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miércoles, 19 de noviembre de 2008

San Martín en el ejército de la península, héroe de la independencia española

En las filas del ejercito español, San Martín, nuestro héroe, presto ejemplar servicio durante 22 años, un mes y 17 días, hasta el 15 de septiembre de 1811, en que se le concedió el retiro a su solicitud.
En estos 20 años de servicios al Rey, guerreo contra el moro en el Norte de África, contra los franceses en el Rosellon, contra los ingleses en el mar, contra los portugueses en Olivenza y en Yelvez y nuevamente contra los franceses, comandados esta vez por el gran Napoleón.
San Martín inicio su carrera en las armas como cadete del Murcia. En la unidad militar, del arma de infantería se formo el futuro oficial, combatió y ascendió hasta el grado de “Segundo Ayudante”, durante los 13 años y cinco meses que duro su permanencia en el mismo, hasta que fue destinado al Batallón de Infantería Ligera “Voluntarios de Campo Mayor”. Cinco años y seis meses después pasaría al arma de caballería, en el Regimiento de Línea “Borbón”, en cuyas filas alcanzaría la máxima notoriedad consagrándose como héroe en la batalla de Bailén, el 19 de julio de 1808, alcanzando el grado de teniente coronel.

En el transcurso de todos esos años participo en quince campañas, e intervino en 29 acciones de guerra, distinguiéndose en todas ellas por su coraje sin límites, su arrojo en combate, y su desprecio hacia la muerte.
San Martín lucha ininterrumpidamente desde 1789 contra los moros en los campos africanos.
En Melilla y en Orán, el aguerrido cadete despierta entre sus compañeros y oficiales, admiración, respeto y un singular aprecio por quien ya demuestra en todas sus actitudes el carácter de líder, que en otro continente, y bajo otras circunstancias lo llevaran a ser el más grande libertador de América.
Al dejar atrás Orán, nuestro héroe se lleva, entre otros tantos recuerdos, dos que formarán, de allí en mas, su temple inquebrantable y a toda prueba; que fueron el gran terremoto que destruyo por completo la ciudad, y el dramático sitio durante mas de un mes, luchando contra el hambre, el fuego, y la devastación. Esos dos hechos, particularmente harán de nuestro Padre de la Patria, el hombre justo, sincero, desinteresado que solo pensó en el bienestar de su pueblo.
De allí pasa a servir a las ordenes de un celebre militar español, el General Ricardos donde pasa dos años en la campaña del Rosellón, ganando experiencia y enseñanzas de gran valor para su futuro.

Se cree, que fue allí donde San Martín perfecciona y supera sus conocimientos en estrategia representando para él su verdadera escuela. Su comportamiento en combate es tan valeroso y destacado, que sobre el mismo campo de batalla fue promovido a teniente segundo, citándose su nombre con conceptos honrosos. No había cumplido aun los 17 años de edad.
Su destino, toda su vida estaba signada por la guerra, el combate era para el un juego, la suerte de las armas le sonreían, haciéndolo su soldado predilecto; en tierras catalanas se bate con su acostumbrado heroísmo en Torres-Balera, en Grau del Ferro, en San Marsal, en Villalonga, en San Lluch y en Banyuls, para continuar luchando contra Inglaterra y Portugal.
Mas adelante pasa nuevamente a servir en el África, para participar en el bloqueo de Ceuta.
En 1776, su espíritu inquieto y aventurero lo llevan a embarcarse en la Armada Española y participa del combate del Cabo de San Vicente contra lo ingleses. Dos años mas tarde, el 15 de agosto de 1778, San Martín cae prisionero de los ingleses, pues la fragata Santa Dorotea, que había embarcado con fuerzas de infantería, en las que revistaba como teniente, a pesar de su heroico, tenaz y desigual combate, es tomada por el poderoso navío ingles, armado con 64 cañones.
Tiempo después, y libre ya del yugo ingles, al mando de una compañía de su querido Regimiento de Murcia, se dirige hacia Portugal, en 1801, por los Algavares, participando en el sitio y en la batalla de Olivenza.

Leemos en el libro de Gómez-Carrasco: “llegamos ala ultima fase de la vida militar de San Martín en el ejercito español. Los hitos del destino histórico se van cumpliendo. Desde sus primeros momentos de soldado, José de San Martín forja su recia personalidad, que agita en las cumbres andinas, en la fragua del sacrificio y del honor, en que se resume todo el avatar de su existencia. Fiel y serenamente cumple su destino de no tener mas hogar que la tienda del soldado, ni mas familia que la milicia, ni mas compañera que la soledad de los campos de batalla, en tanto no diera cima a la empresa de su vida.”
En 1808 regresa nuevamente a Cádiz, al mando del general Solano, jefe de las fuerzas de la guarnición. Estando él presente en los trágicos sucesos acaecidos luego de que la junta de Sevilla intimase a Solano a ponerse al frente de la insurrección libertadora, el general vacila ante este requerimiento, pues no pretendía apartarse de la guerra regular de soldado. El pueblo enardecido y alborotado por esta duda, irrumpe violentamente en el cuartel sin que puedan los efectivos militares detenerlos, atrapan al general y lo descuartizan vivo; nuestro héroe salva su vida de milagro, y esta marca es otra cicatriz mas que forjara su alma de acero.
Llevara siempre consigo una miniatura de su viejo general.

