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martes, 8 de septiembre de 2009

Historia de las ametralladoras (parte primera)

El deseo de todos los ejércitos de poseer armas capaces de disparar en forma continuada, de descarga o en combinación de ambas, pero en cualquier caso con rapidez, es tan antiguo como la misma pólvora. También lo son las ideas para llevar estos deseos a cabo, siendo la primera, principal y más necesaria la de retrocarga. Pero la materialización práctica de estos deseos no fue posible (y no por falta de ideas) hasta bien entrado el siglo XIX cuando la retrocarga, gracias al cartucho metálico tal y como le conocemos hoy día, fue una realidad práctica.

El arma de defensa Puckle

Se tienen noticias de la existencia de inventos relativos a armas de repetición en tiempos lejanos como el siglo XVI; algunos son extremadamente complicados y nada prácticos, otros afortunadamente más acertados. Entre estos últimos se encuentra un arma de repetición consistente en algo que mereció la atención de ser examinada y probada por el Board of Ordenance británico (tribunal que asumía la competencia del examen). Su autor, un inglés llamado James Puckle, patentó en mayo de 1718 un revólver, pues constaba de cañón único, que tenía acoplado en su parte posterior un cilindro con varias recámaras, en número de seis a nueve. Dicho cilindro se giraba a mano con el objeto de enfrentar una recámara cargada al cañón del arma. Una vez efectuado este enfrentamiento, por medio de una manivela de eje roscado, se empujaba todo el cilindro hacia el cañón con el fin de centrar la recámara del cilindro con éste, y evitar una gran fuga de gases; para ello las bocas de las recámaras del cilindro tenían forma cónica y la parte posterior del cañón estaba abocardada convenientemente.

La “Mitrailleuse” Montigny

En la primera generación de ametralladoras los disparos y su cadencia se realizaban gracias a la fuerza muscular del sirviente, al accionar éste una manivela. En Europa, el primer arma de dicho tipo de interés militar fue la inventada en 1851 por el capitán belga Fafchamps, el cual traspasó su idea a un fabricante llamado Montigny, que a su vez introdujo ciertas mejoras y fabricó varias unidades destinadas a la defensa de fortalezas belgas. Esta “mitrailleuse” consistía en un ramillete de 37 cañones dentro de una envuelta cilíndrica, montado todo ello sobre una cureña, dando apariencia de una pieza de artillería de campaña. Un cierre de recámara portando 37 agujas percusoras podía deslizarse hacia atrás y hacia delante sobre un soporte situado detrás de los cañones. Una gruesa placa, taladrada con 37 recámaras y cargada con la misma cantidad de cartuchos (los reglamentarios de fusil Chassepot); se introducía entre la parte posterior de los cañones y el bloque de cierre de recámara, el cual en este momento, se empujaba hacia adelante y se bloqueaba, forzando en esta operación a que los proyectiles y parte de la boca de los cartuchos entrasen en sus respectivos cañones. Al girar una manivela situada en la parte posterior del arma, se provocaba la sucesiva liberación de las agujas percusoras y por consiguiente, los disparos; por supuesto y como se desprende de su funcionamiento, la cadencia de fuego dependía de la rapidez de giro de la mencionada manivela. Parece ser que disponiendo de suficiente cantidad de placas previamente cargadas, su cadencia de tiro se podía situar en unos trescientos disparos por minuto. Dato a reseñar es que este arma de guerra con su dotación de dos mil cien cartuchos y accesorios pesaba casi dos toneladas.

