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martes, 17 de junio de 2008

Pirro y su epoca.

Contexto histórico
Bajo Ptolomeo II, Egipto siguió floreciendo. El nuevo rey se preocupó aún más que su padre por la economía egipcia. El sistema de canales se hizo mucho más eficaz. Puso de nuevo en funcionamiento el canal que unía el Nilo con el mar Rojo, exploró el Alto Nilo, fundó ciudades en ambas orillas del mar Rojo para proteger el comercio, modificó la política sobre el lago Moeris: en lugar de mantener alto el nivel del agua, lo drenó parcialmente y dispuso una amplia red de canales para regar el suelo que había quedado al descubierto. La población de la zona aumentó, al igual que las ciudades. Para proteger el comercio por el Mediterráneo mandó construir una alta torre en el puerto de Alejandría, en la isla de Faros: tenía una base cuadrada de unos 25 metros de lado y su altura debía de ser de más de 150 metros (algunos dicen que 250). Estaba coronada por una estatua del dios Poseidón, y en su cúspide se mantenía encendida una gran hoguera que por la noche se veía desde lo lejos y orientaba a los barcos. Otra obra monumental en la ciudad fue un mausoleo para Alejandro Magno, cuyos restos fueron trasladados desde Menfis.
También continuó la política de mecenazgo de su padre. Persuadió a un sacerdote llamado Manetón para que escribiera una historia de Egipto en griego. Por desgracia la obra no se conserva, pero las referencias a ella por parte de otros autores son una de las mejores fuentes que tenemos de la historia del país. La biblioteca de Alejandría siguó creciendo. Entre los numerosos científicos que acogió estaba Euclides, del que no sabemos gran cosa, salvo que vivió en el siglo III, pero escribió un tratado en el que exponía la aritmética y la geometría griegas de forma sistemática y siguiendo un método axiomático que ha sido considerado perfecto durante miles de años, y hasta hace poco seguía usándose como libro de texto fundamental.
Otra figura ilustre de la época fue Aristarco de Samos, que midió la distancia relativa de la Tierra a la Luna y al Sol. Su teoría era correcta, pero, como no disponía de instrumentos de medida adecuados, concluyó que el Sol está veinte veces más lejos que la Luna (cuando en realidad está 400 veces más lejos). De aquí llegó a la conclusión de que el Sol tiene un diámetro siete veces mayor que el de la Tierra (en realidad es 100 veces mayor). Lo importante es que a partir de estos datos Aristarco consideró poco creíble que el Sol gire alrededor de la Tierra, y pensó que era más razonable suponer que la Tierra y los demás planetas giran alrededor del Sol. Desgraciadamente, las ideas de Aristarco no fueron compartidas por sus contemporáneos y fueron olvidadas. En 280 Rodas terminó la construcción de la estatua con la que se propuso conmemorar su resistencia al sitio de Demetrio años atrás. Se trataba de una imagen del dios del Sol, que al parecer era el que les había salvado. Pasó a ser conocida como el coloso de Rodas, pues medía unos 35 metros de alto y estaba situada en el puerto, de modo que podía verse desde lo lejos. Enfrentamiento de titanes.
Pero el acontecimiento más interesante que estaba a punto de tener lugar era el enfrentamiento entre los dos ejércitos más sofisticados del mundo: la legión romana y la falange macedónica. Ese mismo año Pirro desembarcó en Italia con 25.000 soldados y 20 elefantes en auxilio de Tarento. Al contrario que Alejandro de Épiro y Agatocles, Pirro supo manejar a los Tarentinos. Cerró los teatros y otras sociedades de ocio y empezó a entrenar a los ciudadanos. Envió a Épiro a los que más protestaron y eso acalló a los restantes. Ese mismo año se dispuso a enfrentarse a los romanos. Preparó el terreno para la falange cerca de la ciudad de Heraclea, a mitad de camino entre Tarento y Thurii. Los romanos atacaron, pero cuando Pirro lanzó contra ellos a los elefantes tuvieron que retirarse. Los romanos habían quedado desconcertados, por no decir aterrorizados, frente a unos animales que nunca habían visto. Los llamaron "bueyes lucanos". Sin embargo, Pirro paseó por el campo de batalla y observó que todos los muertos tenían las heridas delante. Todos habían muerto peleando. No se retiraron hasta que no recibieron la orden de hacerlo y, aún así, supieron hacerlo en buen orden, sin dejarse llevar por el pánico.
Los samnitas recibieron con júbilo las noticias de la derrota romana, e inmediatamente se unieron a Pirro. Sin embargo, Pirro no veía las cosas tan claras. Envió a Roma a un orador griego, Cineas, para concertar una paz razonable. Cineas habló ante el senado, y su discurso estuvo a punto de convencer a los senadores, pero entonces apareció Apio Claudio Caecus, el viejo censor ciego, tan débil que tuvieron que llevarle hasta el senado, pero habló muy claramente: nada de paz mientras un solo soldado extranjero permaneciera en Italia. Claudio infundía un gran respeto, y el senado aceptó inmediatamente su posición. Cineas tuvo que marcharse y Pirro tuvo que combatir. Marchó hacia la Campania, tomando ciudad tras ciudad, y llegó a 40 kilómetros de Roma, pero no pudo conmover la lealtad de las ciudades latinas, así que tuvo que volver a Tarento para pasar el invierno. Durante el invierno, Roma envió una embajada para negociar la liberación de unos prisioneros romanos. A la cabeza estaba Cayo Fabricio, que había sido cónsul dos años antes. Pirro recibió a Fabricio con grandes honores y trató de convencerlo para que abogara por la paz ante el Senado. Le ofreció sumas de dinero cada vez mayores, pero Fabricio las rechazó todas. Se cuenta incluso que hizo llevar un elefante a su espalda y le hicieron bramar, pero a Fabricio no se le movió un músculo. Impresionado, Pirro decidió liberar a los rehenes sin rescate alguno.
