Mientras los proyectiles pasaban silbando, los soldados se inclinaban hacia delante en sus sillas, bajando instintivamente la cabeza ante la tormenta de plomo que barría sobre ellos. Su comandante, el coronel Louis Lepic (1765-1827) se enfureció por el comportamiento tan novato de su regimiento de elite. Sentado, completamente erguido enfrente de la fila, se removió en su silla y grito: “Cabezas arriba, por Dios, ¡son balas, no zurullos!”
Formados ahora en líneas masivas, con los coraceros y los dragones a la cabeza, la caballería francesa espero la señal de Murat. Cuando llego, las trompetas empezaron a tocar para el ataque y los jinetes impulsaron hacia delante a sus monturas.
No fue una carga violenta, sino un avance metódico, bien organizado, que empezó con un trote lento, aumentando poco a poco de velocidad. El ritmo del ataque también estaba dictado por las condiciones del terreno, ya que los caballos se movían con dificultad en la nieve, que en algunos puntos del campo se había amontonado en gran cantidad. Sin embargo, aunque la carga francesa carecía de velocidad, lo suplía en volumen.
Fue nada más y nada menos que el mayor ataque de caballería de las Guerras Napoleónicas.Los caballos franceses se acercaban a la masa de columnas de infantería rusa que cruzaban el estrecho valle hacia el vulnerable centro francés.
Tomados totalmente por sorpresa, los rusos fueron aplastados por los cientos de sables franceses que destellaban rompiendo sus filas. Cuando se disperso la infantería, los soldados de Murat siguieron adelante y tropezaron con unos cuantos regimientos de dragones rusos que habían estado apoyando el ataque de la infantería.
Los coraceros franceses tuvieron poco que hacer con los dragones porque escaparon del encuentro, pero fueron interceptados en plena huida por las sucesivas oleadas de jinetes franceses, que chocaron contra el flanco de dragones y acabaron con ellos.
La carga siguió hacia la línea de cañones rusos, sin hacer caso a la metralla que hacia caer a hombres y caballos sobre la nieve. Los coraceros y dragones franceses barrieron las baterías enemigas, atravesaban a los artilleros rusos que permanecían en pie y luchaban, y enviaban a otros a cubrirse debajo de sus piezas.
El resto huyo en vano hacia la infantería rusa, que había cambiado su formación a la de cuadrado para rechazar el ataque. Los jinetes de Murat golpearon estos cuadrados, rompiendo en pedazos muchos de ellos y causando bastantes bajas. Nada parecía poder detener la avalancha de la caballería francesa, que ahora se dirigía furiosa hacia las posiciones de reserva rusas, rompiendo aun otra línea de resistencia y amenazando con partir en dos al ejército de Bennigsen.
Satisfecho con este éxito, refreno a sus jinetes a la espera de que toda la línea rusa retrocediera.En realidad, otro ejército podría haber dividido con el impacto de tal golpe, pero, para asombro de Murat, los rusos volvieron a formar sus líneas tenazmente detrás de sus exhaustos jinetes, mientras que regimientos de refresco convergían allí procedentes de todas partes. Durante un momento la caballería francesa estuvo atrapada por la masa del Ejército ruso.
Sin embargo, antes de que alguien se pudiera despertar, la división de caballería de guardia, que se había mantenido en la reserva para un caso como este, llego con toda su fuerza. Cruzaron el estrecho frente ruso y apartaron a la caballería e infantería enemiga que habían rodeado y atrapado a la fuerza de Murat.
Los hombres de Murat, reforzados ahora, fueron al ataque una vez más, pero no pudieron penetrar en la tercera y última posición rusa, a pesar de destruir mas batallones de infantería y de conducir a otros a las proximidades del bosque de Anklappen, cuyos árboles se elevaban como un muro para detener la oleada de caballería francesa.
Mientras tanto, los rusos, de un modo increíble, volvieron a formar por segunda vez detrás de ellos y rodearon a la masa en ebullición de jinetes franceses. Eylau imprimió para siempre en los franceses la dureza de los soldados campesinos de la Madre Rusia. Después de la batalla los veteranos franceses dirían de su adversario: “Primero tienes que disparar a un ruso y luego hacerle caer”.
Los caballos franceses se encontraban ya agotados, y un animal agotado que casi no se podía mover convertía a su jinete en un blanco prácticamente inmóvil. Los regimientos de cosacos y húsares, que no habían tenido oportunidad de enfrentarse a los coraceros y dragones de refuerzo, aprovecharon su velocidad y maniobrabilidad para entrar precipitadamente y rodear a la caballería pesada francesa, pinchando a los grandes jinetes con sus lanzas largas. Las baterías de artillería rusas se colocaron en posición también y dispararon proyectiles y metralla que silbaban entre los escuadrones de caballería agrupados y prácticamente inmóviles.
