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domingo, 4 de octubre de 2009

Las batallas navales de la Primer Guerra Mundial

La guerra naval se revoluciono un siglo antes de la Primer Guerra Mundial; los barcos de vela, de madera, armados con baterías en los costados desde donde se disparaban cañones de un alcance relativamente corto, fueron sustituidos por barcos de vapor blindados con metal, equipados con cañones capaces de lanzar grandes proyectiles explosivos a una distancia de 16km o más. En la década anterior a la guerra, todas las potencias invirtieron en la construcción de los modernos buques de guerra, los “acorazados”. Tras los primeros meses de la guerra, durante la que se libraron algunas cortas batallas en mares muy lejanos, el centro de la guerra naval en la superficie pasó a las aguas europeas. Tanto en el mar del Norte como en el Mediterráneo, las flotas aliadas, más numerosas, mantuvieron un bloqueo alejado de las bases navales enemigas, mientras que en el mar Negro y en el Báltico, la marina rusa, no repuesta todavía de las grandes pérdidas sufridas durante la guerra ruso-japonesa (1904-1905), pudo ser fácilmente controlada por las fuerzas alemanas y turcas. La batalla de Jutlandia, que se libró a finales de mayo de 1916, fue la única acción naval de la guerra realizada a gran escala. Aparte de esta batalla, las enormes flotas de guerra europeas únicamente se enfrentaron en algunas escaramuzas, no sufriendo grandes pérdidas. El nivel de lucha, generalmente bajo, fue el resultado de, primero, la inferioridad numérica de los imperios centrales y, segundo, el poco deseo de todos los combatientes de arriesgarse a perder unos acorazados insustituibles. Jutlandia fue una decepción tanto para británicos como para alemanes. Los alemanes fracasaron en su intento de aislar un pequeño destacamento de la flota británica, y al final sólo consiguieron apartar a su flota de un combate desastroso con una fuerza superior. Los británicos no sólo no tuvieron éxito en destruir al enemigo, al que habían esperado capturar lejos de su base durante casi dos años, sino que en el proceso sufrieron las mayores pérdidas de acorazados. Sin embargo, en general Jutlandia fue una victoria estratégica de la Marina Real británica. En el período comprendido entre 1916 y 1918, la continua preeminencia concedida a los programas de construcción naval de los aliados y la posterior llegada de parte de la flota de guerra estadounidense a las aguas europeas acentuó la inferioridad numérica de los imperios centrales. Ni las acciones en superficie ni las realizadas por los submarinos llegaron a liberar a los imperios centrales de los aliados. Mientras que en el debate histórico sigue habiendo indignación por el impacto que tuvo el bloqueo en el esfuerzo bélico alemán, perdura el hecho de que Alemania fue incapaz de restablecer las valiosas conexiones económicas con el resto del mundo que habían sido rotas por la superioridad naval británica. El fracaso de la expansión naval alemana fue subrayado con una finalidad simbólica al final de la guerra, cuando la flota alemana fue rodeada en la base naval británica de Scapa Flow y hundida por su propia tripulación para evitar que fuera repartida entre los vencedores.

sábado, 23 de mayo de 2009

La acción de la guerra submarina en la I Guerra Mundial

Pocas armas empleadas durante la Primera Guerra Mundial ejercieron un efecto tan profundo en la forma de librar el conflicto como los submarinos. En agosto de 1914, todas las divisiones navales combatientes poseían pequeñas flotas de submarinos, pero, en el plazo de dos años, los importantes programas de construcción hicieron que cientos de submarinos entraran en servicio. Por entonces, la existencia del submarino ya había forzado a la total revisión de la estrategia naval convencional y a la protección o interrupción del comercio por mar. El país más involucrado en el desarrollo del submarino en tiempos de guerra fue Alemania. Otros países, especialmente Gran Bretaña, formaron grandes flotas submarinas, pero la rápida desaparición de la mayoría de los barcos enemigos de alta mar hizo que los submarinos tuvieran pocos objetivos potenciales. La propia guerra submarina se puede dividir en dos campañas diferentes: la librada contra los buques de guerra y la librada contra los buques mercantes. Al principio de la guerra, los planificadores navales pensaban casi exclusivamente en términos de la primera, y algunos de los primeros éxitos dramáticos alemanes fueron la causa de que los comandantes de las flotas de superficie tuvieran un miedo constante a los submarinos y no estuvieran dispuestos a arriesgar sus barcos en aguas enemigas. Sin embargo, en términos de las bajas reales, los submarinos tuvieron muy poco impacto en los principales ejércitos navales. Las operaciones submarinas contra los buques mercantes no estaban totalmente previstas en 1914, puesto que las normas requerían que la tripulación de un barco interceptado debía ser llevada a un lugar seguro antes de destruir el buque. La práctica de lanzar ataques con torpedos sin previo aviso y cuando el submarino estaba sumergido surgió de una forma vacilante, y no fue realmente hasta la segunda mitad cuando la guerra submarina sin restricciones se convirtió en la norma general. Iniciada en febrero de 1917 con más de 100 unidades, la tercera campaña de guerra submarina sin restricciones alemana era una jugada deliberada cuyo objetivo era doblegar a Reino Unido. En sus primeras fases parecía que podría tener éxito: las bajas de la marina mercante aliada eran de una media de 630000 toneladas por mes, siendo la media máxima de 866000 toneladas en abril de 1917. No obstante, en la segunda mitad de 1917, la introducción del sistema de convoyes hizo que las bajas disminuyeran mucho mientras que los propios submarinos quedaban más expuestos. A principios de 1918, era evidente que los alemanes estaban perdiendo la guerra submarina. A pesar del daño causado a la marina mercante aliada, la campaña alemana demostró ser un error estratégico. Los planificadores alemanes subestimaron la fuerza y la resistencia de una moderna economía industrializada y sobreestimaron el impacto de unas pérdidas navales de unos niveles relativamente altos. Aun con todos sus indudables logros, el submarino no podía cambiar el curso de la guerra.

