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lunes, 12 de enero de 2009

Los legionarios romanos, los engranajes perfectos de la maquinaria guerrera mas poderosa.

Ningún pueblo antiguo tomo la profesión militar con mas seriedad que los romanos. Hicieron la guerra desde las costas de Galilea hasta los lluviosos acantilados del norte de Inglaterra. La seguridad de su basto imperio, que abarcaba a 60 millones de habitantes, dependía de sus eficientes y poderosas fuerzas armadas, listas para entrar en acción en cualquier momento. El ejército romano, en el cenit del imperio, fue una devastadora y efectiva maquinaria de guerra nunca antes visto en el mundo. Su unidad básica era la legión, integrada por 6.000 hombres, casi todos ellos soldados de infantería. También comprendía entre 100 y 200 jinetes exploradores, portaestandartes y capotes de desertores. Pero los romanos no eran jinetes entusiastas. Cuando se veían obligados a reclutar regimientos de caballería, generalmente utilizaban ayudantes extranjeros, especialmente galos y tracianos. Estos también eran arqueros, honderos y lanzadores de jabalina. Pero el soldado romano arquetípico, el legionario, debía ser ciudadano romano, y los reclutas pasaban por un riguroso programa de selección antes de ser aceptados en las filas.
Los reclutas debían tener una estatura mínima de 1,70mts, y se les examinaba médicamente para asegurarse de que estaban sanos y de que su vista era buena. Un legionario se enrolaba durante 20 años. Era un compromiso importante. Pero todos eran voluntarios, que se alistaban por la paga, la gloria, la oportunidad de ver mundo, o de progresar. A través del ejército un joven campesino podía ascender al rango de centurión, con ochenta hombres bajo su mando. Pero ningún legionario de origen humilde podía aspirar a entrar a la clase de los oficiales. La clave para la promoción a los altos niveles era la educación, la riqueza y el rango: el compañerismo o “compadrazgo” sistemático, que operaba entre las familias de la nobleza. Al ser aceptado, el recluta era enviado al campo de entrenamiento, donde pasaba, bajo implacable disciplina, el resto de su servicio obligatorio. Los soldados marchaban en el campo todos los días bajo las roncas órdenes de un centurión que empuñaba un bastón, símbolo de su rango, e instrumento de castigo. Uno de estos centuriones se gano el apodo de “trae otro”, por la cantidad de báculos que rompió en las espaldas de sus soldados. En las maniobras, los soldados atacaban estacas de 1,80mts de alto, golpeándolas con los tachones de sus escudos y clavándoles las espadas. Los reclutas bisoños lo hacían con armas de práctica de doble peso. Con equipo completo encima los hombres debían correr, saltar, y librar caballos de madera. Durante el verano aprendían a nadar y realizaban marchas forzadas y simulacros de batallas, en preparación para los futuros combates. El equipo reglamentario de los soldados cambio con el tiempo; pero en el siglo I d.C. incluía un casco de hierro, armadura de anillas de hierro, o tiras de metal entrelazadas, un escudo de madera terciada, dos pesadas pilum o jabalinas, una daga, la característica espada corta, llamada gladius, y fuertes sandalias de cuero. Caminar sobre lodo era la rutina legionaria: los soldados debían marchar sobre desierto, montañas o bosques, a un ritmo de unos 30km diarios.