También cuentan que el verano siguiente el médico de Pirro acudió secretamente al campamento romano y propuso envenenar a Pirro a cambio de un dinero, pero Fabricio lo hizo apresar y se lo entregó a Pirro. En 279 Pirro se enfrentó nuevamente a los romanos. Eligió un terreno llano junto a la ciudad de Ausculum, a unos 160 kilómetros al norte de Tarento. Uno de los cónsules era entonces Publio Decio Mus, hijo y nieto de los que se inmolaron para derrotar a los latinos y a los galos, respectivamente. También éste decidió hacer lo mismo, pero esta vez los dioses ya debían de estar cansados del número, porque los romanos no supieron vencer a la falange, y cuando Pirro lanzó a sus elefantes tuvieron que retirarse una vez más.
Sin embargo, el ejército de Pirro sufrió muchas bajas, especialmente entre los hombres que había traído consigo. Esto era grave, pues no podía confiar plenamente en los tarentinos, ni mucho menos en los italianos. Su ejército estaba tan mermado que cuando los romanos se retiraron optó por no perseguirlos. Cuando alguien le felicitó por la victoria dijo "Otra victoria como ésta y volveré a Épiro sin un solo hombre". Desde entonces se usa la expresión "victoria Pírrica", para referirse a una victoria a un coste que no compensa. Pirro no podía esperar refuerzos de su país, pues mientras tanto una horda de galos había descendido sobre Macedonia y Épiro. Ptolomeo Ceraunos murió tratando de defender Macedonia y durante unos pocos años el país no tuvo gobernante. Cada ciudad se las arreglaba como podía para defenderse de los pillajes galos. De hecho, Pirro hubiera hecho bien en volver a Épiro a defender su país, pero no quiso dejar a medias lo que había empezado.
Tras la muerte de Ptolomeo Ceraunos, su viuda y hermanastra, Arsinoe, volvió a Egipto, donde se convirtió en la segunda esposa de su hermano Ptolomeo II. Desde entonces fue conocida como Arsinoe Filadelfo (la que ama a su hermano). Tras su muerte, también Ptolomeo II fue conocido como Ptolomeo II Filadelfo. Casarse con una hermana era tradición entre los reyes de Egipto, y parece ser que Ptolomeo II quiso continuar esta tradición como un rasgo más de integración entre las culturas griega y egipcia. Ahora Ptolomeo II estaba casado con dos mujeres llamadas Arsinoe. Se produjo una rivalidad entre ambas y la primera (la hija de Lisímaco) terminó tomando parte de un complot, por lo que fue desterrada. Por su parte, la otra Arsinoe dio nombre a varias ciudades y tras su muerte fue divinizada como Afrodita Zefiritis. Siracusa pidió ayuda a Pirro. Por una parte estaba la antigua amenaza de Cartago, pero además por Sicilia seguían vagando los mamertinos, los soldados que Agatocles había llevado de Italia y que ahora se dedicaban al pillaje. Pirro debió de ver aquí una buena excusa para cambiar de aires durante un tiempo y partió hacia Sicilia. Allí libró una guerra de dos frentes: acorraló a los cartagineses en Lilibeo, en el extremo occidental de la isla y a los mamertinos en Messana, en el extremo septentrional. En 278, los galos que habían invadido Macedonia avanzaron hacia el sur, a la misma Grecia. Atenas estuvo al frente de la defensa griega una vez más. Esta vez a su lado no estaba Esparta, sino Etolia, la región situada al suroeste de la península, que había tenido escasa importancia durante todo el periodo helénico, pero que ahora empezaba a tenerla. Atenienses y Etolios esperaron a los galos en las Termópilas. Sucedió casi como la otra vez: los griegos resistieron firmemente, hasta que unos traidores enseñaron a los extranjeros el paso por las montañas. Pero ahora los griegos estaban al corriente de esta posibilidad y sus tropas pudieron ser evacuadas por mar. Los galos siguieron hacia el sur y se acercaron a Delfos, donde a lo largo de los siglos se habían acumulado innumerables tesoros que ningún griego habría osado tocar. De algún modo, los galos fueron derrotados. No se sabe muy bien lo que sucedió, pues los griegos atribuyeron la victoria a la intervención divina. Es posible que al ver Delos amenazado todos se hubieran dispuesto a combatir a cualquier precio. El caso es que los galos abandonaron Grecia, y pasaron a Tracia. La región que comprende la costa noroeste de Asia Menor, al oeste del reino del Ponto y al norte del reino de Pérgamo, se conocía como Bitinia. Esta región era prácticamente independiente en los últimos años del Imperio Persa, y Alejandro nunca envió un ejército allí. Bajo Seleuco I, su gobernador, Zipetes, conservó dicha autonomía, aunque formalmente Bitinia formaba parte del Imperio Seléucida. Hacía un año que Zipetes había muerto y había sido sucedido por su hijo Nicomedes, que ahora decidió convertirse en Nicomedes I, rey de Bitinia. Su situación no era muy fuerte, no sólo por la obvia oposición de Antíoco I, sino porque el trono tenía otros pretendientes. En busca de ayuda, invitó a una tribu gala de las que estaban por Tracia a pasar a Asia Menor. Pero los galos, después de cumplir su cometido, resultaron incontrolables: se dedicaron al pillaje como habían hecho en Grecia y se convirtieron en una pesadilla.