lunes, 18 de mayo de 2009

Nace un nuevo poder, los turcos se hacen con el dominio del mar (parte final)

Por ello, entre estas tres potencias, Venecia y Génova, y el estado español, se estableció una especie de equilibrio armado –una tensión superficial que cubría el Mediterráneo. Este equilibrio quedó roto al final de nuestro período por la irrupción de un nuevo poder marítimo. La vocación hacia el mar de los turcos no surgió repentinamente ni con todo su potencial. A partir de comienzos del siglo XIV, una serie de nidos de piratas sobre las costas levantinas del Mediterráneo eran manejados por jefes turcos, alguno de los cuales tenían al parecer flotas de cientos de navíos a sus órdenes. Cuanto mayor fue la extensión de la costa conquistada por sus fuerzas terrestres-, según el imperialismo otomano avanzó hacia el oeste existieron mayores oportunidades para que los corsarios controlados por los turcos permaneciesen en el mar, teniendo acceso a puntos de abastecimiento de agua y suministros sobre la costa. A través del siglo XIV, sin embargo, éstas fueron empresas poco ambiciosas, limitadas a barcos pequeños y tácticas de ataque y huida inmediata. A partir de la década de 1390, el sultán otomano Bayezid I comenzó a construir una flota permanente propia, pero sin entregarse a una estrategia radicalmente diferente de los operadores independientes que le había precedido. Las batallas puntuales tenían lugar normalmente a pesar de las intenciones de los turcos, y normalmente daban como resultado la derrota de éstos. Tan tarde como 1466, un comerciante veneciano en Constantinopla defendía que para terminar un encuentro con éxito los barcos turcos necesitaban sobrepasar a los venecianos en una proporción de cuatro a uno. Por esas fechas, sin embargo, la inversión otomana en la fuerza naval era probablemente más alta que la de cualquier estado cristiano. El sultán Mehmed I, que poseía una gran visión a largo plazo, y Bayezid II, se dieron cuenta que el impulso de su conquista por tierra tenía que ser apoyado –si tenía que continuar- mediante el poder en el mar. Después de largas generaciones de experimentaciones sin éxito en batallas puntuales, la marina de Bayezid humilló a la de Venecia en la guerra de 1499-1503. Nunca desde que los romanos se lanzaron dubitativamente al mar en contra de Cartago había sido abrazada con tanto éxito la vocación naval por una potencia tan poco adecuada aparentemente para estas tareas. El equilibrio de fuerza naval entre la Cristinidad y el Islam, que había durado cuatrocientos años, cambió de signo por lo menos en el Mediterráneo del este, y se puede decir con exactitud que una nueva era había dado comienzo.

sábado, 16 de mayo de 2009

El Mediterráneo se vuelve la caldera del diablo (segunda parte)

