En estos 20 años de servicios al Rey, guerreo contra el moro en el Norte de África, contra los franceses en el Rosellon, contra los ingleses en el mar, contra los portugueses en Olivenza y en Yelvez y nuevamente contra los franceses, comandados esta vez por el gran Napoleón.
San Martín inicio su carrera en las armas como cadete del Murcia. En la unidad militar, del arma de infantería se formo el futuro oficial, combatió y ascendió hasta el grado de “Segundo Ayudante”, durante los 13 años y cinco meses que duro su permanencia en el mismo, hasta que fue destinado al Batallón de Infantería Ligera “Voluntarios de Campo Mayor”. Cinco años y seis meses después pasaría al arma de caballería, en el Regimiento de Línea “Borbón”, en cuyas filas alcanzaría la máxima notoriedad consagrándose como héroe en la batalla de Bailén, el 19 de julio de 1808, alcanzando el grado de teniente coronel.
En el transcurso de todos esos años participo en quince campañas, e intervino en 29 acciones de guerra, distinguiéndose en todas ellas por su coraje sin límites, su arrojo en combate, y su desprecio hacia la muerte.
San Martín lucha ininterrumpidamente desde 1789 contra los moros en los campos africanos.
En Melilla y en Orán, el aguerrido cadete despierta entre sus compañeros y oficiales, admiración, respeto y un singular aprecio por quien ya demuestra en todas sus actitudes el carácter de líder, que en otro continente, y bajo otras circunstancias lo llevaran a ser el más grande libertador de América.
Al dejar atrás Orán, nuestro héroe se lleva, entre otros tantos recuerdos, dos que formarán, de allí en mas, su temple inquebrantable y a toda prueba; que fueron el gran terremoto que destruyo por completo la ciudad, y el dramático sitio durante mas de un mes, luchando contra el hambre, el fuego, y la devastación. Esos dos hechos, particularmente harán de nuestro Padre de la Patria, el hombre justo, sincero, desinteresado que solo pensó en el bienestar de su pueblo.
De allí pasa a servir a las ordenes de un celebre militar español, el General Ricardos donde pasa dos años en la campaña del Rosellón, ganando experiencia y enseñanzas de gran valor para su futuro.
Se cree, que fue allí donde San Martín perfecciona y supera sus conocimientos en estrategia representando para él su verdadera escuela. Su comportamiento en combate es tan valeroso y destacado, que sobre el mismo campo de batalla fue promovido a teniente segundo, citándose su nombre con conceptos honrosos. No había cumplido aun los 17 años de edad.
Su destino, toda su vida estaba signada por la guerra, el combate era para el un juego, la suerte de las armas le sonreían, haciéndolo su soldado predilecto; en tierras catalanas se bate con su acostumbrado heroísmo en Torres-Balera, en Grau del Ferro, en San Marsal, en Villalonga, en San Lluch y en Banyuls, para continuar luchando contra Inglaterra y Portugal.
Mas adelante pasa nuevamente a servir en el África, para participar en el bloqueo de Ceuta.
En 1776, su espíritu inquieto y aventurero lo llevan a embarcarse en la Armada Española y participa del combate del Cabo de San Vicente contra lo ingleses. Dos años mas tarde, el 15 de agosto de 1778, San Martín cae prisionero de los ingleses, pues la fragata Santa Dorotea, que había embarcado con fuerzas de infantería, en las que revistaba como teniente, a pesar de su heroico, tenaz y desigual combate, es tomada por el poderoso navío ingles, armado con 64 cañones.
Tiempo después, y libre ya del yugo ingles, al mando de una compañía de su querido Regimiento de Murcia, se dirige hacia Portugal, en 1801, por los Algavares, participando en el sitio y en la batalla de Olivenza.
Leemos en el libro de Gómez-Carrasco: “llegamos ala ultima fase de la vida militar de San Martín en el ejercito español. Los hitos del destino histórico se van cumpliendo. Desde sus primeros momentos de soldado, José de San Martín forja su recia personalidad, que agita en las cumbres andinas, en la fragua del sacrificio y del honor, en que se resume todo el avatar de su existencia. Fiel y serenamente cumple su destino de no tener mas hogar que la tienda del soldado, ni mas familia que la milicia, ni mas compañera que la soledad de los campos de batalla, en tanto no diera cima a la empresa de su vida.”