Los legionarios romanos no solo cargaban armaduras y armas, sino también canastas, pico, hacha, sierra, ollas de cocina, dos estacas de la empalizada que fortificaba su campamento, y suficiente grano para sobrevivir 15 días. Todo esto pesaba en total 40kg, casi el doble de lo que cargan los soldados modernos con equipo completo. En batalla, la firmeza de los legionarios era pasmosa. En el año 77d.C. el historiador judío Josefo comento: “su perfecta disciplina hace que los soldados se comporten como uno solo; tan compactas son sus filas, tan alertas sus movimientos, tan rápidos son sus oídos para escuchar ordenes, sus ojos para ver señales, sus manos para realizar labores.” La disciplina legionaria triunfo una y otra vez sobre los ataques de los implacables bárbaros. También eran impresionantes en los sitios. Para tomar las puertas de las ciudades, grupos de 27 legionarios se formaban en “testudos”, o formación de tortuga: hacían un grupo compacto y levantaban sus escudos para formar “caparazones” armados contra los proyectiles enemigos. También utilizaban torres móviles, rampas, escalinatas y gigantescas catapultas llamadas ballista, para arrojar rocas y dardos ardientes contra el enemigo. Las victorias se celebraban apropiadamente. Se estilaba realizar “triunfos” en Roma, celebraciones públicas para dar la bienvenida a los comandantes y sus tropas, con deslumbrante procesiones de carros alegóricos, portaestandartes, trompetas, desfiles de prisioneros y la ejecución ritual de los líderes enemigos en un lugar cerca del foro. El fracaso era visto con desprecio, y una unidad desobediente o cobarde, sufría la “decimación”: un soldados de cada 10 era golpeado por sus compañeros de armas hasta morir. Los deberes rutinarios de las legiones incluían patrullar las fronteras, escoltar, construir campamentos, puentes y caminos. Los legionarios pasaban gran parte de su tiempo en faenas dentro o alrededor de los fuertes, erigidos donde quiera que llegaran las legiones. Construidos con piedras, de acuerdo con diseños uniformes, los fuertes incluían barracas, cuartel general, graneros, letrinas, un hospital y arsenales. El emperador Adriano marco la frontera norte del imperio con una muralla de 129km que cruzaba la parte mas estrecha de Inglaterra, con 16 guarniciones instaladas a intervalos regulares. Esta asombrosa fortificación requirió de 764.000 mts cúbicos de piedra. Aquí y en otras partes, los asentamientos se desarrollaron cerca de los fuertes, con tiendas y tabernas donde los soldados jugaban a los dados y gastaban sus sueldos en mujeres y bebidas. Pero no todo era libertinaje, pues también descansaban en baños calientes de vapor y escribiendo cartas a casa. Los legionarios no tenían permitido casarse, pero muchos iniciaron familias no oficiales con las mujeres del lugar, difundiendo así el estilo de vida romano y la lengua latina.