Génova adquirió un imperio propio –aunque se trataba de un imperio mucho menos centralizado que el de Venecia: comprendía, al comienzo, un barrio autónomo de mercaderes en Constantinopla y establecimientos dispersos a lo largo de la costa norte del Mar Negro, gobernados por representantes de las autoridades genovesas. Mediante unas concesiones bizantinas de 1267 y 1304, la isla de Quios, con su producción de sulfatos, se convirtió en el feudo de una familia genovesa. A mediados del siglo XIV su situación fue transformada por la introducción del control directo desde Génova. El Mar Egeo fue dividido efectivamente en esferas de influencia de los genoveses y venecianos. Venecia dominaba la ruta hacia Constantinopla a través de la costa dálmata y las islas Jónicas, mientras que Génova controlaba una ruta alternativa a través de Quios y la costa este. La rivalidad en el este del Mar Mediterráneo entre Génova y Venecia tuvo su paralelo en la rivalidad en el oeste entre Génova y los dominios de la Casa de Barcelona. Los catalanes llegaron relativamente tarde a este campo de rivalidades. Disfrutaban de un acceso natural privilegiado a toda el área estratégica del oeste del Mediterráneo –las bases insulares, los puertos magrebíes; pero mientras las islas estuvieron en las manos enemigas de los emires musulmanes, estuvieron atrapados por el flujo de las corrientes costeras en dirección contraria a las agujas del reloj. Sin embargo, hacia 1229 el poder de los condes-reyes de Barcelona y Aragón y la riqueza de sus súbditos dedicados al comercio se había desarrollado hasta el punto de que podían armar el número necesario de barcos y un ejército suficientemente grande para lanzarse a la conquista. Al representar la empresa como una guerra santa, Jaime I fue capaz de inducir a la aristocracia de Aragón, poco aficionada al mar, a tomar parte en la campaña. Una vez que Mallorca estuvo en sus manos, Ibiza y Formentera cayeron con relativa facilidad. El imperio insular se extendió en los años ochenta y noventa del siglo XIII, cuando fueron conquistadas Menoría y Sicilia. En la década de 1320 una política imperial agresiva redujo a partes de Cerdeña a una obediencia precaria. Mientras tanto, vasallos de miembros de la Casa de Barcelona realizaron conquistas aun más hacia el este, en Jarbah, Qarqanah, y partes de la zona continental de Grecia. La impresión de un imperio marítimo en crecimiento, extendiéndose hacia oriente –quizá hacia Tierra Santa, quizá hacia el comercio de especias, quizá incluso en ambas direcciones- fue reforzada por la propaganda de los condes-reyes, que se representaban así mismos como cruzados. Los estados vasallos del este eran, sin embargo, solo nominalmente catalanes en cuanto a su carácter y, durante la mayor parte del tiempo, unidos de una manera tenue mediante lazos jurídicos con otros dominios de la Casa de Barcelona. Las operaciones navales catalanas en el este del Mediterráneo fueron ejecutadas en alianza con Venecia o con Génova y estuvieron determinadas generalmente por consideraciones estratégicas del oeste del Mediterráneo. Si las conquistas a través de islas de la Casa de Barcelona se extendieron hacia el este, hacia las tierras de los santos y de las especias, también se extendieron hacia el sur, hacia el Magreb, la tierra del oro. Eran points d’appui estratégicos en la guerra económica a través de las rutas comerciales africanas de otros estados dedicados al comercio. Desde 1271 en adelante, en intervalos a lo largo de un período de aproximadamente un siglo, el poder naval de los condes-reyes fue utilizado en parte para imponer una serie de tratados comerciales favorables dirigidos a gobernar el acceso a los puertos principales desde Ceuta a Túnez. En el bien integrado mundo catalán, la parte más al este fue Sicilia, a partir de la década de 1280. Para el conde-rey Pere II la conquista de esta isla fue una aventura caballeresca y un engrandecimiento dinástico; para sus súbditos dedicados al comercio, fue clave para conseguir un granero bien aprovisionado, una estación de enlace hacia el Mediterráneo del este y sobre todo, una vía para el lucrativo comercio de Berbería, que tenía su punto final en los puertos magrebíes. Gobernada normalmente por una línea menor de la casa de Barcelona, la isla fue elogiada como “cabeza y protectora de todos los catalanes”, considerándose una parte vital de las bases exteriores del comercio medieval de Cataluña. Si Cerdeña se hubiese convertido por completo en eliminar gran parte del sistema catalán, el oeste del Mediterráneo hubiese sido un “lago catalán”. Pero la resistencia indígena, prolongada durante más de un siglo, forzó repetidas concesiones a Génova y Pisa. Los catalanes pagaron mucho por lo que era, en efecto, un condominio político y comercial. Utilizando una política menos costosa –sin adquirir mediante conquista territorios de soberanía más allá de Córcega-, Génova acabó con una participación mayo en el comercio del oeste del Mediterráneo que la de sus rivales catalanes.

jueves, 14 de mayo de 2009

La guerra por el dominio del Mediterráneo en la Edad Media (primera parte)