domingo, 6 de septiembre de 2009

Los heroicos españoles al servicio del Fuhrer

Tras cinco semanas de entrenamiento en Grafenwöhr, el 20 de agosto de 1941 la división fue considerada adecuadamente preparada y transportada en tren hasta la frontera germano-soviética. Por entonces, la frontera se encontraba a más de 1000 km hacia el este y para alcanzarlo tuvo que marchar a pie. Tras llegar a Esmolensko, donde se suponía que tenían que unirse a la ofensiva del Grupo de Ejército Centro contra Moscú, la División Azul se encontró siendo enviada al norte, hacia Leningrado, donde se convirtió en parte del 16.º Ejército alemán. Los españoles tuvieron su bautismo de fuego el 12 de octubre de 1941, cuando fueron desplegados en la línea entre el lago Ilmen y la orilla oeste del río Volkhov. Cuatro días después comenzó una gran ofensiva alemana contra Leningrado, en donde la gloriosa División Azul da inicio a su leyenda demostrando la grandeza y honor de esos valientes voluntarios de una larga estirpe guerrera. Lamentablemente los duros combates, en los cuales ningún fiero español retrocedía, sino que preferían morir con honor, y el devastador frío, lo único realmente de temer que tenían los comunistas como para poder enfrentar a los alemanes y españoles, pasaron su factura a los combatientes. Muertos, heridos y congelados, redujeron las filas españolas tan seriamente que en Madrid se temió que la división se fuera a desintegrar. Dado que era el honor de España y la lucha contra el despiadado comunista, más que el destino de una división, era lo que estaba en juego, nuevos reemplazos fueron enviados con rapidez al frente. La división sería parte de la fuerza que asediaba Leningrado durante el resto de su estancia en Rusia. En ocasiones, los soviéticos montaban contraofensivas y seguidamente los alemanes lanzaban otro asalto en un intento de penetrar en la ciudad. Los españoles estuvieron siempre en la vanguardia de esas acciones, pero según la situación de la guerra empeoraba para el Eje, los británicos ejercían más presión sobre Franco para que declarara la absoluta neutralidad de España y retirara a sus fuerzas de Rusia. En la primavera de 1943, los españoles comenzaron las negociaciones con los alemanes para la retirada de la División Azul, si bien la orden para no hacerlo no le fue dada al general Emilio Esteban-Infantes hasta el 14 de octubre de 1943 (había reemplazado al general Muñoz Grandes como comandante de la división en diciembre de 1942). Con la repatriación preparada, los oficiales hicieron un llamamiento para conseguir voluntarios con los que crear la División Voluntaria o Legión Azul, como se la conocía extraoficialmente. El ministro español de Asuntos Exteriores y el ministro del Ejército fueron incapaces de ponerse de acuerdo en el tamaño de la legión. Desesperado, Esteban-Infantes envió en avión a Madrid al teniente coronel Díaz de Villegas, donde en la mañana del 4 de noviembre se le concedió audiencia con el general Franco, que tardó 20 minutos en tomar una decisión. Para aplacar el resentimiento de los alemanes y de los propios voluntarios, se anunció que se permitiría una “Legión Española” de entre 1000 y 1500 hombres permanecer y continuar la batalla contra el comunismo. Esto significaba que había voluntarios de más. La legión estuvo a las órdenes del coronel Navarro y se conoció como Legión Española de Voluntarios (LEV), que fue asignada a la 121.ª División del Ejército Alemán. Tras dejar a Díaz de Villegas al mando de los restos de la división, Esteban-Infantes voló a Berlín, el 16 de noviembre, para terminar los acuerdos con el alto mando alemán referentes a la división, la legión y las muchas organizaciones de servicios españolas que había en Rusia. El 20 de noviembre de 1943, mientras continuaba el proceso de repatriación de la División Azul, los 1500 voluntarios de la Legión Azul fueron reunidos en un campamento en Yamberg, en la frontera letona. La legión estaba mandada por el coronel Antonio García Navarro y consistía en miembros del cuartel general y la 1.ª y 2.ª Bandera (batallones) mandadas por los comandantes Ibarra y Navarro, respectivamente. Había una 3.ª Bandera mixta con tres compañías de artillería, armas antitanque, zapadores, señaleros y elementos de reconocimiento al mando del comandante Virgili. Tras las operaciones iniciales contra los partisanos a ambos lados de la carretera de Narva, la legión fue transportada hacia el este, hacia Begolovo, Schapki y Kostovo, donde fue adscrita a la 121.ª División alemana. Al cargo de un frente de 11 km, los españoles rechazaron dos fuertes ataques soviéticos el 24 y el 25 de diciembre, con un terrible clima invernal. Un día antes, el 23 de diciembre, el general Esteban Infantes había volado hasta Madrid, mientras que a la mañana siguiente el teniente coronel Díaz de Villegas se embarcaba en un Junkers Ju 88 en Nikolayevka; era el último soldado de la División Azul en dejar el frente. Si bien la capacidad nominal de la división eran 18.000 hombres, el sistema de rotación regular de la tropa y los reemplazos por las bajas implican que hasta 45.000 heroicos voluntarios españoles formaron filas con sus camaradas alemanes en servicio en la 250ª División de infantería entre junio de 1941 y octubre de 1943. En solo dos años de guerra, la División Azul sufrió un total de 12.726 bajas, (demostrando la ferocidad y el compromiso de los españoles), de ellas 3.934muertos, 8.466 heridos y 326 desaparecidos, junto a muchos evacuados por congelación y los tomados prisioneros por los rusos. A comienzos de 1944, todo el frente norte se estaba viniendo abajo por la incesante presión rusa, que, a diferencia de los germanos, poseía ilimitados recursos humanos para enviar al frente, uno tras otro como carne de cañón, ya que el entrenamiento era ineficaz y nunca comparable a la pericia y prestancia guerrera del ejército del Reich. El cerco de Leningrado fue abandonado y comenzó la retirada general hacia el oeste. El 19 de enero, la legión recibió la orden de retirarse hacia el sur, dando comienzo a una lenta y dura marcha por entre la nieve y un intolerable viento glacial, mientras rechazaban los ataques de los partisanos. Tras pasar Ljuban, Sapolgje y Oredesch, la retirada de la legión continúo hasta llegar a Luga el último día de enero. Desde Luga, la unidad fue enviada en tren hasta la zona de Taps-Aiguidu, en Estonia. Allí, los españoles fueron equipados para defender la costa de Narva contra posibles desembarcos soviéticos, pero no tardaron en saber que los gobiernos español y alemán habían llegado a un acuerdo para repatriar la Legión a España. El 21 de marzo partió en trenes hacia Königsberg, desde donde continuo camino hasta que, el 17 de abril de 1944, cruzo la frontera española. Así terminaba la heroica gesta oficial española en la guerra. En abril, el general Franco cerró la frontera con Francia para impedir que ningún español fuera a alistarse voluntario en las fuerzas armadas alemanas, ya que todo patriota español quería continuar la guerra con el Fuhrer en contra del comunismo salvaje. Incluso después de que España se hubiera declarado neutral, algunos ex miembros de la División Azul y de la Legión Azul no podían olvidad la lucha que sus antiguos compañeros de armas alemanes estaban llevando a cabo en el Este. Por lo tanto, hubo muchos voluntarios, miles de ellos, que continuaron luchando en las consagradas filas del Fuhrer y el Reich alemán. Eran miembros tanto de la L.E.V, que se habían negado a regresar a España tras la retirada oficial de la legión, como nuevos voluntarios que consiguieron cruzar los Pirineos y llegar a Lourdes, en Francia, donde el Sonderstab F, una unidad especial del Ejercito alemán, reclutaba a estos guerreros indómitos y leales y bravos hasta la medula y los incorporaba admirados a las heroicas Waffen-SS. En junio de 1944, los españoles fueron agrupados en una unidad especial en el campamento Stablack, cerca de Königsberg. La unidad tomo el nombre del campamento y se convirtió en la Unidad de Voluntarios Stablack. Por entonces solo era una compañía, pero en marzo de 1945 se formo una segunda compañía española de SS. Las dos unidades fueron llamadas entonces SS Freiwilligen Kompanie 101 (españolas) y SS Freiwilligen Kompanie 102 (españolas). Además, un batallón de voluntarios españoles comandado por el SS-Hauptsturmführer Miguel E. Sánchez, sirvió con orgullo y honor con la Waffen-SS hasta el amargo y doloroso final, tomando parte en la heroica defensa final de Berlín en abril y mayo de 1945. “Cuando la División española regrese un día a su país, no podremos darle a ella y a su valeroso general otro certificado que el del reconocimiento de su fidelidad hasta la muerte”.