jueves, 11 de diciembre de 2008

La guerra en la Grecia antigua

Dos ejércitos avanzan uno hacia el otro e inician la batalla al sonar las flautas. Los destellos del sol caen en los cascos con crestas y en el hierro de las lanzas; el rugido de cánticos de guerra surge de miles de gargantas. Las trompetas emiten una señal estridente. Los ejércitos alzan sus lanzas para ir a la carga, y comienzan a correr. Avanzan hacia la lucha cuerpo a cuerpo, y el choque de las espadas con los escudos es ensordecedor. Para los pueblos de la antigua Grecia, el enfrentamiento entre los ejércitos, en el campo de batalla, era un aspecto familiar de la vida. Las ciudades estado guerreaban entre si con regularidad y ante el menor pretexto. Todos los ciudadanos, es decir, los varones, estaban obligados a combatir, aunque solo Esparta tenia un ejercito profesional. La temporada de guerra empezaba en marzo y terminaba en octubre, para que los hombres regresaran a cosechar aceitunas y a hacer vino. En la economía agrícola de las ciudades estado, el mejor método para provocar a un enemigo era destruir sus cosechas, o amenazar con hacerlo. A pesar de las hostilidades, los griegos eran capaces de formar un eficiente ejército nacional cuando sentían una amenaza externa. El enemigo principal durante el periodo clásico fue el imperio persa, y esta guerra abarco los primeros años del siglo V a.C. posteriormente, los griegos se enorgullecieron de su victoria sobre el ejército persa en Maratón, en el año 490 a.C., y sobre la flota persa en Salamina, diez años mas tarde. En Atenas, los jóvenes entre 18 y 20 años de edad, llamados “efegoi”, eran entrenados militarmente. Se alistaba a cualquier hombre entre 18 y 60 años, aunque después de los 50 eran emplazados en las guarniciones. En las emergencias, se alistaban tanto a los cadetes como a los veteranos. El soldado que se despide de su esposa e hijos para partir a la guerra es una escena que los artistas griegos retrataron con ternura e idealismo en gran cantidad de pinturas y esculturas. La infantería era la columna vertebral del ejército. Todo ciudadano con recursos que pudiera comprar la armadura se convertía en un hoplita u “hombre armado”. Debía adquirir un casco de bronce, armadura y grebas de bronce que lo cubrían del tobillo a la rodilla. Vestía una capa y sandalias de cuero, y portaba una espada corta, una lanza con punta de hierro y un escudo con el emblema de su tribu. En las marchas forzadas, los esclavos cargaban por sus amos este pesado equipo. En batalla, los hoplitas se formaban en falanges: grupos de soldados alineados en una fila tras otra, con las lanzas apuntando al frente. En un principio las lanzas se arrojaban al enemigo, pero después se usaron para embestir. Los hoplitas se formaban en el centro, en los costados marchaban soldados con armas ligeras, y los flancos estaban integrados por soldados pobres, equipados solo con arcos, flechas u hondas. Durante los siglos VIII y VII a.C., fue común la guerra de caballería, pero posteriormente la infantería tuvo el papel protagónico. Las crónicas de las Guerras Medicas no mencionan a la caballería; sin embargo, durante la Guerra del Peloponeso, entre Atenas y Esparta, la caballería recupero su prominencia.
Tal vez los factores económicos influyeron en esto, pues los soldados de caballería debían comprar sus propias monturas y darles mantenimiento. Los caballos no estaban ensillados y los jinetes montaban a pelo, o sobre sabanas o pieles; y calzaban botas con espuelas. Tanto los jinetes como los caballos usaban armaduras compuestas de pequeñas placas metálicas montadas sobre cuero o tela. Además de combatir fuera de ellas, los griegos fortificaban las ciudades en si. Casi todas sus poblaciones se iniciaron como ciudadelas en los siglos de la Edad de Bronce, y fueron construidas sobre colinas para facilitar la defensa. El ejemplo mas famoso es la Acrópolis de Atenas, donde se fortificaron los contornos naturales de la colina rocosa con sólidos muros de piedra, que protegían a la población en tiempos de guerra. Tras las Guerras Medicas, los atenienses construyeron un muro alrededor de su puerto en El Pireo, que unieron a la muralla de Atenas con un corredor amurallado de seis kilómetros. A veces los griegos asediaban las ciudadelas amuralladas construyendo terraplenes. En su Historia de la Guerra del Peloponeso, Tucídides, describe que en el año 429 a.C. los espartanos construyeron un terraplén apoyado en las murallas de Platea, en Grecia Central, y la atacaron con lanzas, azufre, brea y zarzas ardientes. Los plateos se rindieron tras un sitio de dos años, y los espartanos los exterminaron. A diferencia de los estados en la Grecia continental, Atenas baso su poder en la fuerza naval. Luego de la derrota final de los persas en Platea, en el año 479 a.C., Atenas se unió con otros estados Egeos para formar la Liga Delica ( en honor de la Isla de Delos), la cual financio la defensa colectiva contra Persia. Con estos fondos Atenas construyo su poderosa flota.
Las naves de guerra eran de tres tipos: pentacontras, birremes, trirremes. La pentacontra era una goleta con cincuenta remeros; la birreme tenía dos filas de remos, una sobre la otra, en cada costado, con uno o más remeros por remo. La trirreme tenía tres hileras de remos. Usada por primera vez en el siglo VI, la trirreme ya era la nave más común en las Guerras Medicas. De treinta y seis metros de largo, tenia en su proa un mascaron o un símbolo pintado, y una gran vela cuadrada en el mástil delantero. Su timón eran dos paletas en la popa, y la impulsaban 170 remos. Había un remero por cada remo, y estos no eran esclavos, sino ciudadanos libres. Al navegar con viento a favor, la trirreme izaba su vela; en la calma o con viento en contra, se la impulsaba con la fila inferior de remos. En la batalla se usaban las tres filas, cuyo ritmo era fijado por el flautista del barco, que tocaba un aulo de dos tubos. Remando con todas sus fuerzas, apuntaban el espolón de proa contra la embarcación enemiga.