En 277 murió el más célebre poeta de la China antigua. Se llamaba Qu Yuan, y fue ministro del estado de Chu, pero fue destituido por una calumnia y terminó arrojándose a un río. Su obra se conserva como una gran parte de la antología Elegías del país de Chu, en la que destaca el poema Lisao (dolor de la lejanía). Mientras tanto Roma selló una alianza con Cartago contra Pirro. Mientras Pirro estaba en Sicilia, los romanos habían hecho grandes progresos en Italia, así que en 276 los tarentinos le pidieron que volviera. Así lo hizo y avanzó hacia el noroeste. Mientras tanto, Macedonia lograba unirse bajo un nuevo rey. Era Antígono Gonatas, (el patizambo), un hijo de Demetrio Poliorcetes que había quedado en Macedonia tras su cautiverio. Había pasado un tiempo estudiando en Atenas con Zenón, el estoico, pero luego volvió a su país para hacer frente a los galos. Finalmente logró hacerse con el trono.
Ese mismo año estalló una guerra entre Antíoco I y Ptolomeo II, es la Primera Guerra Siria, en la que se discutía la frontera entre Siria (que formaba parte del imperio Seléucida) y Judea (que era egipcia). En esta época, las guerras entre los reinos helenísticos eran más bien tácticas. Los dos bandos valoraban demasiado sus ejércitos como para ponerlos a luchar. Se trataba de un juego de toma de posiciones más que otra cosa, y había poca sangre. En 275 se produjo un nuevo encuentro entre la legión y la falange, pero esta vez los romanos ya contaban con ideas para resolver el problema. Atacaron en un lugar montañoso, sin permitir que Pirro eligiera un llano como las veces anteriores. Además, antes de atacar lanzaron flechas con cera ardiendo en las puntas contra los elefantes, que retrocedieron ante el fuego y rompieron las líneas de Pirro. La falange no pudo constituirse adecuadamente y el ejército de Pirro fue totalmente derrotado. Decidió regresar a Épiro y dejó que los griegos del sur de Italia se las arreglaran como pudieran contra Roma. Mientras tanto, Magas de Cirene se casó con Apama, hija de Antíoco I, entabló una alianza con éste y obligó a Ptolomeo II a reconocer la independencia de Cirene.
En 274 Pirro invadió Macedonia y expulsó a Antígono, pero éste no tardo mucho en recuperar el poder. Macedonia no tenía la fuerza de antaño, pero Antígono se las arregló para conservar su independencia e incluso ejercer cierto dominio sobre Grecia. También logró ciertas victorias frente a Egipto que le valieron el dominio del Egeo.
En 272 terminó la Primera Guerra Siria. El resultado fue que Ptolomeo II extendió su dominio sobre Fenicia y algunas partes más de Asia Menor. Los romanos tomaron Tarento y se aseguraron de destruir toda su capacidad bélica, pero respetaron su independencia. Ahora todas las ciudades griegas del sur de Italia reconocían la autoridad de Roma, excepto Reggio, que ofreció resistencia durante algún tiempo. Por su parte, Pirro recibió una petición de ayuda por parte de Cleónimo, un príncipe espartano que trataba de acceder al trono. Inmediatamente invadió el Peloponeso y atacó a Esparta. No tuvo dificultad en abatir a su ejército, pero una vez más Esparta se salvó porque Pirro tuvo que ir a Argos a atender otros asuntos. Allí murió, al parecer porque una mujer le arrojó una teja desde lo alto mientras él pasaba por la calle. Fue sucedido por su hijo, que reinó como Alejandro II.
En 270 los romanos tomaron Reggio, con lo que dominaban todo el sur de Italia. Tal vez Ptolomeo II fue el primer griego, después de Pirro, que comprendió que Roma era una potencia respetable. Por eso, y pese a la lejanía, decidió firmar un tratado de amistad con Roma.
Cuando Pirro dejó Sicilia, los siracusanos se ocuparon de mantener a Cartago en los límites que Pirro le había impuesto, pero mientras tanto los mamertinos se recuperaron. Por aquel entonces, el mejor general que había en la isla era un siracusano llamado Hierón, que había combatido a las órdenes de Pirro y ahora se enfrentaba nuevamente a los mamertinos. Los derrotó y los confinó de nuevo en Messana. Los siracusanos lo hicieron rey, con lo que pasó a ser Hierón II de Siracusa. Mientras tanto, los galos de Asia Menor formaron su propio estado, que se llamó Galacia y ocupaba la parte central de Asia Menor, al sur de Bitinia.