En 1808 regresa nuevamente a Cádiz, al mando del general Solano, jefe de las fuerzas de la guarnición. Estando él presente en los trágicos sucesos acaecidos luego de que la junta de Sevilla intimase a Solano a ponerse al frente de la insurrección libertadora, el general vacila ante este requerimiento, pues no pretendía apartarse de la guerra regular de soldado. El pueblo enardecido y alborotado por esta duda, irrumpe violentamente en el cuartel sin que puedan los efectivos militares detenerlos, atrapan al general y lo descuartizan vivo; nuestro héroe salva su vida de milagro, y esta marca es otra cicatriz mas que forjara su alma de acero.
Llevara siempre consigo una miniatura de su viejo general.
La invasión napoleónica sorprende a San Martín de servicio en Cádiz. El 28 de junio de 1808, en tierras andaluzas de Jaén se produce la que fuera la precursora de la definitiva y sangrienta batalla de Bailén, nos referimos a la batalla de Arjonilla.
Destinado al ejercito de Andalucía, bajo el mando del general Castaños, San Martín es ascendido, por la junta de Sevilla a Ayudante Primero de este regimiento.
Allí fue designado al segundo división que mandaba el general marques de Coupigni.
El lado francés, comandado por el general Dupont, preferido del emperador, tomo la iniciativa, entonces es encomendado a San Martín, la difícil y arriesgada misión de ponerse al mando de las guerrillas sobre las líneas del Guadalquivir; es aquí donde a nuestro héroe se lo empieza a conocer como “El Valeroso”.
El 28 de junio, una columna de la vanguardia española al mando del teniente coronel D. Antonio de la Cruz Murgeón avanza en formación contra los franceses; mas tarde Murgeón, peleara como general contra los independentistas americanos. A la vanguardia de esta columna iba su compañero y amigo, el capitán José de San Martín, que mas tarde pelearía en filas opuestas contra su ex jefe y amigo. A la altura de Arjonilla la columna española se cruza con un grueso destacamento de caballería francesa, que al divisar a la tropa española, ataca en formación y a todo galope. Es entonces donde el capitán San Martín, al frente de un gupo de jinetes, haciéndose apoyar por una guerrilla de infantería, se lanza rápidamente por una vereda lateral, consiguiendo por medio de esta oportuna maniobra, ganarle de mano al enemigo que confiado en su superioridad numérica no intensifico la carga contra los españoles. Sobre la marcha despliega la formación en batalla, carga salvajemente sable en mano, el a la cabeza de su tropa, el choque es feroz e impetuoso, el ensordecedor fragor de la batalla explota con todo su poder, San Martín deja 16 cuerpos sin vida que son pisoteados por su brioso corcel, el acero de su mítico sable corvo bebe litros de sangre ese día, toman prisioneros y además se apoderan de todos los caballos del enemigo.
Una circunstancia similar le ocurre en Arjonillas como luego le pasara en el combate de San Lorenzo, ya en suelo patrio; en posesión absoluta del dios de la guerra, nuestro héroe combate como un león enfurecido, dando mandobles de acero a diestra y siniestra, es en un momento, donde a espaldas suya la daga traicionera se propone dar fin a este indómito guerrero, en esas circunstancias es salvado por la oportuna intervención de un soldado de los húsares de Olivenza, su nombre era Juan de Dios.
Esta valerosa acción de San Martín, es aplaudida por todo el ejército español, concediéndole el escudo de honor y resulta ascendido a Capitán del Regimiento de Borbón.
Casi un mes después, el 19 de julio de 1808 tuvo lugar en los mismos campos béticos-giennenses que fueron teatro de Arjonilla, una de las jornadas históricas mas importantes de España, tal vez comparable a aquella gloriosa batalla de 1212, las Navas de Tolosa, la batalla de Bailén.
San Martín lucha en Bailén en las filas del Regimiento de Borbón, y es tan heroica su participación, que el 11 de agosto de 1808, es ascendido a Teniente Coronel de Caballería y condecorado con la medalla de oro por merito en acción.
Esa es, en resumidas palabras, las acciones históricas de nuestro Padre de la Patria como militar en el ejército español, nuestro héroe máximo que forjo, como la hoja acerada de su sable, su juicioso temperamento en las ajetreadas campañas españolas, coronando su sien de laureles.
Luego, los caminos de sus creencias y convicciones lo llevaron a la vereda contraria de la madre patria, dando inicio a la gesta libertadora mas grande de América toda, haciendo de ese aguerrido soldado, el héroe máximo de la nación y protector indiscutido de la libertad.