La invasión napoleónica sorprende a San Martín de servicio en Cádiz. El 28 de junio de 1808, en tierras andaluzas de Jaén se produce la que fuera la precursora de la definitiva y sangrienta batalla de Bailén, nos referimos a la batalla de Arjonilla.
Destinado al ejercito de Andalucía, bajo el mando del general Castaños, San Martín es ascendido, por la junta de Sevilla a Ayudante Primero de este regimiento.
Allí fue designado al segundo división que mandaba el general marques de Coupigni.
El lado francés, comandado por el general Dupont, preferido del emperador, tomo la iniciativa, entonces es encomendado a San Martín, la difícil y arriesgada misión de ponerse al mando de las guerrillas sobre las líneas del Guadalquivir; es aquí donde a nuestro héroe se lo empieza a conocer como “El Valeroso”.

El 28 de junio, una columna de la vanguardia española al mando del teniente coronel D. Antonio de la Cruz Murgeón avanza en formación contra los franceses; mas tarde Murgeón, peleara como general contra los independentistas americanos. A la vanguardia de esta columna iba su compañero y amigo, el capitán José de San Martín, que mas tarde pelearía en filas opuestas contra su ex jefe y amigo. A la altura de Arjonilla la columna española se cruza con un grueso destacamento de caballería francesa, que al divisar a la tropa española, ataca en formación y a todo galope. Es entonces donde el capitán San Martín, al frente de un gupo de jinetes, haciéndose apoyar por una guerrilla de infantería, se lanza rápidamente por una vereda lateral, consiguiendo por medio de esta oportuna maniobra, ganarle de mano al enemigo que confiado en su superioridad numérica no intensifico la carga contra los españoles. Sobre la marcha despliega la formación en batalla, carga salvajemente sable en mano, el a la cabeza de su tropa, el choque es feroz e impetuoso, el ensordecedor fragor de la batalla explota con todo su poder, San Martín deja 16 cuerpos sin vida que son pisoteados por su brioso corcel, el acero de su mítico sable corvo bebe litros de sangre ese día, toman prisioneros y además se apoderan de todos los caballos del enemigo.

Una circunstancia similar le ocurre en Arjonillas como luego le pasara en el combate de San Lorenzo, ya en suelo patrio; en posesión absoluta del dios de la guerra, nuestro héroe combate como un león enfurecido, dando mandobles de acero a diestra y siniestra, es en un momento, donde a espaldas suya la daga traicionera se propone dar fin a este indómito guerrero, en esas circunstancias es salvado por la oportuna intervención de un soldado de los húsares de Olivenza, su nombre era Juan de Dios.
Esta valerosa acción de San Martín, es aplaudida por todo el ejército español, concediéndole el escudo de honor y resulta ascendido a Capitán del Regimiento de Borbón.

Casi un mes después, el 19 de julio de 1808 tuvo lugar en los mismos campos béticos-giennenses que fueron teatro de Arjonilla, una de las jornadas históricas mas importantes de España, tal vez comparable a aquella gloriosa batalla de 1212, las Navas de Tolosa, la batalla de Bailén.
San Martín lucha en Bailén en las filas del Regimiento de Borbón, y es tan heroica su participación, que el 11 de agosto de 1808, es ascendido a Teniente Coronel de Caballería y condecorado con la medalla de oro por merito en acción.

Esa es, en resumidas palabras, las acciones históricas de nuestro Padre de la Patria como militar en el ejército español, nuestro héroe máximo que forjo, como la hoja acerada de su sable, su juicioso temperamento en las ajetreadas campañas españolas, coronando su sien de laureles.
Luego, los caminos de sus creencias y convicciones lo llevaron a la vereda contraria de la madre patria, dando inicio a la gesta libertadora mas grande de América toda, haciendo de ese aguerrido soldado, el héroe máximo de la nación y protector indiscutido de la libertad.

