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sábado, 23 de mayo de 2009

La acción de la guerra submarina en la I Guerra Mundial

Pocas armas empleadas durante la Primera Guerra Mundial ejercieron un efecto tan profundo en la forma de librar el conflicto como los submarinos. En agosto de 1914, todas las divisiones navales combatientes poseían pequeñas flotas de submarinos, pero, en el plazo de dos años, los importantes programas de construcción hicieron que cientos de submarinos entraran en servicio. Por entonces, la existencia del submarino ya había forzado a la total revisión de la estrategia naval convencional y a la protección o interrupción del comercio por mar. El país más involucrado en el desarrollo del submarino en tiempos de guerra fue Alemania. Otros países, especialmente Gran Bretaña, formaron grandes flotas submarinas, pero la rápida desaparición de la mayoría de los barcos enemigos de alta mar hizo que los submarinos tuvieran pocos objetivos potenciales. La propia guerra submarina se puede dividir en dos campañas diferentes: la librada contra los buques de guerra y la librada contra los buques mercantes. Al principio de la guerra, los planificadores navales pensaban casi exclusivamente en términos de la primera, y algunos de los primeros éxitos dramáticos alemanes fueron la causa de que los comandantes de las flotas de superficie tuvieran un miedo constante a los submarinos y no estuvieran dispuestos a arriesgar sus barcos en aguas enemigas. Sin embargo, en términos de las bajas reales, los submarinos tuvieron muy poco impacto en los principales ejércitos navales. Las operaciones submarinas contra los buques mercantes no estaban totalmente previstas en 1914, puesto que las normas requerían que la tripulación de un barco interceptado debía ser llevada a un lugar seguro antes de destruir el buque. La práctica de lanzar ataques con torpedos sin previo aviso y cuando el submarino estaba sumergido surgió de una forma vacilante, y no fue realmente hasta la segunda mitad cuando la guerra submarina sin restricciones se convirtió en la norma general. Iniciada en febrero de 1917 con más de 100 unidades, la tercera campaña de guerra submarina sin restricciones alemana era una jugada deliberada cuyo objetivo era doblegar a Reino Unido. En sus primeras fases parecía que podría tener éxito: las bajas de la marina mercante aliada eran de una media de 630000 toneladas por mes, siendo la media máxima de 866000 toneladas en abril de 1917. No obstante, en la segunda mitad de 1917, la introducción del sistema de convoyes hizo que las bajas disminuyeran mucho mientras que los propios submarinos quedaban más expuestos. A principios de 1918, era evidente que los alemanes estaban perdiendo la guerra submarina. A pesar del daño causado a la marina mercante aliada, la campaña alemana demostró ser un error estratégico. Los planificadores alemanes subestimaron la fuerza y la resistencia de una moderna economía industrializada y sobreestimaron el impacto de unas pérdidas navales de unos niveles relativamente altos. Aun con todos sus indudables logros, el submarino no podía cambiar el curso de la guerra.

viernes, 22 de mayo de 2009

Las armas orientales invaden Europa

Los sables en Europa

El sable puede considerarse como la contribución más representativa dada a las armas europeas por parte de las armas blancas orientales.
Probablemente ya en uso en los países eslavos a principios del siglo XV, el conocimiento del sable se extendió por toda Europa casi cien años después gracias al esfuerzo conquistador del imperio otomano, grabándose en la memoria colectiva y en la cultura popular.
Características morfológicas

Casi seguramente, la hoja del sable es una reelaboración de la hoja de uno de los primeros sables turcos: kiliji.
Arma de costado y de caballo, muy versátil y eficaz, se caracteriza por una larga hoja curva (de un filo y un tercio), que presenta una prolongación característica en el último cuarto: el yelman o jelman, que forma la punta del sable y tiene un doble filo que abarca toda la longitud del propio dorso. El arrial también presenta características medio-orientales: dos cortas varillas rectas (a veces curvadas hacia la hoja) con dos escudetes en el centro, variadamente moldeados, que abarcan tanto la empuñadura como el plato de la hoja. La empuñadura, de asta, de marfil, de metal o de madera que disminuyendo ligeramente, termina con una curvatura vuelta hacia el filo del arma, está rematada por una cabecilla metálica para ofrecer un cómodo asidero a la mano que lo empuña. Partiendo de esta forma, el sable sufrió diversas modificaciones que, en países y en épocas distintas, influyeron en las dimensiones de la hoja, en las del yelman, en la forma de la empuñadura y en la del arrial. Asistiremos así, en el transcurso de los siglos, a la aparición de arriales más complicados y eficaces, con sección de guarda simple, con guarda en forma de jaula o, directamente en forma de concha. La empuñadura perdió su curvatura original para hacerse recta o ligeramente curvada.
El sable en Occidente