Fue entonces, en 1789 que una medico de Saintes, miembro de la Asamblea Nacional, nacido en 1738 y de nombre Joseph Ignace guillotin, el primero en promover una ley que exigía que todas las ejecuciones, incluso la de los presos comunes y plebeyos, se realizaran por medio de una “maquina que decapita de forma indolora”. Una muerte “fácil y rápida” como se creía, ya no era prerrogativa de nobles.
Recientes investigaciones neurofisiológicas revelaron que una cabeza recién cortada, ya sea por hacha, espada, guillotina o cualquier otro método, tiene conciencia que es una cabeza decapitada mientras rueda por el suelo, la conciencia sobrevive el tiempo suficiente para tal percepción.
Joseph Ignace Guillotine murió pacíficamente en 1821, a la edad de ochenta y tres años, luego de haber visto triunfar su invento por toda Europa.
La victima desnuda, era estirada boca arriba en el suelo o en el patíbulo, con las extremidades extendidas al máximo y atados a estacas o anillas de hierro. Bajo las muñecas, codos, rodillas y caderas se colocaban, atravesados, tablas de madera a modo de cuña. El verdugo, asestando violentos golpes con la rueda, machacaba hueso tras hueso y articulación tras articulación, incluidos los hombros y caderas, con la rueda de borde herrado, pero procurando no asestar golpes fatales.
Las victimas se transformaban, según las observaciones de un cronista alemán anónimo del siglo XVII, “en una especie de gran títere aullante retorciéndose, como un pulpo gigante de cuatro tentáculos, entre arroyuelos de sangre, carne cruda, viscosa y amorfa mezclada con astillas de huesos rotos” (esto figura en el cuaderno noticiario en octavilla, Hamburgo, 12 de junio de 1607).
Junto a la hoguera y el descuartizamiento, este era uno de los espectáculos mas populares entre los muchos parecidos que tenían lugar en las plazas de Europa, mas o menos todos los días. Centenares de ilustraciones durante el periodo 1450-1750 muestran muchedumbres de plebeyos y de nobles, deleitándose con el espectáculo de un buen despedazamiento, preferiblemente o, mejor aun, si era una larga fila de brujas.
Ésta floreció en la Isla Norte, pues al sur, los cultivos eran irregulares. Los maories de la Isla Sur pescaban, cazaban aves y recolectaban plantas silvestres para alimentarse. Pero la comida típica de todos los maories era un potaje espeso de rizoma (tallo subterráneo) de helecho, que se secaba, se lavaba en agua, se asaba y se molía. Otros alimentos a base de plantas silvestres incluían algas, frondas de helecho, tallos y raíces de col y polen de enea, que se comía al vapor o en pasteles.
Los maories del norte hicieron extensos jardines en los claros que bordeaban los bosques; los protegían con bardas y cercas. Los hombres araban los campos con varas de excavar, y las mujeres desbarataban la tierra endurecida, para poder cultivar varias clases de plantas.
En las aguas dulces había anguilas y cangrejos, y quienes habitaban en las costas recogían mariscos y huevos de aves marinas. Pescaban con enormes redes, de hasta 800 metros de largo y 10 metros de profundidad, que llevaban al mar en una plataforma transportada sobre dos grandes canoas. La comida excedente era almacenada en bodegas elevadas, para su mejor protección.
En el invierno, los maories vestían faldones y largas capas de lino de Nueva Zelandia. Pero con frecuencia, tanto hombres como mujeres iban casi desnudos. Los hombres se tatuaban los rostros y las piernas con figuras impresas mediante cinceles de hueso, que luego eran pintadas con hollín. Las mujeres también se tatuaban la barbilla y los labios. Usaban collares de dientes de tiburón, de perros kuri e incluso de parientes muertos, así como plumas y huesos de ballena en el pelo.
El prestigio era muy importante para los maories, y toda ofensa era vengada con violencia. Se desataban las guerras por asuntos de honor, y todo hombre adulto era un guerrero, dado al combate cuerpo a cuerpo con los tradicionales garrotes. Insultar o herir a una persona era considerado una ofensa por toda su tribu, y se procuraba vengarla, generalmente por medio de una acción militar. Esto, a su vez, era vengado por los agredidos.
El resultado fue la guerra constante, aunque las batallas a gran escala no eran comunes, pues el máximo honor era acabar con el enemigo a un mínimo costo, tal vez arrasar con el durante una conferencia de paz.