martes, 18 de noviembre de 2008

Las ejecuciones publicas, el circo de la plebe

Aunque generalmente relacionada con la revolución francesa, la maquina que decapita por medio de una cuchilla que cae entre dos columnas acanaladas es en realidad mucho mas antigua. Versiones pequeñas y primitivas se usaban para la ejecución de nobles ya en el siglo XIV en Escocia. La antecesora de la guillotina, como se conocerá mas tarde gracias a su inventor, fue seguramente la que lo inspiro, “el Fallbrett”, literalmente “tabla de madera que cae”, la cabeza, en estos casos era separada no por una hoja cortante de metal, sino por una tabla de madera, que era golpeada a mazazos por el verdugo, destrozando la carne y las vértebras. Fue entonces, en 1789 que una medico de Saintes, miembro de la Asamblea Nacional, nacido en 1738 y de nombre Joseph Ignace guillotin, el primero en promover una ley que exigía que todas las ejecuciones, incluso la de los presos comunes y plebeyos, se realizaran por medio de una “maquina que decapita de forma indolora”. Una muerte “fácil y rápida” como se creía, ya no era prerrogativa de nobles.
Después de una serie de experimentos sobre cadáveres tomados de un hospital publico, la primera de estas maquinas se coloco en la Place de Greve de Paris el 4 de abril de 1792 y la primera ejecución tuvo lugar el 25 del mismo mes, el agraciado primerizo fue un vulgar asaltante de diligencias. Recientes investigaciones neurofisiológicas revelaron que una cabeza recién cortada, ya sea por hacha, espada, guillotina o cualquier otro método, tiene conciencia que es una cabeza decapitada mientras rueda por el suelo, la conciencia sobrevive el tiempo suficiente para tal percepción.
Después de la ejecución de Luís XVI y Maria Antonieta el 21 de enero de 1793, la “maquina” llamada solo así hasta esos acontecimientos, paso a llamarse “la Louisiette” o “ le Louison”; solo después de 1800 se extendió el termino Guillotina, en honor a su perfeccionador.
La guillotina permaneció en uso en numerosos países incluidos los Estados Pontificios y los Reinos de Piamonte y Nápoles Borbónico hasta 1860.
En Francia fue muy popular hasta la abolición de la pena de muerte bajo el gobierno de Mitterrand en 1981. Joseph Ignace Guillotine murió pacíficamente en 1821, a la edad de ochenta y tres años, luego de haber visto triunfar su invento por toda Europa.

La rueda para despedazar era el instrumento de ejecución mas común en la Europa germánica, después de la horca, desde la baja Edad Media hasta principios del siglo XVIII; en la Europa latina y gala, el despedazamiento se llevaba a cabo con barras macizas de hiero y mazas herradas en lugar de ruedas de carreta. La victima desnuda, era estirada boca arriba en el suelo o en el patíbulo, con las extremidades extendidas al máximo y atados a estacas o anillas de hierro. Bajo las muñecas, codos, rodillas y caderas se colocaban, atravesados, tablas de madera a modo de cuña. El verdugo, asestando violentos golpes con la rueda, machacaba hueso tras hueso y articulación tras articulación, incluidos los hombros y caderas, con la rueda de borde herrado, pero procurando no asestar golpes fatales. Las victimas se transformaban, según las observaciones de un cronista alemán anónimo del siglo XVII, “en una especie de gran títere aullante retorciéndose, como un pulpo gigante de cuatro tentáculos, entre arroyuelos de sangre, carne cruda, viscosa y amorfa mezclada con astillas de huesos rotos” (esto figura en el cuaderno noticiario en octavilla, Hamburgo, 12 de junio de 1607).
Después de este tratamiento, se le desataba e introducía entre los radios de la gran rueda horizontal al extremo de un poste que posteriormente se alzaba. Luego los cuervos arrancarían tiras de carne y vaciarían los ojos hasta que llegaba la muerte, con la que probablemente era la mas larga y atroz agonía que el poder era capaz de infligir. Junto a la hoguera y el descuartizamiento, este era uno de los espectáculos mas populares entre los muchos parecidos que tenían lugar en las plazas de Europa, mas o menos todos los días. Centenares de ilustraciones durante el periodo 1450-1750 muestran muchedumbres de plebeyos y de nobles, deleitándose con el espectáculo de un buen despedazamiento, preferiblemente o, mejor aun, si era una larga fila de brujas.