La 2ª División de coraceros del general D’Hautpoul había penetrado mas que cualquier otra en las líneas rusas, y ahora su indomable comandante y su división se encontraban rodeados una vez mas. Cuando las balas de los cañones empezaron a estrellarse contra ellos, se dio cuenta de que no podía seguir manteniendo su actual posición, pero se negaba a retroceder a menos que Murat lo ordenara. Justo entonces un proyectil de cañón ruso le dio en la cadera, destrozándole el hueso y haciéndole caer al suelo.
Le sacaron del campo sobre el caballo de uno de sus ayudantes y le llevaron al hospital de campaña donde el cirujano le dijo que tenía que amputarle la pierna. El viejo coracero sabia que esa operación significaría el fin de sus días sobre una silla de montar y por tanto se negó a continuar con el procedimiento, esperando cuidad de alguna manera la pierna para recobrar la salud. Sin embargo, sin la amputación necesaria, la herida resulto ser mortal y D’Hautpoul cumplió su propia profecía de morir por su emperador.
En otro lugar, los granaderos a caballo del coronel Lepic también se encontraban en un punto crítico, demasiado extendidos y montados sobre caballos agotados. La infantería rusa empezó a entrar y un oficial ruso dijo a Lepic que se rindiera. “Mire a la cara a esos hombres –contesto Lepic- ¿Parecen hombres que vayan a rendirse?”Mientras tanto, Murat supo que la carga había servido a su propósito y se dio cuenta de que era hora de retirarse. Rodeado una vez más, Murat volvió a formar a sus escuadrones para atacar, esta vez dirigiéndose hacia sus propias líneas.
A su señal, los soldados impulsaron a sus monturas exhaustas a un esfuerzo supremo y las precipitaron a los campos cubiertos de nieve y de los espantosos restos de su primera carga. Los rusos, maltratados, no podían contener una fuerza tan poderosa y una vez mas vieron sus improvisados cuadrados y posiciones de cañones invadidos por una gran masa de jinetes franceses que se abría camino por el centro de la línea rusa antes de alcanzar finalmente la seguridad en las posiciones francesas.
Las perdidas francesas habían sido cuantiosas, al menos 3.000 jinetes muertos o heridos en el campo de batalla, entre ellos varios oficiales superiores. Aun así la carga fue una de las más brillantes de la historia militar. Había detenido un contraataque enemigo y evitado cierta derrota, mientras que simultáneamente había causado un efecto devastador a una fuerza enemiga que en otras circunstancias bien podría haber resultado decisiva.
La batalla continúo hasta la caída de la noche, sin ventaja para ninguna de las partes, y terminó con la retirada del ejército de Bennigsen, dejando el campo a Napoleón. Tácticamente la batalla había dado como resultado un empate y, por tanto, una decepción para un ejercito acostumbrado a los triunfos de Austerlitz y Jena-Auerstädt.
La campaña se detuvo hasta la primavera, y en junio Napoleón logro un triunfo sobre los rusos en Friedland, consiguiendo una conclusión victoriosa para la Guerra de la Cuarta Coalición (1806-1807).
Los asustados artilleros rusos no daban crédito a lo que veían sus ojos: un cuerpo francés entero con el flanco expuesto a su línea de fuego. Los cañones rusos bramaron ante el inmenso objetivo que se les presentaba, rompiendo las densas columnas con sus des cargas.
Oficiales y hombres caían a montones y pronto se perdió todo sentido de cohesión bajo el fuego asesino de la artillería rusa. En menos de una hora más de 5000 soldados franceses cayeron muertos o heridos, entre ellos Augereau y dos de sus comandantes de división, y el VII Cuerpo, destrozado, salió del campo dejando abierto un gran espacio en la línea francesa.
En un momento de la batalla pareció vislumbrarse una cierta victoria francesa, pero se transformó rápidamente en una crisis que podía significar la derrota para Napoleón. Viéndolo él mismo, el general Bennigsen envió a sus reservas de infantería y de caballería contra el espacio abierto en las posiciones francesas.
Sin embargo, se precipitó para beneficiarse de la situación y el ataque estuvo mal coordinado. Aún así los rusos penetraron profundamente en las posiciones francesas, invadiendo algunos cuarteles generales y zonas de abastecimiento, y en cierto momento amenazaron con apoderarse de un hospital improvisado, donde los heridos franceses habrían quedado a merced de la infantería rusa. Un batallón ruso, separado del ataque principal, se dirigió al cuartel general de Napoleón directamente.