martes, 9 de diciembre de 2008

Vida y caída del caballero medieval

Durante el apogeo de los siglos XII y XIII, los amos de la guerra medieval fueron las bandas de caballeros con armadura que galopaban contra soldados de infantería mal entrenados. Eran persopnaje4s aterradores, imponentes con los yelmos que le protegían la cabeza, y los gallardetes heráldicos en sus escudos y sobrevestes. Las normas caballerescas de la elegancia en combate fueron importantes en la literatura, pero la mayor parte del combate en aquellos días era, en realidad, a poca escala y algo sórdida: los caballeros hacían incursiones armadas en territorio enemigo, y los civiles que no se protegían en castillos o en las murallas de una ciudad eran masacrados.
La forma de combate mas común era el sitio. Los caballeros no tenían piedad por los derrotados. El cronista francés Froissart describió la manera en que Eduardo, el príncipe negro de Inglaterra, mando a sus tropas que acabaran con los más de 3000 habitantes de Limoges, luego de tomar la ciudad en 1370. Los soldados a caballo, entre los cuales estaba la elite de los caballeros, iban adelante en los primeros ejércitos medievales; la infantería quedaba en la retaguardia, para asegurar la base de la batalla. Caballeros y nobles comandaban sus propias formaciones de hombres con armadura; a cada uno lo asistían un escudero, un paje y, a veces, un arquero. Cuando los caballeros se lanzaban a la carga, eran terribles y devastadores, aunque tenían un punto débil: como cargaban pesadas armaduras, eran muy vulnerables si perdían su montura. No es cierto que los caballeros caídos quedaran totalmente indefensos, pero les era muy difícil incorporarse. Si caían boca abajo, el enemigo les golpeaba el yelmo con mazas hasta incrustárselo en el cráneo; de caer de espaldas, se les levantaba la visera, y solo alcanzaban a ver el brillo del acero de la daga enemiga, antes de que se la clavaran en un ojo. Pero la época caballeresca quedo atrás. El principio del fin ocurrió en 1392, en la batalla de Nicopolis, en la que un ejército occidental de caballeros montados fue repelido por una tropa turca, que se poyaban en la disciplinada infantería de Jenízaros.
Antes de existir la artillería, el peor enemigo de los caballeros eran los arqueros. Había dos clases de arco: la ballesta, utilizada por las tropas europeas, y el arco largo, favorecido por ingleses y galeses. La ballesta era un arma sumamente precisa, y el impacto y velocidad de sus flechas le permitía perforar armaduras impenetrables para otras armas. El arco largo, un arma de origen Gales, adoptada y desarrollada por los ingleses, podía disparar mas flechas que una ballesta: hasta diez por minuto, si el arquero era hábil. Sin embargo, su rango de alcance era de 256mts, ligeramente menor que el de la ballesta. También era menos preciso, pero su ritmo de disparo compensaba estas limitaciones. Los arcos largos estaban hechos de estacas de tejo u olmo, con una longitud de 1,80mts, tensados con cuerda. Los reyes ingleses valoraron tanto a los arqueros experimentados durante la guerra de los 100 años (1338-1453) que llegaron a pagarles hasta 6 peniques por día, un sueldo excepcionalmente alto en su época. Tanto para el arquero como para el soldado de infantería de bajo rango, la vida en campaña era de penurias. Una marcha forzada, incluso sin acción militar, cubría hasta 20km las distancias se fijaban de acuerdo con las necesidades de los caballeros, no de los soldados, además, los reclutas estaban sujetos a una total disciplina militar, donde los castigos incluían desde azotes hasta ahorcamiento, pasando por multas o tareas adicionales, en caso de delitos como robar o dormirse cuando tocaba vigilar. La comida era escasa, incierta y mal surtida: los soldados recurrían al saqueo para complementarla. El sueldo de un recluta en campaña era poco mayor que el de un civil por un día de trabajo y, frecuentemente, se le pagaba con retraso. Los soldados se sofocaban en verano y se helaban en invierno. Era mas probable que murieran de peste o disentería que en batalla. El comisario tenia que hallar grano para la ración de los soldados, molerlo y hornearlo; también la cerveza, el pescado salado y el queso. Además, las provisiones, así como tiendas y equipo personal de los soldados, debían ser transportados, por lo que se agregaban carretas y vagones a las columnas en marcha. Una campaña inglesa en Francia significaba incorporan unas 50000 personas en marcha, incluidas las prostitutas. ¿Porque, entonces, los civiles jóvenes se enrolaban y tomaban el “chelín del rey”, suma que, una vez aceptada, los unía permanentemente al ejército? En muchos casos, eran reclutados por la fuerza; en otro, impelidos por el hambre. Existía la posibilidad de obtener ganancias mediante el saqueo y el pillaje. Además de soldados, todo ejército tenía mercenarios que, por contrato, peleaban a favor de cualquiera que los empleara; no reconocían ninguna autoridad que no fuera la del líder que ellos mismos habían elegido. Los caballeros, que antes dominaban la guerra medieval, se hicieron más vulnerables ante las armas cada vez más eficaces. El arquero uso la ballesta, instrumento mortífero que disparaba flechas o cortos clavos con punta de acero de enorme poder, capaces de perforar las armaduras más gruesas. La alabarda, combinación de lanza y hacha, podía derribar a un caballero de su montura, y apuñalarlo en cuanto caía. La infantería clavaba postes en el suelo, para formar una barrera contra la caballería, y giraba mayales adaptados de las herramientas para trillar granos, cuyo efecto era mortal. Pero el advenimiento de la pólvora, a principios del siglo XIV, volvió obsoletos al caballero con armadura y al castillo, su antigua base de operaciones, que ya no era inexpugnable. Los cañones, usados por primera vez en el asedio a Metz, en 1324, pronto sometieron incluso a las edificaciones más orgullosas.