viernes, 13 de junio de 2008

De Hoplitas a mercenarios, historia de las falanges.

La belicosidad de los griegos de la época clásica se considera como algo natural, inherente a su forma de vida y de pensamiento. Su organización política se realiza como pequeños estados independientes entre sí, celosos las más de las veces por afirmar su supremacía sobre sus vecinos. Estas pequeñas ciudades-estado, o polis, se consideran hermanadas entre sí por una misma cultura, lengua, religión y tradiciones, pero ven en la guerra la expresión normal de la rivalidad que preside las relaciones entre las mismas, y como consecuencia de este hecho, desarrollaron un sistema de enfrentamiento acorde con esta forma de pensamiento. La guerra se hacía bajo la forma de una unión de los hombres de la comunidad armados para luchar codo con codo, literalmente. Esto es en parte causa y en parte efecto del desarrollo político, social y económico de la polis. No tenían los helenos la misma consideración hacia la guerra civil (stasis) que hacia la guerra entre diferentes ciudades (polemós). Si la primera se contempla como algo desastroso, al igual que en otras épocas y lugares, la segunda es valorada como un modo de hallar honor, preeminencia y fama para la ciudad. En ella encontramos una serie de reglas: declaración de guerra formalmente realizada, realización de sacrificios, respeto a determinados lugares (santuarios, templos...), personas (heraldos, suplicantes, peregrinos...) y actos relacionados con la religión (juramentos, treguas pactadas...); otra medida importante es el respeto a la autorización dada al enemigo vencido para recoger a sus muertos y heridos tras la batalla. El hecho de pedir esa autorización se consideraba el reconocimiento de la propia derrota. La ritualización de estos aspectos puede observarse como indicio de la importancia que se concede a la guerra. La guerra es un asunto público, estatal; es la ciudad quien la entabla y lo hace como tal, como entidad política. Podemos definir siguiendo este argumento que la política es la ciudad hacia adentro, la vida pública de los ciudadanos entre sí; la guerra es la misma ciudad, esos mismos ciudadanos, enfrentados esta vez con lo extranjero, con otras ciudades. La homogeneidad del guerrero y el político es completa. Esta identidad de guerra y política guarda también relación con el hecho de que las ciudades en conflicto no buscan tanto aniquilar al adversario o destruir su ejército como hacerle reconocer, en el curso de una prueba regulada como un torneo, la superioridad de su fuerza. Bajo su forma de competición organizada, que excluye tanto la lucha a muerte para aniquilar el ser social del enemigo como la conquista para integrarlo enteramente, la guerra griega clásica es un agón, como las grandes competiciones atléticas; la mayor competición atlética, de hecho. Así, se nos presenta como un sistema con profunda coherencia a la vez que como un fenómeno histórico estrechamente localizado en el tiempo y el espacio, porque está ligado a demasiados condicionamientos particulares y marcado por demasiadas tensiones internas para que su equilibrio pudiera mantenerse mucho tiempo. De este modo, el sistema se disgregará para dar nacimiento a la guerra helenística, en la que la guerra, separada de la política por el elemento mercenario de los ejércitos, asume un estatus para los propios combatientes diferente al que tenía en la ciudad de los hoplitas. Al modelo hoplita conviene darle, pues, unos límites temporales: su inicio podemos fecharlo a mediados del siglo VII a.C. (la primera batalla en la que se reproduce el esquema político es la de Hisias en 669 a.C.), creciendo desde fines del siglo V a.C. otra tendencia con el desarrollo de cuerpos de infantería ligera y caballería, y el cambio de mentalidad en la guerra que sobreviene con el gran conflicto helénico de esa época. Sin embargo, la falange hoplita se mantiene como cuerpo militar noble por excelencia. Definiremos “falange” como un cuerpo de infantería pesadamente armado, que se dispone en formación cerrada y ordenando sus filas muy cerca unas de otras. En este sentido empleaba el término el propio Homero mucho antes de la época clásica a la que nos referimos aquí. Ya antes de las Guerras Médicas, el equipo y el método de combate de los ejércitos griegos había pasado por un proceso de transformación gradual. El rol del guerrero de infantería pesada u hoplita era ahora primordial en la guerra, y esto en gran parte se debía a su gran fortaleza defensiva. El escudo que da nombre al hoplita (hoplon o aspís) era cóncavo y circular, de un metro de diámetro aproximadamente, y se sostenía con el brazo izquierdo; estaba hecho de madera reforzada con planchas de bronce y en la cara interior tenía dos puntos de apoyo: uno para el antebrazo (propax) y otro para la mano (antilabe). El carácter y uso de este escudo era la esencia misma de la forma de combate del hoplita. Se convirtió en el modelo de escudo “estándar” de los griegos ya antes de mediados del siglo VII a.C. Cubría completamente la parte izquierda del guerrero y dejaba libre el brazo derecho para esgrimir una sólida lanza de unos dos metros de longitud. El hoplita llevaba también una espada para la lucha cuerpo a cuerpo, pero el arma ofensiva principal era la lanza. Su cabeza estaba protegida por un yelmo metálico, y llevaba también coraza como segunda protección del tronco, así como grebas para las piernas.