lunes, 17 de noviembre de 2008

Tras la huella del guerrero tatuado; los maories


Los maories llegaron a Nueva Zelandia hacia el año 800 d.C. desde la Polinesia tropical, llevando consigo pequeñas ratas, llamadas kiore, perros conocidos como kuri y varias plantas comestibles como la kumara, un tubérculo tan importante para los maories que tenían un dios patrono a cargo de ella. La kumara se secaba, y la guardaban para ofrecerla a los huéspedes de honor. Ésta floreció en la Isla Norte, pues al sur, los cultivos eran irregulares. Los maories de la Isla Sur pescaban, cazaban aves y recolectaban plantas silvestres para alimentarse. Pero la comida típica de todos los maories era un potaje espeso de rizoma (tallo subterráneo) de helecho, que se secaba, se lavaba en agua, se asaba y se molía. Otros alimentos a base de plantas silvestres incluían algas, frondas de helecho, tallos y raíces de col y polen de enea, que se comía al vapor o en pasteles. Los maories del norte hicieron extensos jardines en los claros que bordeaban los bosques; los protegían con bardas y cercas. Los hombres araban los campos con varas de excavar, y las mujeres desbarataban la tierra endurecida, para poder cultivar varias clases de plantas.
Los maories obtenían proteínas de los murciélagos, los kiores, los mariscos y, a veces, de los cuerpos de sus enemigos. Hacia 1800, la enorme e indefensa moa y otras aves fueron cazadas hasta la extinción, pero aun había otras especies de presas en abundancia. Cazaban aves de tierra, como los kivi, con los perros kuri. Otras aves caían en trampas o con lanzas de hasta 9 metros de largo. En las aguas dulces había anguilas y cangrejos, y quienes habitaban en las costas recogían mariscos y huevos de aves marinas. Pescaban con enormes redes, de hasta 800 metros de largo y 10 metros de profundidad, que llevaban al mar en una plataforma transportada sobre dos grandes canoas. La comida excedente era almacenada en bodegas elevadas, para su mejor protección. En el invierno, los maories vestían faldones y largas capas de lino de Nueva Zelandia. Pero con frecuencia, tanto hombres como mujeres iban casi desnudos. Los hombres se tatuaban los rostros y las piernas con figuras impresas mediante cinceles de hueso, que luego eran pintadas con hollín. Las mujeres también se tatuaban la barbilla y los labios. Usaban collares de dientes de tiburón, de perros kuri e incluso de parientes muertos, así como plumas y huesos de ballena en el pelo. El prestigio era muy importante para los maories, y toda ofensa era vengada con violencia. Se desataban las guerras por asuntos de honor, y todo hombre adulto era un guerrero, dado al combate cuerpo a cuerpo con los tradicionales garrotes. Insultar o herir a una persona era considerado una ofensa por toda su tribu, y se procuraba vengarla, generalmente por medio de una acción militar. Esto, a su vez, era vengado por los agredidos. El resultado fue la guerra constante, aunque las batallas a gran escala no eran comunes, pues el máximo honor era acabar con el enemigo a un mínimo costo, tal vez arrasar con el durante una conferencia de paz.
Puesto que la guerra era muy importante para los maories, construían una fortaleza llamada pa, junto a sus pacificas aldeas, a las que llamaban kainga. El pa estaba rodeado por una empalizada, y a veces por terraplenes, colocada para aprovechar al máximo las peculiaridades estratégicas del terreno. Algunos maories se alojaban en el pa cuando sentían el peligro de ser atacados y regresaban a la kainga, tan pronto cesaba el peligro. Las casas de la kainga estaban orientadas hacia el sol naciente y hacia una plaza llamada marae. Cada kainga disponía de un auditorio que, al igual que las casas de las familias importantes, tenia aleros de madera, columnas, puertas y paneles pintados con ocre rojizo; a veces, se decoraban con elaboradas tallas que representaban a los guardianes ancestrales. La casa maori constaba de una sola habitación y un portal delantero , donde las mujeres trabajaban durante el día. El techo y las paredes, muy bajos, estaban recubiertos por paja; las puertas, tan pequeñas, que solo se podía pasar agachados, tenían un panel corredizo para conservar el calor. El humo del fogón salía por una pequeña abertura en el techo y una ventanilla en el muro frontal. Los maories comían en un cobertizo donde el alimento se asaba o hervia envuelto en hojas, en un horno de tierra llamado hangi.
La llegada del pakeha (nombre que dieron los maories a los europeos) cambio abruptamente las costumbres. Se introdujeron comidas extranjeras y los maories dependieron cada vez más de ellas. Ya desde 1804, los maories vendían papas a los balleneros ingleses, en la Bahía de Islas de la Isla Norte, y pocos años después se podían obtener verduras a cambio de clavos de hierro, anzuelos y otros accesorios en toda Nueva Zelandia. Hacia 1830, los maories abastecían de cerdos y frutas a los barcos, e intercambiaban su lino por frazadas, hachas, cuchillos y ropas.
Las herramientas de hierro permitieron a los ebanistas perfeccionar su estilo, y los auditorios aumentaron su decorado. Las jóvenes maories atraían a los extranjeros, y muchos cazadores de focas y ballenas se establecieron con esposas maories. Poco después los caciques exigieron armas de fuego. Ya desde 1815, las tribus maories combatían entre ellas con mosquetes. La destrucción masiva que resulto de estas luchas, agravada por el contagio de las enfermedades europeas, facilitaron la entrada de las doctrinas de paz, llevadas por los misioneros cristianos. En 1840, mediante el tratado de Waitangi, (asediados y sofocados por el colonialismo intruso, artero y expropiador de los sajones), los maories cedieron su soberanía a la reina Victoria, y Nueva Zelandia se convirtió en una colonia de Nueva Gales del Sur.