lunes, 1 de diciembre de 2008

Egospótamos, al fin Esparta vence a Atenas en el mar


Atenas y Esparta se enfrentaron entre si en la larga y reñida serie de campañas, hoy conocidas como guerra del Peloponeso, en la que el imperialismo naval ateniense se enfrento al superlativo ejercito de Esparta y sus aliados terrestres. En una de las grandes vindicaciones de poder marítimo, la flota ateniense y las fuentes de suministro de allende el mar habían servido para contrarrestar la superioridad espartana en el combate terrestre, que dejo el territorio ateniense y el de sus aliados devastado mientras la ciudad sobrevivía al ataque, la peste, el desastre militar en Sicilia y el asedio merced a los suministros que recibían de los campos de cereal del distante mar Negro. Entre tanto, Esparta había encontrado algunos medios para dañar la yugular ateniense, y para ello necesitaba una flota. Las biografías de Plutarco sobre Lisandro y Alcibíades refieren cuales fueron estos medios, y sus posibilidades de éxito. Los persas, después de una estrategia diplomática, indudablemente satisfactoria, de cortejo y humillación de ambos bandos, acordaron finalmente sufragar la construcción de una armada bajo control espartano, una decisión previsible dada la serie de ataques atenienses contra el imperio persa en la primera parte del siglo IV. El nuevo escuadrón espartano bajo el primer almirante de Esparta, Calicrátidas, logro destruir a un menguado escuadrón ateniense frente a Eretria en el año 411 a.C., pero tuvo un encuentro desastroso frente una flota ateniense reconstruida en Arginusas en el 406; Calicrátidas murió ahogado. Después de esta debacle, se produjo en ambos bandos un cambio importante en el mando militar, que hace del ejemplo de Egospótamos el más pertinente para analizar el manejo del mando y el control en el mundo antiguo. Esparta relevo a su almirante caído por Lisandro, un hombre brillante, oportunista y sin escrúpulos. Seis de los almirantes supervivientes mas admirados de Atenas estuvieron al mando de la flota ateniense en Arginusas; los seis fueron ejecutados por el voto de la asamblea ateniense al no lograr rescatar a los supervivientes de 27 barcos inutilizados por la acción. Así, la ira ateniense por aquel fracaso tuvo como resultado la suicida decapitación de la vital armada de Atenas, y el desastroso resultado de aquel ejercicio del control civil sobre el militar no tardo en llegar. La competencia y las aptitudes diplomáticas de Lisandro consiguieron un creciente apoyo financiero de Persia, que se plasmo en una flota del Peloponeso reconstruida y peligrosa. El traidor y exiliado ateniense Alcibíades se aprovecho del desastre para asumir un breve y victorioso mando de la flota de Atenas, pero su propio y bastante justificado carácter político receloso le llevo al exilio antes que se cumpliera la amenaza de ejecución por parte de un vengativo y suspicaz electorado ateniense. Los tres almirantes enviados para sustituir a Alcibíades fueron Tideo, Menandro y Adimanto, quienes dieron a la historia uno de los ejemplos más claros de los efectos desastrosos de una estrepitosa incompetencia. Remiso a encontrarse con la flota ateniense después del desastre de Arginusas y de los reveses en otras escaramuzas, Lisandro opto por la táctica del seguimiento y la vigilancia mientras se desplazaba a un nuevo lugar de anclaje cerca del vital estrechamiento de la ruta de suministros atenienses creado por el Helesponto. El lugar era una elección