En formación cerrada, cada escudo protege no sólo la parte izquierda del cuerpo de su usuario, sino también la desprotegida parte derecha del cuerpo del compañero situado inmediatamente a la izquierda. La efectividad de una falange dependía en parte de la destreza en la lucha de los combatientes de primera línea, y en parte del soporte físico y moral de las líneas situadas tras ella. Las falanges opuestas se encontraban escudo contra escudo y lanza contra lanza: lo dramático del momento se incrementaba con el ímpetu de la carga que precedía al encuentro. Si el primer choque no era decisivo por la mayor fuerza o empuje de una falange sobre la otra, la lucha continuaba. Las filas traseras iban sustituyendo a los caídos de las delanteras, hasta que finalmente una de las falanges se mostraba superior y la otra se rompía y huía, con lo que la batalla estaba decidida. La continuidad de la línea mientras se llevaba a cabo el combate es de importancia cardinal, y cada hombre sabe que su vida depende de que su compañero se muestre tan bravo y diestro como él mismo. Ninguna otra forma de combate podría explicar tan meridianamente la identidad entre iguales que era la esencia de la ciudad-estado. No era la falange lugar para explosiones de bravura y heroísmo, como las de los héroes épicos de Homero: en lugar del menos, del estado de furor guerrero característico de aquéllos, debía triunfar la sophrosyne, el autodominio. El deseo de distinción personal debía ser subordinado y satisfecho en otros lugares, como las grandes competiciones atléticas, donde los campeones lograban honores y fama. Después de la batalla cada hombre podía elogiar la actuación propia y la de sus compañeros, pero en el transcurso de la misma no debía combatir solo o adelantarse a sus compañeros para destacar. Un ejemplo de ello lo tenemos en el caso de Aristodemo, un hoplita espartano, en la batalla de Platea (479 a.C.): se adelantó para morir honorablemente tras haber cometido la grave falta de incurrir en cobardía al huir de las Termópilas antes del asalto final de los persas al desfiladero. Aristodemo puso en peligro, al adelantarse, a sus compañeros de fila, según explica Heródoto: por eso no debía haber voluntad de heroísmo personal. Aunque el Padre de la Historia elogia la valentía de este guerrero, el valor se basaba en una solidaridad bien entendida, en no abandonar el puesto de combate y, por tanto, a los compañeros, tal y como pone en boca de otros personajes en el fragmento de la “Historia” al que aquí aludimos como ejemplo. Funcionan por tanto en la falange relaciones de amistad, parentesco y vecindad, siendo un magnífico ejemplo de relaciones de este tipo el Batallón Sagrado de Tebas, integrado por trescientos jóvenes a razón de ciento cincuenta parejas de amantes que combatían codo con codo. Cada guerrero se esforzaría todo lo posible por defender a su compañero, por mostrarse valeroso y no deshonrarlo con su cobardía, y también se esforzaría por mantenerse con vida él mismo, como es natural.
Integraba el ejército hoplítico todo aquél de entre los politai (ciudadanos con plenos derechos) que estaba en condiciones de costearse los gastos que ocasionaba la panoplia (conjunto formado por coraza, escudo, yelmo, grebas, espada y lanza) y su mantenimiento. Disciplina y entrenamiento son exigencias de este sistema en el que la fuerza reside en el conjunto y no en el individuo como en el sistema antiguo. Lo auténticamente novedoso es la formación cerrada en cuerpos de alineaciones perfectas y el principio ideológico que relaciona a una milicia organizada con la participación en ella en calidad de politai, a través de los derechos y deberes inherentes a la ciudadanía. Es el ejército de guerreros-ciudadanos. Será a partir de fines del siglo V a.C., con la Guerra del Peloponeso, cuando se produzca el divorcio entre el guerrero y el soldado que antes iban unidos en igual medida en cada individuo. A medida que la guerra se prolonga, los ejércitos de hoplitas ya no estaban formados exclusivamente por ciudadanos pertenecientes a las clases elevadas, sino que se introdujeron primero los thetes (en Atenas) y posteriormente se recurre a los esclavos. En Esparta algunos ilotas son liberados y utilizados como soldados por Brásidas, si bien esta práctica se había realizado con anterioridad en contadas ocasiones. En este contexto es necesario tener en cuenta la causa de la intensificación del mercenariado, que no se debe sólo a la carencia de personal para la guerra, sino que tenemos que recordar el hecho fundamental de la prolongación de la guerra en la práctica totalidad de la Hélade. También aumentarán las exigencias de una mayor especialización, como lo demuestra el papel cada vez más importante y generalizado, tras esta guerra y durante el siglo IV a.C., que desempeñan las tropas ligeras (pelstatas). Podemos afirmar que la moral, así como la táctica del ejército se transforma:
a) En primer lugar, mientras que en el ejército hoplita el ciudadano que participaba en las batallas lo hacía por encontrarse encuadrado en la comunidad cívica y su equipamiento se hallaba en relación a sus estatus social y político, en el ejército mercenario la única moral que prima es que el general pueda pagar a sus tropas, y su armamento se relaciona con su especialización en un cuerpo militar concreto (infante pesado o ligero en todas sus variantes, caballero).