Las casas de la kainga estaban orientadas hacia el sol naciente y hacia una plaza llamada marae. Cada kainga disponía de un auditorio que, al igual que las casas de las familias importantes, tenia aleros de madera, columnas, puertas y paneles pintados con ocre rojizo; a veces, se decoraban con elaboradas tallas que representaban a los guardianes ancestrales. La casa maori constaba de una sola habitación y un portal delantero , donde las mujeres trabajaban durante el día.
El techo y las paredes, muy bajos, estaban recubiertos por paja; las puertas, tan pequeñas, que solo se podía pasar agachados, tenían un panel corredizo para conservar el calor. El humo del fogón salía por una pequeña abertura en el techo y una ventanilla en el muro frontal. Los maories comían en un cobertizo donde el alimento se asaba o hervia envuelto en hojas, en un horno de tierra llamado hangi.
Se introdujeron comidas extranjeras y los maories dependieron cada vez más de ellas. Ya desde 1804, los maories vendían papas a los balleneros ingleses, en la Bahía de Islas de la Isla Norte, y pocos años después se podían obtener verduras a cambio de clavos de hierro, anzuelos y otros accesorios en toda Nueva Zelandia. Hacia 1830, los maories abastecían de cerdos y frutas a los barcos, e intercambiaban su lino por frazadas, hachas, cuchillos y ropas.
Poco después los caciques exigieron armas de fuego. Ya desde 1815, las tribus maories combatían entre ellas con mosquetes. La destrucción masiva que resulto de estas luchas, agravada por el contagio de las enfermedades europeas, facilitaron la entrada de las doctrinas de paz, llevadas por los misioneros cristianos. En 1840, mediante el tratado de Waitangi, (asediados y sofocados por el colonialismo intruso, artero y expropiador de los sajones), los maories cedieron su soberanía a la reina Victoria, y Nueva Zelandia se convirtió en una colonia de Nueva Gales del Sur.
El equipo de combate consistía en un casco de metal que cubría totalmente la cabeza, una cota de malla de hierro le protegía el cuerpo; llevaba además una pesada espada de doble filo, una maza, una lanza y un puñal.
Para completar su defensa sostenía un escudo de hierro en el que se hallaban grabados los emblemas familiares o blasones. Su caballo estaba protegido por una armadura, asentada sobre una larga túnica. Todo este equipo de combate era extremadamente costoso, y solo personajes de noble cuna y poderoso abolengo podían darse el lujo de costear un equipo así.
La belicosidad de estos acorazados caballeros hizo que se multiplicaran las contiendas territoriales entre señores de diferentes regiones, recordemos que sus vidas estaban exclusivamente signadas para el combate, no era concebida la vida en paz. Las consecuencias de estos continuos e interminables enfrentamientos perjudicaban enormemente a los campesinos y vasallos que frecuentemente veían como sus magras cosechas y sus paupérrimas posesiones terminaban arruinadas.
Para evitar estos males y poner fin a los excesos de los nobles, la iglesia resolvió instituir la “Tregua de Dios”, que prohibía, por motivos religiosos, guerrear en Adviento, Cuaresma y entre el miércoles a la noche y el lunes por la mañana.
La Tregua de Dios fue establecida en el siglo X y origino resistencias por parte de los señores que pretendieron desconocer dicha medida. Para lograr sus pacíficos propósitos, la iglesia peso con la excomunión a los desobedientes. En realidad la teoría del pacifismo de la iglesia estaba bastante lejos de la realidad, ya que el verdadero motor que impulsara esta medida fue que al arruinarse las cosechas, ello atentaba contra la economía en general.
El progresivo refinamiento de las costumbres, y la obligación de defender al débil aumentaron la devoción por la mujer, que alcanzo gran respeto y consideración en la sociedad de la época. Además, las disciplinadas relaciones entre vasallos y señores, regladas por el contrato feudal, dieron vida a un sentimiento de lealtad que obligo a respetar los compromisos y la palabra empeñada.
En el siglo XI, la iglesia intervino a fin de encauzar esos principios y creo la orden de la Caballería, institución de carácter religioso-militar, en la que ingresaban los nobles dispuestos a combatir la injusticia, proteger al débil y sostener la religión católica.
A los siete años entraba al servir como paje a un señor, al que atendía en sus menesteres personales. Simultáneamente aprendía el manejo de las armas, el arte de la equitación y tomaba parte en la vida social del castillo. Al cumplir catorce años, se convertía en escudero e iniciaba su actividad militar, pues acompañaba al señor en sus campañas y participaba con él en los combates.