excelente para el abastecimiento y el descanso de las tripulaciones atenienses, un gran numero de las cuales estaba integrado por votantes, de cuya ira los almirantes debían protegerse. Sin embargo, como posición defensiva estaba tan torpemente escogida que el propio Alcibíades regreso desde la seguridad de su exilio para advertir a sus sucesores del peligro, con la flota espartana establecida y guarnecida en Lampsaco, en la orilla opuesta. Sus advertencias fueron vanas, y los tres almirantes atenienses se establecieron en una rutina confortable y desastrosamente predecible de salir al mar por la mañana, ofrecer batalla a la flota espartana, regresar a su fondeadero y enviar a los hombres a la costa para un agradable almuerzo. Lisandro no era de quienes dejarían pasar una oportunidad tan clara. Cuando las tripulaciones atenienses desembarcaron, la flota de Esparta se hizo a la mar y cayo sobre el grupo de más de 200 barcos, en un ataque sincronizado por una señal óptica (el destello de un escudo lustrado) lanzada desde un barco espartano de reconocimiento. Los barcos espartanos arremetieron contra el fondeadero ateniense y remolcaron los barcos sin gobierno. Lo que siguió fue una matanza. Los marinos espartanos tomaron tierra, rodearon a los 3.000 tripulantes y oficiales atenienses, los apresaron y los masacraron. Al haber enviado a los hombres a la costa, los almirantes atenienses no tuvieron forma de gobernar sus barcos con rapidez ni de montar ninguna clase de defensa. Un comandante ateniense en alerta, Conón, y ocho de los barcos lograron escapar del desastre. La democracia ateniense se encontró con un gran numero de refugiados dentro de su ciudad ante el avance y crecimiento de la flota espartana, en el punto culminante de la campaña, y la guerra llego a Atenas cuando Lisandro sometió a un bloqueo metódico a la ciudad hasta que la democracia ateniense hubo de someterse y rendirse a la autoridad y ocupación de Esparta. Un imperio y un estado autoritario combinaron sus recursos y su relativa tenacidad para convertirlos en victoria sobre la tumultuosa y, a la postre, autodestructiva democracia de Atenas.

jueves, 27 de noviembre de 2008

"Alea jacta est", Julio César se vuelve inmortal

Cayo Julio César nació en Roma en el año 100 a.C. De noble origen, pues descendía, de la antigua gens Julia, era sobrino de Mario y yerno de Cinna.
Afirmaba que su estirpe procedía de la diosa Venus y del rey Anco Marcio, circunstancias que le permitían ambicionar cualquier dignidad, por mas alta que fuera.
Físicamente era alto, delgado, de tez pálida, mirada penetrante y rasgos refinados e inteligentes. Muy elegante en el vestir, ceñía su toga con afectado desaliño, estudiado detalle que realzaba su presencia.

Sus extraordinarias cualidades lo presentan como un hombre excepcional, pues demostró en todos los órdenes consumada capacidad. Se destaco como gran guerrero, orador, escritor y político. De buen corazón, era generoso en extremo y por sus suaves modales y arrebatadora elocuencia no tardo en convertirse en el favorito de todos. Tenía una memoria prodigiosa y sentía inclinación por las matemáticas, como lo prueban la reforma de calendario y las diversas obras de ingeniería que proyecto durante sus campañas militares. Dotado de gran capacidad para el trabajo, podía dictar, simultáneamente, a siete secretarios.
Sin embargo como militar fue muy ambicioso, díscolo y audaz, características que le permitieron hacerse dueño del mundo romano.