Es interesante señalar cómo este arma, orientada claramente al tajo, una vez introducida en los países occidentales europeos perdió, poco a poco, el yelman característico. EN virtud del yelman, el centro de gravedad del arma se desviaba, decididamente hacia la punta de la hoja, otorgando gran eficacia a los hendientes; pero esto obstaculizaba notablemente los golpes de punta.
Los europeos, como homenaje a los principios de las escuelas de esgrima y favoreciendo las técnicas adquiridas en los siglos de manejo, inicialmente descantillaron el satélite creado por el yelman en el perfil del dorso de la hoja, y después lo eliminaron del todo, sobre todo en sables destinados a tropas de a pie. En diversos cuerpos de caballería se mantuvo el principio del centro de gravedad adelantado, forjando hojas fuertes y largas, y con ensanchamiento en la punta suave y armónico. En los albores del siglo XIX, otro tipo de sable se implantó en Europa como consecuencia inmediata después de la campaña de Egipto llevada a cabo por las tropas napoleónicas: este modelo, inspirado en las cimitarras persas, tenía una hoja curva muy acentuada que se iba afilando progresivamente hasta terminar en una punta muy aguda. Arma exclusivamente militar, el sable ha llegado como tal hasta nuestros días y ha participado en los dos últimos conflictos mundiales. Al tener que adaptarse a tantas condiciones de uso, tuvo que modificar inevitablemente su forma y, sobre todo, sus dimensiones. Se tuvieron hojas muy cortas y anchas, de dorso grueso, montadas con guarda formada por una amplia lámina modelada en forma de concha y usada por las distintas marinerías como sable de abordaje (a menudo, la guarnición de estas armas era de latón para limitar la corrosión de la salobridad). Otras hojas, dotadas de características similares, fueron dadas en dotación a las infanterías destinadas a trabajar en orden cerrado; estos cortos sables tenían un arrial simple, compuesto por una sección de guarda y de un corto brazo de parada. La empuñadura estaba hecha con un monoelemento de metal fundido (con gran frecuencia de latón) o de madera, forrado de cuero con una trencilla antideslizante y con guarnición de metal. En los ejércitos europeos, el sable de oficial mantiene una hoja muy larga, incluso cuando es asignada a los cuerpos de infantería. En este último caso, ésta era mucho más ligera que la de la caballería, sobre todo en la vaina y en la guarnición. Habían armas que, aun siendo de ordenanza, tenían grandes filigranas en la trama tejida de las distintas protecciones del arrial o en la cabecilla que remataba la empuñadura y que, a menudo, tenía aspecto zoomorfo.
La empuñadura podía asumir una forma anatómica, presentando un perfil adaptado para poder coger mejor los dedos, llegándose a usar un revestimiento granulado para obtener un efecto antideslizante.