El emperador lo observó con gran aplomo mientras detrás de él oficiales inquietos ordenaban a granaderos de la Vieja Guardia adelantarse con bayonetas fijas. Cuando a todos les parecía que los rusos se echarían sobre el emperador antes de que pudieran actuar los granaderos, el escuadrón de escolta personal de Napoleón sacó sus sables y cargó contra la cabeza de la columna rusa.
Los 120 jinetes eran muy pocos para ocuparse de la columna masiva, pero se lanzaron sobre los rusos con una valentía casi suicida. Sufrieron mucho en el ataque, pero lograron que fuera más lento el avance del batallón ruso, lo cual permitió que más caballería francesa, abatiera por detrás mientras la infantería de la Guardia, que llegó entonces, los cerraba de golpe desde el frente. Los rusos fueron aniquilados.
La carga de Murat
En un instante supo que tenía que utilizar su poderoso Cuerpo de Reserva de Caballería para contraatacar el avance ruso. Napoleón reclamó a su lado al jefe de caballería más famoso de la época, el mariscal Joachim Murat (1767-1815).
Murat era un gascón alto y apuesto. Su atuendo era extravagante e incluía una manta de piel de tigre para la silla de montar. En cierta ocasión Napoleón le había comparado con sorna con un caballista de circo, pero también había dicho de él que era el mayor jinete y el mejor jefe de caballería de toda Europa.
Hijo de un posadero, Murat se había alistado de soldado raso en la caballería cuando tenía 20 años. Cuando estallo la Revolución, su consumada destreza como jinete y temeraria valentía en combate le hicieron conseguir una comisión de oficial y una promoción rápida. Murat conoció a Napoleón en 1795, cuando le llevaba al entonces general de brigada Bonaparte, apenas conocido, los cañones que disparaban el famoso “olorcillo a metralla” que conservaba el Directorio y con el que Napoleón gano su primer mando importante.
Desde ese momento nunca se alejo de Napoleón, guiando a la caballería en la primera campaña italiana y en Egipto, donde su violenta carga llevo a los turcos al mar en la batalla de la bahía de Aboukir (1799). Participo en el coup d’état del 18 de Brumario, se caso con una hermana de Napoleón, Carolina (1782-1839) en 1800 y fue nombrado mariscal de Francia en 1804. a pesar de su cargo, Murat se encontraba como en casa cuando iba montado en la silla dirigiendo una carga desesperada.
Durante el combate siempre se le podía encontrar en el grueso de la batalla, cargando contra el enemigo precipitadamente aunque de un modo excéntrico, solo iba armado con un látigo.
Se volvió hacia Murat y señalo hacia la poderosa fuerza rusa que se acercaba al centro francés diciéndole: “¿Va a permitir que esos tipos nos devoren?”. Murat comprendió inmediatamente y galopo a reunirse con el Cuerpo de Reserva de la Caballería para realizar un esfuerzo supremo contra el avance ruso.
Los jinetes de Murat se habían pasado casi toda la batalla tiritando sobre sus sillas mientras esperaban con impaciencia su oportunidad de entrar en acción. Ese momento había llegado al fin, cuando Murat avanzo a la 2.ª División de coraceros de D’Hautpoul, junto con la 1.ª, 2.ª y 3.ª División de dragones, con la petición de que la Caballería de Guardia del mariscal Jean-Baptiste Bessiéres (1768-1813) estuviera preparada para apoyar el ataque.
Cuando todo estuvo dicho, Murat tenía a mano a unos 80 escuadrones, que sumaban 11.000jinetes aproximadamente. Era la mejor caballería del mundo con el mejor comandante de caballería de la época a la cabeza.
Los escuadrones formaron en líneas solapadas, escalonadas hacia el fondo. Los soldados se apretaban codo con codo, los sables desenfundados mientras sus caballos pateaban la nieve impacientemente, esperando la orden que anticipara el ataque.
El IV Cuerpo del mariscal Ney fue destinado a una zona de paisaje realmente inhóspito de Polonia y, violando las órdenes, movilizó a sus divisiones en diciembre de 1806 en busca de un mejor cuartel de invierno.
Los exploradores rusos informaron de ese movimiento a su comandante, el general Levin August Bennigsen (1745-1826), que interpretó el movimiento de Ney como una ofensiva y envió a su ejército al encuentro. Cuando se dio cuenta de las verdaderas intenciones de Ney, Bennigsen decidió aprovecharse del momento e intentó aislar y destruir el cuerpo de Ney antes de que pudiera reaccionar el resto del ejército de Napoleón.