A pesar de ser descendiente de una familia patricia, César se inclino hacia el partido popular y, dominado por la ambición, puso todo su genio político y su audacia para erigirse en el único jefe de la decadente republica.
César no se precipito en llevar a cabo sus planes y juzgo prudente comenzar su carrera política asociándose a dos hombres muy destacados en Roma: el vanidoso Pompeyo, que había regresado del Asia, y el opulento Craso.
Pompeyo fue recibido fríamente en Roma a pesar de su victoria sobre Mitrídates pues, durante su ausencia, los senadores lo habían desprestigiado ante el pueblo por haber abolido las leyes de Sila.

Por otra parte, Craso, a pesar de su dinero, no lograba reunir la mayoría a su favor. Estas circunstancias explican porque aceptaron la alianza con César, que ya se distinguía por su talento.
En el año 60 a.C. tres hombres pactan una coalición secreta para dirigir la Republica: César, el estadista; Pompeyo, el general; u Craso, el capitalista. Esta liga fue llamada, mas tarde, “el Primer Triunvirato”.
Los tres socios no tardaron en separarse. César fue designado procónsul de las Galias (norte de Italia y actual Francia) y se alejo de Roma con su ejército para ocupar el gobierno de esas provincias.

Pompeyo obtuvo el mando de España y África, provincias a las que envió lugartenientes pues, temeroso de perder popularidad, se quedo en Roma.
Craso fue destinado a Oriente (provincia de Siria) y, para aumentar sus riquezas, inicio una campaña contra los partos, pero fue vencido y muerto.
César debía someter un territorio que se extendía desde el Rin hasta los Pirineos, exceptuando la Galia Narbonense (que bordeaba el mar Mediterráneo) que, desde la época de Mario, era una provincia romana.
El país estaba dividido en numerosas tribus independientes, las cuales comprendían tres grandes grupos: los Aquitanios, al sur, los Galos propiamente dichos en la región central, y los Belgas, en el norte. Estos pueblos se hallaban enemistados por luchas intestinas y amenazados por los Helvecios, que habitaban la actual Suiza y por los Germanos radicados en las comarcas ribereñas del Rin.

Después de cuatro años de lucha, Julio César había sometido diversas tribus y anexado amplios territorios; sin embargo, los Galos no estaban vencidos. Un guerrero llamado Vercingetórix diose cuenta de que era necesaria la unión de todos los habitantes para ofrecer resistencia al invasor. Con gran habilidad, el caudillo encabezo una rebelión general de los galos, quienes exterminaron diversas guarniciones romanas.
El imbatible César sufrió algunos contrastes, aunque finalmente logro rodear a los galos en la ciudad de Alesia, donde para impedir la fuga de los defensores, construyo una doble línea fortificada.

Ante la imposibilidad de toda resistencia y para salvar la vida de sus compatriotas, Vercingetórix, vistiendo sus mejores armaduras, se rindió a los pies de César. Desde ese momento, los romanos dominaron a toda la Galia, año 51 a.C.
Muerto Craso y ausente César, Pompeyo fue el personaje más importante de Roma. Los brillantes triunfos que el segundo había obtenido en las Galias despertaron envidias y recelos en Pompeyo, quien consiguió el apoyo del Senado para eliminar el prestigio de su antiguo aliado.
Encontrándose César en la Galia Cisalpina recibió una orden por la cual debía licenciar sus tropas y regresar a Roma como simple ciudadano. Además enterose de que Pompeyo había sido nombrado cónsul único, es decir, dictador.

Entonces César, a la cabeza de sus legiones victoriosas decidió avanzar sobre Roma, para ello cruzo el Rubicón, riachuelo que vertía sus aguas en el Adriático, y que era el limite entre Italia y la Galia Cisalpina.
Las leyes romanas prohibían a todo general trasladarse de una provincia a otra con sus tropas armadas y era obligatorio licenciarlas. Pasar el rio era iniciar abiertamente una nueva guerra civil.
César atravesó el Rubicón pronunciando la famosa frase. “alea jacta est (la suerte esta echada)”.
En rápida marcha penetro en Roma mientras Pompeyo, junto con miembros del Senado y la nobleza, buscaban refugio en Grecia.