miércoles, 20 de mayo de 2009

El sol se alimenta de muerte. Los sacrificios aztecas

Los sacrificios Aztecas se celebraban en honor de los dioses y en particular del dios sol, con un fervor tan ciego y loco que alcanzaban las formas de crueldad más horrendas. Los sacrificios variaban en cuanto al número, el lugar y el modo de acuerdo con distintas festividades. El lugar más común era el templo, en cuyo atrio superior se encontraba el altar destinado a la inmolación de las victimas. Estas se elegían entre los prisioneros de guerra o entre los esclavos; se llevaba a uno de ellos cada vez, completamente desnudo, ante el ídolo. Cuatro sacerdotes tomaban a la victima por los pies y los brazos y la colocaban sobre el “Chac Mool”, piedra convexa con perfil de hombre. Un sacerdote armado con un silex aguzado le abría el pecho, le arrancaba el corazón y todavía palpitante lo ofrecía al sol, (la pericia y velocidad con el cual realizaban este acto era tal, que antiguos relatos narran asombrosas historias de victimas que, aun con vida, contemplan azorados a su extraído corazón palpitar fuera de sus pechos). Entonces lo arrojaba a los pies del ídolo y después lo recogía para introducirlo con un cucharón en la boca del ídolo. Después se bañaba el ídolo con la sangre recogida en la cavidad del Chac Mool. En las fiestas de la diosa azteca Teteianan se decapitaba a una jovencita sobre las espaldas de otra mujer. En las ceremonias dedicadas al dios Tlaloc se mataba a un muchacho y a una muchacha ahogándolos en el lago. En otra fiesta se compraban a tres muchachos entre los seis y siete años y, encerrándolos en una gruta, se les dejaba morir de hambre y miedo. El sacrificio mas importante entre los aztecas era el que los españoles llamaban “gladiatorio”. Consistía en la inmolación de los prisioneros más valientes sobre la piedra llamada Temalacatl, plataforma redonda historiada con bajo relieves, levantada en el templo mayor de los grandes centros sagrados. Sobre ella se colocaba el prisionero al que se le daba una espada corta y se le ataba por un pie; subía a combatir contra él un soldado que llevaba las mejores armas. Si el prisionero perdía, un sacerdote lo tomaba y, vivo o muerto, lo llevaba al altar de los sacrificios en donde le abría el pecho y arrancaba el corazón, como de costumbre, mientras que la multitud aplaudía al vencedor. Si por el contrario la victima señalada conseguía abatir al soldado armado y a otro seis como el primero, salvaba su vida y recuperaba la libertad. Los ministros ordinarios del sacrificio eran los sacerdotes, casi siempre en número de seis. Vestían un manto rojo adornado con bolas de algodón, sobre la cabeza llevaban una corona de plumas de quetzal verdes y amarillas. Tenían pendientes de oro y piedras preciosas y la frente ceñida por cintas de materiales textiles o papeles de colores. Todo esto se ha atestiguado tras el descubrimiento de la pirámide de Tula, en donde se encontró el “Chac Mool”, y tras el hallazgo de los preciosos objetos sacrifícales del Templo de los Guerreros de Chichón Itzá. La ruina de los Itzá

Ellos no sabían que esperaban a los señores blancos y a su cristianismo. Ellos no quisieron pagar tributo. Los espíritus señores de las aves, los espíritus señores de las piedras preciosas, los espíritus señores de las piedras esculpidas, los espíritus señores de los jaguares los guiaban y los protegían. ¡Mil seiscientos años y trescientos años aun, y habría llegado el fin de su vida! Porque sabían por si mismos la medida de su tiempo. Cada luna, cada año, cada día, cada viento camina y pasa a su vez. Igualmente cada sangre llega al lugar de su reposo, así como llega a su poder y a su trono. Medido estaba el tiempo en que se vanagloriaban de la magnificencia de los Tres. Medido estaba el tiempo ñeque podían encontrar el bien del sol. Medido estaba el tiempo en que podían mirar sobre si el enrejado de las estrellas, donde, vigilando sobre ellos, los contemplaban los dioses, los dioses que están prisioneros en las estrellas. Entonces todo era bueno, y entonces ellos fueron abatidos. Había sabiduría en ellos. No había pecado entonces. Había en ellos una santa devoción. Ellos Vivian sanos. No había enfermedad entonces; no había dolores de huesos; no había fiebre para ellos, no había viruela, no había ardor en el pecho, no había dolor de vientre, no había consunción. Entonces su cuerpo marchaba enderezado y recto. No hicieron así los señores blancos cuando llegaron aquí. Ellos han enseñado el miedo y han venido a marchitar las flores. Para que viva su flor han chupado y aspirado las flores de los otros. Ya no había buenos sacerdotes para enseñarnos. Esto esta en el origen de la Sede del segundo tiempo. Y es igualmente la razón de nuestra muerte. Nosotros no teniamos buenos sacerdotes, nosotros no teníamos sabiduría y, finalmente, la valentia y la vergüenza se perdieron. Y todos fueron iguales.
No había otros conocimientos, no había lenguaje sagrado, no habai enseñanza divina en los sustitutos de los dioses que llegaron aquí. ¡Extirpar el sol! ¡Esto es lo que han venido a hacer los extranjeros! Y he aquí que han permanecido los hijos de sus hijos, aquí, en medio del pueblo, y ellos han recibido su amargura.