La trayectoria de la guerra naval en el Mediterráneo tenía algunas similitudes con la del mar del Norte: un vacío de poder al comienzo del período, en el que aparecieron nuevos contendientes para disputarse el dominio del mar. Hacia el año 1100, la guerra naval contra el Islam había sido ya ganada por los cristianos. Los poderes occidentales eran dueños de Córcega, Cerdeña, Sicilia, el sur de Italia y las costas de Palestina y Siria. La dificultad de dominar el Mediterráneo desde su extremo Este había afectado también al poder marítimo de Bizancio sumida ya en el proceso de quedar reducido a ser un poder menor como potencia marítima en comparación con alguno de sus rivales más al oeste. La flota egipcia de los fatimidas, en otro tiempo una fuerza formidable, casi no es mencionada en los documentos posteriores a la primera década del siglo XII. Continuó existiendo, y le fue posible lanzar al mar setenta galeras a mediados del siglo XII, pero quedó confinada a un papel en gran parte defensivo. Hacia 1110, los cruzados controlaban casi todos los puertos de Levante; por ello, a partir de ese momento, las operaciones de las galeras egipcias contra la navegación cristiana quedaron limitadas a sus propias costas: no poseían prácticamente puertos aliados hacia el norte para poder obtener agua dulce. El poder naval turco, que resultaría invencible al final de nuestro período, habría de superar cualquier pronóstico. En la década de 1090 una serie de colaboradores sirios proporcionaron a los jefes guerreros seljucidas, que actuaban por su cuenta, barcos con los que se apoderaron durante un período corto de Lesbos y Quíos e incluso amenazarían Constantinopla; pero los cruzados forzaron la retirada de los seljucidas; las costas no fueron recuperadas por el Islam hasta cien años más tarde. Los estados cruzados dependían de unas comunicaciones por mar a lo largo de rutas largas y aparentemente vulnerables, que llevaban hasta el centro y el oeste del Mediterráneo. Sin embargo, casi nunca se vieron amenazadas por ataques por mar. Saladito creó una marina de sesenta galeras casi a partir de la nada en la década de 1170, pero la utilizó de forma conservadora y con un éxito desigual hasta que fue capturada casi por entero por una flota de la Tercera Cruzada en Arce en 1191. La reconquista cristiana del Mediterráneo había sido efectuada, en parte, gracias a la colaboración entre potencias cristianas. Los barcos de Venecia, Pisa, Génova y de Bizancio habían actuado juntos para establecer y aprovisionar a los estados cruzados de Levante en sus primeros años. Sin embargo, los aliados que actúan con éxito a menudo acaban por separarse. La relativa seguridad frente a sus enemigos de fe dejó a los vencedores libres para luchar entre ellos. El siglo XII fue una era de competición abierta en el Mediterráneo para controlar el comercio, una competición violenta entre potencias en una situación de equilibrio inestable. En el siglo XII, Sicilia era quizá la potencia más fuerte. Mantenía la única marina permanente al oeste con el meridiano 22, pero la extinción en su dinastía normanda en 1194 marcó el fin de su potencial en cuanto imperio marítimo. Pisa fue un poder naval importante durante los siglos XII y XIII: su guerra contra Amalfi en 1135-7 destruyó con efectividad todas las perspectivas de que ese puerto emergiese como una metrópoli imperial; y la ayuda de sus barcos, junto a los de Génova, fueron decisivos en la destrucción del reino normando de Sicilia; pero Pisa realizó una elección poco brillante de sus aliados en las guerras del siglo XIII y, después de una serie de derrotas que la dejaron aislada, sufrió a manos de los genoveses en la batalla de Meloria en 1284 un golpe del que su marina nunca se recuperó. Se tomaron tantos prisioneros que, según se dijo, “para ver a los pisanos, debes ir a Génova”. Tres rivales aparecen en el transcurso de estas guerras: las repúblicas genovesa y veneciana y la Casa de Barcelona. En épocas diferentes y en áreas coincidentes del Mediterráneo, estas tres potencias establecieron “imperios marítimos”: zonas de preponderancia o control en rutas y costas de gran interés. Las posibilidades existentes fueron demostradas en 1204, cuando Constantinopla cayó frente a una hueste de occidentales de diferentes procedencias y Venecia obtuvo un imperio marítimo a partir de los despojos. La república se convirtió en dueña de “un cuarto y mitad de cuarto” del territorio bizantino. Al comienzo, Génova respondió con el lanzamiento de una enérgica guerra de corso, que fracasó en la práctica cuando el acuerdo de paz de 1218 restauró nominalmente el derecho de los mercaderes genoveses a vivir y comerciar en Constantinopla. En la práctica, sin embargo, continuaron siendo víctimas de la hegemonía veneciana hasta 1261, cuando los irredentistas bizantinos volvieron a conquistar Constantinopla y se restauró una difícil paridad entre los comerciantes genoveses y venecianos.