Éste recibió la noticia de este arrebato repentino de actividad y, maldiciendo a Ney, ordenó a su ejército que levantara el campamento y fuera al encuentro de los rusos en una campaña de invierno.
Después de una serie de enfrentamientos menores, Napoleón rodeó al ejército principal de Bennigsen y sorprendió a la retaguardia rusa en el pueblo de Hof, donde defendieron un puente que cruzaba un profundo barranco.
Esperando una rápida victoria, Napoleón ordenó a los regimientos de dragones que asaltaran la posición, pero fueron apartados y sufrieron muchas bajas. A pesar de ello, Napoleón estaba convencido de que obtendría la victoria aquí y ordenó a la división de coraceros al mando del general Jean-Joseph d’Hautpoul, un hombre gigante, era un veterano endurecido en la batalla que se había especializado en operaciones de caballería pesada.
A los 52 años seguía manteniendo una extraordinaria presencia en el campo de batalla. Era muy respetado por sus hombres y encabezaba el frente, donde siempre se le encontraba en lo más duro del combate con el sable en la mano.
El general D’Hautpoul dirigió a sus jinetes “acorazados” a cargar sobre el apreciado puente, que vibró y tembló bajo los cascos de la caballería pesada. Al llegar al otro lado, los coraceros franceses atacaron a una fuerza de dragones y húsares rusos, destruyéndolos y haciendo huir a los supervivientes.
Los jinetes rusos perdieron toda su cohesión en la derrota y retrocedieron atravesando su propia infantería, rompiendo sus formaciones y dejándoles vulnerables a la avalancha de coraceros de D’Hautpoul, que enseguida estuvieron encima para atacarles y producir muchas pérdidas. EL audaz ataque dio como resultado la captura del vital puente y de cuatro cañones y dos estandartes.
Napoleón estaba jubiloso por la victoria y felicitó a D’Hautpoul por la batalla ganada dando un abrazo al coracero gigante delante de toda la división. D’Hautpoul, que solía ser reservado, se sorprendió ante tal alabanza del emperador, y recibirlo delante de sus hombres significaba todo.
Le dijo a Napoleón: “Para demostrar ser digno de tal honor, tengo que dar mi vida por su Majestad”. El intrépido general coracero se dirigió de este modo a sus hombres: “El emperador me ha dado un abrazo por vosotros.
Y estoy tan satisfecho con vosotros que os besaré a todos el trasero”, a lo cual los soldados de caballería respondieron con risas y aplausos. Con el puente de Hof asegurado, Napoleón podía llevar a cabo su persecución del ejército de Bennigsen, y el 7 de febrero por la tarde, al anochecer, la vanguardia de las fuerzas francesas llegaba a las proximidades del pueblo de Preussich-Eylau, incitados por unos oficiales que les prometían que los vencedores del enfrentamiento dormirían a cubierto.
Los rusos fueron sacados de sus puestos a punta de bayoneta después de que Napoleón y su ejército principal les hubieran rodeado rápidamente.
La mañana siguiente descubrió a ambos ejércitos igualados en fuerza, preparándose para el combate uno a cada lado de un pequeño valle por el que se entrecruzaban corrientes y pequeños lagos congelados y enterrados bajo una alfombra de nieve.
Napoleón sabia que el VI Cuerpo de Ney estaba de camino todavía hacia el campo de batalla, pero también sabia que el general del cuerpo prusiano Anton Lestocq (1738-1815), el único superviviente del desastre de 1806, se encontraba también por los alrededores y podría traer refuerzos a Bennigsen.
Después de decidir que no ganaba nada esperando, Napoleón inicio la batalla enviando al III Cuerpo del mariscal Louis Davout (1770-1823) contra el flanco izquierdo ruso. Davout, con su profesionalizad de siempre, lanzo un diestro ataque, empujo hacia atrás al flanco izquierdo ruso y amenazo a toda la posición por completo.
En esta critica coyuntura, Napoleón ordeno al VII Cuerpo del mariscal Pierre Augereau (1757-1816) que atacara el centro izquierdo ruso, de ese modo reforzaría el éxito de Davout y ganaría quizá la batalla en cuestión de horas. Sin embargo, en ese momento, el ataque bien coordinado de Napoleón empezó a fallar.
Las columnas de ataque de Augereau desaparecieron en el remolino de la tormenta y su fuerza de asalto se perdió en la nieve. Las demás columnas siguieron la marcha en línea compacta lo mejor que pudieron detrás de los batallones. Los soldados de la caballería apenas podían ver al hombre que tenían delante, y mucho menos a las líneas rusas.