[Libro de Chilar Balam de Chumayel]

lunes, 18 de mayo de 2009

Nace un nuevo poder, los turcos se hacen con el dominio del mar (parte final)

Por ello, entre estas tres potencias, Venecia y Génova, y el estado español, se estableció una especie de equilibrio armado –una tensión superficial que cubría el Mediterráneo. Este equilibrio quedó roto al final de nuestro período por la irrupción de un nuevo poder marítimo. La vocación hacia el mar de los turcos no surgió repentinamente ni con todo su potencial. A partir de comienzos del siglo XIV, una serie de nidos de piratas sobre las costas levantinas del Mediterráneo eran manejados por jefes turcos, alguno de los cuales tenían al parecer flotas de cientos de navíos a sus órdenes. Cuanto mayor fue la extensión de la costa conquistada por sus fuerzas terrestres-, según el imperialismo otomano avanzó hacia el oeste existieron mayores oportunidades para que los corsarios controlados por los turcos permaneciesen en el mar, teniendo acceso a puntos de abastecimiento de agua y suministros sobre la costa. A través del siglo XIV, sin embargo, éstas fueron empresas poco ambiciosas, limitadas a barcos pequeños y tácticas de ataque y huida inmediata. A partir de la década de 1390, el sultán otomano Bayezid I comenzó a construir una flota permanente propia, pero sin entregarse a una estrategia radicalmente diferente de los operadores independientes que le había precedido. Las batallas puntuales tenían lugar normalmente a pesar de las intenciones de los turcos, y normalmente daban como resultado la derrota de éstos. Tan tarde como 1466, un comerciante veneciano en Constantinopla defendía que para terminar un encuentro con éxito los barcos turcos necesitaban sobrepasar a los venecianos en una proporción de cuatro a uno. Por esas fechas, sin embargo, la inversión otomana en la fuerza naval era probablemente más alta que la de cualquier estado cristiano. El sultán Mehmed I, que poseía una gran visión a largo plazo, y Bayezid II, se dieron cuenta que el impulso de su conquista por tierra tenía que ser apoyado –si tenía que continuar- mediante el poder en el mar. Después de largas generaciones de experimentaciones sin éxito en batallas puntuales, la marina de Bayezid humilló a la de Venecia en la guerra de 1499-1503. Nunca desde que los romanos se lanzaron dubitativamente al mar en contra de Cartago había sido abrazada con tanto éxito la vocación naval por una potencia tan poco adecuada aparentemente para estas tareas. El equilibrio de fuerza naval entre la Cristinidad y el Islam, que había durado cuatrocientos años, cambió de signo por lo menos en el Mediterráneo del este, y se puede decir con exactitud que una nueva era había dado comienzo.

sábado, 16 de mayo de 2009

El Mediterráneo se vuelve la caldera del diablo (segunda parte)