viernes, 14 de noviembre de 2008

El nacimiento de las aguerridas Ordenes de Caballería


La educación de los señores feudales era esencialmente militar. Pocos sabían leer y escribir, y carecían por lo general de otros conocimientos que no fueran los adquiridos en su vida ruda y belicosa. Su mayor preocupación era destacarse en el arte de la guerra y perfeccionar perfeccionarse en el uso de sus armamentos y en la defensa. El equipo de combate consistía en un casco de metal que cubría totalmente la cabeza, una cota de malla de hierro le protegía el cuerpo; llevaba además una pesada espada de doble filo, una maza, una lanza y un puñal. Para completar su defensa sostenía un escudo de hierro en el que se hallaban grabados los emblemas familiares o blasones. Su caballo estaba protegido por una armadura, asentada sobre una larga túnica. Todo este equipo de combate era extremadamente costoso, y solo personajes de noble cuna y poderoso abolengo podían darse el lujo de costear un equipo así. La belicosidad de estos acorazados caballeros hizo que se multiplicaran las contiendas territoriales entre señores de diferentes regiones, recordemos que sus vidas estaban exclusivamente signadas para el combate, no era concebida la vida en paz. Las consecuencias de estos continuos e interminables enfrentamientos perjudicaban enormemente a los campesinos y vasallos que frecuentemente veían como sus magras cosechas y sus paupérrimas posesiones terminaban arruinadas. Para evitar estos males y poner fin a los excesos de los nobles, la iglesia resolvió instituir la “Tregua de Dios”, que prohibía, por motivos religiosos, guerrear en Adviento, Cuaresma y entre el miércoles a la noche y el lunes por la mañana. La Tregua de Dios fue establecida en el siglo X y origino resistencias por parte de los señores que pretendieron desconocer dicha medida. Para lograr sus pacíficos propósitos, la iglesia peso con la excomunión a los desobedientes. En realidad la teoría del pacifismo de la iglesia estaba bastante lejos de la realidad, ya que el verdadero motor que impulsara esta medida fue que al arruinarse las cosechas, ello atentaba contra la economía en general.
Las luchas personales, estimuladas por el orgullo y el heroísmo, engendraron un nuevo sentimiento, el del honor individual. Junto con él nació un propósito, el mantenerlo intacto, es decir sin manchas. El progresivo refinamiento de las costumbres, y la obligación de defender al débil aumentaron la devoción por la mujer, que alcanzo gran respeto y consideración en la sociedad de la época. Además, las disciplinadas relaciones entre vasallos y señores, regladas por el contrato feudal, dieron vida a un sentimiento de lealtad que obligo a respetar los compromisos y la palabra empeñada. En el siglo XI, la iglesia intervino a fin de encauzar esos principios y creo la orden de la Caballería, institución de carácter religioso-militar, en la que ingresaban los nobles dispuestos a combatir la injusticia, proteger al débil y sostener la religión católica.
Muy pronto, se caballero fue un privilegio al que aspiraron los representantes mas selectos de la nobleza feudal. Las normas rigurosas que reglamentaban el ingreso en la orden, obligaban al aspirante a cumplir, desde muy joven, un largo periodo de educación y adiestramiento, que se completaba, al alcanzar la mayoría de edad, con la ceremonia en admisión en la que era armado caballero. A los siete años entraba al servir como paje a un señor, al que atendía en sus menesteres personales. Simultáneamente aprendía el manejo de las armas, el arte de la equitación y tomaba parte en la vida social del castillo. Al cumplir catorce años, se convertía en escudero e iniciaba su actividad militar, pues acompañaba al señor en sus campañas y participaba con él en los combates. A los veintiún años se hallaba e condiciones de ser admitido en la orden. El ingreso daba motivo a una solemne ceremonia, en la que participaba tosa la nobleza señorial. La noche anterior, el futuro caballero tomaba un baño purificador y vestido con una túnica blanca, confesaba sus pecados. Acompañad por el obispo y el padrino depositaba sus armas en el altar y pasaba la noche entregado a la oración. Al día siguiente, cumplida ya la vela de armas escuchaba misa y comulgaba delante del pueblo. Luego el obispo bendecía las armas y pronunciaba el sermón de los deberes. Cumplida la ceremonia religiosa, el joven aspirante se dirigía ante el señor, y a su pedido, juraba defender la fe, el honor y la justicia. Provisto de sus armas se arrodillaba y recibía el “espaldarazo”, golpe que el señor le aplicaba en el hombro derecho con la hoja de una espada, mientras le decía: “En nombre de Dios, ármote caballero”. Consagrado como tal, el joven montaba en su caballo dispuesto a exhibir su valor y destreza. Mientras tanto, las campanas se echaban a vuelo y los espectadores prorrumpían en aplausos. Aunque la institución de la caballería no logro desterrar las violencias ni los atropellos de los poderosos, consiguió, sin embargo, morigerar las costumbres, disminuir la belicosidad de los señores feudales y exaltar la justicia, el honor y la cortesía; pero en una sociedad donde el arte de la guerra estaba tan por sobre los demás valores, y donde el joven se preparaba durante toda su juventud para entrar en combate, los guerreros medievales supieron encausar todo ese potencial bélico en un enemigo mayor que sus salvajes rencillas, un enemigo muy poderoso que quería sojuzgar occidente, la amenaza musulmana.