César organizo un nuevo Senado y se hizo nombrar dictador. Siguió una política moderada, no persiguió a los opositores y trato de restablecer la tranquilidad.
Antes de emprender una campaña decisiva contra Pompeyo prefirió trasladarse a España para combatir a “un ejercito sin general”, según sus propias palabras. Allí consiguió un fácil triunfo sobre las legiones que permanecían fieles a su adversario, en la batalla de Lérida.
A principios del año 48 a.C., César regreso a Roma y luego se dirigió a Grecia, librando en agosto una batalla decisiva en la llanura de Farsalia. Pompeyo, derrotado, huyo a Egipto, donde fue asesinado cobardemente por orden del rey Tolomeo XII.

César llego en esos momentos y, disgustado por el crimen, destrono al rey y proclamo soberana a Cleopatra (hermana del monarca depuesto).
Desde Egipto César se traslado al Asia Menor, donde en cinco días venció a Farnaces, hijo de Mitridates.
Mientras César se hallaba en Oriente, los miembros del partido Pompeyano habían organizado un nuevo ejercito en África a las ordenes de Catón el Joven (descendiente de Catón en Censor). Sin perder tiempo, César cruzo el Mediterráneo y venció a sus enemigos en la batalla de Tapso, en abril del año 46 a.C.
César regreso a Roma y fue honrado con cuatro triunfos por sus victorias en la Galia, en Egipto, en Oriente y en África.

Al poco tiempo se dirigió a España para combatir a dos hijos de Pompeyo, Cneo y Sexto, que habían organizado un ejercito muy poderoso. El encuentro se produjo en Munda y, al término de una terrible batalla, César resulto nuevamente vencedor, marzo del año 45 a.C.
Derrotados los partidarios de Pompeyo y sometidos todos los territorios provinciales, César regreso a Roma y se hizo nombrar dictador perpetuo. Además el Senado le otorgo el titulo de Imperator (general triunfador), mando acuñar su efigie en las monedas y designo con el nombre de Julio el mes de su nacimiento.

En realidad, César estableció una monarquía con formas y nombres republicanos. Respeto las antiguas magistraturas y transformo el Senado en un mero cuerpo consultivo. En su persona residía la mayor autoridad con el titulo de “Imperator” o comandante en jefe (de este termino deriva la palabra Emperador).

Al frente del gobierno, César demostró ser no solo un gran general, sino un excelente estadista. No abuso del poder y fue clemente con los vencidos.
Favoreció el comercio y la industria, repartió tierras y creo colonias para los pobres, otorgo el derecho de ciudadanía a los habitantes de la Galia Cisalpina, impidió los abusos que cometían los gobernadores y reformo el calendario.

Proyectaba unificar las leyes romanas para someter todos los pueblos a la misma legislación, crear una gran biblioteca griega y latina, embellecer a Roma y emprender nuevas guerras de conquista, pero el crimen puso fin a tantas realizaciones. Un grupo de republicanos exaltados, con contando con el apoyo de los miembros del Senado, resolvió asesinar al dictador. Lo acusaban de ambicionar el titulo de rey y también de haber eliminado la antigua Constitución romana.
A la cabeza de los conjurados estaban dos pretores: Marco Bruto, pariente directo de César y Casio Longino, oficial que había luchado bajo las órdenes de Pompeyo.

El 15 de marzo del año 44 a.C. antes de entrar al Senado, César es puesto en aviso de que el partido aristocrático estaba dispuesto a matarlo, pero no se inmuto, camino firme hacia la escalinata del recinto y antes de ingresar mira el cielo por ultima vez logrando ver sobrevolar a un águila, entonces resignado repite nuevamente su frase “alea jacta est”. Ya dentro del edificio, los conjurados lo rodean y aunque en principio quiso defenderse, finalmente se entrego a los asesinos que le atravesaron el cuerpo de veintitrés puñaladas. Irónicamente, César cae muerto al lado de la estatua de Pompeyo, un segundo antes de su último suspiro, César, ve la escultura y sonríe por última vez.