Adolf Hitler

jueves, 3 de septiembre de 2009

Tácticas de combate del oriente medieval

El papel del lancero en la guerra oriental fue similar al que realizaba en la guerra europea del mismo periodo. Un cuerpo masivo de hombres, todos con lanzas de la misma longitud, podía formar una falange potente que rompiera a través de las filas de infantería enemigas y a la vez ofreciera una barrera contra la penetración de la caballería. Sin embargo, dependiendo de circunstancias particulares los lanceros también podían ser utilizados en formaciones más flexibles. Un ejemplo especialmente interesante procede del generalato de Qi Jiguang (1528-1588) en la era Ming. Este general adquirió mucha experiencia de combate de mediados a finales de 1500 luchando contra los piratas japoneses y los jinetes mongoles. Como respuesta a estos últimos, ideó y desarrolló unidades basadas en carros de dos ruedas. Cada carro tenía una pantalla de protección y llevaba dos piezas ligeras de infantería y cuatro arcabuceros. Cuando la unidad era atacada, los carros podían juntarse para formar una gran y sólida barrera desde la que se disparaba fuego de artillería y de mosquete contra la caballería atacante. Cada carro también llevaba cuatro hombres armados con lanzas cuyo trabajo consistía en rechazar a los enemigos que se acercaban. Asimismo se aventuraban fuera del carro por unas puertas giratorias en la pantalla de protección y atacaban a jinetes individuales. He aquí un ejemplo de lanceros desmontados operando como guerreros individuales en vez de actuar como parte de una masa de infantería, aunque había una distancia establecida sobre cuanto podía alejarse el lancero del carro (alrededor de 7,6 metros). En Japón los lanceros estaban muy adiestrados en cuanto a tácticas y formaciones. En defensa los lanceros ashigaru japoneses podían formaban filas de lanceros de rodillas con las lanzas elevadas hacia arriba en ángulo en formación compacta. El ángulo de las lanzas estaba diseñado para atacar al pecho de los caballos, y o bien mataba al caballo, o bien lo hacía retroceder y tiraba al jinete. Cuando a otros infantes enemigos, los lanceros ashigaru se colocaban de pie y presentaban un muro de hojas mientras avanzaban para tomar contacto. A partir de ahí se entablaba un combate de golpes y estocadas y los lanceros clavaban sus lanzas entre la masa de oponentes. Tal choque no sólo servía para infligir bajas al enemigo, sino que fijaba el centro enemigo (los lanceros solían estar situados en el centro de una línea) mientras que las fuerzas de caballería, más rápidas, maniobraban alrededor de los flancos.