jueves, 13 de noviembre de 2008

La Guerra del Desierto, el Afrika Korps aplasta al enemigo

La aparición el 12 de febrero de 1941 de un solitario bombardero Heinkel III en Castel Benito, Libia, no altero excesivamente a sus atemorizados habitantes pues parecía ser uno mas de la flota de aviones alemanes que durante los últimos días habían estado trasladando suministros de urgencia desde Sicilia, en una operación encaminada al establecimiento de una base de la Lufwaffe cerca de Trípoli, en el norte de África. Sin embargo, del avión bajo un general alemán, no muy alto, rápido y dinámico en el habla y los modales, destinado a cambiar todo el curso de la guerra en el desierto. Era Erwin Rommel, un hombre que comenzó su carrera de soldado en la I Guerra Mundial y que cumplió un papel destacado en Francia en mayo de 1940, en la “Blitzkrieg” o guerra relámpago. Dos días después, la 5º División Ligera, la primera unidad de este nuevo jefe, que se convirtió en la DAK (Deutches Afrika Korps) comenzó a embarcar en Trípoli. A comienzos de 1941, el esfuerzo bélico del Eje en el norte de África estaba al borde del colapso total y absoluto. Los colonos italianos Vivian en un constante estado de terror con un motivo evidente: su ejercito, o lo poco que quedaba de el después de derrotas infligidas por una fuerza británica de poca entidad bajo el mando del general Wavell, no estaba en condiciones de resistir una nueva ofensiva.
Realmente los soldados que habían sobrevivido tampoco tenían las pretensiones o el deseo de continuar por más tiempo la lucha. El Fuhrer, Adolf Hitler sabia que no podía permitir a los aliados conseguir el completo control del norte de África, ya que aquello expondría el flanco sur del Eje a un ataque y podrían minarse así las defensas de su recién conquistado Imperio de Europa; sin embargo, no tenían intenciones de comprometer grandes formaciones de la Wehrmacht y opto por enviar una fuerza no excesiva en numero a las ordenes de un experimentado oficial capaz de remediar la difícil situación. Rommel era conciente de que sus tropas, arrojadas a un teatro de operaciones totalmente extraño y que requería una actuación militar completamente diferente, no solo tendrían que combatir a los británicos, sino también al terrible desierto africano.
En su mayor parte, el futuro campo de batalla se presentaba yermo y seco, abrasador durante el día y muy frió de noche. La vegetación natural era muy escasa siendo dificilísimo protegerse del sol. Tierra adentro, el agua se convertía en un lujo. Existían unos cuantos pozos que mantenían a las tribus de nómadas y, mas tarde, salvarían de una larga agonía a muchos soldados perdidos, pero la mayoría de los hombres tenían que llevarse lo que necesitasen , y nada se necesitaba mas que el agua. El más leve movimiento tenía que ser cuidadosamente planificado ante los múltiples riesgos; grandes extensiones móviles de arena podrían engullir tanto a hombres como a vehículos de rueda, e incluso los carros de combate se enterraban en ella fácilmente. Solo una carretera todo tiempo, la Via Balbia, atravesaba los 1.600 km desde Trípoli a la frontera egipcia, y únicamente sobre esta superficial trafico podía avanzar tan deprisa como en Europa. Rommel, igual que sus oponentes, sabia que el control de esta carretera, siguiendo la costa mediterránea y enlazando las alejadas unidades de la colonia italiana, era la clave para cualquier ofensiva. Tierra adentro, las trigo (sendas) nativas, de poca utilidad para movimientos a grandes distancias, cruzaban el desierto. Poco adecuadas incluso en buenas condiciones, el mas ligero chaparrón las convertía en enormes cenagales. En los puntos donde se cruzaban dos o mas trigo había normalmente una especie de mojón indicativo, un bin (pozo) o un sidi (sepultura de un santo musulmán). Estos cruces jugarían un papel importante en la Guerra del Desierto, pues fueron usados como punto de referencia en un paisaje desprovisto de rasgos naturales distintivos. Valorados por su situación estratégica, estos rasgos distintivos artificiales fueron frecuentemente fortificados y mantenidos por una guarnicion, sirviendo en ocasiones como almacenes de suministros. La prudencia en el rumbo, a pesar de todo, no servia para nada cuando las tormentas de arena borraban los puntos de referencia y los espejismos constituían una burla constante a todo intento de calcular distancias. En los primeros meses de la guerra, los alemanes se apoyaron en los informes italianos obtenidos de sus batallas en Egipto contra los británicos, pero pronto resultaron extremadamente imprecisos, al carecer de detalles vitales y de mapas. En consecuencia, se suministraba a las primeras unidades del Afrika Korps un equipo innecesario o mal diseñado. El error mas notorio lo constituyo la recomendación italiana a los alemanes de que no enviasen motores Diesel al norte de África, aunque estaba ampliamente demostrado que estos eran superiores en el desierto a los motores de gasolina.