Génova adquirió un imperio propio –aunque se trataba de un imperio mucho menos centralizado que el de Venecia: comprendía, al comienzo, un barrio autónomo de mercaderes en Constantinopla y establecimientos dispersos a lo largo de la costa norte del Mar Negro, gobernados por representantes de las autoridades genovesas. Mediante unas concesiones bizantinas de 1267 y 1304, la isla de Quios, con su producción de sulfatos, se convirtió en el feudo de una familia genovesa. A mediados del siglo XIV su situación fue transformada por la introducción del control directo desde Génova. El Mar Egeo fue dividido efectivamente en esferas de influencia de los genoveses y venecianos. Venecia dominaba la ruta hacia Constantinopla a través de la costa dálmata y las islas Jónicas, mientras que Génova controlaba una ruta alternativa a través de Quios y la costa este. La rivalidad en el este del Mar Mediterráneo entre Génova y Venecia tuvo su paralelo en la rivalidad en el oeste entre Génova y los dominios de la Casa de Barcelona. Los catalanes llegaron relativamente tarde a este campo de rivalidades. Disfrutaban de un acceso natural privilegiado a toda el área estratégica del oeste del Mediterráneo –las bases insulares, los puertos magrebíes; pero mientras las islas estuvieron en las manos enemigas de los emires musulmanes, estuvieron atrapados por el flujo de las corrientes costeras en dirección contraria a las agujas del reloj. Sin embargo, hacia 1229 el poder de los condes-reyes de Barcelona y Aragón y la riqueza de sus súbditos dedicados al comercio se había desarrollado hasta el punto de que podían armar el número necesario de barcos y un ejército suficientemente grande para lanzarse a la conquista. Al representar la empresa como una guerra santa, Jaime I fue capaz de inducir a la aristocracia de Aragón, poco aficionada al mar, a tomar parte en la campaña. Una vez que Mallorca estuvo en sus manos, Ibiza y Formentera cayeron con relativa facilidad. El imperio insular se extendió en los años ochenta y noventa del siglo XIII, cuando fueron conquistadas Menoría y Sicilia. En la década de 1320 una política imperial agresiva redujo a partes de Cerdeña a una obediencia precaria. Mientras tanto, vasallos de miembros de la Casa de Barcelona realizaron conquistas aun más hacia el este, en Jarbah, Qarqanah, y partes de la zona continental de Grecia. La impresión de un imperio marítimo en crecimiento, extendiéndose hacia oriente –quizá hacia Tierra Santa, quizá hacia el comercio de especias, quizá incluso en ambas direcciones- fue reforzada por la propaganda de los condes-reyes, que se representaban así mismos como cruzados. Los estados vasallos del este eran, sin embargo, solo nominalmente catalanes en cuanto a su carácter y, durante la mayor parte del tiempo, unidos de una manera tenue mediante lazos jurídicos con otros dominios de la Casa de Barcelona. Las operaciones navales catalanas en el este del Mediterráneo fueron ejecutadas en alianza con Venecia o con Génova y estuvieron determinadas generalmente por consideraciones estratégicas del oeste del Mediterráneo. Si las conquistas a través de islas de la Casa de Barcelona se extendieron hacia el este, hacia las tierras de los santos y de las especias, también se extendieron hacia el sur, hacia el Magreb, la tierra del oro. Eran points d’appui estratégicos en la guerra económica a través de las rutas comerciales africanas de otros estados dedicados al comercio. Desde 1271 en adelante, en intervalos a lo largo de un período de aproximadamente un siglo, el poder naval de los condes-reyes fue utilizado en parte para imponer una serie de tratados comerciales favorables dirigidos a gobernar el acceso a los puertos principales desde Ceuta a Túnez. En el bien integrado mundo catalán, la parte más al este fue Sicilia, a partir de la década de 1280. Para el conde-rey Pere II la conquista de esta isla fue una aventura caballeresca y un engrandecimiento dinástico; para sus súbditos dedicados al comercio, fue clave para conseguir un granero bien aprovisionado, una estación de enlace hacia el Mediterráneo del este y sobre todo, una vía para el lucrativo comercio de Berbería, que tenía su punto final en los puertos magrebíes. Gobernada normalmente por una línea menor de la casa de Barcelona, la isla fue elogiada como “cabeza y protectora de todos los catalanes”, considerándose una parte vital de las bases exteriores del comercio medieval de Cataluña. Si Cerdeña se hubiese convertido por completo en eliminar gran parte del sistema catalán, el oeste del Mediterráneo hubiese sido un “lago catalán”. Pero la resistencia indígena, prolongada durante más de un siglo, forzó repetidas concesiones a Génova y Pisa. Los catalanes pagaron mucho por lo que era, en efecto, un condominio político y comercial. Utilizando una política menos costosa –sin adquirir mediante conquista territorios de soberanía más allá de Córcega-, Génova acabó con una participación mayo en el comercio del oeste del Mediterráneo que la de sus rivales catalanes.