b) La segunda transformación es la referida a la antigua solidaridad necesaria para que la lucha alcanzara un buen fin; en el caso de los mercenarios, al estar en general más especializados en las tácticas de las tropas ligeras, practicaban una lucha más abierta y eran menos dependientes de la masa de los hombres. c) En relación al punto anterior está el viraje de la táctica. Frente a la honorable táctica hoplítica, la que utilizan las tropas ligeras se basa principalmente en la realización de emboscadas y en el factor sorpresa; para ponerla en práctica, sus operaciones exigen estar muy preparadas, bien comandadas y ser ejecutadas con rapidez y determinación. Tampoco se utiliza el enfrentamiento directo de los combatientes, sino que por ejemplo cuando se utiliza el arco o la honda, el tirador debe encontrarse lo mejor cobijado posible. Un ejemplo de estas tácticas lo encontramos en la toma de Micaleso (Beocia) por una tropa de peltastas tracios a sueldo de los atenienses durante la Guerra de Peloponeso: tomaron la ciudad por sorpresa y mataron a todos sus habitantes, incluidos ancianos, mujeres y niños, según Tucídides. El horror que causó este asalto fue motivado tanto por la masacre como por la forma de realizarse, ajena a las honorables reglas de la guerra entre hoplitas. d) Finalmente, con el ejército de mercenarios, el poder de los altos mandos es fuertemente individualizado y en la práctica tenían el campo libre para el ejercicio de la autoridad, mientras que con anterioridad el poder era institucional y civil, no individualizado y militar.
La Guerra del Peloponeso, por su larga duración así como por la distancia y complejidad de sus campañas, vuelve al viejo guerrero-ciudadano cada vez más obsoleto. La solución que eligen algunos ciudadanos es adaptarse a las nuevas condiciones de la batalla y actuar ellos mismos como mercenarios. La culminación de este hecho se alcanza en los años 401-399, cuando diez mil griegos forman un cuerpo expedicionario a sueldo de Ciro el Joven, cuyo relato de campaña hace Jenofonte en su “Anábasis” (Un libro imperdible de leer, que recomiendo plenamente). Recordemos que en ella este ateniense hace mención a muchos mercenarios compañeros suyos procedentes de prácticamente todos los puntos importantes de la Hélade: Esparta, Tebas, Atenas... En este punto, parece necesario aclarar y subrayar que la Guerra del Peloponeso no fue el único factor que creó el hundimiento del “ideal” hoplítico, simplemente aceleró un proceso que ya se había puesto en funcionamiento por las propias tensiones que creaba, como comentábamos al principio del artículo. Por último, apuntar que el sistema de lucha hoplítico llevaba implícito en su planteamiento una serie de inconvenientes:
a) La batalla sólo podía ser librada entre dos ejércitos que estuvieran integrados por hoplitas y asumieran una misma táctica, si queremos considerarla como un agón.
b) La imposibilidad de realizar la guerra de asedio y el hecho de estar limitados a un espacio de llanura. Tanto estos factores como el anterior harán necesario crear un cuerpo regular de tropas ligeras –cuya táctica se adecua tanto al asedio como a la guerra en montañas y lugares escarpados— y desarrollar la ingeniería y maquinaria poliorcéticas, hechos que por sí mismos generan un tipo de guerra distinto al del infante hoplita pesadamente armado, resultando contradictoria por ello su creación.
c) La pronta necesidad del desarrollo de nuevas técnicas en la guerra naval y a la vez la imposibilidad de conjugar éstas con la ideología que prevalecía en la táctica terrestre,. Otra contradicción. d) El propio sistema de reclutamiento en base a los ciudadanos propietarios, que tiene sus limitaciones. El caso de Esparta es especialmente dramático a este respecto, pues desde el siglo VI a.C. en adelante experimenta un constante descenso de su población militar. Si a principios del siglo V a.C. podía poner en pie de guerra a más de 8.000 espartiatas, en el siglo III la cifra apenas llegaba a unos pocos centenares.
Todos estos factores harán inviable la prolongación del sistema hoplítico; la Guerra del Peloponeso aceleró la necesidad de innovaciones, tanto en el contexto militar como en el político y social. La unión de estos factores contribuyó en buena medida al proceso de transformación de las poleis helenas que se observa en el fascinante siglo IV a.C.

jueves, 12 de junio de 2008

Un paso a la modernidad, la MP-40

Maschinenpistole MP-40

Fabricante: Erfurter Werkezeug und Mascinenfabrik (Erma), Haenel y Steyr.
Calibre: 9mm (Parabellum).
Selector: automático.
Alimentador: 32 proyectiles.
Peso: 4.03kg vacía/4.70kg cargada.
Longitud: 833mm.
Recámara: 25 ó 32 Cartuchos.
Velocidad de disparo: 450 a 550 proyectiles por minuto.
Velocidad inicial: 381 m/s.
Alcance efectivo: 200m.

Introducida en 1938, en una época cuando el resto de las subametralladoras en el mundo era innecesariamente pesadas y costosas, la nueva MP-38 "Maschinenpistole" de la firma Erfurter Maschinenfabrik (Erma) revoluciono la idea de lo que una subametralladora debería ser. La MP-38 y su compañera la MP-40 permitieron establecer una producción en cadena, convirtiéndose en un arma muy efectiva para el combate cercano. Estuvo presente desde la Invasión de Polonia en Septiembre de 1939 hasta los días finales del Tercer Reich en 1945.