A los veintiún años se hallaba e condiciones de ser admitido en la orden. El ingreso daba motivo a una solemne ceremonia, en la que participaba tosa la nobleza señorial. La noche anterior, el futuro caballero tomaba un baño purificador y vestido con una túnica blanca, confesaba sus pecados.
Acompañad por el obispo y el padrino depositaba sus armas en el altar y pasaba la noche entregado a la oración. Al día siguiente, cumplida ya la vela de armas escuchaba misa y comulgaba delante del pueblo. Luego el obispo bendecía las armas y pronunciaba el sermón de los deberes.
Cumplida la ceremonia religiosa, el joven aspirante se dirigía ante el señor, y a su pedido, juraba defender la fe, el honor y la justicia. Provisto de sus armas se arrodillaba y recibía el “espaldarazo”, golpe que el señor le aplicaba en el hombro derecho con la hoja de una espada, mientras le decía: “En nombre de Dios, ármote caballero”. Consagrado como tal, el joven montaba en su caballo dispuesto a exhibir su valor y destreza. Mientras tanto, las campanas se echaban a vuelo y los espectadores prorrumpían en aplausos.
Aunque la institución de la caballería no logro desterrar las violencias ni los atropellos de los poderosos, consiguió, sin embargo, morigerar las costumbres, disminuir la belicosidad de los señores feudales y exaltar la justicia, el honor y la cortesía; pero en una sociedad donde el arte de la guerra estaba tan por sobre los demás valores, y donde el joven se preparaba durante toda su juventud para entrar en combate, los guerreros medievales supieron encausar todo ese potencial bélico en un enemigo mayor que sus salvajes rencillas, un enemigo muy poderoso que quería sojuzgar occidente, la amenaza musulmana.
A comienzos de 1941, el esfuerzo bélico del Eje en el norte de África estaba al borde del colapso total y absoluto. Los colonos italianos Vivian en un constante estado de terror con un motivo evidente: su ejercito, o lo poco que quedaba de el después de derrotas infligidas por una fuerza británica de poca entidad bajo el mando del general Wavell, no estaba en condiciones de resistir una nueva ofensiva.
Rommel era conciente de que sus tropas, arrojadas a un teatro de operaciones totalmente extraño y que requería una actuación militar completamente diferente, no solo tendrían que combatir a los británicos, sino también al terrible desierto africano.
El más leve movimiento tenía que ser cuidadosamente planificado ante los múltiples riesgos; grandes extensiones móviles de arena podrían engullir tanto a hombres como a vehículos de rueda, e incluso los carros de combate se enterraban en ella fácilmente. Solo una carretera todo tiempo, la Via Balbia, atravesaba los 1.600 km desde Trípoli a la frontera egipcia, y únicamente sobre esta superficial trafico podía avanzar tan deprisa como en Europa. Rommel, igual que sus oponentes, sabia que el control de esta carretera, siguiendo la costa mediterránea y enlazando las alejadas unidades de la colonia italiana, era la clave para cualquier ofensiva.
Tierra adentro, las trigo (sendas) nativas, de poca utilidad para movimientos a grandes distancias, cruzaban el desierto. Poco adecuadas incluso en buenas condiciones, el mas ligero chaparrón las convertía en enormes cenagales. En los puntos donde se cruzaban dos o mas trigo había normalmente una especie de mojón indicativo, un bin (pozo) o un sidi (sepultura de un santo musulmán). Estos cruces jugarían un papel importante en la Guerra del Desierto, pues fueron usados como punto de referencia en un paisaje desprovisto de rasgos naturales distintivos. Valorados por su situación estratégica, estos rasgos distintivos artificiales fueron frecuentemente fortificados y mantenidos por una guarnicion, sirviendo en ocasiones como almacenes de suministros. La prudencia en el rumbo, a pesar de todo, no servia para nada cuando las tormentas de arena borraban los puntos de referencia y los espejismos constituían una burla constante a todo intento de calcular distancias.
En los primeros meses de la guerra, los alemanes se apoyaron en los informes italianos obtenidos de sus batallas en Egipto contra los británicos, pero pronto resultaron extremadamente imprecisos, al carecer de detalles vitales y de mapas. En consecuencia, se suministraba a las primeras unidades del Afrika Korps un equipo innecesario o mal diseñado. El error mas notorio lo constituyo la recomendación italiana a los alemanes de que no enviasen motores Diesel al norte de África, aunque estaba ampliamente demostrado que estos eran superiores en el desierto a los motores de gasolina.




