El ejército alemán no hizo nada por proteger sus vehículos de los devastadores efectos del polvo y la arena, y pagaron cara su falta de previsión durante los primeros meses en el desierto. Muchos carros de combate quedaron fuera de servicio con una vida media de un carro entre los 1000 y los 2000 kms, evitándose este problema al entrar en servicio filtros especiales que permitieron a los alemanes igualar la resistencia de sus adversarios.
La segunda misión mas importante de los informes italianos fue la de la necesidad de camuflajes especiales en el desierto abierto.

Lo mas necesario era eliminar las sombras y los contornos de los vehículos parados, para ello se le enseño a la tripulación a usar durante las paradas en el camino unas mallas cubiertas con piel de camello y la infantería aprendió a excavar zanjas en el cauce de los ríos secos. Aunque no siempre eran del todo efectivas, estas sencillas pero oportunas precauciones constituyeron una medida de protección contra los ataques en vuelo rasante de la aviación enemiga.
Al principio, el Alto Mando Alemán se preocupo en especial del bienestar de sus tropas en campaña, pero la experiencia pronto demostró que los métodos usuales de alimentación r higiene eran inadecuados en las condiciones en que se movían, buscándose sustitutos para las necesidades alimenticias básicas, habichuelas en lugar de patatas y galletas en vez de pan. Se descubrió que la mantequilla y la margarina se ponían rancias por el calor, y se tuvo que producir aceite de oliva como sustituto, además a excepción de algún trozo de queso y latas de carne de vaca en conserva, solo estaban disponibles los alimentos producidos en el país. En general, la dieta era monótona y carecía de vitamina C.

Los hombres del Afrika Korps fueron enviados al norte de África vestidos con un modelo de ropa desarrollado al final de 1940: chaqueta, pantalones, casco para el sol y botas. La práctica demostró, sin embargo, que el uniforme estaba mal diseñado: la chaqueta era demasiado apretada, los pantalones restaban movilidad y el casco protegía poco contra el fuego de las armas portátiles y contra la metralla. En realidad solo las botas soportaron el rigor de la campaña del desierto.

La producción de ropa convencional se cambió o se adecuo a las necesidades individuales.
Rommel, aun siendo consiente de la falta de preparación para la batalla del DAK y de los defectos de gran parte de su equipo, decidió pasar a la ofensiva tan pronto como fuese posible. Los planes se basaban en su estimación de la habilidad de Warell para responder a un ataque del Afrika Korps que él dirigía. Rommel calculo correctamente, según demostraron después los acontecimientos posteriores.
El 4 de abril se dio la orden de lucha: el objetivo era recuperar la provincia Libia de Cirenaica. Pocos días después, tras una serie de incisivas derrotas a los británicos, el Afrika Korps estaba en condiciones de cruzar la frontera egipcia: había obligado a los hombres de Warell a retroceder 800km, y solo Tobruk, el ultimo puerto de aguas profundas entre Trípoli y Alejandría, permanecía en manos enemigas. Sin embargo ambos bandos se encontraban en una situación límite y se retiraron a la espera de refuerzos. En medio de esta dramática situación hizo su primera aparición en el desierto una de las mejores unidades de Rommel, la 15º División Panzer. A final de mes, su punta de lanza blindada, el 8º Regimiento, llego a Trípoli.

Warell, conocedor de la llegada de la división acelero los planes para su propia ofensiva, de nombre clave: “Operación Battleaxe”. Se enviaron refuerzas al norte de Africa y, el 12 de mayo, el convoy que transportaba los “Tigre Cubs” (cachorros de tigre), 238 carros de combate Matilda y Crusader, atraco en el puerto de Alejandría.



Rommel dio orden de no lanzar toda la fuerza de sus Panzer ante la aguda escasez de suministros, y opto por una estrategia de defensa móvil para desarticular la inminente ofensiva britanica. Con este fin, el paso Halfaya, un serpenteante desfiladero, fue transformado en fortaleza; a pesar de los largos y calurosos dias iniciales de junio, los artilleros contracarro remolcaron sus potentes cañones de 88 mm hasta las posiciones, encajados de manera que solo sus lisas bocas camufladas asomaban por encima del parapeto de sus emplazamientos, situándose de manera que cubriesen todas las cercanías del paso. Tierra adentro, el punto 206, guardando las cercanías de Fort Capuzzo, y el punto 208, en el cerro Hafid, estaban fortificados de modo similar. Tras este erizado terreno, Rommel desplegó los 200 carros de combate de su “espada blindada”.

Los hombres de la 15º División Panzer esperaban, silenciosos y amenazadores, detrás de Fort Capuzzo, para descargar su mortífera carga de fuego y muerte; mientras sus compañeros de la 5º División Ligera formaban la guarnición de Sidi Azeiz, al oeste.
Al amanecer del 15 de junio, el desierto, normalmente silencioso, se vio sacudido por el carraspeo de los motores de los carros de combate pertenecientes a la 4º y 7º Brigadas Blindadas de los británicos. Al aclararse la fría neblina matinal se observaron los grandes penachos de polvo levantados por las tropas blindadas británicas, y los artilleros alemanes se dispusieron a preparar sus armas.