Desarrollo

Aunque la MP-18 de Hugo Schmeisser llego muy tarde para influir en el desarrollo de la Primera Guerra Mundial; después de ellas se presentaron gran cantidad de guerras civiles en las cuales se empleo masivamente la nueva arma; las fábricas alemanas produjeron por esta época la Haenel MP-28, la Bergmann MP-34 y MP-35. En 1927 Heinrich Vollmer, un diseñador de armas de Erma desarrollo una nueva arma con tres secciones ensambladas una dentro de otra, permitiendo ello una mayor confiabilidad, menos emisión de humo y facilidades en el desarmado para una limpieza más frecuente. Los primeros ejemplares de la pistola Vollmer/Erma introducida en 1928, fueron exportados a Francia y Latinoamérica en dos versiones: con barril largo y soporte telescópico y barril corto y sin soporte. A mediados de los años 30, con el ascenso de Adolf Hitler al poder, se inicio el rearmamento del Ejercito Alemán y el desarrollo acelerado de una nueva generación de armas. Durante este periodo, se llevo a cabo una investigación sobre los tipos de subametralladoras existentes en el mundo, incluyendo la americana Thompson. En el verano de 1936 se inicio la Guerra Civil Española y Hitler envió en ayuda de los Nacionalistas a su "Legión Cóndor", teniendo la oportunidad de estudiar de cerca el empleo en combate de esta arma. Los pioneros de la guerra mecanizada (Guderian, Manstein, Rommel) volvieron a Alemania solicitando el desarrollo de una subametralladora destinada a armar las unidades de Panzergrenadier de la infantería mecanizada. En respuesta a estos requerimientos, Vollmer inicio los trabajos de desarrollo de una serie de prototipos de subametralladoras, en donde se plasmarían los conceptos establecidos. A principios de 1938, el director de Erma, Berthold Giepel fue llamado a Berlín con el fin de solicitarle acelerar el proyecto de desarrollo de una pistola ametralladora de asalto destinada a las fuerzas mecanizadas y los paracaidistas. Unos meses después se aprobó la MP-38, tomando el año de adopción, que comparada con otras armas de su tiempo, presentaba una serie de ventajas.
La MP-40 nació como una simplificación de la MP-38, al reducir el número de piezas fabricadas a maquina, por piezas estampadas, lo cual aceleraba su producción en masa y reducía los costos, el nombre se adopto como una contracción de Maschinenpistole del año 1940, fecha de su introducción. A finales de 1943 en respuesta a los requerimientos de las unidades del Frente del Este por un arma con una mayor potencia de fuego, destinada a competir con la PPSh41 del Ejercito Ruso; Erma introdujo la MP-40/II, en la cual se había adoptado la disposición de dos alimentadores colocados lado a lado, pero debido al aumento de peso, pronto fue descontinuada
A medida que iba progresando la guerra, la superioridad aérea aliada hizo casi imposible el desplazamiento de las unidades acorazadas a plena luz del día, por lo que a principios de 1942 se creó un equipo de infrarojos para el combate nocturno que se montó en el cañón autopropulsado de 7.5 cm Pak40. Los tests que se realizaron fueron muy favorables y fue desarrollado también para los carros de combate.
De este emisor de infrarojos se fabricaron 100 unidades mensuales durante los últimos meses de la guerra. Pudo haber sido un arma devastadora ya que los aliados no contaban con equipos para el combate nocturno. Al final de la guerra 1.000 unidades estaban disponibles en la Wehrmacht, sin embargo los alemanes ya contaban con demasiados pocos tanques y muy poca gasolina como para utilizarlos en las grandes operaciones nocturnas diseñadas por Guderian. Para finales de la guerra aproximadamente se habían construido 1.047.000 MP-40, miles de las cuales fueron capturadas por el Ejercito Ruso. El Ejercito Noruego que al final de la guerra tenía muchas de ellas la conservo como arma para las tripulaciones de tanques hasta finales de los años 80. En la década de 1950 a 1960 fue vista en Indochina y también fue utilizada por el Ejercito Argelino en el Norte de África.

