mas brillantes contra los fuertes belgas. A partir de ese momento, su importancia fue gradualmente disminuyendo; una prueba de ello esta en el hecho de que, a pesar de que fue ampliamente utilizado durante la batalla de Verdún, los informes franceses de la época prácticamente no hacen ninguna mención de él, señal evidente de que el arma había perdido su eficacia. De hecho, no permanecieron en servicio después de 1918, mientras que los obuses Gamma, los mismos que sirvieron de base para el desarrollo del “Gran Berta” remolcado continuaron operando. Uno de ellos entro en acción en 1942 durante el asedio de Sebastopol.