No abrieron fuego, pero permitieron a los carros una imprudente entrada en la primera línea de campos de minas de Rommel, cuidadosamente preparados por sus zapadores. En un momento fallo el ataque británico, ya que sus carros, atrapados en los siniestros campos de minas e incapaces de avanzar o retroceder, eran simples patos de cartón en una caseta de tiro para los mortíferos “88”. Una andanada tras otra destrozó a los británicos, siendo tan grandiosa y aplastante la notoria superioridad de las fuerzas alemanas en el paso de Halfaya, que los británicos lo rebautizaron como “el paso del infierno”. Por todos lados los restos incendiados de los Matilda y los Crusader resaltaban como testimonio y, aunque las brigadas 4º y 7º habian conseguido algunos adentramientos en Fort Capuzzo y en el cerro Hafid, la ofensiva de Warell había sido abortada. En un solo día, el Afrika Korps había destruido mas de la mitad de los Tigre Cubs.

A pesar de que las acciones habían costado a Rommel una buena porción de su infantería y cañones, la fuerza de los carros de combate estaba en inmejorables condiciones, como si acabase de llegar al frente. Los hombres de la 15º División Panzer se encontraban descansados, habían comido bien e incluso habían tenido tiempo para prepararse, así como sus mortíferas armas. No tuvieron que esperar mucho: al amanecer, el 8º Regimiento Panzer de la División recibió la orden de retomar Fort Capuzzo mediante asalto frontal. La 5ª División Ligera se envió al cerro Hafid para realizar un ataque de diversión en el sur.
A las 5,00 horas, los Panzer Mark II, III y IV comenzaron a rugir. Sus tripulaciones se hallaban dispuestas para el combate. Los carros de combate avanzaban 24 km/h; ahora les tocaba a ellos probar su coraje en medio de una tormenta de disparos y cañonazos. Rommel pensó que, mediante una combinación de fuego y movimiento, sus carros desarticularían y destruirían las defensas británicas.

Luego de seis duras horas de trabado combate, Rommel desplegó entonces el genio que lo señalaría como uno de los grandes jefes de la II Guerra Mundial y le mereció el sobrenombre de “el Zorro del Desierto”, pues a pesar de que sus fuerzas habían recibido un duro golpe, sabia que los británicos se estaban quedando sin recursos y que un choque frontal acabaría definitivamente con ellos, de ahí que ordenase el reagrupamiento del 8º Regimiento y la 5º División Ligera para llevar a cabo una amplia y extensa arremetida en el desierto, flanqueando a los británicos y adelantándose para socorrer a la apurada guarnición de Halfaya.
Durante toda la noche del 16 al 17 de junio, los hombres de la 15º División trabajaron en sus carros; las tripulaciones se esforzaron en reparar las dañadas bandas de rodamiento, se quito arena de los motores y se limpiaron las armas. Por la mañana temprano, la división estaba lista para la acción y a las 9,00 horas se dio la orden de avanzar.

Al principio, nada estorbo en su camino. Los británicos se encontraban en inferioridad de condiciones los elementos de la 7º Brigada Blindada retirados al otro lado de la frontera egipcia para repostar y armarse, habían dejado solo un puñado de Matilda de la $º Brigada en Fort Capuzzo, en apoyo de los apurados hombres de la 22º Brigada de Guardias. El Oficial británico en capuzzo advirtió que sus tropas corrían el peligro de quedar acorraladas y ordeno la retirada inmediata, sin disparar un solo tiro, siendo cubierta esta por sus blindados.
Mientras los Matilda corrían hacia el sur para mantener abierta la línea de repliegue, los Panzer de la 15º División se adelantaban al norte para cerrar el cepo. Pocas horas después, ambas fuerzas se encontraron. En esta desesperada pugna por conseguir la superioridad. Los proyectiles de largo alcance de cada bando rebotaban en el blindaje enemigo con un ensordecedor rugido metálico. Para las tripulaciones, empapadas en sudor, cegadas por el polvo y con las gargantas resecas por la falta de agua, la orden era sobrevivir, antes que ganar. La vida dependía de acertar al enemigo antes de que este se te echase encima. La batalla creció con una intensidad desconocida durante seis horas.

En la tarde del 17, Rommel había conseguido una victoria decisiva, y la operación “Battleaxe” de Warell había sido derrotada. En su primera ofensiva a gran escala, el Afrika Korps únicamente perdió 25 carros de combate, mientras que los británicos perdieron 87 de sus blindados y muchos mas quedaron abandonados en el terreno de batalla.
Aunque los hombres de la 15º División Panzer no lucharon con mejores condiciones, sino de igual a igual, demostraron la aplastante superioridad del ejercito alemán frente al decadente ejercito ingles y se pudieron sentir orgullosos de que, con el “Zorro del Desierto” poseían un oficial mas valioso que toda una división enemiga.