lunes, 9 de junio de 2008

El temible imperio Asirio

Asiria tuvo su origen en el alto Tigris durante la época del Imperio Antiguo egipcio. Tomó prestada su cultura de las ciudades-Estado de la región del Tigris-Eúfrates inferior, y erigió una próspera nación mercantil.Durante algunos siglos Asiria estuvo dominada por las naciones vecinas que tenían una mejor organización militar. Así, por ejemplo, fue tributaría de Mitanni y participó en la derrota que a esta nación infligió Tutmosis III. Un siglo después cayó bajo el dominio hitita.Tras el fin de los hititas, en el 1200 a. C., por algún tiempo las cosas se pusieron bastante difíciles para Asiría, ya que el caos provocado por las migraciones de los Pueblos del Mar produjo una especie de Edad Oscura que afectó a todo el Occidente de Asia.Pero entonces ocurrió algo singular y de consecuencias espectaculares. Los asirios habían aprendido el secreto de la fundición del hierro de los hititas, como habían hecho otros pueblos de la época, pero aquéllos fueron los primeros que realmente supieron sacar pleno rendimiento del nuevo metal.No equiparon a sus ejércitos sólo con algunos elementos de hierro, como hicieron los dorios que habían invadido Grecia, sino que crearon gradualmente un ejército, el primero en su género en la historia, totalmente «férreo». Una vez más, el efecto fue el de un «arma secreta», como lo había sido, mil años antes, el caballo y el carro.Los asirios tuvieron su primer ensayo de victoria militar cuando su rey, Tiglath-Pileser I, condujo sus ejércitos hacia occidente, hasta el Mediterráneo, alrededor del 1100 a. C, en tiempos de los Ramésidas.Con todo, Asiria se vio obligada a retroceder cuando nuevas invasiones de nómadas cruzaron las regiones occidentales de Asia. Esta vez se trataba de tribus arameas que acabarían instaurando un reino al norte de Israel y de Judá. Este reino era denominado por los propios arameos y por los israelitas Aram, pero en la versión de la Biblia del rey Jacobo el reino recibe el nombre griego de Siria.Aproximadamente en los tiempos en que la Dinastía Libia gobernaba Egipto, Asiria se recuperó. Sus ejércitos fueron equipados con máquinas de guerra hasta entonces nunca vistas, como arietes macizos, ideados para el asedio de ciudades amuralladas. Hacia el 854 a. C., los ejércitos asirios invadieron Siria y apenas pudieron ser rechazados por una coalición sirio-israelita.Pero la debilidad de las civilizaciones fluviales, que había hecho posible el imperio de David y de Salomón, era cosa del pasado. El fin de los pequeños reinos de la costa mediterránea estaba próximo.En el 732 a. C., mientras los nubios conquistaban Egipto, el rey asirio Tiglath-Pileser III destruyó el reino sirio y ocupó Damasco, su capital. Diez años después, uno de sus sucesores, Sargón II, destruyó Israel y ocupó su capital, Samaria. En el 701 a. C., el hijo y sucesor de Sargón, Senaquerib, asedió la propia Jerusalén.Los faraones nubios, recién instalados en el Delta trataron desesperadamente de alejar la amenaza asiria. Nada semejante había ocurrido desde el tiempo de los hicsos. Los mitanni y los hititas no se habían alejado demasiado del Eufrates, pero los asirios habían avanzado directamente hasta las fronteras del propio Egipto. Y lo que es más, practicaban un tipo de guerra deliberadamente sádico y cruel, pero muy efectivo (a corto plazo) en lo que atañe a paralizar el espíritu de resistencia y en llenar de presagios amenazadores hasta los ánimos más distantes. Egipto sabía que tenía pocas oportunidades de resistir frontalmente a los terribles ejércitos acorazados asirios. El faraón nubio Shabaka trató, en cambio, de infundir un espíritu de resistencia en sirios, israelitas, judeos y fenicios. Sus emisarios desparramaron dinero y palabras melifluas por doquier, y trataron de hacer lo posible para suscitar desórdenes detrás de las líneas asirías. Egipto estaba acumulando cuidadosamente sus propias fuerzas y esperaba que, de algún modo, Asiría corriese hacia el desastre, o se encontrase demasiado ocupada con una u otra cosa como para tener tiempo para Egipto.Finalmente, cuando el ejército asirio se encontraba asediando Jerusalén, Shabaka estimó que había llegado la hora de combatir y envió a su sobrino Taharka contra Senaquerib. Los egipcios fueron derrotados, pero la batalla fue dura, y Senaquetib, con un ejército ya muy debilitado, y ante las noticias de rebeliones en su imperio, decidió retirarse por algún tiempo, y dejar la lucha para otra ocasión. Egipto pudo salvarse, y también Jerusalén se alegró de ello, pues había obtenido así otro siglo de vida.Senaquerib fue asesinado en el 681 a. C, después de haber conseguido reprimir todos los desórdenes y de haber pacificado salvajemente el Imperio asirio por medio del terror.Su hijo, Esarhaddón, pudo permitirse el lujo de volver a mirar hacia el exterior. En buena lógica, había que tomar alguna medida contra Egipto. Mientras se permitiera a Egipto utilizar su riqueza para fomentar intrigas antiasirias, Asiría tendría que combatir una revuelta tras otra. De ahí que el rey asirio hiciera marchar a su ejército hacia el oeste.Por entonces ocupaba el trono egipcio Taharka, y Esarhaddón se habría sentido complacido de tener la oportunidad de cruzar su espada con el hombre que había desbaratado la primera embestida asiria hacia occidente.Taharka y sus egipcios pelearon con el coraje de la desesperación. En el 675 a. C., derrotaron claramente a los asirios en una batalla, pero esto sólo sirvió para retrasar el inevitable final. Tras corregir su primer exceso de confianza, Esarhaddón volvió a la lucha con mayor decisión. En el 671 a. C., tomó Menfis y el Delta, y obligó a Taharka a huir al sur.Pero Taharka no estaba acabado. Preparó un contraataque y descendió río abajo de la manera más efectiva. Esarhaddón murió en el 668 a. C., antes de que pudiera organizar una nueva expedición; pero su hijo Asurbanipal lo hizo en su lugar. Capturó de nuevo Menfis, y, además, hizo algo que ni los propios hicsos hicieron: perseguir a Taharka hasta su refugio de Tebas.En el 661 a. C., conquistó y saqueó Tebas, poniendo fin a la dinastía de faraones nubios. Estos continuaron reinando en Nubia durante mil años más, pero su civilización declinó y su breve siglo de grandeza se esfumó para siempre.