martes, 1 de septiembre de 2009

El método sueco, el asalto masivo

En el este y el norte de Europa, el modelo hispano-holandés no fue nunca aceptado ni puesto en práctica con pericia o entusiasmo. Resultaba demasiado lento y costoso para el tipo de guerras rápidas y móviles que preferían las potencias regionales. Un ejemplo típico fue el de Gustavo Adolfo II, que conquistó gran parte de Alemania sin tener que recurrir a asedios o bombardeos de artillería pesada. Derrotó a sus enemigos del catolicismo imperial en batallas en campo abierto, y no en los lentos y laboriosos cercos que eran comunes en los Países Bajos. Carlos X, su sobrino y sucesor, compartía el desdén de su tío por las operaciones de sitio de ciudades y por los gravosos trenes de asedio. En 1657, abandonó Polonia, que había invadido por la simple razón del ansia de conquista, marchó sobre Dinamarca y atravesó el hielo del Gran Belt y el Pequeño Belt. Llegó a las impresionantes murallas de Copenhague a finales de 1657 y puso sitio a la capital danesa. ¿Pero qué tenía que hacer a continuación? ¿Atacar sin pérdida de tiempo, carente de una artillería poderosa o de un tren de asedio adecuado? La respuesta fue un intento de asaltar las defensas de Copenhague. El 11 de febrero de 1658, Carlos envió dos columnas de tropas, con 5800 hombres en total, sobre la superficie helada que rodeaba a la capital. La primera columna de asalto estaba dirigida por 70 mosqueteros y 150 hombres que portaban escalas de mano. Dado que la fuerza de ataque sueco no tenía artillería, debía recurrir a disparos de granada mediante mosquetes. Aquél fue el único soporte “artillero” de los suecos, pese a que los daneses contaban con una potente artillería sobre sus murallas. Los suecos asaltaron y tomaron dos barcos cañoneros que estaban inmovilizados en el puerto. Los daneses, desesperados, comprendieron que si los perdían, su lucha por conservar la independencia llegaría pronto a su fin. Entretanto, unos 100 soldados realizaron un ataque de distracción contra el suburbio fortificado de Christianshavn, pero esta ofensiva fracasó completamente a pesar de tres valerosos intentos de escalar los muros. El arriesgado juego de Carlos dependía enteramente de una labor de inteligencia inadecuada, al cargo de su jefe de espías, Eric Dahlberg. Éste comunicó al rey que en el muro sur de Copenhague (en el lado del mar) había una puerta sin protección, situada entre la muralla principal y la ciudadela. Unos 3000 suecos, inspirados por los bränwin (espíritus) y aullando gritos de combate, cruzaron el hielo en dirección a este supuesto punto débil, para descubrir que no había tal puerta en las murallas. Los daneses habían dispuesto en este sector expuesto lo mejor de su artillería y sus mosquetes, y dieron a sus odiados enemigos un caluroso recibimiento: grandas, disparos y balas de sus 100 cañones y más de 1000 mosquetes. Los suecos arrojaron sus garfios de asalto hacia la parte superior de las murallas e intentaron trepar por las escalas. Algunos consiguieron montar estas escalas, y tal vez uno o dos subieran hasta arriba, para ser abatidos o golpeados por los defensores. Sus camaradas, desde el suelo, no podían hacer gran cosa, y los suecos murieron por centenares, víctimas del fuego de mosquetes y artillería o despedazados por las grandes arrojadas por los defensores. Bajo las murallas, extendidos por el suelo, quedaron amontonados en pilas de cadáveres.
El asalto había sido un absoluto fracaso, debido al apresuramiento de Carlos X y a la ineficacia de Dahlberg en su misión de espionaje. Los suecos sufrieron más de 2000 bajas, casi la mitad de la fuerza de ataque. Las bajas danesas fueron pocas: únicamente 20 muertos y menos de 100 heridos. Aquello demostró que una fortificación podía salvar a un estado de la destrucción e ilustró claramente los riesgos del asalto contra una ciudad fortificada y bien guarnecida.
Carlos X murió sin tener tiempo de rectificar sus errores. Dahlberg, el desastroso jefe de espías, si extrajo de la experiencia un buen aprendizaje. Como gobernador de los estados bálticos, construyó una magnífica línea de fuertes para defender la región contra una invasión rusa que llegaría en 1710-1711.